estado-federal

Debate Estado Unitario versus Estado Federal

En defensa del Estado Federal

Texto íntegro de la intervención inicial de Juan Pina, Presidente del Partido de la Libertad Individual (P-LIB), en el debate “Estado Unitario versus Estado Federal” celebrado el pasado 26 de septiembre de 2013 en el Ateneo de Madrid, en defensa del Estado Federal.

El objeto de nuestro debate de hoy es hablar sobre el modelo de Estado que consideramos preferible desde dos posiciones liberales, la de Joaquín y la mía: un Estado unitario o un Estado federal. Pero creo que, en realidad, todos los liberales coincidimos en un marco más general: todos queremos el mínimo Estado posible. Ese es el modelo de Estado que a mi juicio compartimos los liberales clásicos como supongo que podría definirse a mi contrincante de esta tarde, y los liberales más radicales o liberales-libertarios como se me podría definir a mí. Incluso es el modelo que comparten también, aunque a veces no se les note demasiado, aquellos otros liberales que han optado por hibridar su liberalismo con nuestros comunes adversarios, es decir, los llamados social-liberales y los llamados liberal-conservadores. Y digo “llamados” porque ya sabemos por ejemplo lo que pensaba Hayek sobre esta cuestión, cuando afirmó que la posición liberal es simultáneamente la opuesta al socialismo y al conservadurismo.

Ese mínimo Estado posible que buscamos tanto los liberales clásicos como los liberales
libertarios es, a mi juicio:

• Aquel que se ve fuertemente constreñido por el principio de subsidiariedad y por la lógica
del gobierno limitado.
• Es aquel que se ve constitucionalmente ceñido al cumplimiento de muy pocas funciones, básicamente proveer un marco institucional básico, administrar Justicia en los ámbitos que aún no puedan pasar a arbitraje privado, mantener el orden, defender la propiedad y proteger a la población frente a posibles enemigos exteriores.
• Es un Estado que no se dedica a producir bienes ni a prestar servicios. Como mucho, subvenciona de forma directa los bienes y servicios más básicos a las personas de rentas más bajas, mediante cheques canjeables.2
• Es un Estado que no hace ingeniería social ni cultural para moldear la sociedad conforme a los deseos de nadie. No impulsa lenguas, ni visiones de la Historia, ni costumbres, ni valores, ni mitos fundacionales, ni rasgos culturales, ni en una dirección ni en la contraria. Es neutro ante la espontánea evolución de todos esos elementos.
• Y es un Estado verdaderamente austero, con un coste fiscal realmente asequible para los ciudadanos.

Es decir, es un Estado completamente diferente del que hoy tenemos en casi todos los países. Es un Estado mínimo al que los liberales queremos tender y que rechazan en cambio todas las demás corrientes de pensamiento.

Es para tender a un Estado así, a un Estado realmente subordinado a la supremacía de la libertad individual, para lo que existimos los liberales, o al menos los nuevos liberales del siglo XXI, que rechazamos las concesiones a izquierda y derecha de las últimas décadas, esas concesiones que el domingo pasado hundieron a nuestros amigos del FDP alemán, y asumimos e incorporamos, en cambio, lo más sensato y viable de las corrientes emanadas del propio liberalismo desde la Segunda Guerra Mundial como el radicalismo italiano, el libertarismo norteamericano, el objetivismo en filosofía o la Escuela Austriaca en economía, y otras influencias.

Un liberalismo así necesariamente tiene que incluir una visión federal en la mayoría de los países, tal vez con la excepción de aquellos que son realmente muy pequeños y muy homogéneos.

Quiero recordar que el federalismo es consustancial a la génesis misma de gran parte del movimiento liberal en Europa, en América Latina, en Norteamérica y en otras regiones. La gran mayoría de los partidos liberales del mundo son federalistas. Lo es el ex candidato Ron Paul en los Estados Unidos, igual que el Partido Libertario de ese país, y ambos llevan décadas luchando contra la creciente injerencia del gobierno federal en los asuntos de los estados. Federalistas son también los principales partidos liberales europeos, y cabe señalar su papel en algunos de los procesos de tipo territorial más recientes, como el cierre del conflicto belga que ha convertido a Flandes y Valonia, de facto, en países cuasi-independientes. Es muy destacable también el papel federalista de los liberales norirlandeses ante el conflicto sangriento que asoló aquel territorio, y es lógico que el primer gobierno autónomo de Irlanda del Norte no fuera presidido ni por los nacionalistas irlandeses del Sinn Féin ni por los nacionalistas británicos, sino por un liberal federalista como Lord Alderdice, posteriormente presidente de la Internacional Liberal.

