Carta de acogida arrow Aportaciones Liberales
Aportaciones Liberales
 
 
 
ARTICULO DEL MES DE ENERO 10

Trabajar hasta los 67 años

Yo ni aplaudo que el gobierno nos organice la vida y las pensiones ni aplaudo el sistema de capitalización per se. Porque lo que me parece que va a pasar es que es muy posible que pasemos de un sistema de reparto público a un sistema de capitalización también público. Y eso no es lo que a mí me gusta. A mí me gusta un sistema de capitalización, pero donde los ciudadanos tomen las decisiones y no el gobierno. Además habrá que explicar cómo el Estado usurpó los ahorros de los ciudadanos mediante la Seguridad Social, con un éxito impresionante porque este sistema donde los ciudadanos no son dueños de sus pensiones sino que el gobierno organiza por ellos está prácticamente en todo el mundo y es algo que no registra cambios por el color político. Identificamos Seguridad Social como algo progresista o socialista y no tiene nada que ver. Los gobiernos de derechas también han organizado este sistema. Desde luego no eran democráticos, como no lo era el Canciller Bismarck cuando lo inventó en el Siglo XIX, ni era demócrata el General Franco en España. 

 Álvaro Lodares

 
 

ARTICULO DEL MES DE NOVIEMBRE 09
 
 

Los horizontes liberales 
 

      Sabiendo que no es prioridad del que suscribe, dotar al liberalismo de símbolos, líderes o banderas, entenderán por qué escribo este texto, tan poco vivo, tan deslavado y hervido. La urgencia de nuestro tiempo nos debería llevar a blindar la Democracia y las libertades que tenemos los ciudadanos, que se materializan en derechos no susceptibles de ser violados por los poderes. Quiero hablar de Poder y no sólo de Estado. Hay poder fuera del Estado que influye sobre él y la ciudadanía y el más fuerte es la opinión pública, distinto de la voluntad pública, expresada en el voto. La opinión pública es una maraña de conceptos que consiguen adentrarse en los ciudadanos y hacerles decir “sí señor” porque sí o porque no. 

      Y creo sinceramente que los ciudadanos tenemos derechos, anteriores a cualquier legislación. Un planteamiento demócrata radical diría que no a esto, porque sólo nos asistirían los derechos que nos conceda el parlamento elegido. Yo creo sin embargo, que aceptando la Democracia, el ser humano tiene derechos que no es necesario que se los den graciosamente y que ningún poder tiene derecho a eliminar. La  Democracia es el sistema por el cual el derecho positivo de la sociedad sale hacia adelante, pero existen derechos propios del ser humano que no caben ser conculcados ni diezmados por ninguna asamblea. Pero desde el punto de vista liberal, qué es lo que sucede con esos previos que estoy defendiendo aquí. Principalmente creo que existe una diferencia grande entre conservadores-socialistas y por otro lado los liberales. Los del primer grupo creen que el ser humano tiene una serie de obligaciones o rectos caminos que se deben sobrentender, mientras que los liberales podrían situarse en el plano de la admisión de una libertad de elección del ser humano en el sendero de buscar su realización como persona. Eso sí, no admiten los liberales, como ningún ser humano consciente de su dignidad y la de los otros, los delitos que atentan contra la integridad y la vida. El socialista cree en una corrección de las desigualdades que le corresponde al Estado subsanar. El conservador afirma que el ser humano precisa de un comportamiento moral que le viene dado por la tradición de la sociedad. Sin embargo estos presupuestos, que con toda lógica pueden ser apoyados por diversos argumentos, encuentran en la mentalidad liberal un obstáculo. El liberalismo no encorseta al ser humano en una postura u otra, sino que simplemente quiere defender la libertad y dignidad de la persona, frente al poder que le gobierna, es más, advierte que el poder gobernante debe surgir del acuerdo ciudadano mediante el voto.  

     Desde el punto de vista económico, es frecuente oír en nuestros días que dado que existe una crisis habrá que revisar nuestro sistema económico. Creo que más bien, lo que es necesario revisar es el monopolio y el oligopolio que existe en la economía mundial, en los bloqueos y las patentes que impiden que los productos y mercancías se compren y se vendan libremente. Un sistema que impide que los productores del Tercer Mundo ganen lo que con su trabajo real están consiguiendo fabricar o cultivar. 

      No podemos aceptar de buen grado que se nos informe de que el sistema va a cambiar, pero no se nos diga cómo, o lo que es peor, que empiecen a intentar abastecernos de dinero, a cambio de arrebatarnos la libertad. Casi se ha escuchado en tono de venganza a varios ministros del actual gobierno, augurar cambios en el sistema y yo me pregunto por qué lo dicen tan violentamente, qué fuerza es la que les hace desear un cambio que por cierto aún no nos han comunicado en qué consiste. Yo creo en la necesidad de cambio de nuestro comportamiento económico y si no hagámonos una serie de preguntas: ¿Pueden todos los hombres de la Tierra ejercer plenamente su libertad? ¿Hay una justa retribución al productor de un bien por su trabajo realizado en todo el planeta? ¿Pueden todos los hombres de este mundo situarse en condiciones que les permita ser auténticamente libres? 

      Si no tenemos muy embotados los ojos y los oídos habremos respondido cada uno en particular lo que en conciencia sabemos. Pero a pesar de que el liberalismo es amable a nuestra percepción, pensemos un momento en qué fallamos pues en la Historia, las sociedades han preferido en diversos momentos el orden a la libertad, la tiranía a la democracia, el pensamiento único frente a la pluralidad. ¿Hemos vivido los liberales como si fuésemos amantes del orden establecido? ¿Qué respuesta hemos dado a quienes nunca han conocido el éxito? ¿Además de en las revoluciones burguesas del siglo XVIII y XIX, dónde hemos destacado? 

      Estas preguntas no tienen una respuesta ya sabida, sino que de verdad quieren ser un cuestionario breve en el que podamos realizar un examen de conciencia. No podemos permitirnos el lujo de que la sociedad ante una grave crisis se deje llevar por las teorías que le restan capacidad al individuo, ya sea el comunismo o el fascismo, como sí ocurrió en el pasado siglo XX. Hoy, el riesgo de un renacimiento de estas doctrinas es bajo, pero entiéndase que el sistema en el que creemos no puede edificarse de espaldas a la sociedad. Por ello yo quiero plantear una serie de prevenciones que quieren homenajear el liberalismo europeo que supo defender los derechos de libertad e igualdad desde le siglo XVIII y que después de la Segunda Guerra Mundial advirtió que el modelo prebélico no era capaz de hacer frente a crisis como las habidas entre los años 20 y 30 del pasado siglo. Como ya he mantenido en escritos anteriores, fueron liberales también los que se ocuparon de colaborar en la confección del estado de bienestar. Recientemente, creé con permiso de la familia de Joaquín Garrigues Walter una página en la red social Facebook,  en su recuerdo. En ella, planteé la pregunta de si es el capitalismo el rasgo definidor de los liberales. No estaba en mi intención dar por sentada ninguna respuesta. En esta ocasión sí quiero darla porque creo que es el lugar adecuado. Creo que la libre economía, comúnmente llamada “capitalismo”, se encuentra cómoda en el tejido intelectual del liberalismo, pero no creo en una sinonimia entre ambos términos, pues liberal excede en contenido al término capitalista. Es más, los liberales pueden cumplir su papel atacando la crisis actual que vive la sociedad occidental, empezando por otras cuestiones y de hecho ya lo ha empezado a hacer. Muestra de ellos es que se han puesto enmarca unos grupos de trabajo cuyos objetivos no son sólo proponer medidas económicas, sino también colaborar en una redefinición de nuestro tipo de Estado, nuestro sistema de organización autonómica, nuestra organización social. Y es que los liberales tienen mucho que decir a la sociedad, porque ésta puede correr el peligro de acomodarse a un estado que mientras les llene el estómago, les prohíba ser ciudadanos de pleno derecho. Y en ese peligro estamos todos inmersos, pues nuestros ideales pueden verse contrastados con la penuria material. Y yo, que soy creyente, tengo bastante confianza en aquello de que nuestro espíritu es decidido, pero nuestra carne muy débil. De manera que propongámonos fortalecer el espíritu ciudadano, sin separarnos del débil, de quien no cosecha éxitos. No cometamos el mismo error que las democracias formales y constitucionales que vieron crecer al enemigo dentro de casa y no pudieron hacer nada para sofocarlo. Recordemos de nuevo Alemania, Italia, Rusia, en el siglo XX, y hoy día Venezuela o la misma Cuba. 

      Seamos prudentes en nuestra potencial deriva hacia una acomodación en el orden establecido. Acaso es el capitalismo, tal y como lo tenemos en la actualidad, la verdadera economía libre que felizmente coincidiera con las teorías liberales. Como vasco, no puedo dejar de mencionar a mi tierra, en donde la opresión del terrorismo ha incorporado a nuestra sociedad un miedo reverencial a romper con los respetos que ETA quiere implantar en todos nosotros. Cualquier persona decidida a contestar los prejuicios, que con el miedo, la banda ha querido inocular en el país, sería tachada de muy exigente, de muy idealista. ¿Qué nos ocurre? Si en algún lugar corre urgencia el sentido liberal de la convivencia democrática es en Euskadi, donde lo nacional ha estado muy por encima de lo personal durante demasiados años y defendido por las Instituciones además. 

      Quiero agradecer públicamente al Club Liberal Español que haya invitado a un joven de esa generación que hemos crecido con violencia, Santiago Abascal, para que comparta con ustedes su compromiso, ya largo, en la política vasca.  

      Tenemos urgencia de liberalismo, pero sinceramente, creo que debidamente alejado de una “moral luterana economicista”, que no nos acerca ni a nuestra historia como liberales y tampoco a la ciudadanía. El Club Liberal y todos los liberales españoles en contacto con él, lo están haciendo. Muchas gracias. 

 

Esteban Goti Bueno 
 
 
 
 
 
http://www.espana-liberal.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1868:esperanza-aguirre-pasion-liberal-por-la-politica&catid=14:firmas&Itemid=10
 
 
ARTICULO DEL MES DE OCTUBRE 09
 
 
La subida de impuestos
 
 
              Esta decisión es una de las peores decisiones que ha tomado un gobierno español en muchas décadas. En medio de una recesión económica de estas características y además una crisis financiera como la que se vive a nivel internacional, en donde todos los países han sufrido mucho tanto en sus sistemas financieros como en su economía real y de hecho es muy previsible que durante los próximos años registren un crecimiento muy bajo, la decisión del gobierno de subir los impuestos es la peor decisión que se puede tomar. Va a arruinar directamente a este país. ¿ Por qué? Porque el problema que tenemos fundamentalmente es un problema de deuda. Estamos sobreendeudados debido a una expansión crediticia orquestada tanto desde la Reserva Federal de EEUU como desde el Banco Central Europeo. España ha vivido durante muchos años con unos tipos de interés excesivamente bajos, se han cometido grandes errores de inversión empresarial, se han construido 800000 viviendas que ahora mismo nadie quiere. Se han invertido cantidades de dinero inmensas en proyectos empresariales que hoy por hoy no son rentables, las familias y las empresas se han endeudado y lo que necesitamos precisamente para salir de esta crisis cuanto antes es: ahorro. Sin ahorro no hay inversión  ¿ Y qué es lo que hace el gobierno?  Subir los impuestos ¿ Y eso qué implica? Pues que lógicamente una subida de impuestos lo que va a hacer es restar capacidad de ahorro a los ciudadanos y precisamente una de las medidas que plantea el gobierno es subir curiosamente el impuesto sobre las plusvalías, el impuesto sobre fondos de inversión y sobre las sicavs. Los fondos de inversión  no son sólo para ricos.  Diez millones de personas, diez millones de españoles tienen fondos de inversión. Subir los impuestos en estos momentos para gravar el ahorro, gravar el IRPF, gravar los bienes y servicios a través del IVA, es la peor decisión que se puede tomar y eso nos puede directamente hundir en el fango.
 
 
                              
                                         Álvaro Lodares
 

 
 
 
 

 
ARTICULO DEL MES DE SEPTIEMBRE 09
 
 

LA POLÍTICA FISCAL

 

            Lo dicho por Leire Pajín  en los últimos tiempos es terrorífico. La idea de que los impuestos son instrumentales es algo con lo que muchas veces se ha jugado como sí no estuviera detrás un quebrantamiento de la libertad de los ciudadanos. Los impuestos como su mismo nombre indica son impuestos. Es decir, se viola la libertad del ciudadano para quitarle dinero. Esto de que eso, es decir, quitarle a la gente lo que es suyo sea instrumental y no sea doctrinal de momento es inquietante. Además ¿ No nos decían que bajar los impuestos era de izquierdas? O sea sí era doctrinal. Ahora resulta que subirlos es de izquierdas. Los socialistas tienen una doctrina como mínimo algo flexible. Pero además observemos con que criterio y en que contexto lo dan. Cuando la economía va bien, ahí es cuando bajan los impuestos. O sea cuando somos más ricos es de izquierdas bajarlos y ahora cuando la economía va mal, dicen que lo que es de izquierdas es subirlos, cuando lo que está pasando con la presión fiscal, al revés de lo que dice Pajín es que está subiendo muchísimo, porque el cálculo de la presión fiscal dividiendo el conjunto de los ingresos por el PIB da una visión bastante equívoca de la situación. Mucho más correcto sería coger el gasto público, que es el conjunto verdadero de la presión fiscal, porque todo el gasto público lo pagamos y dividirlo por el número de personas que pagan impuestos. A ver si Leire Pajín hace ese cálculo. ¿ Cómo le resulta la presión fiscal cuándo lo que está pasando es que el número de gente que paga impuestos disminuye porque aumentan los parados de una manera espectacular?.

 

 

                                           Álvaro Lodares Perez.
 

 
 
 
 
 
 
 
ARTICULO DEL MES DE MAYO 09
 
IDEOLOGÍAS Y DOGMAS
 
Esteban Goti Bueno 

            Las ideologías se gestan en estados puros. El mundo, en un estado de virginidad, se deja invadir por las ideas y así, el ideólogo da cuerpo a la doctrina. De tal manera, que toda filosofía, es decir, todo amor al conocimiento, está revestida de una blancura inocente. Un segundo paso en la conformación de la “idea” es el contraste de ésta con la realidad circundante. Pero esta inmersión en el escenario de la vida es una frustración de la primitiva doctrina, ingenua, que se ve discutida por los fenómenos del mundo tangible.

 

            Ante ello, hay dos caminos como poco: En primer lugar, se puede barrer cuanto existe para hacer valer la “idea” originaria, a la fuerza, o bien, en segundo lugar, se puede adaptar la ideología al mundo en el que el ideólogo vive a diario. La primera fórmula, la de la extinción de la realidad, es la propia del  totalitarismo. La segunda opción es de carácter humanista y amiga de la democracia. Probablemente en el propio cuerpo doctrinal de una ideología está sembrado ya el espíritu de la tolerancia o su reverso.

 

Existe una finísima frontera entre las ideas y las religiones. La filosofía política puede convertirse en un credo religioso con facilidad. Esto es un error grande. Las ideologías no pueden comportarse como fuentes de revelación, pues deberían estar en constante adaptación al medio. Sin embargo, el ánimo del hombre es diferente, come del árbol de la ciencia para ser Dios. El ser humano debería renunciar  a creer que es constructor de la realidad, es sólo un heredero con capacidad de modelarla. De ahí que la libertad absoluta de la persona sea una posibilidad impracticable. Puede la persona todo pero con límites muy definidos. En ocasiones, el espejismo de ser hombre-dios, nos encarama para después dejarnos caer sin capacidad de asirnos a nada. De ser nuestra libertad absoluta, el asesinato, el robo, la injuria, no estarían penadas por ley alguna. No cabría la posibilidad de tener esperanza en una convivencia con respeto a los derechos básicos del ser humano.

 

            Desgraciadamente, las personas se han empeñado en ello. Nuestra libertad, al igual que la de los otros vivientes, radica en nuestro desarrollo dentro de los límites que nos permite la Naturaleza. Jules Michelet, historiador francés del siglo XIX, decía que “el hombre es su propio Prometeo”, emulando así el fuego robado a los dioses por este personaje mitológico para ser capaz de dar vida. Una versión similar podría ser la del monstruo de Frankenstein, sólo que con una ambiente romántico de desasosiego. A los intentos de divina creación que cree poder llevar a término el frágil humano, siempre le aguarda, detrás de una esquina, la cruel realidad mundana para recordarnos que no tenemos la capacidad de alterar radicalmente la herencia recibida. El poder político, religioso y económico deberían prestar sus oídos a la poesía mística que viene  aconsejándonos sobre esto desde el comienzo de la Historia escrita.

 

            A pesar de ello, en nuestro mundo actual, el poder busca con empeño transformar el orbe a su antojo y la sociedad le sigue vociferando a favor. Hemos llevado a prisión las ideas, el intelecto, hemos cantado sus honras fúnebres al son del carnaval de la intrascendencia. “Pienso que creo[1] (extrema falsa humildad) que la filosofía política liberal, en su defensa, precisamente, de la libertad, debería respaldar el principio de que el hombre es libre dentro del marco que impone la herencia recibida, es decir la vida. ¿Podemos sustraernos al mal que existe en la Tierra? ¿Podemos sustraernos eternamente a la enfermedad, a la ruina, a la mala reputación, a los errores que criticamos en otros?

 

En el campo de la política estas preguntas podrían tenerse presentes. Una respuesta flexible, relativista-por qué no-, podría alumbrarnos diciéndonos que todo éxito que procure el hombre o todo mal que quiera evitar, escapa por amplios centímetros siempre a su control.

 

En este sentido, las ideas políticas podrían dividirse en dos bloques. De un lado, las ideologías aperturistas, de otro las autoritarias[2]. Si nuestro afán de exclusividad estuviese más rebajado, los partidarios de filosofías políticas que concedan como irrenunciables la libertad y la justicia para los ciudadanos, podrían converger para hacer fuerte a la población frente a los poderes omnímodos. Sin embargo, la rivalidad de las siglas y las esencias doctrinarias nos alejan de esta posibilidad. La consecuencia es que los partidarios del principio de autoridad descomunal ganan terreno, pues llegan a acuerdos mutuos con mayor facilidad que los aperturistas. ¿Quiénes conforman uno y otro bando? Aquí la pregunta, allí, en el abismo, escupo la respuesta. Pues bien,  todos aquellos que entiendan que la libertad de la sociedad es un bien imprescindible que se debe conservar,  engrosan las filas aperturistas. En este grupo podemos encontrar a liberales, por supuesto y también desde una perspectiva de moderación, a socialdemócratas y conservadores. No es, pues, sólo la ideología lo que redime del espíritu autoritario, sino la actitud de quien la personifica. Para ahondar en personalidades políticas capaces de llevar a cabo estas actitudes se hace imprescindible el cambio de un Parlamento dominado por los partidos, a otro en el que sean los representantes, los destinatarios de la soberanía nacional que corresponde a todos los ciudadanos.

En el campo contrario, en el de los autoritarios, podemos hallar a socialdemócratas y comunistas o socialistas radicales, conservadores fanáticos y nacionalistas intransigentes. Vemos que se ha repetido grupo ideológico, sin embargo lo que cambia es la perspectiva. En este caso entiendo a estos grupos como defensores intolerantes de la autoridad de los gobiernos, sobre todo si son unos y otros los que ocupan el sillón presidencial. Los liberales no deberían nunca engrosar las filas de los autoritarios, salvo que fanaticen el baluarte de su doctrina, la libertad, y la lleven a cabo de forma que reine la anarquía incontrolada, bien en el campo económico o en el político. El liberalismo no debe dejar de preservar su mundo ideal pero es aconsejable que no lo instituya como una religión sectaria que divide a los hombres entre trabajadores merecedores del éxito y vagos que han de cargar con la miseria. El relativismo al que he hecho alusión, permite que todos nos veamos en momentos de nuestra vida como militantes de uno y otro colectivo. La sociedad se degrada en cuanto la colectividad impide la iniciativa particular, o bien cuando el individuo cierra los ojos ante el sufrimiento de la exclusión social o material de sus conciudadanos.

 

No, los liberales no deben ser  quienes cierren el entendimiento y el corazón ante la marginalidad o la pobreza, sino aquellos  que defendiendo a la persona libre, entienden que no puede haber auténtica libertad, paz ni justicia mientras exista una bolsa de miseria que engendra malestar e inseguridad. Es aquí, donde la utopía liberal de un mundo compuesto de individuos felices con su propia producción y autogobierno, debe acercarse a la realidad de una sociedad con problemas y necesidades que exceden de los esquemas dorados que toda filosofía política contiene. Es así como el liberalismo irá acogiendo más huéspedes en su hogar; con liberales que no teman la solidaridad, porque saben que ninguna libertad se halla en juego por la lucha contra la exclusión de sectores de la población, en razón de su sexo, origen o situación económica. Estos nuevos liberales harán de los actuales estados, la cuna de una nueva forma de hacer política donde el pacto entre opciones aperturistas favorezca que la ciudadanía sea más libre, es decir, que se encuentre menos supeditada a las directrices de un gobierno, o de la ingrata fortuna. Estos nuevos liberales contribuirán a un mundo en el que los monopolios vayan reduciéndose, donde existan,  verdaderamente, unas actividades económicas sin intervenciones despóticas que provoquen nefastas consecuencias como el hambre de los más débiles, de los que no parten de situaciones de igualdad en el inicio de toda relación económica. Ente quien mira hacia abajo y quien mira hacia arriba en un negocio, siempre habrá beneficios no pactados, sino impuestos, a favor de quien observaba desde las cumbres. Así se hizo el Tercer Mundo. Hoy, más que nunca se hace necesario otro 1789, otra toma de la Bastilla, que prescindiendo de los “intereses de clase”, sacuda la conciencia. No podemos delegar en los grupos antisistema la contestación a la injusticia que hay en el mundo. Cualquier auténtico liberal es capaz de percibirla.

 

La realidad resultante de esta nueva revolución incruenta, no es mundo de ciudadanos acaudalados, cuyas copas doradas rebosan de vino, no es la Arcadia feliz de acrisolado patriarcalismo que reivindicaba el diputado alavés Don Pedro de Egaña a mediados del siglo XIX, sino que por medio de una auténtica libre economía, y de un poder político no despótico, la ciudadanía podrá pisar con más seguridad el suelo que hoy en día se tambalea a causa del hambre, la guerra y la corrupción.

 

¿Qué es una economía libre real y un gobierno no despótico? Los dioses deberán insuflar más entendimiento en el próximo sueño.

                                            Esteban Goti Bueno.



[1] Expresión propia, elaborada con malicia para salvarme las espaldas de un hipotético error.

[2] Esta división es grosera, apto sólo para una breve reflexión como la actual.

 


 
ARTICULO DEL MES DE  FEBRERO 09
 
MIGUEL SEBASTIÁN Y EL PROTECCIONISMO
 
Álvaro Lodares
 
 
 Se está tratando lo dicho por Sebastián con demasiado jolgorio y me parece que merece una reflexión un poco más seria. Viniendo de Miguel Sebastián que es economista, a mi me parece que él está incurriendo en una cosa que a los que están en el área de teoría económica les pasa con frecuencia, que es o que no saben o que no prestan atención a la historia económica.Esto es un grave error, porque en este caso sí uno mira la historia económica de nuestro país, tiene que considerar esto de una manera mucho más grave que una especie de gracieta frívola que se le haya ocurrido una tarde. Mucha gente piensa que el proteccionismo en España lo inventa Franco y no es verdad.Empieza con ese furor a principios del siglo XVII en España. Hasta el punto de llegar a abogar por poner la inquisición en los puertos y meter en la pira a la gente que tratara de comerciar con los extranjeros. Evoluciona a partir de ahí, aunque con paréntesis de más libertad algunas veces, hasta culminar ciertamente con Franco. El proteccionismo es algo endógeno, que está tan arraigado en la cultura española que da miedo. Hay que decir además que a  la mayor parte de gente que estudia economía en este país, todavía se le dice que España ha sido un país retrasado en Europa porque no estuvo lo suficientemente apartada de los mercados internacionales. Esto se enseña. Esto sí se hubiera dicho en otro país con una tradición  de libertad comercial con el exterior más enraizada quizá podría tomarse como una gracieta, pero en España no. 

Además, Miguel Sebastián no puede no saber que lo que ha dicho es un gravísimo error. El argumento técnico es: vincular consumo y empleo. Y Sebastián no puede no saber que esto no es así. No puede no saber que no hay una relación automática entre consumo y empleo. Eso yo creo que se sabe en economía al menos desde mediados del siglo XIX, cuando un economista inglés, John Stuart Mill en una proposición que se enuncia así: La proposición cuarta sobre el capital de John Stuart Mill, dice: " La demanda de mercancías no es demanda de trabajo". Por lo tanto cuando uno consume eso no se traduce automáticamente en un aumento del empleo.Por tanto ¿ Por qué ha dicho esto Sebastián? Porque en otra persona cabría la ignorancia, en otra persona cabría un interés creado, por ejemplo sí uno es un fabricante poco competitivo y que por tanto se pudiera beneficiar del cierre de la economía. Solo haré una conjetura que tiene que ver con el hecho de que está hablando de empleo, y es que los socialistas van a hacer todo lo posible por desvincularse del aumento del paro, que pasa nuevamente con un socialista en el gobierno. Y sí para eso hay que recurrir a cualquier cosa, se recurre a cualquier cosa.Incluida la táctica del humo, es decir, primero sale Sebastián diciendo lo que ha dicho y después sale zapatero y dice que eso no es proteccionismo, porque ellos no nos van a obligar a consumir productos españoles. Pero en el medio como digo esta la idea de que quizá el consumo tiene que ver con el empleo y entonces si tiene que ver se transfiere la responsabilidad desde los gobernantes a los ciudadanos. Cuando le argumentas esto a los socialistas, se indignan y te dicen que en todos lados está subiendo el paro y que entonces no es un problema socialista. El problema con esto es que no es del todo cierto, puesto que hay países donde gobiernan partidos de todo tipo y donde no hay un paro tan alto como en España. Hay crisis en Inglaterra, en Irlanda, en Dinamarca... no son países muy diferentes a nosotros. Son países con impuestos altos y con Estados muy intervencionistas. Y sin embargo algo tienen que haber hecho en el mercado de trabajo que nuestros gobernantes no han hecho, de tal manera que puedan sortear la crisis con menos aumento del paro que nosotros.
                                                                           
A titulo informativo, insertamos noticia publicada el 21-01-2009 en www.libertaddigital.es 
 

 

 
 

 
 
 
 
 
 
 

 
ARTICULO DEL MES DE ENERO 09
 
CIENCIA Y MORAL EN EL LIBERALISMO
 
Esteban Goti Bueno

El materialismo histórico nos enseñó en la facultad que los fenómenos que habían tenido lugar en la Historia respondían a una serie evolutiva de sistemas de producción que desembocaban inexorablemente en el modo socialista de generar prosperidad. Junto a ello, tuvimos que escarbar en la bibliografía para conocer que el ejemplo que teníamos de Sociedades Socialistas no era el que había pensado Marx, sino el que la vanguardia de los partidos del proletariado había diseñado para eludir cualquier falta de control que echase al traste el triunfo de las diferentes revoluciones que tuvieron lugar en el siglo XX. ¡Qué perplejidad la nuestra al leer! Marx había previsto una dictadura del proletariado momentánea que preparase a  la colectividad para vivir sin estructuras opresivas, entre ellas el Estado. Por el contrario, los países comunistas o del socialismo real (científico), han diseñado estados indestructibles que utilizan herramientas de opresión para sofocar cualquier revuelta, la cual, si tuviese lugar sería calificada de fascista o contrarrevolucionaria.

    El marxismo no dejaba lugar a dudas en cuanto a los objetivos de los individuos. No existen, pues son los intereses de clase los que llevan al proletariado a tomar conciencia de que el modo de producción capitalista niega la justicia. Por ello, una de las peores contradicciones es que un miembro del proletariado no sea adepto a la revolución. Todo ello ha llevado a que incluso la opción socialista que apostaba por la democracia fuese todavía más negativa para los integrantes de la III Internacional. Stalin llamaba a los socialistas democráticos, socialfascistas. No tuvo piedad ni con aquellos de cuya lealtad al pensamiento socialista no cabía la menor sospecha de traición.

    Este ejemplo puede aplicarse a los diseños científicos que sobre la libre economía se han hecho. Es de agradecer que se haya matizado en varias ocasiones que Adam Smith era ante todo un tratadista de Moral y que dentro de este campo tenían lugar sus concepciones económicas. Encuentro que dentro del campo del liberalismo economicista hay dos ideas que tienden a ser científicas, al igual que el marxismo o materialismo histórico hizo con el modo de producción socialista.

    La primera de estas ideas es que los mejor preparados tienen en su mano la llave del éxito y la segunda trata de establecer la ecuación que diseñó Smith, a saber, que el hombre (en términos generales) en su búsqueda del propio interés consigue la felicidad y así las naciones consiguen la felicidad de sus miembros. A ello cabe hacer algunas precisiones que pretenden quitar carácter científico a la filosofía liberal.

    En primer lugar, respecto a la idea de que una buena preparación garantiza el éxito contradice la esencia de la libre economía. La crueldad salvaje de la vida no nos permite elaborar con plena certeza ninguna seguridad a este respecto. ¿Quién puede obligar al mejor preparado a que saque pleno rendimiento de su preparación?, ¿Querrá el mejor preparado obtener frutos, conseguir el objeto?, ¿Pueden, en definitiva, los deseos del hombre verse cumplidos siempre que ponga de su parte? La respuesta parece pasear por los caminos del No.

    Por otro lado, no podemos concluir que el ser humano, en plena libertad velará por su propio interés siempre. El planteamiento de Smith podría contener un sentido condicional: “si…, entonces…” y por lo tanto el carácter categórico le ha sido concedido con posterioridad por quienes a partir del juicio de Smith han querido construir un dogma. La voluntad humana es superior a los cálculos. Ni siquiera la decisión de velar por el propio interés garantiza que la felicidad, ni en términos económicos ni morales, llegue al individuo que se planteó obtenerla. La gran igualdad de oportunidades es que no pretendamos crear un cuerpo de élite que sea el depositario de una justicia darwiniana y calvinista para a sí justificar que la competitividad tiene unos actores fijos: los mejor preparados. La gran victoria de la libre economía abierta (no monopolística, ni oligárquica) es que la concurrencia en la actividad económica beneficie a quien tenga la “suerte” de dar con una oferta que obtenga demanda. En este sentido, el carácter científico, y sobre todo, moral, de la Economía, debe restringirse al amparo de la dignidad de las personas, los Derechos Humanos que les asisten y la legalidad que una Democracia se ha dotado a sí misma.

    Hay por lo tanto, una serie de rasgos “cientifizantes” en la perspectiva del liberalismo económico que no corresponden con la realidad.

    El liberalismo debe aceptar que los más preparados para el éxito quieran modestia, y que quienes tienen falta de recursos variados, puedan tener éxito si luchan por ello. La ciencia resuelve muchas incógnitas y tranquiliza el espíritu ante el caos que significa el mundo, sobre todo cuando se muestra inexplicable. Pero esto es un sueño, y como dijo el autor, los sueños, sueños son.
 

 
 
 

 

 
  comentario de D. Bernardo Rabassa, presidente del CLE:
"No deberían existir fronteras. Todos los individuos son ciudadanos internacionales"
 

 

 
BALANCE DE TRES DÉCADAS - PROPUESTAS DE SOLUCIÓN

(Texto de la conferencia pronunciada por José Mª Montoto, el día 15 de enero de 2009, en el
Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid)


Buenas tardes, señoras y señores.
Lo primero que debo hacer es agradecerles su asistencia a este primer acto que organiza, en su nueva andadura, la Sección de Ciencias Socia-les de esta ilustre Casa. Dos actos más tiene previsto realizar en este mes de enero y en este mismo Salón de Actos, a cuya asistencia les convoco: el próximo martes 20 tendrá lugar una Mesa Redonda sobre «Perspectivas políticas del liberalismo en España en la próxima década y su papel en los partidos políticos y en asociaciones, foros y otras institu ciones de la sociedad civil»; y al día siguiente, miércoles 21, una confe-rencia con el título «Literatura, imagen y poesía» a cargo de la profesora Doña Rocío Oviedo Pérez de Tudela. Y ya que estamos en anuncios de convocatorias, quiero aprovechar la oportunidad para destacar el acto organizado por nuestra homóloga Sección de Ciencias Económicas para el martes 27 a cargo de su Vicepresidente Don Alberto Miguel Arruti, conmemorativo del II centenario del nacimiento de Darwin, que, como Vds. saben, se celebra el próximo día 12 de febrero de este año.
Quiero también agradecer las amables palabras del Vicepresidente de esta Institución, Don Francisco-Javier García Núñez, de presentación de esta humilde persona, que espera no defraudarles en exceso.