El federalismo es uno de los principios que informan el ideario de las principales organizaciones europeas e internacionales del liberalismo políticamente organizado. No es de extrañar que en los países federales como Suiza y Alemania, los liberales suelan tener un papel destacado. Nuestros homólogos del Partido Liberal Libertario argentino apuestan decididamente por la autonomía de las provincias frente al centralismo de Buenos Aires. Lo mismo cabe destacar respecto a los liberales de países con una gran carga de nacionalismo centrípeto o nacionalismo de Estado, y donde existe a la vez una gran pluralidad de sentimientos nacionales a lo largo y ancho de su territorio, como es el caso de Rusia.

Algunos de los padres del europeísmo fueron grandes liberales que soñaron con una Europa federal, una suerte de Estados Unidos de Europa, y cuyo sueño se ha transformado por desgracia en una pesadilla estatalista al pasar de lo que habría debido ser una federación a la actual Unión Europea, que parece decidida a imponer un Estado unitario de ámbito continental. Los liberales españoles de la clandestinidad antifranquista y de la Transición apostaron por un marco de convivencia que permitiera articular el encaje de las diversas peculiaridades y sensibilidades territoriales en la nueva España democrática que habría de venir tras la dictadura.

Y, como no podría ser de otra manera, también el P-LIB es un partido liberal muy federalista. Nuestro documento de 21 de septiembre de 2012 sobre esta cuestión y sobre las propuestas de secesión, dice lo siguiente:

“siempre hemos creído que, en un país tan complejo como España, sólo un marco territorial federal permite garantizar por un lado la simetría de derechos y libertades individuales (que no de servicios), junto a la simetría en la consideración jurídica de las partes federadas, y, por otro, la diversidad de encajes y techos competenciales resultantes para dar salida a realidades diferentes. La política que erróneamente se calificó de “café para todos” fue una más de las torpezas de nuestros constituyentes al elaborar la carta magna de 1978, que dio a luz un sistema político, económico y territorial hoy caduco y necesitado de una completa revisión.

Para esconder la autonomía de Cataluña, de Galicia y del País Vasco, se inventó un sistema pseudofederal y hasta regiones de nuevo cuño, y se alentó una enorme proliferación del Estado. Los dos grandes partidos políticos se vieron beneficiados por esta extensión de la
autonomía a todas las regiones, aprovechándola para gastar sin corresponsabilidad fiscal, para contraer una deuda pública de proporciones monstruosas y para crear innumerables entes y empresas de titularidad pública así como grandes cantidades de negociados y departamentos,
todo ello a fin de colocar a sus cuadros, alimentar sus redes clientelares y perpetuarse en el poder mediante la compra de voluntades”.

España tiene piel y estructura de país federal. La pluralidad interna no puede verse sustituida por un gobierno lejano, con poder sobre medio millón de kilómetros cuadrados y cerca de cincuenta millones de personas. Hace falta descentralización administrativa, pero también desconcentración política con la consiguiente pluralidad normativa y fiscal para garantizar la competencia, para que empresas y ciudadanos voten con los pies, para que el contraste del desempeño entre territorios fomente la excelencia y reduzca el intervencionismo. Por ello nuestro documento continúa diciendo:

“Hoy es inimaginable retroceder hacia la recentralización, que sin duda provocaría una o varias rupturas abruptas y desordenadas. También es imposible dar marcha atrás en la autonomía de las regiones sin sentimientos nacionales, porque la pluralidad de circunstancias particulares lo impide”.

Cada territorio tiene peculiaridades específicas. Hoy en día es una burda simplificación hablar de tres nacionalidades históricas y el resto. ¿Qué pasa con las comunidades que tienen lengua propia sin ser una de esas tres? ¿Qué pasa con la especificidad foral de Navarra? ¿Qué pasa con los dos archipiélagos, uno de ellos con las peculiaridades propias de una región ultraperiférica europea? ¿Qué pasa con las dos ciudades autónomas? ¿Qué pasa con la especificidad de la metrópoli capitalina? ¿Qué pasa con Andalucía, que ya al inicio de la Transición celebró un referéndum para ser considerada por abrumadora mayoría igual a las llamadas nacionalidades históricas? ¿Qué pasa con los diversos estatutos de autonomía que han sido aprobados por amplia mayoría y establecen grados de autonomía prácticamente tan altos como el que se ha negado en cambio a Cataluña? Pero, ¿de verdad alguien cree que todo eso puede deshacerse por decreto para imponer a estas alturas un Estado unitario? Quienes proponen la recentralización, igual que quienes proponen la secesión, generalmente lo hacen porque concuerda con sus sentimientos nacionales. El Estado unitario es el que desean todos los nacionalistas. Como dijo George Orwell, “el objetivo último de todo nacionalista es conseguir el mayor poder posible para la nación en la que ha decidido disolver su individualidad”.