Acaban de cumplirse treinta años de la promulgación de la Constitución Española vigente. Muchos son, y pocos, al mismo tiempo. Muchos si se considera que en los dos siglos de constitucionalismo español, que se inicia en 1808 con la promulgación de la Carta Otorgada de Bayona, sólo una -la Constitución «canovista» de 1876, que presidió el largo período histórico que se extiende entre las dos Repúblicas que se conoce como «Restauración»- ha llegado a gozar de una vigencia superior a las tres décadas. Pero pocos si los comparamos con las largas vigencias de algunas cartas fundamentales extranjeras como la norteamericana. En cualquier caso, suficiente tiempo para poder ser examinada a la luz de sus resultados desde una cierta perspectiva histórica y sin que por ello se nos pueda acusar de vehementes.
La propia advocación de este acto («Balance de tres décadas. Propuse-tas de solución») viene a adelantar que son algunos -si no bastantes- los aspecto de la Constitución de 1978 que no han sido objeto de un positivo desarrollo, unas veces porque la propia norma constitucional contiene dosis de ambigüedad que lo permiten o incluso lo inducen, y otras por-que su desarrollo legislativo -orgánico u ordinario- se ha desviado de su espíritu, violando incluso a veces la literalidad de su contenido.
En el transcurso de esta exposición iré señalando los desarrollos, tanto positivos como negativos, que se me antojen destacables, a sabiendas de que serán muchos los aspectos que se me quedarán en el tintero, pero que podrán ser posteriormente tratados en el debate, al que procu-raré reservarle el mayor tiempo posible.
Quizá el aspecto de la Constitución Española de 1978 que más haya sido destacado sea el de su origen «consensuado». «Consensuar» es, según el DRAE, “adoptar una decisión de común acuerdo entre dos o más partes”. Es pues razonable, en principio, considerar positivo partir de dicho acuerdo común a la hora de confeccionar la norma que deba regir, de forma suprema, los derechos y deberes fundamentales de los miembros de una colectividad, la configuración del Estado y de todas sus instancias e instituciones y, en fin, el conjunto de reglas para el establecimiento y función de sus diferentes poderes y autoridades y para el reparto entre ellos de sus respectivas competencias.
Mas para acordar algo debe actuarse sin reservas mentales, lo que creo que no ocurrió en el caso de nuestra Constitución. Cuatro «partes», fundamentalmente, concurrieron a aquél acto:
•    Una minoritaria clase política franquista, consciente de que, tras la muerte del Dictador -a cuyo régimen había servido durante más o menos tiempo según la edad de sus integrantes-, no tenía más remedio que abrirse a la posibilidad de establecer un sistema de ciertas libertades, por las que en realidad no había demostrado el menor interés, ni de las cuales había sentido la menor necesidad, durante los cuarenta años anteriores.
•    Otra, no menos minoritaria, representante de lo que, en términos generales, se conocía por «izquierda», integrada en esencia por los partidos que durante la contienda de 1936 habían constituido el denominado «Frente Popular», perdedores de la misma y por ello en el exilio: los partidos socialista y comunista.
•    Otra, más insignificante si cabe, compuesta por una burguesía de democristianos, liberales y socialdemócratas, que en los últimos años del régimen se había significado por su moderada oposición democrática al mismo.
•    Y en fin, una última, constituida por unos exiguos partidos naciona-listas que, con mayor o menor tradición histórica, existían en algunos territorios, especialmente en Cataluña y en lo que hoy se conoce como País Vasco.
Junto a los componentes de esta magra clase política estaba la gran mayoría de los españoles, que habían soportado de mejor o peor grado el anterior régimen, que habían consentido que el dictador muriese en la cama y fuese enterrado con todos los honores, pero que apostaban decididamente por un cambio, con la sola condición de que éste fuera pacífico y no excesivamente traumático.
Tal oportunidad histórica podía haberse aprovechado para establecer una norma constitucional que, superando antiguas y mezquinas diferen-cias, fijara las bases de una convivencia razonable de todos los españo-les en «libertad», «justicia», «igualdad» y «pluralismo político», que son los valores que, frívola e insustancialmente, se consagran como superio-res de nuestro ordenamiento jurídico desde el parágrafo 1 del artículo 1º del Texto constitucional.
Pero ya digo que todos sus autores actuaron con reservas mentales y sin renunciar a ninguno de sus particulares intereses, como tampoco a sus cauterizantes traumas históricos.
•    El sector neofranquista, entendiendo que era el único medio de garantizar su continuidad, se aferró a patrocinar lo que se llamó «reforma política», condensada en la expresión del que fuera su mentor y principal defensor (el entonces Presidente del Gobierno, Don Torcuato Fernández Miranda) de «de la legalidad –la de las Leyes Fundamentales del Movimiento- a la legalidad», aunque na-die supiera muy bien en qué iba finalmente a consistir ésta última, pues debe recordarse que las primeras elecciones generales (las celebradas en el año 1977) fueron convocadas para la constitución de una legislatura «ordinaria», no «constituyente». Para garantizar-se el buen fin de su empeño, este sector decidió formar tandem con una monarquía que anclaba su presunta legitimidad precisa-mente en una de estas «Leyes Fundamentales»: la de Sucesión en la Jefatura del Estado de 26 de julio de 1947, modificada por la Orgánica del Estado de 10 de enero de 1967.
•    El sector izquierdista de aquél entonces, integrado fundamental-mente por el Partido Socialista Obrero Español, la parte más joven y teóricamente renovadora del socialismo histórico, era marxista al estilo tradicional, esto es, republicano, revanchista, partidario de las nacionalizaciones y de la cogestión y defensor del derecho de autodeterminación de todos los pueblos de España.
•    Los democristianos, liberales y socialdemócratas no éramos nadie. Aunque nos considerábamos representantes del único y genuino sentir democrático, nos separaban enormes diferencias, tanto conceptuales como formales, y no conseguimos la unidad en el seno de nuestras propias adscripciones ideológicas, ni logramos estar representados por personas del peso y de la valía necesarios en aquellos momentos. Para colmo, nuestras exiguas organizacio-nes fueron trufadas por colaboradores del anterior régimen descol-gados a última hora del mismo y que, por su experiencia política en nadar entre dos aguas, fueron quienes precisamente ocuparon los pocos cargos de relevancia que nos cupieron en el nuevo orden.
•    Por último estaban los representantes en el interior de unos parti-dos nacionalistas, que ni sabían muy bien entonces lo que querían (como tampoco posiblemente lo sepan ahora), ni estaban dispues-tos a actuar con la sinceridad y con la generosidad y altura de miras que las circunstancias exigían. También ellos se vieron invadidos a última hora de significados neofranquistas.
•    Y lo que es más importante: todos dudosamente demócratas.
La acción combinada de todas estas actitudes y, sobre todo, aptitudes, a la hora de elaborar un texto constitucional, no podía dar otro fruto que lo que el DRAE define como «bodrio»: “cosa mal hecha, desordenada o de mal gusto”; “guiso mal aderezado”, porque, como dice Cervantes en el prólogo de su Quijote, “nadie puede contravenir el orden de Naturaleza, que en ella cada cosa engendra a su semejante”, ni se puede hacer una tortilla sin romper los huevos, como tampoco se puede, como acertada-mente advierte el Profesor Dalmacio Negro, organizar una democracia sin demócratas.
Permítaseme en este punto una breve digresión, antes de continuar con el hilo de nuestro razonamiento.
La historia es, fundamentalmente, una sucesión de hechos humanos, de actos realizados por hombres de carne y hueso. Toda gran obra requiere de los hombres adecuados para acometerla y llevarla a efecto. Pero el destino no siempre favorece a las naciones proporcionándoselos.
La poco edificante historia de la primera mitad de nuestro siglo XIX estuvo caracterizada por la carencia de significados intelectuales, pero contó con grandes hombres de acción.
“No había habido en los españoles –dice Ortega(1)- durante los primeros cincuenta años del siglo XIX, complejidad, refle xión, plenitud de intelecto, pero había habido coraje, esfuerzo, dinamismo. Si se quemaran los discursos y los libros compuestos en ese medio siglo y fueran sustituidos por las biografías de sus autores, saldríamos ganando ciento por uno. Riego y Narváez, por ejemplo, son, como pensadores, ¡la verdad!, un par de desventuras; pero son como seres vivos dos altas llamaradas de esfuerzo.
“Hacia el año 1984 –que es donde en lo soterraño se inicia la Restauración- comienzan a apagarse sobre este haz triste de España los esplendores de ese incendio de energías; los dina mismos van viniendo luego a tierra como proyectiles que han cumplido su parábola; la vida española se repliega sobre sí misma, se hace hueco de sí misma”.
Desde el desastre de 1898 al de 1936 se dan, sin embargo, grandes genios e intelectuales, pero escasos y malos hombres de acción. Al contrario que en la época anterior, se podrían quemar todas sus biografías, pero a condición de salvar sus estudios y escritos. Además de Unamuno, Ortega o Marañón, es la época de Julio Camba, de Ramón Gómez de la Serna o de Ramiro de Maeztu, por citar sólo algunos.
“La historiografía reconoce como Edad de Plata o Segunda Edad de Oro de la Cultura Española –dice López Vega(2)- al período comprendido entre el desastre de 1898 y el estallido de la guerra civil española en 1936. Los estudiosos de la historia de la cultura y la historia intelectual han articulado el análisis de esas décadas en torno a las conocidas como Generaciones del 98, del 14 y del 27”.
De 1936 a 1975 no hubo en España ni grandes intelectuales ni grandes hombres de acción salvo, entre estos últimos, Francisco Franco. Y desde 1975 hasta el presente hemos carecido tanto de unos como de otros. Esperemos que en el futuro haya de ambos. España los necesita.
Pero recuperemos el hilo argumental que nos traíamos, siguiendo, para no perdernos, el orden sistemático del articulado de la propia norma constitucional.
Hemos ya aludido al artículo 1º, cuyo parágrafo 1 comienza sentando que “España se constituye en un  Estado social y democrático de Dere-cho, que propugna, como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”, añadiendo en su parágrafo 2 que “la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”, declaraciones éstas que no pueden ser más altisonantes, pero que en nada concreto se traducen, puesto que, como en multitud de ocasiones ha declarado el Tribunal Constitucional, tienen un gran valor conceptual pero escasa relevancia práctica, ya que todas se concretan en otras normas de las que “este precepto se limita a ser pórtico”. Centremos nuestra atención en las preciosas declaraciones de que «la soberanía nacional reside en el pueblo español» y que es precisamente de éste, del «pueblo español», del que emanan todos los poderes del Estado.
En los sistemas anglosajones la soberanía reside en los individuos. En el sistema francés la soberanía reside en esa excrecencia roussoniana que se ha dado en llamar «la Nación». En España reside nada menos que «en el pueblo español», mas sin que en parte alguna se defina qué debe entenderse como tal, si entendido individualmente o considerado como colectividad o si tal atribución debe suponerse efectuada por partes alícuotas o sin distinción ideal de cuotas.
Sea como fuere, lo que no es de recibo es el imperceptible pero efectivo desplazamiento que de la atribución de la titularidad de la soberanía se ha venido paulatinamente produciendo en la relidad desde el individuo a la Nación; de ésta al pueblo; del pueblo a sus representantes; de éstos al Parlamento (no es inusual escuchar en personajes pretendidamente instruidos en la ciencia política que la verdadera soberanía reside “en las Cámaras”) y del Parlamento a los partidos políticos, donde quienes verdadera, dictatorial y oligárquicamente la ejercen son sus dirigentes. Resulta pues que hoy, por efecto de dichos sucesivos desplazamientos, quienes ejercen la soberanía nacional son el señor Rodríguez Zapatero y don Mariano Rajoy.
Pero no adelantemos acontecimientos.
El artículo 2º de la Constitución es un típico modelo de los resultados o efectos del «consenso» entre sus redactores: “La Constitución se funda menta –dice- en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”.
Tales ambiguas, polivalentes y en gran parte contradictorias declaracio-nes programáticas se desarrollan en el Título que la propia Constitución  dedica a la organización territorial del Estado español, el Título VIII, cuyo Capítulo III trata de las Comunidades Autónomas. La regulación se hace, como todos Vds. saben, sobre la base de reservar en el artículo 149, como competencia exclusiva del Estado, una serie de materias, dejando las demás a disposición de las Comunidades Autónomas, que podrán asumirlas como propias en sus respectivos Estatutos de autonomía, ya de una sola vez (cuando se den los requisitos establecidos en el artículo 151), bien en dos fases: una primera en cuanto a las competencias listadas en el artículo 148 y una segunda, transcurridos cinco años, en cuanto a las demás no reservadas al Estado en el artículo 149. El «truco» está en el parágrafo 2 del artículo 150, que dispone que “el Estado podrá transferir o delegar en las Comunidades Autónomas, me-diante ley orgánica, facultades correspondientes a materia de titularidad estatal que, «por su propia naturaleza», sean susceptibles de transferen-cia o delegación”.
Al respecto, y aún cuando extenderse sobre las causas últimas de por qué cada vez que la nación española ha intentado organizarse territorial-mente de acuerdo con una cierta racionalidad, sin jamás lograrlo, exceda del cometido de esta modesta y limitada conferencia, es lo cierto que, a los 30 años de promulgada, no podemos sino identificarnos plenamente con las palabras con que, al debatirse en el Senado el texto de este parágrafo, Don Luis Sánchez Agesta, partidario de establecer con clari-dad qué concretas facultades, de las correspondientes a materias de titularidad estatal, el Estado podría, mediante ley orgánica, transferir a o delegar en las Comunidades Autónomas, en lugar de utilizar la genérica fórmula de aquellas que “«por su propia naturaleza»” fueren susceptibles de delegación o transferencia, previno a sus compañeros constituyentes sobre los peligros de toda ambigüedad:
“Creo –decía Don Luis- que el Derecho tiene una función de paz; función de paz que realiza trazando límites. El límite aquí es fantasmal; el límite aquí es indefinido; el límite aquí es peor que un límite: es una continua invitación a la discusión sobre cuáles son las competencias que ‘por su propia naturaleza’ deben atribuirse a la soberanía del Estado o a las Comunida-des Autónomas. Si es que se puede definir ‘por su propia naturaleza’ qué materias son transferibles o no, ¿por qué no lo hacemos nosotros? ¿Por qué no lo hacemos veinticinco personas en lugar de entregarlo a treinta y cinco millones de españoles en el futuro? ¿Por qué no resolvemos aquí en diez minutos, en una hora o en un día, si es necesario, cuáles son los límites de esa transferencia, en lugar de entregarlo a una posible disputa en el futuro sobre cada una de las materias que se transfieran? … El consenso es para mí nobilísimo; el consenso es el fundamento de la Constitución; el consenso se basa en aceptación de una serie de valores comunes que hemos enunciado en los primeros artículos de la Constitución; el consenso abarca también, en una Constitución como ésta, un acuerdo para disentir. Pero es necesario aceptar unas reglas del juego para esa disensión, como son las elecciones, el compromiso en el Parlamento, etc. Hay una serie de instru-mentos jurídico-políticos del consenso en los casos en que no se llega a ese acuerdo, uno de ellos, por ejemplo, del que se abusa en el texto constitucional, es el de remitir a una ley el problema. Si no nos ponemos de acuerdo, con una ley lo resolveremos. Otras veces es el silencio; otras es esgrimir las distintas opciones, que también se practica mucho en el texto constitucional. Pero en este caso no se ha llegado a un acuerdo y no se ha abordado ninguno de estos caminos, sino ese camino excepcionalmente pintoresco de entregar a la discusión de las generaciones futuras qué, ‘por su propia naturaleza’, sea estatal o sea susceptible de transferencia o delegación”.(3)
Apenas promulgada la Constitución, fueron muchos también los autores que mostraron su desconfianza con una regulación tan poco rigurosa de un tema tan importante como el de la asignación de competencias. Y como para muestra vale un solo botón, dos breves referencias voy a ofrecerles a Vds. al respecto: las de los profesores don Tomás Ramón Fernández y don Luis Cosculluela Montaner.
“El consenso logrado inicialmente en el seno de la Ponencia Constitucional –escribió Tomás Ramón Fernández- ha conse guido convertir en norma constitucional vigente un sistema de distribución de competencias entre el Estado y las Comunida des Autónomas que no satisface a nadie, ni a políticos ni a expertos, que no responde a ningún molde conocido, que no se ajusta ni al esquema teórico del Estado federal ni al del Estado regional, que carece de la imprescindible claridad y que ya desde ahora se revela claramente insuficiente para garantizar unas relaciones razonables entre los sujetos en presencia”.(4)
Por su parte, Cosculluela Montaner, afirmó: “Lo menos que se puede decir del sistema de atribución de competencias que regula la Constitución española es que es deficiente en el orden técnico y poco claro en las intencionalidades políticas que persigue”.(5)
Vistas las cosas con la perspectiva que el tiempo nos proporciona, no alcanzamos a entender cómo los dirigentes de los grupos parlamenta-rios no nacionalistas pudieron creer que, conformándose con adoptar unas formulaciones tan ambiguas y dejando para posteriores momentos las decisiones clarificadoras, resolvían los problemas siquiera momentá-neamente, ya que cualquiera que se entretenga en examinar los diarios de sesiones de los debates parlamentarios puede apreciar la reserva mental con la que actuaron los representantes de los grupos vasco y catalán en todo lo referente a la organización territorial del Estado y a la distribución de competencias entre éste y las Comunidades Autónomas.
Fruto de esa reserva mental ha sido el sistemático expolio competencial a que ha sido sometido al Estado por parte de todos los partidos políti-cos, y no sólo de los nacionalistas, ya que incluso los partidos de ámbito estatal se han visto arrastrados por mimetismo, o se han involucrado voluntariamente por irresponsable ambición oportunista, en este puerto de arrebatacapas en que se ha convertido la organización territorial del Estado español.
Una explicación asumible del origen de este descabellado proceso nos la ofrece Miguel Herrero de Miñón en un pasaje que, no obstante su dure za, les ofrezco a continuación:
“En otro lugar –dice Miguel Herrero- he analizado la gestación y el desarrollo del sistema autonómico español (Herrero 1998) que, aparte de ciertas claves intelectuales, del mayor interés para demostrar la influencia de las ideas en la práctica política, tiene tres principales explicaciones:
Primero, la conversión de la izquierda al federalismo generali zado, opción a la que no faltan antecedentes políticos e intelec tuales –la admiración por el modelo yugoeslavo, entre otros-, pero que se concretó en el decidido apoyo a la autonomía andaluza, en pie de igualdad con las denominadas Comunida des históricas, esto es, las nacionales de Euskadi, Cataluña y Galicia. Ante las dudas, entonces más que razonables, que el PSOE albergaba de ganar las elecciones generales y conquis tar el Estado, prefirió trocearlo, para debilitarlo cuanto fuera posible, puesto que seguía identificándolo con el Estado «fran quista» y, al menos, quedarse así con los despojos.
Segundo, la derecha, que siempre desconfió de la autonomía vasca y catalana, al darlas por inevitables, optó, con visión no más patriótica que la izquierda, por diluirlas mediante la gene ralización de las autonomías, no sólo territoriales, sino locales.
Tercero, de la misma manera que el enraizamiento social del régimen constitucional se había buscado, en sus orígenes, mediante la desamortización de los bienes eclesiásticos y vin-culares, para crear una clase de propietarios, las fuerzas polí-ticas de la transición optaron por enraizar el nuevo régimen democrático a través de una nueva clase de beneficiarios de la desamortización del poder. La democracia, decía un perso-naje de la época, tenido por estadista, [no nos dice quién] consiste en que haya mucha gente viviendo del presupuesto. Si antes se desvincularon beneficios de oficios para desamor-tizar aquellos, ahora se desamortiza el oficio, reducido, en muchos casos, al beneficio”.(6)
Las tensiones centrífugas provocadas por el efecto combinado de todos estos posicionamientos (a saber: la ambición de los nacionalismos; la insolidaridad de la izquierda; la estupidez de la derecha, y la sinrazón de todos) ha dado lugar a la reproducción a escala regional (a veces unipro-vincial e incluso municipal) de la compleja estructura del Estado, multipli-cando por 17 los gobiernos, las asambleas parlamentarias, los tribunales de justicia y las instituciones consultivas equivalentes a los nacionales Consejo de Estado y Consejo Económico y Social, o de control como el Tribunal de Cuentas, el Defensor del Pueblo, etc., etc., etc. En resumen: un puro disparate, absolutamente inasumible,
-    no ya sólo por el desaforado incremento de funcionarios, edificios, etc., que provocan que la mayor parte de los recursos disponibles deban aplicarse a gastos de consumo corriente, circunstancia que se hace insostenible en un momento de crisis económica como el presente, que provoca el lamentable espectáculo al que estamos asistiendo para procurarse financiación;
-    sino también por la inútil complicación burocrática, y consiguiente merma de productividad, que para particulares y empresas supone tener que cumplimentar tanto redundante formalismo y que atender los requerimientos de la fragmentación del mercado interior;
-    como, en fin y fundamentalmente, por la ineficacia inherente a toda hiperorganización multicéfala, descoordinada y regida por los celos y la ausencia de solidaridad y de espíritu de ayudar y de permitir ser ayudado, como se ha puesto de manifiesto cada vez que se ha presentado una eventualidad como el incendio de Guadalajara o las recientes nevadas, por poner sólo dos ejemplos.
Nótese que no entro en valoraciones jurídico-políticas como la razonabi-lidad de los planteamientos nacionalistas o la oportunidad del estableci-miento de un sistema federal, confederal o cualquier otro (lo que nos llevaría mucho más lejos de lo que aquí pretendemos y nos exigiría mucho más tiempo del que ahora disponemos), ni en otras que, como la pérdida de la unidad de España, podrían ser simplistamente calificadas de «sentimentales».
No quiero, sin embargo, que se piense que con ello persigo eludir el bulto y manifestaré, aunque sea de pasada, telegráficamente y privada de cualquier justificación, mi opinión al respecto: creo honradamente que la escalada nacionalista, además de carecer de fundamento alguno (ni histórico, ni cultural, ni de ninguna otra naturaleza) nos puede llevar al desastre, y a convertir a España en un fragmentado conjunto de taifas ingobernables, precisamente en un momento en el que la globalización y la complejidad de los problemas y de sus soluciones excede cada vez más de la limitada capacidad para resolverlos de las autoridades interme dias y en que éstos afectan a colectivos o materias que superan la pro-pia competencia funcional o territorial de tales autoridades. Son tantos los ejemplos (catástrofes, comunicaciones, racional aprovechamiento de los recursos naturales, etc.) que a diario ponen de manifiesto que esto es así, que el insistir en ello, o negarse a reconocerlo, resultan esfuerzos ociosos.
Hay que estar pues de acuerdo con Bernardo Ares(7) cuando dice que
“el problema de los actuales «nacionalismos» es un problema cuanto menos anacrónico. El Estado-Nación fue una manera de organizar políticamente la sociedad española a lo largo de tres siglos (desde el comienzo del XVIII hasta la segunda mitad del XX). Utilizar el concepto «nación», que surge propia mente en el XIX en el contexto del Romanticismo literario y del Liberalismo político, para organizar políticamente, no ya un país, sino una región o comunidad autónoma, es haber perdido el tren de la historia, cuyo eslabón actual nos exige organizar políticamente nuestras sociedades de conformidad con una estratificación equilibrada del poder soberano que va, de abajo arriba, desde lo más local (municipio) hasta lo más supranacional (la ONU), pasando por las autonomías, estados y uniones continentales como puede ser la Unión Europea”.
Aparte de las antes denunciadas posiciones de la clase política, sea de izquierda o de derecha, nacionalista o no, a esta situación se ha llegado porque lo facilita y propicia la vigente legislación electoral.
Efectivamente, en un momento en el que, diga lo que diga Norberto Bobbio(8), los conceptos de derecha e izquierda están, si no totalmente obsoletos, sí al menos bastante desdibujados, con la obsesión por las opciones «centristas» (de «centro-derecha», «centro-izquierda» y «cen tro-centro»), o pretendidamente superados por las llamadas «terceras vías», un sistema electoral como el vigente en España, que favorece el bipartidismo, y penaliza a las opciones intermedias, resulta anacrónico y contrario al favorecimiento de la natural evolución política.
De otra parte, el sistema de circunscripción uniprovincial establecido en el parágrafo 2 del artículo 68 de la Constitución, desarrollado por la Ley Orgánica 5/1985, de 19 de junio, de Régimen Electoral General, propicia la sobrerepresentación en el Congreso de los Diputados (Cámara que inviste, conforme al artículo 99, al Presidente del Gobierno y que ejerce verdaderamente la función legislativa), en menoscabo de los partidos nacionales, sobre todo de los minoritarios, que precisan de un número desorbitado de votos para obtener un escaño. Y ya conocemos el uso que de tal injusta sobrerepresentación hacen los partidos nacionalistas, chantajeando a los candidatos a la hora de ser investidos y a los grupos parlamentarios al ejercer su función legislativa, incluida la aprobación de los Presupuestos Generales. No deja de resultar paradójico que una legislación electoral que, al establecer como circunscripciones electora-les las provinciales y una fórmula de atribución de escaños de proporcio-nalidad corregida, lo que dijo pretender fue, en aras de la gobernabilidad, acabar con la «sopa de letras» de las siglas de los numerosos partidos en un principio existentes, lo que a la postre haya conseguido con ello sea propiciar la «feudalización» de los poderes territoriales.
Porque eso son realmente hoy los representantes territoriales de los par-tidos políticos, verdaderos nuevos señores feudales a los que cuadra per fectamente el apelativo nobiliario con que en la terminología popular se les conoce, «barones» que ejercen en sus respectivos territorios virreina-tos basados en el amiguismo y el despilfarro, en el dominio de todos los mecanismos de influencia y control: instituciones, medios de comunica-ción, etc.
Y no sólo ellos. Toda la clase política, convertida en auténtico clan, se ha autoerigido en privilegiada casta social situada por encima del bien y del mal.
Decíamos antes que los partidos políticos han ido poco a poco apropián-dose de la soberanía que debe corresponder al ciudadano. Lo han logra-do mediante el establecimiento de un sistema excesivamente rígido de representación y de disciplina de voto, de la incomunicación entre elector y elegido, del sistema listas cerradas y bloqueadas y, sobre todo, de un funcionamiento interno nada democrático, confundiendo la forma con el fondo y los medios con los fines y violando lo específicamente previsto al respecto en el artículo 6º de la Constitución.
El fin de la democracia no puede ser otro que la defensa de la libertad del individuo y de las instituciones. Puesta al servicio de las oligarquías de los partidos se convierte en algo muy pernicioso. No puede calificarse propiamente de democracia a un sistema en el que la cúpula de unos partidos que representan a un exiguo porcentaje de votantes (que a su vez –dado los cada vez mayores índices de abstención- no suponen mas que una parte cada vez menor de los ciudadanos con derecho a voto), designa, por su inclusión en unas listas cerradas y bloqueadas, a quienes hayan de formar parte del Congreso de los Diputados y, con su media-ción, a quienes hayan de integrar el resto de los organismos e institucio-nes del Estado: Consejo General del Poder Judicial, Tribunal Constitucio-nal, Tribunal de Cuentas del Reino, Defensor del Pueblo, Consejo de Radiotelevisión Española, etc. Un sistema así no es una democracia, sino un «democratismo absolutista» cuya perpetuación no sólo consiente, sino que propicia, una legislación electoral impeditiva de cualquier intento de regeneración democrática.
En estas condiciones es razonable que los parlamentarios y concejales consideren que su escaño o concejalía se la deben al partido y que la cúpula de éste, dueña de los puestos por los que se accede a aquellos, los consideren como de su propiedad, imponiendo férreas disciplinas de voto que lo que persiguen no es la defensa de los intereses del elector, sino la de sus propios intereses partidistas, cuando no meramente personales. Lógica consecuencia de ello es la profesionalización de la política a base de mediocridades, porque una situación así sólo la soportan los sumisos.
Don Dalmacio Negro Pavón(9) denuncia esto mismo con claras expresio-nes de reproche:
“Ni siquiera hay representación, pues la controlan absoluta-mente los jefes de los partidos con ayuda del sistema de «listas cerradas». Es más, ni siquiera se cumple la Carta-Constitución* que prohíbe expresamente el mandato impera-tivo. Sin embargo, es lo que hay: los «representantes», selec-cionados mediante las infinitas trabas «morales» de las incom patibilidades y el favoritismo, están obligados a seguir al pie de la letra en todas partes y en las votaciones en las Cámaras las instrucciones de la élite del partido respectivo, que no son ni siquiera meramente orientativas, sino mandatos imperati-vos. Los «tránsfugas» que usando su derecho formal apare-cen a veces, no alteran el abuso. Se dice que toda la Legisla-ción aprobada por las Cortes desde la vigencia de la Carta-Constitución es nula de pleno derecho por contravenir la taxa-tiva prohibición que establece aquella del mandato imperativo”.
Ante una situación como la descrita, se hace cada vez más urgente y necesario liberalizar la política en todas sus instancias, democratizando el funcionamiento interno de los partidos y de las instituciones, refor-mando una legislación electoral como la vigente que favorece falsas representatividades primando desmesurada y fraudulentamente deter-minadas opciones, con absoluto desprecio al principio de igualdad consagrado constitucionalmente en el artículo 14.

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*    El profesor Negro defiende la tesis de que, al no haberse convocado como constitu yentes los comicios en que fueron elegidas las Cortes que discutieron la Constitu-ción, la misma es en realidad una “Carta otorgada” por la que denomina “oligarquía del consenso”. En diferente sentido se pronuncia el profesor José Peña González, que entiende que tal carencia debe considerarse subsanada a posteriori, al haber sido la norma resultante sometida a referéndum nacional antes de su promulgación. Personal y modestamente me inclino por la primera de dichas posiciones.
Un estado de cosas así no puede perpetuarse ni mantenerse por mucho tiempo, por lo que cada vez son más los síntomas –como el hastío de la ciudadanía, manifestado en los cada vez mayores índices de absten ción- que indican que el sistema se ha descompuesto a pasos agiganta-dos y que la situación se ha vuelto insostenible.
Pero no nos adelantemos, que aún no ha llegado el momento de efec-tuar las «propuestas de solución» que en el título de esta conferencia se prometen. Aún nos quedan muchos aspectos de nuestro sistema consti-tucional o de su posterior desarrollo legislativo que deben ser denuncia-dos, aunque hayan de serlo, porque el tiempo apremia y se consume, de forma enunciativa y casi telegráfica:
Quizá la violación más grave de todas las que, tanto de su letra como su espíritu, se hayan producido en los treinta años de vigencia de la Consti-tución de 1978 sea la relativa al expolio* de la independencia del poder judicial, en su doble vertiente orgánica y jurisdiccional. El poder judicial es el único que viene definido como tal «poder» en el Título VI de la carta magna bajo el epígrafe de “Del Poder Judicial”. El artículo 117 esta blece que “la justicia emana del pueblo y se administra en nombre del Rey por Jueces y Magistrados integrantes del «poder» judicial, indepen-dientes, inamovibles, responsables y sometidos únicamente al imperio de la ley” (parágrafo 1), así como que “el principio de unidad jurisdiccio-nal es la base de la organización y funcionamiento de los Tribunales” (parágrafo 2), sin hacer más excepciones que la relativa a la jurisdicción militar “en el ámbito estrictamente castrense y en los supuestos de esta-do de sitio”.
Para que se juzgue la propiedad en la utilización del término «expolio», y aunque se trata de una cuestión bastante conocida, hagamos un breve recordatorio de la evolución normativa operada en el sistema de designa ción de los miembros del Consejo General del Poder Judicial, “órgano de gobierno del mismo” según la propia Constitución:
•    El parágrafo 2 del artículo 122 dispone que “una ley orgánica esta-blecerá su estatuto [el del Consejo General del Poder Judicial] y el régimen de incompatibilidades de sus miembros y sus funciones, en particular en materia de nombramientos, ascensos, inspección y régimen disciplinario”, concretándose en el parágrafo siguiente que “el Consejo General del Poder Judicial estará integrado por el Presi dente del Tribunal Supremo, que lo presidirá, y por veinte miembros


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*    “Expolio”: «Acción y efecto de expoliar». “Expoliar”: «Despojar con violencia o con iniquidad». (DRAE)
nombrados por el Rey por un período de cinco años. De éstos [de
los veinte, debe entenderse], doce entre Jueces y Magistrados de todas las categorías judiciales, en los términos que establezca la ley orgánica; cuatro a propuesta del Congreso de los Diputados y cuatro a propuesta del Senado, elegidos en ambos casos por mayoría de tres quintos de sus miembros, entre abogados y otros juristas, todos ellos con reconocida competencia y con más de quince años de ejercicio en su profesión”.
•    No dejaba de ser propiamente una intromisión del Poder Legislativo en el Poder Judicial el hecho de que ocho de los veintiún miembros integrantes de su máximo órgano rector fueran designados por el primero y entre miembros ajenos a la carrera judicial, por mucho y muy reconocido que fuera su prestigio como juristas. Pero, a fin de cuentas, se trataba de una porción minoritaria.
En desarrollo de esta normativa constitucional, bajo el gobierno de la UCD se promulgó la Ley Orgánica 1/1980, de 10 de enero, cuyo artículo 8º disponía que “los doce Vocales de procedencia judicial serán elegidos entre Jueces y Magistrados pertenecientes a todas las categorías judiciales”, y cuyo artículo 12º preceptuaba que “los Vocales del Consejo General de procedencia judicial serán elegi-dos por todos los Jueces y Magistrados que se encuentren en servi cio activo”, estableciéndose en el artículo siguiente el procedimiento de elección, “mediante voto personal, igual, directo y secreto”.
•    Los diversos gobiernos socialistas, sin embargo, primero en 1985 (LO 6/1985, de 2 de julio) y luego en 2001 (LO 2/2001, de 28 de junio), bajo la excusa de que fueron “las exigencias del desarrollo constitucional [las que] demandaron la aprobación de una Ley Orgánica que regulara la elección, composición y funcionamiento del Consejo General del Poder Judicial, aún antes de que se procediese a la organización «integral» del Poder Judicial” (Exposi-ción de Motivos, I-5), despojaron al colectivo judicial de la posibili-dad de designar ni siquiera a uno sólo de sus representantes en el Consejo, atribuyendo el nombramiento de todos ellos al Parla-mento: diez al Congreso de los Diputados y otros tantos al Senado.
Resulta pues que son las cámaras legislativas (entiéndase: los partidos políticos que las integran) quienes eligen a los miembros integrantes del «órgano de gobierno» del constitucionalmente llamado «Poder Judicial» y, a su través y por su mediación, dadas las competencias de tal organismo, la totalidad de las altas jerarquías y autoridades judiciales, desde el Presidente, los Presidentes de Salas y los Magistrados del Tribunal Supremo, hasta dos de los doce miembros del Tribunal Consti-tucional, pasando por los Presidentes de los Tribunales Superiores de Justicia de las Comunidades Autónomas. Una forma fácil de acabar con la división y la separación de los Poderes del Estado (ya lo dijo el pro témpore Vicepresidente del Gobierno Don Alfonso Guerra: “Montesquieu ha muerto”); un expeditivo sistema de acabar con el Estado de Derecho; un verdadero «golpe de Estado».
Un paso previo en este sentido, en el que se dijo que estuvo implicado el propio Monarca, fue la vergonzosa actuación del Tribunal Constitucional* en el «caso Rumasa», proporcionando cobertura jurídica a una actuación gubernamental manifiesta y clamorosamente ilegal y anticonstitucional, debida al vergonzante voto de calidad decisorio de su presidente, un prestigioso jurista republicano y socialista vuelto del exilio para arruinar con su actuación, en los últimos días de su existencia, el doble prestigio personal y profesional acumulado durante toda una vida. En ese aciago final del año 1983 ya no cupo duda a nadie que antes la albergara de que «delenda est democracia»
¿Responsabilidad sólo del Partido Socialista? En modo alguno. En tal desvergonzada orgía de satisfacción de apetitos y pasiones antidemocrá ticas participan todos los partidos políticos parlamentarios pugnando por meter cuchara en el impúdico festín. Piénsese, si no, en el obscenamente denominado «Pacto de Estado por la Justicia» alevosamente suscrito por los dos principales de ellos para repartirse la parte del león de los despojos, que en eso han dejado convertido -para cualquier democracia que pretenda denominarse tal- el sacrosanto poder judicial: en despojos a merced de hienas, buitres y demás alimañas carroñeras.
Los lamentables espectáculos de procaz mercadeo a que siempre se ve obligado a asistir el sufrido justiciable pueblo español cada vez que toca renovar los cargos del Consejo General, del Tribunal Supremo o del Tribunal Constitucional, están en la memoria de todos y nos excusan, de un lado, de insistir sobre el particular y, de otro, de retirar ni uno sólo de los calificativos que anteceden.
Mas no es sólo a este campo al que se extiende la voracidad de la casta política. Son otras muchas las facetas y actividades en las que, sin pudor alguno, ésta ceba su desenfrenada adefagia: empresas públicas, medios de comunicación, etc.
Particularmente en cuanto a estos últimos, han sustituido en la titularidad dominical a la otrora «Prensa y Radio del Movimiento», y raro es el ayun tamiento que no dispone de una emisora de televisión local, o la comuni- dad autónoma que no dispone de dos, con inversiones multimillonarias y