Por eso el Estado unitario es el que quieren los nacionalistas españoles para hacer realidad su idea de España, y por eso lo quieren también los nacionalistas vascos o catalanes para aplicarlo tras escindirse. Porque no nos engañemos, una cataluña o un Euskadi independientes, gobernadas por los nacionalistas que conocemos, serían justo lo contrario a un Estado federal, y se parecerían mucho al Estado unitario que quieren para España los que sueñan con recentralizarla reconcentrando el poder en la administración central. Es en ambos casos un Estado grande, poderoso, difícil de controlar y de reducir, dado a la proliferación y fácil de utilizar por los ingenieros sociales y culturales para cincelar la sociedad a su capricho, conforme a sus respectivos mitos.

Como universalista, como racionalista y como persona, digamos, agnóstica ante cualquier sentimiento nacional, creo que hoy los liberales debemos separar Estado y nación, como en su día logramos separar Estado y religión. El mito del Estado-nación, que explotan los nacionalistas centrípetos para recentralizar y los centrífugos para independizarse, es un mito obsoleto en el mundo del siglo XXI, de la globalización económica, de la revolución informacional, de las redes humanas distribuidas y de la acción humana directa y desintermediada por nodos de poder.

Vamos hacia un mundo globalizado en el que la atomización de los Estados puede ser un camino de recuperación de la libertad. En palabras de Murray Rothbard, “no hay nada más utópico que darle al gobierno central todos los poderes y después decirle que se autolimite en su ejercicio”. Yo estoy de acuerdo. No sólo quiero un Estado mínimo, no sólo quiero un Estado ideológicamente neutral, y neutral en cuanto a mitos nacionales y demás zarandajas, quiero además un Estado compartimentado y dividido, para comparar desempeños y para tener más controlado al gobierno por tenerlo más cerca y porque tenga menos poder.

Otro importante pensador actual, Hans Hermann Hoppe, afirma que “hemos de promover un mundo compuesto por miles de pequeños enclaves independientes similares a los microestados actuales como Andorra o Liechtenstein, que se integren entre sí mediante el libre comercio y el uso común de un dinero auténtico como el oro”. Las ideas de Rothbard y de Hoppe chocan directamente con el nacionalismo y con su modelo de Estado, que es el unitario. Pero a mi juicio entroncan mejor que éste con la tradición liberal y con su recelo frente al Estado.

En el caso de España, el documento del P-LIB continúa diciendo:

“Dar marcha atrás en el pseudofederalismo establecido por el sistema autonómico es hoy por hoy bastante inviable. Pero mantener la extraordinaria proliferación del Estado que ha surgido por esa vía, y cuyo coste ya es inasumible, tampoco es una opción. Lo que necesitaríamos es una apuesta clara por resolver definitivamente el problema y cerrar de una vez por todas la cuestión mediante un sistema federal desacomplejado, simétrico en derechos y libertades individuales pero pluralista en cuanto al marco de encaje de cada territorio. (…) Sin embargo, parece improbable que vayan a darse las condiciones para ello, porque tanto los nacionalistas centrífugos como los centrípetos, tanto los secesionistas como los centralistas, han tensionado la situación, con la apasionada irracionalidad que les caracteriza, hasta lo que ya parece un punto de no retorno.

El P-LIB apela sin muchas esperanzas a la cordura y el sentido común de todos para darle una última oportunidad a la convivencia en un marco federal auténtico, y reitera lo ya manifestado en otras ocasiones: es necesario extender el concierto económico a todas las comunidades autónomas, o al menos, inicialmente, a las que lo requieran, ya que sólo así podremos contar con la corresponsabilidad fiscal que todos necesitamos. La competencia fiscal entre los estados de una federación suele ser una buena vacuna contra el déficit, la voracidad fiscal y el endeudamiento. Por otro lado, los liberales estimamos que el techo competencial de las comunidades más exigentes respecto a su autogobierno (o, por supuesto, el de cualquier otra que en su caso lo llegara a solicitar) podría equipararse, en un marco real y plenamente federal, al de territorios con la máxima autonomía posible, como Flandes en Bélgica o como las Islas Åland en Finlandia. Nadie en Finlandia se rasga las vestiduras porque en ese archipiélago exista un grado de autonomía tan amplio que de hecho se puede hablar de un país independiente. Por todo ello, proponemos una reforma constitucional que habilite este modelo federal”.