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*  Sentencia del Tribunal Constitucional nº 111/1983, de 2 de diciembre.
gastos desorbitados, principalmente destinados a la autopropaganda y el boato, cuando no a la producción y la emisión de programas vulgares que, sobre constituir una verdadera apología de la ordinariez y la cutrez, lo único que persiguen es idiotizar al ciudadano-elector manteniéndole sumisamente sometido. Por poner un ejemplo recientemente conocido: en el año 2007 (del 2008 aún no conocemos los datos), una emisora de televisión pública que compite con las particulares en la financiación privada, Televisión Española, hubo de ser subvencionada, con cargo a los presupuestos estatales, en la nada módica cantidad de 627 millones de euros, es decir, en más de cien mil millones de las antiguas pesetas.
Otro sector al que la casta política, de la manera más desahogada, ha sometido a un sistemático asedio, hasta conseguir reducirlo a su exclusi-vo dominio, ha sido el de las cajas de ahorro, fuente principal de financia ción de sus desafueros. Al socaire de una pretendida «obra social» que les exime de la necesidad de obtener beneficios y rendir cuentas, las han destinado a subvencionar la actividad política de los propios partidos y megalómanos proyectos ruinosos (parques temáticos: Port Aventura, Terra Mítica, Faunia; aeropuertos, como el de Ciudad Real, etc.) pero, sobre todo, a aliviar el desempleo de parientes y amigos. El espectáculo que se nos está ofreciendo en la pugna por el control de una de las primeras cajas nacionales nos ahorra todo comentario al respecto.
Ante la descrita situación, a nadie habrá extrañado que la mayor parte de las cajas de ahorro y la práctica totalidad de las comunidades autóno-mas y municipios españoles se encuentren en situación de bancarrota, ni que para su salvación hayan encontrado amparo en el gobierno del Estado, aunque, como publicaba ayer un diario económico(10), estén destinando los fondos de él  (de todos nosotros) obtenidos en “pistas de «scalextric» y de monopatín, circuitos de motocross, parques infantiles inspirados en Verano Azul, campos de tiro…” (sic), continuando en la línea del despilfarro en la que llevamos embarcados mucho tiempo.
Podríamos extendernos indefinidamente, pero el tiempo va apremiando y no me gustaría concluir sin apuntar las posibles soluciones a que desde un principio me comprometí.
Ahí van:
•    Por los motivos expuestos, y otros muchos que la falta de tiempo nos impide siquiera enumerar aquí, la conclusión a que debe inde-fectiblemente llegarse es a la de que la Constitución de 1978 no tiene arreglo. Debe ser derogada o, por utilizar la eufemística expre sión de que usa su artículo 168, «totalmente revisada», conforme al procedimiento que en el propio precepto se contempla (por aquello ir «de la legalidad a la legalidad»): toma de la decisión por mayoría de dos tercios de cada Cámara; disolución inmediata de las Cortes; celebración de elecciones generales constituyentes; ratificación de la decisión por las Cámaras elegidas; aprobación de un nuevo texto constitucional por mayoría de dos tercios de cada Cámara y sometimiento de dicho nuevo texto a referéndum.
•    Hay instituciones que, como la Monarquía, por carecer de sentido, no tendrían encaje en el nuevo texto. En este tema hago mías las palabras de Don Dalmacio Negro Pavón(11), cuando dice:
“Lo que sí parece ya irreversible es la marcha hacia la III República: los tiempos no son monárquicos –democra cia y monarquía son contradictorias-, y el prestigio de la Monarquía está muy deteriorado igual que el de todas las instituciones. Además, ha mostrado públicamente su inutilidad para defender el êthos de la Nación … y ahora en la situación límite de la posibilidad de disolución de la Nación. … La idea que se tiene ya de esta institución es que, al no garantizar nada frente a los intereses y caprichos de la clase política, es completamente inútil, y cuando se cree en la inutilidad de una institución está sentenciada”.
•    En cuanto a la organización territorial del Estado, tampoco tendría sentido que en el nuevo texto constitucional que se promulgara tuviera cabida concesión alguna a posibles veleidades nacionalistas, secesionistas o separatistas. Debería pues establecerse en él con meridiana claridad no sólo la “indisoluble unidad de la Nación española”, sino también, y expresamente, la inconstitucionalidad de los partidos que no la aceptasen y defendiesen.
•    Se consagraría al español, también de modo expreso e inequívoco, como única lengua oficial en todo el territorio español.
•    El régimen de las comunidades autónomas se limitaría constitucio-nalmente a una simple desconcentración administrativa y funcional que tuviese por exclusiva finalidad la mejor prestación de los servi-cios públicos. Nada pues de tribunales de justicia, de consejos con-sultivos, de tribunales de cuentas o de defensores del pueblo de ámbito regional, ni de delegados del gobierno en las comunidades autónomas ni de éstas ante el gobierno, ante otras comunidades autónomas y, por descontado, ante otros Estados soberanos, por-que no se reconocerá otra capacidad de representación diplomática que la propia del Estado a través de su ministerio de asuntos exte-riores o equivalente.
•    Se reservarán como competencias exclusivas del estado, además de las actualmente contenidas en el artículo 149 de la vigente Cons titución, todas aquellas que se refieran al aprovechamiento de los recursos hídricos y a la regulación del comercio interior, cuya dele-gación o transferencia a las comunidades autónomas quedará expresamente prohibida. El resto de las competencias que, por no estar expresamente reservadas, puedan ser asumidas por dichas comunidades, podrán ser sometidas a específicas legislaciones orgánicas de armonización.
•    Las asambleas regionales limitarán su función legislativa al ámbito exclusivo de sus competencias propias, con estricto respeto a lo que se disponga al respecto en la legislación orgánica de armoniza-ción. Se entenderá nula de pleno derecho cualquier disposición autonómica que contravenga lo anterior o lo dispuesto en una dispo sición de igual rango de ámbito nacional.
•    Al aprobarse el nuevo texto constitucional se entenderían automáti-camente derogados todos los estatutos de autonomía que se hubie-ran aprobado al amparo de la antigua Constitución, en todo lo que en ellos resultara incompatible con el nuevo sistema autonómico en aquél reconocido.
•    Se reforzaría, en compensación, la autonomía financiera y funcional de los municipios.
•    Se garantizaría la total independencia de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Para ello:
-    Las investidura como presidentes de los gobiernos nacional y regionales y como alcaldes, vendrá directamente determinada por el número de escaños que cada opción electoral hubiera obtenido como consecuencia de la elección correspondiente. En caso de igualdad de escaños, será investida la persona que decida la opción electoral más votada.
-    La totalidad de los miembros del Consejo General del Poder Judicial, incluido su Presidente, serán nombrados por el procedi-miento previsto en los antes parcialmente transcritos artículos 12º y 13º de la derogada Ley Orgánica 1/1980, de 10 de enero, esto es, “entre Jueces y Magistrados pertenecientes a todas las categorías judiciales”, y “por todos los Jueces y Magistrados que se encuentren en servicio activo”, “mediante voto personal, igual, directo y secreto”.
-    Se suprimirá el Tribunal Constitucional, cuyas funciones serán asumidas por una Sala Especial de Garantías Constitucionales del Tribunal Supremo.
-    Se garantizará la independencia de los partidos políticos en la elección de todos las demás instituciones de control como el Tribunal de Cuentas, el Defensor del Pueblo, etc.
•    Se suprimirá el Senado.
•    Se suprimirían las cajas de ahorro y se prohibiría constitucional-mente la existencia de entidades financieras o de crédito que no respondan a la iniciativa privada y hayan sido creadas con fondos de igual origen.
•    Los regímenes electorales se basarán en circunscripciones únicas (de ámbito nacional, regional o municipal, respectivamente), y en criterios de estricta proporcionalidad.
•    Se prohibirá a las instituciones públicas y a los partidos políticos cualquier participación en la titularidad dominical de los medios de comunicación, tanto escritos como audiovisuales, así como la inser-ción de publicidad institucional en los mismos.
•    Se establecerá la obligatoriedad de todas las instituciones públicas de atemperar sus gastos a sus ingresos («déficit cero»).
•    Se suprimirán y prohibirán para lo sucesivo toda clase de subvencio nes públicas, en particular la financiación pública de los partidos políticos, de las organizaciones sindicales y patronales, de las asociaciones y fundaciones de cualquier naturaleza y, en fin, de toda clase de organizaciones no gubernamentales.
•    Se penalizarán las emisiones públicas de cualquier clase de comen tario peyorativo o negativo que pudiera resultar ofensivo a cualquier religión o creencia.
•    Se garantizará que los partidos políticos, como ordena el actual artículo 6º de la vigente Constitución, “expresan el pluralismo políti-co, concurren a la formación y manifestación  de la voluntad popa-lar y son instrumentos fundamentales para la participación política”, así como que, efectivamente, “su creación y el ejercicio de su activi-dad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la ley”, y “su estructura interna y funcionamiento” democráticos.
Hasta aquí las cosas que a bote pronto se me ocurren. Seguro que en el debate surgirán muchas ideas más. Todas ellas, a la larga o a la corta, por las buenas o por las malas, se acabarán realizando, porque de lo que no cabe la menor duda es de que el modelo está agotado, el sistema quebrado y el pueblo harto.
Harto y legitimado para exigir el cambio… o para imponerlo por cualquier medio.
Uno, pacífico, sería la abstención en toda clase de elecciones. Ningún partido se merece que se les vote. Este año se van a ofrecer varias opor-tunidades de demostrarle a la clase política que no es esta la democracia que deseamos.
Pero hay  otros.
Y que no se nos tilde de «antisistemas». Ellos son los «antisistemas», porque ellos son los que, con su actuación, están dejando al «sistema», como don Juan a doña Inés, imposible para ellos… y para todos.
Al respecto, y para concluir, haré una última reflexión:
Cuando el domingo 6 de julio de 2008 don José Luis Rodríguez Zapatero, Presidente del Gobierno y Secretario General del Partido Socialista Obrero Español, en el discurso de clausura del 37º Congreso de su partido, dijo que los cambios que acababan de aprobarse en el mismo “iban mucho más allá de una mera alternancia en el gobierno”, no nos estaba queriendo decir (como algunos comentaristas de la derecha y la propia Presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid, doña Esperan-za Aguirre, críticamente interpretaron) que él no creyera en la alternancia en el poder y se estuviera “situando en otro sitio que no es la democra-cia” (Aguirre). Lo que en mi opinión nos estaba realmente anunciando es que la transformación que de la sociedad española iba a producirse con las medidas a través de las cuales habían de implementarse los valores que en ese 37º Congreso acababan de ser establecidos iba a ser de tal calado que se iba a situar más allá de cualquier alternativa, inmune a cualquier cambio de gobierno. Con lo cual el Sr. Rodríguez Zapatero no nos estaba anunciando nada nuevo: se estaba limitando a dejar constan-cia de que estaba a punto de poner remate a lo que en España viene ocurriendo desde que su partido llegó al poder en octubre de 1982, recor dándonos aquél otro famoso presagio que en su día nos hiciera don Alfonso Guerra de que, si alguna vez los socialistas dejaban el poder, a España “no la iba a conocer ni la madre que la parió”.
Claro que, para que tal amenaza pueda hacerse efectiva, se necesita de la cómplice anuencia del partido de la oposición que, ocasionalmente, se alterne con el socialismo en el poder, así como la de los partidos minori-tarios, nacionalistas o no, que les apoyan en las Cámaras nacionales y autonómicas y en los consistorios municipales, esto es, con la cómplice anuencia de toda la clase política pero, sobre todo y también, con el cómplice silencio y anuencia de todos nosotros, con el cómplice silencio y anuencia del pueblo español.
Pero en este pueblo hay también «espíritus valientes» dispuestos a secundar a Quevedo cuando nos advertía:
“No he de callar
por más que con el dedo,
ya tocando en tu boca o en tu frente,
silencio avises o amenaces miedo”.
Y a dar respuesta afirmativa a sus preguntas:
“¿Nunca ha de haber un espíritu valiente?
¿Nunca se ha de pensar lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?”

En esta ilustre Casa, en esta misma Sala, se han dictado conferencias y emitido proclamas que han contribuido a cambiar la Historia de España. No será ése, por supuesto, el caso de la modesta que acabo de darles. Pero para no desmerecer excesivamente tal honor, tomaré prestadas, para concluir, unas palabras que José Ortega y Gasset pronunció en la famosa conferencia que dictó el día 23 de marzo de 1914 en el Teatro de la Comedia:
“En épocas críticas -dijo el gran pensador- puede una genera ción condenarse a histórica esterilidad por no haber tenido el valor de licenciar las palabras recibidas, los credos agónicos, y hacer en su lugar la enérgica afirmación de sus propios, nuevos sentimientos. Como cada individuo, cada generación, si quiere ser útil a la humanidad, ha de comenzar por ser fiel a sí misma”. (12)
A ello insto yo a todos los presentes, particularmente a los pertenecientes a las generaciones más jóvenes: a tener el valor de licenciar las palabras recibidas y los credos agónicos y de sustituirlos por la enérgica afirma-ción de sus propios y nuevos sentimientos; en definitiva: a ser, cueste lo que cueste, fieles a sí mismos.
Muchas gracias y buenas noches
 
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NOTAS

(1)    José ORTEGA Y GASSET: Obras Completas, tomo I, Alianza Editorial/Revista de Occidente, pág.280, 1ª edición, 2ª reimpresión, Madrid, 1993.

(2)  Antonio LÓPEZ VEGA: Epistolario inédito (Marañón, Ortega, Unamuno), Espasa Calpe, pág.14, Madrid, 2008.

(3)  Diario de Sesiones del Senado, nº 54, de 13 de Septiembre de 1978.

(4)  Tomás Ramón FERNÁNDEZ: “El sistema de distribución de competencias entre el Estado y las Comunidades Autónomas”, en Revista de Estudios de la Vida Local, nº 201, enero-marzo, 1979, pág.10 (Citado por Rafael Entrena Cuesta en “Comen tarios a la Constitución”, Edit.Civitas, pág.1613, Madrid, 1980).

(5)     Luis COSCULLUELA MONTANER: “La determinación constitucional de las competencias de las Comunidades Autónomas”, en La Constitución española y las Fuentes del Derecho, I, Madrid, 1979, pág. 540 (Citado por el mismo autor y en el mismo lugar).

(6)    Miguel HERRERO DE MIÑÓN: “Federalismo asimétrico: el caso español”, en Libro homenaje a Iñigo Cavero Lataillade  (coordinación    de José Peña González), Tirant lo Blanch, Valencia 2005, págs. 354 y 355.

(7)    José Manuel DE BERNARDO ARES,: El Estado-Nación en dos encrucijadas histó ricas, IUSTEL, Madrid, 2006, pág. 19.

(8)    Norberto BOBBIO: Derecha e izquierda. Razones y significados de una distinción política, Taurus, Madrid, 1995.

(9)    Dalmacio NEGRO PAVÓN: Del Movimiento al Consenso, en Razón Española, nº 140, Madrid, noviembre-diciembre 2006, pág. 281.

(10)    Expansión, 14 de enero de 2009, portada, editorial y págs.24 y 25.

(11)    Dalmacio NEGRO PAVÓN: Op.cit., págs. 282 y 283.

(12)    José ORTEGA Y GASSET: Op.cit., pág. 270.
 
 

 

 
 

 
 

 
  
 
 
 

 
ARTICULO DEL MES DE ENERO 08
 
¿ECLOSIÓN LIBERAL?
 
Carlos Entrena Palomero y Pedro López Arriba
 

A primera vista podría decirse que, en Europa, el socialismo ha fracasado en todas sus modalidades. El siglo XX en Europa, puede denominarse el siglo del socialismo con un balance, tan concluyente, como desolador, en la práctica. Sin embargo, no parece que este fracaso haya desplegado aún todas sus consecuencias en los socialismos europeos. Una breve revisión de los hechos ocurridos parece corroborar de modo pleno estas afirmaciones.

En efecto, primero cayeron los socialismos de tipo antiautoritario, a los que se conoce como ácratas o anarquistas. Y así, para 1939, pese a la importancia que llegaron a tener en algunos países, como España, quedaron definitivamente arrumbados. Luego les siguieron los socialismos nacionalistas, denominados genéricamente fascismos, que declinaron a partir de la derrota militar alemana de 1945. Treinta años después cayeron las dictaduras corporativistas, de origen militar e inspiración pretendidamente cristiana, que gobernaron los dos países de la Península Ibérica hasta 1974 -Portugal- y 1975 -España-. Por último, en torno a 1990, se derrumbó el socialismo comunista, de inspiración marxista, que se había desarrollado en los países del Este continental, bajo la hegemonía de la extinta Unión Soviética. Aunque no puede olvidarse que el comunismo ha seguido sobreviviendo hasta el presente en algunos países africanos, en la América Hispana (señaladamente en Cuba) y en Asia, donde continúa siendo el régimen de China, Corea del Norte y Viet-Nam. Tras ellos, sólo se ha mantenido en pie el llamado socialismo democrático o socialdemocracia, que ha ido recogiendo en su seno los restos del naufragio de todos los demás.

    Al hilo de esa sucesión de decepciones hay quien ha sugerido la posible eclosión del liberalismo como necesaria e inevitable consecuencia, si bien esto dista de estar tan claro como esas optimistas visiones proponen. La crisis final del comunismo en Europa en 1990, significó, entre otras muchas cosas, un golpe terrible para el pensamiento socialista, del que no parece que haya conseguido reponerse ni es fácil que lo llegue a hacer. De hecho, desde ese momento, los grupos políticos, movimientos y escuelas de pensamiento que se reclaman de la tradición socialista, incluida la socialdemocracia, atraviesan una grave crisis de identidad y de ideas. Ciertamente parece, a falta de ideas de mayor magnitud, que se han refugiado en la intensificación del estado de bienestar incorporando nuevos o más servicios sociales y avanzando en aspectos, que no en derechos, atípicos, “folclóricos” o puramente marginales, como sucede con la eutanasia, los  matrimonios homosexuales u otra clase iniciativas.

Paralelamente al proceso descrito de caída de los distintos socialismos en Europa, surgieron reformulaciones liberales, sobre todo las realizadas por los autores de las llamadas Escuela Austriaca y Escuela de Chicago que, si bien inicialmente se habían mantenido en un segundo plano, empezaron a cobrar un auge notable a medida que los socialismos decaían. La presidencia de Reagan en USA (1983-1991), el éxito de las políticas económicas aconsejadas por la Escuela de Chicago, o el gobierno liberalizador de Margaret Thatcher en Inglaterra (1979-1990), fenómenos todos ellos producidos en los momentos inmediatamente anteriores al desplome del comunismo, preludiaron sin duda ese hundimiento.

Pero para que efectivamente se produzca un resurgimiento del pensamiento liberal será necesario algo más que el desastre práctico de los diferentes socialismos que habidos hasta ahora. Como dijo Revel, la caída del Muro de Berlín sucedió, pero sólo allí, no en las conciencias de la mayor parte de los europeos. Y la realidad nos demuestra que el ideario del socialismo ha terminado por impregnar a los más amplios y diversos sectores sociales y políticos de Europa y hasta de América. Los conservadores, los demócrata-cristianos, y hasta algunos grupos del liberalismo más clásico, se han visto invadidos por  ideas y  criterios socialistas. La integración como observador del Partido Demócrata USA en la Internacional Socialista, durante la presidencia de Clinton, la reconversión del liberalismo inglés en el actual conglomerado “liberal-socialdemócrata”, la adopción por los conservadores europeos, y de los españoles también, de pautas genuinamente socialistas, demuestran que el liberalismo necesitará de algo más que de la crisis del socialismo para resurgir.     

    La verdad, dicho sea con toda crudeza,  a lo que realmente asistimos no es un auge del liberalismo sino a un auge del conservadurismo, sólo teñido de liberal, por la propaganda. Así, el norteamericano Bush, el francés Sarkozy, la alemana Merkel, el italiano Berlusconi, u otros, pese a su pretensión de revestir sus ideas y proyectos “como” liberalismo, no son liberales, sino conservadores. En realidad, lo que verdaderamente ha ocurrido, es que existe una adscripción puramente “nominal” al liberalismo desde el campo conservador e incluso, a veces, desde el ámbito del neosocialismo, como ha sucedido con Tony Blair . Y por eso, pese a los augurios triunfalistas de algunos, creemos que el liberalismo va a tener que seguir esperando aún su momento.
 
 
 
 
ARTICULO DEL MES DE DICIEMBRE 07 
 
1812: EL LIBERALISMO
(DE LA UTOPIA AL ANTIDOTO).
 
IGNACIO DEL RIO.
Vicepresidente del Club Liberal español.

          La crisis de la política española, bloqueada por la mayoría parlamentaria que sostiene al Gobierno de Zapatero y por la acción u omisión de la oposición del PP, ha producido como resultado el efecto llamado “crispación”.La irreductibilidad de las posiciones que se traslada a los órganos institucionales, desde el Consejo del Poder Judicial al Tribunal Constitucional, se extiende a todas los epígrafes de la agenda política. El disenso, consustancial con la democracia, padece un mal de gigantismo que le permite ocupar toda la acción pública. Reducido el escenario de confrontación a ETA y sus variantes- la piel de cordero electoral de Batasuna y sus nuevas versiones PCTV y ANV- la hipertrofia ha ahogado el normal comportamiento de las Instituciones democráticas, empezando por el Parlamento.
    Esta situación agrava, significativamente, un evidente retroceso de la libertad ciudadana, como sucede en todas las batallas. Ya no hay individuos sino tropas, no hay pensamiento sino propaganda y se sustituye la crítica por la alineación. Esto sucede, además, con un envejecimiento prematuro del sistema de partidos que transmite la participación democrática. Esclerotizados, encerrados en sí mismos, convertidos en una agencia de colocación de militantes obedientes, como dice Jiménez de Parga, los partidos políticos viven cada día más alejados de los impulsos de modernidad y transparencia que se establecen en el orden económico para el gobierno corporativo de sociedades, empresas e Instituciones. La  Ley de Financiación de los Partidos Políticos, en la que se ha acordado restringir el control de las Fundaciones a ellos vinculadas y las Cajas de Ahorro, que bajo una estructura social encubren la nomenclatura de los poderes autonómicos, es una buena prueba de la espesa capa con que se evita la transparencia de su funcionamiento.
    Aquí nadie desde los Partidos defiende una mejora de nuestro sistema democrático y de los derechos individuales. El PSOE de Zapatero está actuando con su vieja estrategia de ocupación de la sociedad y las Instituciones y el desmontaje del Estado como garantía de derechos, todo ello al servicio de un pensamiento único. Los nuevos derechos sociales que nos presentan no son sino auténticas restricciones de la libertad, prohibiciones, e imposición de su modelo de sociedad. Y el vaciamiento del Estado frente al poder de las organizaciones territoriales, los Estatutos de Autonomía, no es sino el reflejote la negación y desconsideración  del individuo frente al poder de las castas políticas que  representan  “el espíritu del pueblo”. La Ley de Igualdad que impone cuotas en consejos de administración y en listas electorales no es una superación de restricciones, sino simple y llanamente intervencionismo y discriminación, por mucho que se  quiera dulcificar con el adjetivo de “positiva”.Los nuevos capítulos de derechos que han justificado la reforma de los Estatutos no son sino mayores competencias, más ámbitos de decisión, para los Gobiernos, sin  incrementar un solo ápice su control por los ciudadanos.
    Esta imposición de modelo político, que no gobierno, que está haciendo Zapatero, se extiende incluso a la oposición del PP a la que deslegitima  en origen y arrincona en la acción política. Los supuestos intelectuales a la violeta y sus medios afines niegan al PP su derecho al ejercicio de la oposición, utilizando el recuerdo de Irak, de las Azores  y del 11-M para construir a su alrededor un cinturón de supuesta salud democrática. Al mismo tiempo, el Gobierno marca la posición política que debe asumir el PP para recuperar sus credenciales democráticas. Una estrategia manipuladora, intervencionista y que quiere falsear el sistema constitucional en beneficio del pensamiento único, que no sólo representa un mayor número de votos, sino que es moralmente superior. En definitiva, una vez más el profundo desprecio que siente el PSOE por la libertad de opinión y por el control político cuando ejerce el Gobierno.
    La respuesta a este laberinto trazado por Zapatero en el que quiere encerrar al minotauro de la democracia, para lo que se inviste con los signos de la paz, “todo por la Paz”, es más democracia y más libertad. Declaraciones que ya se hicieron en 1812, con la antesala de la declaración en defensa de la libertad de prensa proclamada en 1810 en la Isla de León. La limitación del poder del soberano, la nación como sustrato político del Estado y la libertad como elemento indisoluble del individuo. Unos principios que son hoy absolutamente necesarios para recuperar una democracia sin adjetivos, una democracia de calidad y que esté acompasada con la tremenda revolución tecnológica de información y comunicación que estamos viviendo. Las barreras, las censuras y los aranceles saltan por los aires a través de Internet y la transformación económica en China, con un primer reconocimiento de la propiedad privada, demuestra que el cambio es imparable.
         Los valores del liberalismo, libertad, individuo, propiedad privada, control del poder, acceso a la información y la cultura son los pilares de la modernidad y de la civilización y son irrenunciables  en cualquier sociedad. No se pueden someter a ningún bien superior ni civil, la paz, ni ideológico ni religioso. Y  son la mejor manera de articular las nuevas relaciones políticas y sociales que surgen como consecuencia de la globalización. En esta estructura, el imperio de la Ley, a través de la organización del Estado que ha superado la configuración tribal y feudal, es el modo de resolución de conflictos y la garantía del respeto a la libertad y la igualdad frente a los Poderes Públicos.
    Hoy España necesita reforzar su  democracia con el liberalismo  y con liberales que trasladen a los ciudadanos la convicción de que la democracia tiene que se más intensa, más directa, más representativa y con más derechos individuales y más controles de lo público. Cádiz en 1812 inició el camino. En 1978, la Constitución recogió su testigo. Casi treinta años después debemos defender nuestros valores, porque como dijo Stuar Mill “Nadie puede ser obligado, justificadamente, a realizar o no realizar determinados actos…porque en opinión de los demás, hacerlo sería más acertado o más justo.”
 
 
 
 

 
10 de diciembre de 2007 

 
 
  EL PAPEL DE LOS LIBERALES ASTURIANOS EN LA SUSTITUCION  DEL

               ANTIGUO REGIMEN POR UN ESTADO CONSTITUCIONAL
 
 
INTRODUCCION



La primera mitad del siglo XIX constituye una de esas épocas estelares de la historia  en la que Europa deja de reconocerse a si misma. La ilustración reformista deja paso a un liberalismo revolucionario. Ya no bastaban los avances culturales en las costumbres, ni las reformas ilustradas en la política. El clamor de la libertad llegaba al absolutismo  monárquico.

Las ideas liberales de los pensadores y políticos europeos y norteamericanos traspasaron las fronteras de Europa Occidental. Siguiendo los pasos de Inglaterra y Francia, las revoluciones liberales fueron socavando los cimientos de las monarquías absolutistas europeas. Ya no era tiempo de esperar a que el viejo orden social se derrumbara por si solo, como preconizaba Tockeville. La Revolución Liberal se mostraba impaciente.

Las revoluciones inglesa, francesa y americana fueron plasmando las nuevas ideas en la realidad política. Las declaraciones de derechos del ciudadano, el principio de soberanía popular y los sistemas constitucionales surgían como abanderados de un nuevo orden político. El respeto a los derechos naturales, a la libertad y la propiedad exigían imitaciones al poder del Soberano. El poder absoluto debía estar acotado por la Ley. El estado absolutista del Antiguo Régimen debería ser sustituido por un estado constitucional.

España no podía quedar al margen de las nuevas tendencias. Y así marchaba a impulsos de las corrientes foráneas. Las obras de Voltaire y Montesquieau circulaban por el pais. Y, tras la Revolución Francesa, las de Condorcet y Mably. Las lentas reformas ilustradas no bastaban. Una minoría culta ya abogaba por introducir los valores del Nuevo Régimen. Incluso, algunos ,como Marchena ,llegaba a pedir una convocatoria
de Cortes para hacer la revolución.
               
La Revolución francesa irrumpe como un aldabonazo en medio del reinado en crisis de Carlos IV. Aunque España pareciera un bastión del Antiguo Régimen ,las medidas de aislamiento tomadas no evitaron la permeabilidad de sus fronteras. Las informaciones llegaban hasta las modestas capas de la población. Se han señalado incluso, algaradas rurales al grito de “Viva la Libertad”. Se apreciaba como las nuevas ideas se hacían realidades. Pero, a la vez, las enormes violencias cometidas frenaban a muchos reformistas. El equilibrio entre ambas sensaciones habría de marcar el camino de la Revolución Española.
               
En este ambiente, la invasión napoleónica de 1808 rompe la historia de España
El alzamiento español  entraña una sucesión asombrosa de hechos que causarían general admiración a costa de una siembra de violencia y destrucción que condicionaría la futura evolución del país.

La Guerra de la Independencia constituye uno de los hitos mas destacados de la evolución histórica española. No solo logró repeler al invasor, sino que también actuó
de marco sustentador de la revolución liberal española. Al final de la misma, de un modo singular, España se convertía  en  el tercer estado liberal europeo.
               
Una minoría de liberales  decididos lograba que los nuevos valores se aplicaran, aprovechando el levantamiento de un pueblo, mayoritariamente conservador. Entre ellos, ocupan  un lugar destacado los liberales asturianos. Más de una docena desempeñaron un papel de primer orden en la implantación y configuración del Estado liberal.

Sorprende tan elevado numero de primeras figuras, si se tiene  en cuenta  que el  pequeño Principado de Asturias apenas sobrepasaba los trescientos mil habitantes respecto a una población española de doce millones.

Esa preponderancia asturiana hay que basarla probablemente en factores interiores mas que  en las influencias revolucionarias exteriores, que  afectaban también a otras regiones. De hecho, Asturias ya había desempeñado un importante papel en el movimiento ilustrado. Las generaciones cultas de hidalgos universitarios, que contaron,
además, en su propia tierra, con las ideas renovadoras de Feijoo generaron una corriente    
minoritaria, pero influyente, que, incluso, traspasó sus fronteras. Campomanes y Jovellanos dos de los mas destacados miembros de la Ilustración, dan buena prueba de ello. Esto  no sólo constituyó un excelente caldo de cultivo, sino que Jovellanos llego a actuar de enlace con las nuevas generaciones liberales.
                    
Jovellanos, considerado como la figura más señera de la Ilustración, sirvió de guía  para la mayoría de los miembros de la primera generación en sus primeras singladuras. Y, en los últimos años de su vida, en la Junta Central, constituyó un auténtico puente de la Ilustración con el Liberalismo. Su influencia fue importante en la convocatoria de las Cortes de Cádiz. Y, aunque sus ideas moderadas sobre las cortes bicamerales y la soberanía compartida  fueran sobrepasadas por el liberalismo doceañista, la ironía del destino quiso que, años mas tarde, fueran rescatadas por el liberalismo doctrinario.  
                    
Las actuaciones de los liberales asturianos han sido de diversa  índole, política, económica, legislativa  y hasta militar. Pero  la mayoría están unidos por el denominador  común  de una actividad  intelectual. Son, a la vez, hombres de acción y de intelecto. Desde el mas puro intelectual, Martínez Marina hasta los exaltados revolucionarios, Riego y San Miguel. Desde los grandes tribunos, Argüelles y Toreno hasta los políticos economistas Flòrez Estrada y Canga Argüelles. Desde los influyentes moderados Mon, Pidal y Posada Herrera hasta el progresista Escosura y el demócrata Pedregal.

Todos ellos contribuyeron a la implantación y consolidación del estado liberal. Si Jove –
llanos abre la serie desde la Ilustración, Pedregal la cierra hacia el  Liberalismo democrà
tico posterior  donde verdaderamente ejercería sus acciones màs importantes.

No formaron escuela, ni partido. Su ideología fue variada, a veces contrapuesta, pero envuelta con el manto común del liberalismo. Sus interrelaciones fueron constantes en las distintas épocas y lugares. En la propia  Asturias, a las relaciones de 
vecindad y amistad, se unen las políticas en la Junta General del Principado. Sin embargo, su proyección principal fue nacional. En Madrid, Sevilla o Cádiz tuvieron muchas oportunidades de colaboración. Incluso en los difíciles tiempos del exilio compartieron vicisitudes entre ellos y también con otros liberales asturianos no tan  conocidos. Pero en ningún momento olvidaron su objetivo. El exilio solo suponía un paréntesis.
                   
Sus actuaciones comienzan en la propia Asturias. El levantamiento del Principado de Asturias en 1808 constituye uno de los acontecimientos históricos mas sorprendentes. La Junta General del Principado, inducida por las revueltas populares, asume la soberanía y se transforma en Junta Suprema de Gobierno con Flòrez Estrada
como Procurador General. A modo de una nueva Reconquista se levanta en armas contra el invasor, Así se ve a una minúscula región declarando la guerra a Napoleón. Envía, además, una delegación oficial a Inglaterra, encabezada por el joven futuro Conde de Toreno, a la que se unirá en Londres Argüelles.

Pero los liberales participantes en el levantamiento no olvidaron su ideología y quisieron ,también, aprovecharlo en favor de  la misma. Los comisionados en Londres tomaron contacto con el liberalismo oficial inglés y, también, con el importante liberal Lord Holland, gran amigo de España y de Jovellanos que mantendría estrechas relaciones con los liberales doceañistas.

A su vez, Flòrez Estrada, dentro de Asturias pretendió dar un viraje liberal a la Junta del Principado. Intentó, sin éxito, que fuera pionera en decretar la libertad de imprenta. Y llegó a proponer una convocatoria de Cortes en Oviedo, con la participación de otras provincias, que se reveló de difícil realización. Lo que si logró fue el nombramiento de Jovellanos como representante de la Junta de Asturias en la Central.
                          
Estos primeros escarceos liberales en la propia tierra asturiana no pasarían a mayores Pero contribuirían a  expandir la ideología liberal en Asturias. Significarìan, también, un anticipo de las actuaciones a desarrollar a nivel nacional.

Estas actuaciones se desarrollan en todo el proceso de implantación del Estado liberal (1808-1812), de su reposición (1820-1823), de su formación final en las Regencias (1834-1843) y de su estructuración en la época isabelina (1843-1868)

El estudio comprende, por tanto, los sesenta años que van de 1808 a 1868, con sus continuos vaivenes causados por las dos restauraciones del régimen absolutista y también por los conflictos entre las propias familias liberales. Sin olvidar los años de guerra carlista  que  el proceso liberal tuvo que superar

Las  acciones de los liberales asturianos fueron particularmente importantes en el primer periodo de implantación, en el que  se produjo una colaboración de todos  los de la época, de una u otra forma La antorcha de Jovellanos fue recogida por Argüelles y Toreno, que dejaron su impronta en las Cortes de Cádiz y en la Constitución de 1812. Desde fuera Martínez Marina y Flòrez Estrada aportaron un importante apoyo intelectual. Y Canga Argüelles, como diputado en las Cortes posteriores y como ministro planteó las bases económicas y fiscales. El regreso de Fernando VII
dio al traste con el Nuevo Régimen.
                            
El trienio liberal tuvo también un importante color asturiano. Riego y
San Miguel, dos militares liberales de una nueva generación promueven en 1820 la reposición del régimen constitucional. Pero, en todo el trienio liberal, todos los liberales asturianos del periodo desempeñaron funciones ejecutivas o legislativas en los mas importantes puestos de diputados, ministros, e incluso presidentes del Gobierno y de las Cortes. Con decir que hasta el intelectual puro Martínez Marina dispuso de un acta de diputado queda todo dicho. Pero, una vez más, la invasión francesa en ayuda del Rey puso fin al régimen constitucional.
                             
En las Regencias, con el inexorable paso del tiempo, llega el final de la actividad política de los doceañistas, Toreno accede al Ministerio de Hacienda y a la Presidencia del Gobierno con el Estatuto Real, para terminar como diputado. La derogación del Estatuto es promovida por quienes lo consideraban insuficiente, a quienes apoya  San Miguel desde la Capitanía General de Cataluña.

La nueva Constitución de 1837 supone para Argüelles  una de las últimas ocasiones de demostrar su impronta, como Presidente de la Comisión. Se logra, al fin una Constitución  que instaura un régimen constitucional permanente. Si Jovellanos hubiera vivido habría experimentado una gran alegría al comprobar que, con las nuevas formulaciones del liberalismo doctrinario se habían hecho realidad sus ideas de las Cortes bicamerales y de la soberanía compartida.
                            
Pero aún le quedaba a Argúelles su ultima gloria. Fue candidato, junto a Espartero para sustituir a Maria Cristina en la  Regencia. Aunque obtuvo un buen resultado, triunfó Espartero. Fue nombrado tutor de la reina. En la Regencia de Espartero, San Miguel es nombrado Ministro de la Guerra.
                            
Al final de las Regencias, desaparecidos  los doceañistas, solo queda el veinteañista San Miguel, para desempeñar un papel en la época isabelina. Pero ya aparecen  fugazmente, en puestos importantes dos liberales de una nueva generación, Mon y Pidal  que serian hombres clave en el periodo siguiente.

A partir de entonces, en la época isabelina, la participación asturiana no fue importante en numero, pero si en influencia. En la década moderada, Pidal y Mon adquieren todo el protagonismo. Ministros  y diputados en varias ocasiones, propulsores de la nueva Constitución de 1845,reformadores del Sistema fiscal se convierten en figuras principales de los liberales moderados y hombres de confianza de Narváez. Ello les lleva a participar en las grandes decisiones, llegando a promover, incluso la vuelta de
Narváez.

En el bienio progresista se cambian las tornas.Es el veterano San Miguel quien desde la Presidencia de la Junta de Salvación y Defensa de Madrid llama a Espartero. Mas tarde llega a ser Ministro Universal Y Presidente de Las Cortes.

Por una paradoja del destino, el progresista Escosura, Ministro de la Gobernación se convierte en causante involuntario del final del bienio progresista, como consecuencia de una discusión con O’Donnell.
                           
Con la Unión Liberal  otro miembro de la nueva generación Posada Herrera se convierte en  hombre clave desde el Ministerio de La Gobernación.
                            
En el inestable periodo final del Reinado de Isabel  II  termina  la sugestiva  actuación de los liberales asturianos en la tarea de  implantar y configurar un Estado Liberal. Posada Herrera ministro y Mon, Presidente del Gobierno  pusieron un fugaz broche a la misma en medio de la barahúnda de gobiernos que caracterizaron esos últimos tiempos.
                             
El trabajo finaliza con la Revolución de 1868 porque en dicha fecha el Estado Liberal ya estaba plenamente consolidado. El antiguo Régimen había desaparecido para siempre. Pero también porque en la futura evolución del liberalismo censitario hacia el democrático, la participación asturiana no fue tan copiosa, ni tan influyente.
                            
En este aspecto no se puede dejar de citar que el liberalismo asturiano de esta época incluye una figura , Manuel Pedregal, uno de los fundadores del Partido demócrata y participante en la Revolución de 1854 que podría considerarse hombre puente del mismo  con  las nuevas épocas. En ellas  llegó  a importantes cargos. Vicepresidente
de Las Cortes de la Primera República, Ministro de Hacienda con Castelar, Presidente de la Real  Academia de Jurisprudencia, creador con Giner de los Ríos de la Institución Libre de Enseñanza y Presidente de su Junta de Gobierno.
                            
Por supuesto, el liberalismo asturiano, aunque menos numeroso y decisivo, continuó en épocas posteriores. En la parte final del siglo XIX y principios del  XX Álvarez Buylla y los krausistas asturianos, Mon hijo, González Posada y Melquíades Álvarez, cada uno en su tendencia, fueron dignos continuadores de la corriente liberal en unas circunstancias históricas no menos difíciles que las de sus antepasados. Pero eso queda fuera de los limites del presente trabajo.
 
EMILIO CANSECO 

28 de Noviembre de 2007
 
 
 
RECUPERAR EL LIBERALISMO


La mayoría de nosotros se sorprendería al oír que España ha sido una de las naciones precursoras del liberalismo, probablemente porque ni siquiera sabe qué significa esta palabra. “Liberal” debe de ser uno de los términos más confusos y peor empleados en el lenguaje político, y eso que al liberalismo se deben logros  – y esto es terrible que se ignore – como la libertad de expresión, de sufragio o la igualad ante la ley. Conquistas todas que hoy disfrutamos sin reparar en el esfuerzo que han supuesto, y que no pocas veces los liberales han pagado con su vida.

Resulta curioso que, según los poderes dominantes de cada momento, a los liberales se los haya encasillado indistinta e interesadamente en la izquierda o en la derecha; siempre, por supuesto, con objeto de desautorizarlos. En realidad, los liberales no pertenecen a ninguno de estos extremos. El liberalismo, como indica la propia raíz de su vocablo, propugna la libertad – la libertad individual, con sus ventajas y sus derechos pero también con sus obligaciones - y, en consecuencia, está reñido con el ánimo intervencionista y la hipertrofia del Estado que anhelan ambos polos
ideológicos.