Así pues, desde nuestra particular visión del liberalismo, lo que anhelo es una España capaz de encajar su pluralidad. El junco que no es flexible se quiebra. El federalismo de verdad, el de Flandes o las Islas Åland ofrece la flexibilidad que hoy necesitamos. Pero se tienen que hacer las cosas bien. Hay que establecer el máximo federalismo posible en Derecho comparado, pero a continuación se debe cerrar de una vez por todas el debate territorial hemorrágico que tenemos abierto desde 1978 por la confrontación entre nacionalismos, porque más allá no hay otra opción que la independencia, y personalmente prefiero una España con menos regiones pero todas corresponsables y leales, que un permanente lío competencial y un constante tira y afloja.

En palabras de Ludwig von Mises, “ningún pueblo, ni ninguna parte de un pueblo, puede ser obligada a permanecer en un marco político que no desee. Una nación no tiene derecho a decirle a una provincia ‘me perteneces’, porque la provincia pertenece a sus habitantes. Si hay alguien con derecho a ser escuchado al respecto son sus habitantes, y toda disputa debe resolverse mediante referéndum. Cuando los habitantes de un territorio concreto decidan en referéndum dejar de estar unidos al Estado al que pertenecen y unirse a otro o bien constituir el suyo propio, sus deseos deben ser respetados”. Creo necesario facilitar las consultas que haga falta, como muy bien ha venido haciendo Canadá y como muy bien han planteado respecto a Escocia los conservadores y liberales que gobiernan en Londres. Y quien se quiera ir, que lo haga, pero quien se quede, que lo haga con lealtad y en condiciones federales, simétricas y definitivas.

Para ello habría que transferir de golpe las competencias definitivas dentro de ese sistema federal pleno, pero ahí se acaba la cuestión y quienes estén no pueden exigir después nada más, ni pueden desde luego pedir que a los demás no se les dé lo mismo que a ellos. Después de una profunda reforma constitucional en clave federal no podemos pasarnos otros treinta años como los que hemos tenido con el café para todos. La fatiga ya es extrema. Lo que se haya de hacer, que sea definitivo. Los ritmos de adquisición de competencias pueden ajustarse en los casos más lentos, pero las competencias finales deben ser iguales para todos, y tan amplias como sea posible.

Hay que exigir plena y absoluta corresponsabilidad fiscal. Cada administración debe gastar como mucho lo que sea capaz de recaudar, y ni un céntimo más. Ha de acabarse con el expolio a los ciudadanos de comunidades como la de Madrid para subvencionar eternamente la continuidad de la pobreza. Y sobre todo, la constitución federal debe contemplar exigentes topes a la carga tributaria y al endeudamiento, debe establecer una sencilla carta de derechos que no confunda estos con servicios (los llamados derechos positivos) y debe impedir a todas las administraciones, tanto a la federal como a las federadas, la proliferación administrativa y normativa y la tenencia de empresas públicas.

Al final, creo que a los liberales lo que nos importa no es que el aeropuerto de Barcelona sea de la Generalitat, de la administración central, del ayuntamiento del Prat de Llobregat o de la Unión Europea. Lo que queremos es que sea privado, y nos da igual que la sede de la empresa esté en la Diagonal, en la Castellana o en Piccadilly Circus.

De la misma manera, los liberales no queremos que a nuestros hijos los endoctrine ni Irene Rigau ni José Ignacio Wert, ni nos diga nadie en qué idioma educarles, porque los niños no son arcilla del Estado y nos corresponde a sus padres y madres escoger la educación que queramos darles.

Los liberales queremos menos Estado, mucho menos Estado. Y el federalismo es una buena manera de lograrlo y de combatir efectivamente el nacionalismo. En un país tan avanzado, próspero y libre como Canadá, el primer ministro liberal Jean Chrétien afirmó hace unos años que “el federalismo canadiense es mucho más que una forma de entender el gobierno: es una forma de entender la convivencia armónica entre comunidades diversas”. Estoy de acuerdo, pero sobre todo me parece una forma de afirmar y defender la única soberanía que como liberal reconozco (la de cada persona) y la única autodeterminación que de verdad me importa: la individual.

Muchas gracias

Un pensamiento en “En defensa del Estado Federal

  1. Pues mire Vd. a) un individuo solo tiene poco recorrido, salvo un pintor, un cantante etc. y aun asi necesitara el apoyo de uno o varios; b) el liberalismo en la moral, en hábitos, religion etc, esta muy bien; c) en economía la cosa cambia y bastante. No hay mercado libre porque es un imposible como el comunismo, la publicidad, la influencia de los Estados etc, hacen al mercado imperfecto, falta transparecnia; d) El Estado es el artífice de las grandes invenciones como internet, GPS, etc. son obra del Estado que sabe asumir grandes riesgos lo que no hace la iniciativa empresarialm auqnue después asume su desarrollo al principio con ayuda del Estado; e) Y para finalizar ; yo soy socialista a fuer de ser liberal (F.de los Rios)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.