No es de extrañar, pues, la influencia de nuestra Nación en el pensamiento liberal occidental, ya que el humanismo ha casado siempre con nuestra idiosincrasia sensible y generosa, torneada por la lucidez que proporcionan tres mil años de historia llenos, a partes iguales, de logros y fracasos.

Así, el propio Adam Smith señala el Siglo de Oro español y, más
concretamente, a la injustamente desconocida Escuela de Salamanca, como el caldo de cultivo del pensamiento liberal moderno, donde se fraguaron las ideas sobre derechos individuales como la propiedad o la vida; derechos que hoy tenemos por normales - caídos gratuitamente del cielo - pero que, hasta no hace tanto, eran exclusiva de una minoría y han costado voluntades, sufrimiento y talentos que se olvidan con inusitada frivolidad.

Andalucía, además, a la que solemos considerar indolente y más preocupada de la fiesta que de los acontecimientos políticos, ha sido una referencia para el liberalismo; no solo acogiendo a las adelantadas Cortes de Cádiz de 1812, sino alumbrando liberales como la granadina Mariana Pineda, el general Torrijos, o el también malagueño Marqués de Salamanca, todos ellos ligados a vidas ejemplares, a veces épicas, que merecerían ser rescatados del olvido.
Libertades hoy tan comunes como votar, poseer una casa o escribir este artículo, son privilegios que les debemos en gran parte a ellos.

 

En estos tiempos, pues, de polarización ideológica, en los que nos adherimos de manera incuestionada a una doctrina simplemente porque “parece” representar nuestros sentimientos o nuestros intereses, no estaría de más reflexionar sobre los valores en los que se sostiene nuestra sociedad y el trayecto que han recorrido hasta llegar aquí para que podamos disfrutarlos.

Eminentes compatriotas los han defendido a veces al precio de la propia vida. Compatriotas que, al margen de etiquetas oportunistas y prejuicios ideológicos no eran ni de derechas ni de izquierdas, sino, simplemente, liberales.
 
CARLOS GUERRERO CASTILLO  
CLUB LIBERAL DE MALAGA 
Noviembre 2007 
 

 
ARTICULO DEL MES DE NOVIEMBRE 07
 
CULTURA LIBRE
 
Carmen Ibañez Martínez


        Si definimos cultura como el conjunto de rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos, que caracterizan a una sociedad o grupo social en un periodo histórico  determinado, es fácil entender porque en la medida  en la  que los gobiernos son menos respetuosos con la libertad individual, actúan de una forma más beligerante para que las manifestaciones culturales no se produzcan de una manera  espontánea y natural.
    
        A través de la cultura se expresa el hombre, toma conciencia de sí mismo, busca nuevos significados y crea obras que le trascienden, dando su visión particular del mundo. Sus expresiones más elaboradas son las que conforman las  invenciones, tecnología, sistemas de valores, tradiciones, creencias y  manifestaciones artísticas  de  una sociedad en un momento histórico determinado.

        Las dictaduras han reprimido siempre, hasta las manifestaciones culturales más inocentes. Nos llegan noticias  de que en estos días en Venezuela, se ha boicoteado una gira de Alejandro Sanz, por su apoyo a la oposición en el pasado.  Nos hace sonreir el recordar alguno de los aspectos más pintorescos  de la  censura  franquista. (En televisión española  todas las películas que iban a ser proyectadas, eran  supervisadas por un sacerdote, o se colocaba un echarpe sobre los escotes de las cantantes, para preservar la moral publica). Pero las manifestaciones culturales,  actualmente en  nuestro país, en una sociedad que es  mucho más compleja y avanzada, tampoco  se están produciendo  en completa  libertad y la situación  presenta  algunos aspectos inquietantes.    

        Si tras el reconocimiento constitucional del derecho a la libertad de pensamiento y la prohibición de la censura previa, estás deberían ser cuestiones superadas, basta un repaso a la actualidad para comprobar, que no solo existe una cultura oficial, que sigue las directrices de lo políticamente correcto, sin atender a criterios de calidad  y que se desarrolla al amparo de las subvenciones oficiales, sino que aquellos que se apartan de dicha línea de pensamiento, quedan  postergados  y  en ocasiones son objeto de castigo.

        De igual forma resulta especialmente preocupante la situación en  Cataluña,  donde el poder político proclama  como  lengua propia la catalana, y quiere imponer a los intelectuales  como única forma de expresión escrita o hablada el catalán. Comenzando  por la obligación   consagrada  por el Estatuto de conocer el catalán, que  ha contado con la  anuencia  del Gobierno de la Nación, y continuando por la Carta de principios de los medios públicos, la Ley de corporación Catalana de Radio y TV  etc. comprobamos como  se promulgan disposiciones que vulneran los derechos lingüísticos  reconocidos en la Constitución española. De esta manera se viene oficializando  un modelo excluyente, al uso del castellano, que en el terreno práctico  se  ha convertido   en una  auténtica persecución lingüística.

         Así se hacen  purgas  en los medios de comunicación públicos  para que no se escuche hablar en español o  se acude la feria editorial de Francfort, con una representación institucional muy importante,  en la que se invierte un coste desorbitado, pero sin la presencia de los escritores catalanes  que escriben en español. Se asiste a una feria internacional, cuyo objeto en principio debe ser vender libros, olvidando aquellos escritores a los que el público  español ha reconocido  su prestigio y calidad. Quien no conoce a Carlos Ruiz Zafón con su libro, La sombra del viento etc.

        Mas de lo mismo encontramos, si nos detenemos en el mundo  cine. El proyecto  de ley  que se debate actualmente en el Congreso no se decanta por el  apoyo al  proceso  de la libertad creativa, o por la creación de estructuras que ayuden al fortalecimiento del cine español para mejorar su desarrollo .Sino que   el   debate más destacado se centra,  en la introducción de medidas tales como  la creación de un fondo, para ayudar a las películas y productos audiovisuales rodados en alguna  de las lenguas de España  distintas del castellano. En un mundo tan globalizado  como el del cine, que tiene como actor principal a la poderosa industria  norteamericana, en el que en 6 años en España se han cerrado 425  salas, se considera  que es una  medida de importancia el  dar protagonismo en la gestión a las comunidades autónomas.

        Tampoco el mundo del arte queda al margen de  las influencias políticas. El arte se encuentra cerca el pensamiento y tiene que ser  supervisado. Así vemos como la gestión de un Museo como el Reina Sofía, no se hace con proyección de futuro, sino que si cambia el Ministro del ramo, también cambia el Director. Por el contrario no importa   que las cifras de visitantes, si se comparan con las de los otros museos de similares características de nuestro entorno,  sean muy bajas, que tenga poca proyección internacional, etc.

        En definitiva y tras este breve repaso al panorama cultural,  no es aventurado afirmar que los fondos  públicos no se utilizan de manera adecuada para apoyar al talento sino que los diferentes gobiernos  buscan fundamentalmente ganar clientelismo. ¿Cuantas  exposiciones, ediciones de libros , premios   etc se organizan  con obras  que a pesar del apoyo oficial , carecen de difusión entre el público y , por el contrario de  margina a otros creadores de calidad y prestigio?

        Nuestra aportación al debate de la cultura  parte del principio de defensa de  la  libertad personal, al servicio de la cual el estado debe poner sus medios. El individuo  como  creador, para el desarrollo de sus ideas y proyectos debe gozar de libertad y no   estar sometido a los intereses políticos imperantes en un momento histórico determinado,  y por otra como sujeto con capacidad de disfrutar de los bienes culturales tampoco debe verse sometido a la dictadura de  políticamente correcto, pudiendo elegir aquello que más le gusta e interesa.

        Consideramos que el papel del estado, no va más allá de crear las condiciones necesarias para que el individuo pueda acceder a los bienes culturales y participar libremente en su creación. Pero el protagonismo debe estar en la sociedad civil, para lo cual seria importante favorecer el mecenazgo, creando los incentivos fiscales necesarios.

        En un aspecto más general  no se ha realizado una apuesta decidida  para que todos los ciudadanos tengan  acceso a la sociedad de la información  y para que la red digital se extienda por  todos los rincones de nuestro país, incluidas las  áreas rurales.  En estos años en los que gracias a Internet se ha producido la muerte de la distancia, y nos acercamos a la democratización del conocimiento,  no se han  abordado las inversiones necesarias en tecnología para que todos los ciudadanos tengan acceso a la sociedad del conocimiento.

        La creación de infraestructuras tales como teatros, auditorios, bibliotecas también debería correr  en manos del estado, y en definitiva  contribuir a que el talento en sus diferentes expresiones,  no quede oculto.

 
 

 
ATENEO DE MADRID

SECCIÓN DE CIENCIAS JURÍDICAS Y POLÍTICAS


CICLO REPUBLICANISMO Y LIBERALISMO

Miércoles 24 de octubre de 2007, a las 20.00 horas

PERSPECTIVA LIBERAL DEL REPUBLICANISMO

Presidido por el Ilmo. Sr. D. José Luís Abellán, Presidente del Ateneo de Madrid

Presentado por D. Pedro López Arriba (Presidente del Club Republicano 3)

Conferencia a cargo de Bernardo Rabassa (Presidente del Club Liberal Español)



El liberalismo no puede defender para el futuro, una vez desaparecido Juan Carlos I,  sino una III República Constitucional, igual a la que hoy rigen en los países más avanzados del mundo: USA, Alemania, Francia, Italia, pues nuestra historia liberal, que se ancla en el S. XVII con los Ilustrados Jovellanos, Aranda, etc., cristaliza en la Constitución de 1812, y se desarrolla en el S. XIX en avatares constantes de lucha contra los “serviles” a Fernando VII, pronunciamientos y revoluciones, que D. Práxedes Mateo Sagasta estabiliza en la restauración, desde la I República a la II, ambas destruidas por sí mismas, por los cantonalismos la primera, y por la división de las dos Españas, la II, y en las que los liberales tuvieron un papel no sólo relevante sino protagonista, del que hoy pretende adueñarse la “izquierda” oficial del PSOE que gobierna el país, y que, apalancada una vez más en la monarquía borbónica, limita la libertades individuales, que sólo podrían ser realizables en la III República Constitucional que propugnamos desde aquí y que, basándose en la Constitución de 1978, termine de una vez por todas con esta inacabable Transición, al país adulto que ya somos y que se merece, lógicamente, una nueva Constitución, cuando se plantee el problema de la sucesión.

Hablando de liberalismo y PSOE,  me referiré, pues, como ejemplo de apropiación,  a un libro:

La IZQUIERDA LIBERAL, de Javier Moreno Luzón. Un libro de biografías, de once biografías de los liberales con los que entroncamos los liberales del presente, exiliados por la apropiación del concepto izquierda por el PSOE en el poder, que muchas veces los hace suyos, olvidando que hay una pequeña pero inmensa diferencia, y es que no eran ni somos marxistas. No se debe olvidar que el socialismo procede de una escisión de la Internacional Comunista y que la dialéctica marxista enfrenta al capitalismo contra el proletariado. Claro, que se les han caído los palos del sombrajo, dado que la riqueza de los países propiciados por los liberales les han dejado sin proletariado obrero al que redimir, y por lo tanto andan a la caza de ideas falsamente “progresistas” con las que ilustrar una ideología socialista que ya no tiene ningún sentido, salvo el totalitarismo de pensamiento único, de las clases medias enriquecidas, y que han transformado los países occidentales en mesocracias que precisan de ideologías, como la liberal, que defiende las libertades ciudadanas, las de los individuos, dándoles nuevas ilusiones, al hacer del hombre individual e irrepetible, el centro antropológico del presente, del pasado y del futuro. Es solamente sintiéndonos uno a uno trascendentes, como podemos soportar con paciencia o con alegría nuestro paso por este mundo, que de tan cruel como es a diario, sólo nos podría consolar la fe en la vida después de la muerte. Aunque mucho me temo que el hombre posmoderno se ha dado ya cuenta que esta hipótesis tiene pocas posibilidades de realización. ¡Ojalá pudiera ser de otra manera! De modo que si nos ponemos a vivir el día a día, y nos sentimos trascendentes por ser únicos y con ilusiones éticas y solidarias, o entraremos en la depresión, o en la dispersión artificial del hedonismo dominante.

Once biografías: Canalejas, Melquíades Alvarez, Joaquín Mª López, Santiago Alba, Sagasta, Negrín, Salmerón, Flórez Estrada, Manuel Azaña, Victoria Kent y Fernando de los Ríos. Cada personaje es biografiado por un historiador distinto, pero todos ellos han sido seleccionados por ser progresistas, término polisémico del que hoy en día se abusa en forma masiva y monopolística, especialmente por los Socialistas, que intentan apropiarse de esas figuras como propias, cuando no son sino intelectuales y políticos de origen burgués, catedráticos, médicos, ingenieros, que bebieron en las raíces liberales del Siglo XIX: los liberales de Cádiz y los que formaron el Partido Liberal, hasta la Dictadura de Primo de Rivera. No fueron revolucionarios, ni siquiera en la República, y en la Monarquía precedente, ni quisieron instalar una república marxista, como sí lo deseaban Largo Caballero y los comunistas, Carrillo, Pasionaria, etc. en contra del parecer del propio Stalin, sino única y exclusivamente ilusionar a la España de aquél entonces con el desarrollo de la ilustración, la educación y la riqueza. Defendían el progreso, ante la miseria moral del Frente Popular, algunos de ellos, los que tuvieron que convivir o enfrentarse con quienes querían implantar el sistema soviético, en la piel de toro. Se menciona su “krausismo” originario, pero se olvida que de ese casi desconocido filósofo en Alemania fue inspirador de la Institución Libre de Enseñanza.  Hubo también algunos otros intelectuales, que han sido injustamente olvidados en el libro antes mencionado: Ortega y Gasset, Salvador de Madariaga, Justino de Azcárate, Pérez de Ayala, Gregorio Marañón, el Doctor Teófilo Hernando, que por modestia no aceptó la presidencia de la República, pero sí Don Niceto Alcalá Zamora, y, por qué no, Julián Marías. A tres de estos últimos me cabe el enorme orgullo de haberlos conocido personalmente, y de poder decir que aportaron el hilo conductor que, salvando la dictadura, nos llevó a 1978, a los que habría que añadir a dos catalanes,  Tarradellas y Ramón Trías Fargas, y en Europa, a von Misses, Popper y Hayek.

El franquismo impidió a los no exiliados cualquier desarrollo liberal, pues de inmediato éramos tachados, censurados, vituperados, impidiendo que nuestros escritos vieran la luz, hasta la muerte del dictador. No obstante, el contubernio de Munich puso al descubierto a algunos de ellos, que por asistir al mismo se vieron desterrados.

Los nombres de aquellos que bordearon la legalidad deben ser aquí citados: Joaquín Satrústegui, Juan Antonio de Zulueta, Joaquín Garrigues Walker, Enrique Larroque de la Cruz, Fernando Chueca Goitia, Antonio Fontán, Rafael Calvo Serer, Carlos Ollero, Antonio García Trevijano, Luis González Seara, Jaime Miralles, Vicente Piniés, Joaquín Muñoz Peirats, y un largo etcétera, entre los que se cuenta como testigo y necesario cooperador el que esto suscribe, y que al rebuscar en la hemeroteca, firmamos entre 32, el 2 de julio de 1976, un manifiesto, reclamando referéndum, reforma constitucional, amnistía y libertades. Allí nos acompañaban socialistas como Felipe González, Paulino Garagorri y Enrique Tierno Galván, Democristianos como Oscar Alzaga y Ruiz Jiménez, Socialdemócratas como Paco Fernández Ordóñez, y Comunistas como Armando López Salinas y Ramón Tamames.

El NEXO, pues, existió y ni la Dictadura, ni los nostálgicos del franquismo en 1976-77, ni el 23F, pudo con nosotros.

Desde entonces ha llovido mucho, pero las distintas intentonas liberales: UCD primero, en solitario después, en 1979, el Partido Liberal, en el que compartía cartel en Madrid con José Alcalá Zamora (catedrático de Historia) y Emiliano Aguirre (el antropólogo descubridor de Atapuerca). La Federación de Clubs Liberales, con Antonio Garrigues; el CDS, con Suárez; y el Partido Reformista, con Miguel Roca, las Fundaciones Salvador de Madariaga, Foro Jovellanos (Eduardo Punset y más tarde el que suscribe) y Ortega y Gasset, defendiendo el legado del Colegio Estudio y la Institución Libre de Enseñanza),  jalonaron y jalonan  la imposibilidad del centro izquierda liberal, pues es el sistema  electoral, con la actual ley, el que prima las minorías localistas y que castiga a los partidos nacionales que no son hegemónicos. Como ya es sabido, con ochocientos mil votos, Izquierda Unida tiene 2 Diputados, y CIU, con idéntica cifra, tiene once. Hay que destacar, sin embargo, que existen en el PP algunos notorios liberales, de los que Esperanza Aguirre, Rodrigo Rato y Eduardo Zaplana son figuras destacadas.

La Ley Electoral es, pues, uno de los tres grandes problemas con los que se enfrenta el liberalismo, a los que hay que añadir: la Ley de Partidos Políticos y la subdivisión de España en Autonomías, que probablemente propician la necesidad de un cambio de la Constitución, y que  generaría también un cambio de Régimen. Sin embargo, todavía no ha llegado la hora, que probablemente está lejana, o quizás no! 2010 podría ser una buena fecha.

Y centrándonos en las próximas elecciones generales:
¿Cómo puede afectar a los resultados de las próximas elecciones generales la presentación de la Plataforma PRO (Partido UPD), en coalición con Ciutadans y otros movimientos similares, que se multiplican día a día?

Hasta hoy, el enfrentamiento ha sido entre dos grandes fuerzas nacionales: PP y PSOE –hoy PZOE-, asimétricamente condicionados por partidos nacionalistas (regionalistas): PNV, CIU, BNG, Partido Andalucista, y algunos afines a los dos grandes: UPN, Izquierda Unida, Partido Socialista de Cataluña, Coalición Canaria, estos últimos creando cada vez mayores problemas en el eje de la desintegración nacional, auspiciada específicamente hasta hoy por el Gobierno de Zapatero.

Ante la asimetría, intelectuales y pensadores, conscientes de que ese es el camino de la ruina, han comenzado a despertar, con nombres diversos: Boadella (que ha tenido que exiliarse de Cataluña), Arcadi Espada, Carreras, Miguel Azurmendi, Fernando Savater, Rosa Díez, Fernando Buesa, que ya han ganado la calle con sus manifestaciones públicas sobre el eje del terrorismo y de la imposición lingüística, cuando no la Educación para la Ciudadanía, así como la proliferación de Estatutos, algunos de ellos apoyados por el PP y el PSOE, de común acuerdo, pero al parecer sin ningún interés para los ciudadanos (en Barcelona la abstención superó el 50%), a los que interesan más los problemas ordinarios: paro, hipotecas, inmigración, desarrollo económico, la corrupción política...

Todo ello demuestra “ab initio” que los partidos políticos dominantes se están alejando progresivamente de los ciudadanos y que, por lo tanto, otras alternativas pueden provocar un vuelco inesperado de la situación. No se trata tanto de saber si uno u otro van a perjudicar al PP o al PSOE, sino un problema de mayor calado: ¿a dónde va España?

El barómetro del CIS de Mayo 2007 calificaba la situación política como regular (40%), o mala (25’8), o muy mala (12’4%), total: 78’2%, frente a buena (13’8%), o muy buena (0’8%), total: 14’6%, dando razón a las nuevas Plataformas.

De otra parte, la situación de “todos” contra el PP en Baleares, Andalucía, La Rioja y en otras muchas Comunidades y Ayuntamientos debe calificarse de reedición del “Frente Popular” de la República, pues los famosos pactos de “progreso” son más bien de “regreso”, o “paleoprogreso”, como he oído decir por “ahí”, ocultando intereses de poder, o económicos, en la mayoría de los casos.

Además, si sólo nos fundamos en los resultados de las pasadas elecciones para hacer prospectiva: en enero de 2007 la intención de voto para el PSOE, según Metroscopia (ABC) era de 41’1%, y de 40’4% para el Partido Popular. Se lucieron, pues, el 27 de mayo. El PP sacó el 35’6% en las Municipales y el PSOE el 34’9%, y lo que todavía es más llamativo, en las Autonómicas el PP (13 Comunidades) sacó el 50’4%, mientras que el PSOE se quedó en el 38’3%.

La abstención, de otra parte, fue la ganadora: el 36’2%, es decir, 12.737.095 personas, y el 5º partido: el voto en blanco, con el 1’17% (427.653 personas), algo más de la mitad de los que votan a CIU, más que ERC, PNV o CC.

Con esta situación, publica La Vanguardia (15 de julio de 2007) que el PSOE, según el Instituto NOXA, tiene una intención de voto del 44’1%, y el PP del 37’9%, lo que significará que éste crece de 164 Diputados a 168-169, y el PP se mantiene: de 148 a 149.  Y las últimas encuestas conocidas, sin embargo, mantienen lo que se llama “empate técnico”, es decir, muy parecido a las municipales.

Los últimos datos del Índice IPEP, realizado por Ingenium Lab (un grupo de expertos que se coordinan entre sí a través del Master de la Fundación Ortega y Gasset y de José Luis Sanchís, el politólogo, consideran en un 60% que ganará el PSOE las generales y sólo el 40% el PP.

Este Índice, que viene publicándose desde Octubre 2006, situaba hasta enero 2007 al PSOE en índices del 60 al 70%, frente a sólo 30 al PP, pero desde enero la distancia se ha acortado a unos 20 puntos (la mitad que antes), con una ligera tendencia al alza el PSOE en junio 2007.

Los partidos políticos que han gobernado desde la Transición orillan los temas que no les convienen, pues ni siquiera el PP, cuando gobernó con mayoría absoluta, intentó resolver el problema electoral que le creaban los partidos nacionalistas, haciendo de bisagra, hacia la ruptura de España y no a la aplicación de políticas que de verdad le interesan a los ciudadanos. Tampoco les interesa un cambio en la Ley de Partidos Políticos, ni siquiera una que les hiciera internamente democráticos, o que les alejara del “reparto” de la “tarta”, y con ello de su influencia en la economía y en la justicia, con los conocidos problemas provocados por el nombramiento político de los miembros del Tribunal Constitucional, del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial

¿Qué pasará, pues? Con una Ley Electoral que nos hace desiguales (16.000 votos bastan para un Diputado en Soria y en Madrid más de 130.000). Con un PSOE, con un voto sobre todo rural, ya que de los 22 millones que fueron a las urnas, 9 millones lo hicieron en las ciudades donde el PP obtuvo el 41’5%, frente al PSOE (34’8%), casi 7 puntos, mientras que a nivel nacional les separaba apenas un punto, que luego los pactos locales se han encargado generalmente de cambiar de voluntad popular.

A ello se añade la penosa Ley Electoral de D’Hondt, con un sistema proporcional corregido que hace que en el Parlamento español los nacionalismos o los regionalismos estén representados muy por encima de su realidad. Así, como ya hemos dicho antes, IU, con sus 800.000 votos, dispone de dos Diputados, y CIU, de 11, con cifra similar. Cualquiera de las ciudades de Madrid: Móstoles o Alcorcón, el Corredor del Henares, tiene más población, y no obstante no tienen ninguna representación específica. Esta es la razón del tremendo clima y crispación política que han creado los vascos con su ETA y Batasuna, y qué decir del PNV, y del antipatriota e irresponsable Arzallus, y que está también comenzando en Cataluña, con los Carod Rovira (IR), Puigcercós, etc., precedidos por el extinto Maragall, cuyo alhzeimer, por mucho que lo lamentemos, no le exime de sus responsabilidades históricas.

Cambiar, pues, la Ley Electoral y la de Partidos Políticos se revela básico para el futuro de los actuales partidos, que de no hacerlo pueden encontrarse con desagradables sorpresas, como lo demuestra la REVOLUCIÓN CIUDADANA que ya ha empezado a ocurrir, y que puede poner en tela de juicio el entero estado de la nación.

El sistema actual está caduco y no funciona, pues los españoles, salvo Madrid y Valencia (y de ahí su éxito económico y social), nos hemos dedicado sobre todo a problemas regionalistas, olvidando que lo importante es la riqueza, el crecimiento, el desarrollo y la cultura, y que el problema vasco o catalán, no por no ser importantes, no pueden ser el pan nuestro de cada día con sus victimismos, esterilizándonos a un gran esfuerzo nacional, en Europa y en el mundo, y para más inri con la política delirante del Gobierno Zapatero.

Este es, pues, el primer punto a debatir de una III República Constitucional: más vale federalismo, con catalanes y/o vascos de socios, que de hijos pródigos pedigüeños, y creadores de constantes tensiones, que pidiendo cada vez más, no sabemos a dónde nos quieren llevar. Por supuesto, los liberales somos claramente internacionalistas, como Salvador de Madariaga, y antinacionalistas, por lo que se refiere a privilegios, fueros y otras delirantes estupideces que, por anacrónicas que parezcan en el Siglo XXI, nos tienen ocupados hasta el infinito.

En el 76 Aniversario de la proclamación de la II República Española, el 14 de abril de 1931, nos reunimos hoy aquí, no sólo para proclamar nuestro fervor republicano, sino para analizar, desde la España de 2007, si en la España de 2015, 2030 ó 2050, conseguiremos, con una III República Constitucional, una Nación más próspera, a la vez que equitativa y solidaria, realmente democrática, de ciudadanos iguales ante las leyes, disponiendo de libertad personal, y con una organización social en el seno de la Unión Europea, que nos permita situarnos entre los líderes, y ser aceptados, y si cabe admirados, por la armonía, con la que compartimos un destino común, en paz y riqueza económica y cultural, con un crecimiento sostenible, respetando el medio ambiente y el paisaje naturales.

Estamos hablando de una España con una evolución hacia los 50, y más tarde los 65 millones de habitantes, principalmente urbana (hoy ya el 50% de la población vive en ciudades de más de 50.000 habitantes), con el fenómeno inesperado del crecimiento exponencial de Madrid, hoy ya con 6’5 millones de habitantes y con tendencia al crecimiento a los 15, como mucho en dos décadas.

Nuestra organización autonómica, con 17 Comunidades Autónomas, es la responsable, curiosamente, del crecimiento central, pues las empresas huyen de los actualmente “mafiosos” gobiernos regionales al único lugar donde la Administración no exige “regalías” al esfuerzo en I+D+I de los empresarios, es decir, Madrid. Pero este “café para todos” como organización del Estado, frente a los países federalistas, como USA, Alemania o Bélgica, o centristas, como Francia, Italia o Portugal, se está revelando un fracaso, básicamente por lo antes expuesto, pero también por la proliferación de leyes y Estatutos, que se producen sistemáticamente para dar que hacer a los políticos, en tanto que sus poblaciones se desinteresan, como ha pasado en los referendos de Cataluña y Andalucía, donde ya se vota por debajo del 40%, mientras crecen parkinsonianamente a millares los funcionarios en las CCAA, familiares y amigos, colocados por los “taifas” locales, con el consiguiente agotamiento de los presupuestos y de la posibilidad de invertir en desarrollo.

La Corona debería haber ya intervenido, si la Monarquía Constitucional de 1978 es acaso legítima, y poner a cada uno en su sitio, en aras de que todos los españoles seamos iguales ante la ley, y sin embargo, tenemos 17 Españas y leyes a toneladas, producidas por Parlamentos que se dedican a legislar sin cesar, hasta hacer imposible tener un cuerpo jurídico igual y netamente comprensible. Más nos valdría menos leyes, menos funcionarios e inspectores,  y más “consuetudine”, como los países sajones (USA y UK).

¿Qué preocupa a los españoles personalmente? (C.I.S.)

Economía y Vivienda (22’8 %– 22’7%) (Hipotecas)
Paro (19 %)
Inseguridad Ciudadana (14’8%)
Inmigración (11’5%)
Terrorismo, etc. (8’8%)

Pero, sin embargo,  nos importa un pimiento el crecimiento sostenible, la accidentalidad vial (por debajo del 3%), la corrupción (0’6%), las guerras (0) o la justicia (0’9%), los Partidos Políticos (3’8%), el maltrato a la mujer (0’4%), la crisis de valores (1’5%), la juventud (1’3%), la educación (3’3%), el Gobierno (0’3%), los nacionalismos (0’3%), las negociaciones con ETA (0’1%).

Y es precisamente todo esto, que no parece importarle a nadie, de lo que más se ocupan y preocupan los Partidos Políticos, el Gobierno, y en definitiva el Estado. ¡Si esto es así, amigo Fernando Vallespín, presidente del CIS, ya pueden marcharse todos a su casa! pues la economía, sin que en ella metan las narices, hasta ahora ha ido bien, con un crecimiento del 4’20% en 2006. En Madrid, el 4’55%, doblando el crecimiento de la UE, y con una convergencia a la UE a 27 países del 100%. Menos mal que Zapatero no tiene ni idea de economía, aunque desde que lentamente va metiendo la mano (OPA de Endesa, declaraciones sobre los Bancos, etc.), ¡estamos perdidos! Naturalmente, esto no es lo que dice la opinión publicada del CIS, y sólo consigue cambiar las cosas cuando se pregunta en abstracto en sus encuestas sobre los problemas de España, y por ello el terrorismo y la inmigración pasan a los primeros lugares. En más, la política genera desconfianza (32%), aburrimiento (16’5%), indiferencia (18’2%), y sólo le interesa al 10’2% de la población, que confiesan leer periódicos y revistas sólo el 17% (de 2.500 entrevistas). Naturalmente, no se pregunta sobre las Instituciones, la Monarquía o la Justicia, pero sí sobre los Partidos Políticos, que son, después del Estado de las Autonomías y de la Ley Electoral, el tercer problema que una III República Constitucional debería resolver, pues carecen de la más mínima democracia interna, no tienen primarias, “el que se mueve, no sale en la foto”, y además hacen carrera en la política (lo que significa que de no entrar en las listas, pasan a ser “cesantes”, como a principios del Siglo XX, cuando perdían las elecciones, es decir, quedarse en la miseria, ya que no saben hacer otra cosa).

Ha llegado el momento de que las cosas cambien,  pues ya llevamos en Paz desde 1939: 68 años (36 obligados por el dictador Franco), el más largo periodo de la Historia, sin habernos metido en una guerra (bueno, casi en la de Irak, y las no muy trascendentes de Ifni, Bosnia y Afganistán).

España es hoy rica, pero apesta a corrupción, hedonismo, crispación política y falta de ilusión por el porvenir. La intromisión del Estado, incluido los Ayuntamientos y las Autonomías, es casi total en las libertades de los ciudadanos que, por otra parte, “pasan” de casi todo. No creen en la sociedad del mérito y del esfuerzo individual. Todos quieren ser funcionarios , en definitiva, ovejas del rebaño  pastoreado,  hormigas del “termitero” más grande del mundo, es decir, “serviles”, como lo fueron los partidarios del Absolutismo de Fernando VII que, al grito de “Vivan las cadenas, preferían el “panem et circensis” romano a la libertad, que llevó al fusilamiento de los liberales de la Constitución de 1812, “la Pepa”, que hemos tenido ocasión de celebrar el pasado mes de marzo. Riego, Torrijos, el Empecinado, y tantos y tantos mártires de la libertad, o del exilio, en la Restauración de Alfonso XII y de la II República. Esta constatación, hoy, nos ha llevado a los liberales a volver a crear nuestros Clubs Liberales, que como este mismo Ateneo, fundado por el Duque de Rivas, tienen la obligación de intervenir proactivamente para cambiar la SITUACIÓN, el RÉGIMEN, y TERMINAR CON TANTA TRANSICIÓN. ¿ A qué? A nuestra llamada III República, ¡esperemos! pues así como la Constitución de 1812 llamó Nación a la unión de los ciudadanos, a la Nación deberíamos llamarla República.

REPÚBLICA, pues así sería en verdad que todos tuviéramos las mismas oportunidades, y no habría ningún privilegiado, ni uno sólo, o sola, que estuviera por encima de cualquiera de estos niños que hoy nacen todos los días, y que en una sociedad multirracial como la nuestra nunca podrán comprender el cuento de la Cenicienta, pues no habrá Príncipe Azul que por arte de magia la convierta en Reina. Cada uno de nosotros, como antes he dicho, somos “seres únicos e irrepetibles”, y ya que la edad impida probablemente al que os habla llegar a Presidente de la República, no renuncio, ni renunciaré jamás a ese derecho para mis hijos o mis nietos, y no permitiré ni aceptaré jamás que los destinos de mi nación se vean sometidos a los problemas de familia que comportan necesariamente una Monarquía, pues bodas, separaciones, casorios, fastos y fiestas de familia, nacimientos, embarazos, etc., son hechos que pertenecen a la intimidad de la persona –y más propios del Hola o de los programas basura del corazón-, y de ninguna manera pueden ser un referente, en bien o en mal, para el futuro de España, ni puede, sin duda, tener ninguna relevancia política o social, como de hecho la tienen.
 
¡Quien lo haga mal, que dimita!, ¡quien robe que vaya a la cárcel! Quien perjudique a la nación, previa liquidación de responsabilidad, que se vaya a su casa!, y eso, amigos y hermanos en esta fraternidad, sólo puede ocurrir con una III República Constitucional y unas Cortes auténticamente democráticas, a quienes se pueda exigir honestidad personal, política y económica y, caso de no hacerlo, ya conoce cuál es su destino.

Por ello:
Yo acuso a la sociedad española actual, en la que me incluyo, de frívola, acomodaticia y ramplona, adocenada, instalada en el servilismo y en la contracultura, abotargada y hedonista, egoísta y preocupada sólo por el bienestar material, como lo demuestran las encuestas del CIS, y sólo parcialmente  interesada por la opinión publicada, básicamente de las televisiones, que ponen a disposición de todos los ciudadanos la mayor y más amplia bazofia cultural de toda la historia de nuestro país, salvo contadas y rarísimas excepciones.

Yo acuso a la sociedad española de ser insensible al dolor, de los miles de muertos por el tráfico, o por el terrorismo, o por la enfermedad. De insensibilidad ante el sufrimiento ajeno, apenas mitigado por la falsa caridad, transformándola en ocupación a veces lucrativa de las ONG, o de la Seguridad Social, o de la Ley de Dependencia, de Violencia de Género, etc.

Yo acuso a la sociedad española de corrupción en el nivel más alto jamás alcanzado, y donde los corruptos son modelos a seguir por el resto de los que no tienen oportunidad de serlo.

Yo acuso a la sociedad española de “famoseo”, donde por lo general los “famosos” objetos del deseo brillan de forma especial por sus defectos y por la incapacidad de “esforzarse” lo más mínimo, salvo para pavonearse como pavos reales.

Yo acuso a la sociedad española de “crispación” de ping-pong diario y permanente entre el Gobierno y la oposición, sin llegar jamás a ningún lado, a la vez que de profunda escisión entre izquierdas y derechas.

Yo acuso a la sociedad española de admitir la “chulería” de los terroristas vascos, que no sólo violan la legalidad sino que hacen burla de ella.

Yo acuso a la sociedad española de mentir en el día a día, de no respetar el medio ambiente, la ciencia o la cultura, y de no valorar ningún esfuerzo que no suponga dinero.

CARPE DIEM

Hegel nos lo gritaría a voces: “¡sois esclavos y no señores!” Porque nos gusta mucho más abrillantar zapatos que arriesgar en la aventura de la vida. Nadie quiere ser empresario, todos funcionarios.

¿Quién respondería que sí a un anuncio como el siguiente en los principales periódicos?: “Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo bajo. Mucho frío. No se asegura retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito”...

Los hombres que contestaron en 1914 a este anuncio de Ernest Henry Shackleton pasaron dos años en la Antártida con su barco, el “Endurance”, aprisionado y destruido por los hielos. Sólo la tenacidad de su capitán logró, después de un largo viaje por los hielos, devolverlos dos años más tarde a su país.

¿Honor y reconocimiento? Son hoy palabras vacías. ¿Es que acaso el mérito no significa nada para las nuevas generaciones de españoles? Y el mérito se adquiere en la educación, que desgraciadamente, ley tras ley, ha ido fracaso tras fracaso, perdiéndose el respeto no ya a los maestros y profesores, sino a la propia cultura y a la ciencia. ¿Quién necesita aprender si una máquina diabólica: el ordenador y algún que otro buscador, nos resuelve el problema inmediato? Es cierto que Internet nos ha llevado a una Sociedad de la Información, de tales magnitudes que resulta incomprensible, sin el adecuado entrenamiento para poder establecer una crítica, como la de la Razón Pura de Kant.

Esto sería verdadero progreso, y no el “paleoprogreso” de la frivolidad que el PSOE levanta como banderas, sometiendo nuestras libertades individuales a la dictadura de las minorías, cuanto más.

Ante la globalización, la única solución es la revolución del ciudadano, individuo, frente a lo social, para poder sentirse libre en un mundo urbano, lleno de millones de seres. Debe, pues,  buscar en sí mismo la razón de su existir como ser único e irrepetible, libre de elegir. Pero para ello, el conjunto de los ciudadanos debe volver a regenerar en toda la Sociedad el mérito y el valor de la ciencia, la cultura y la civilización, que nuestros mayores nos legaron, y para ello hay que luchar, que denunciar, como el “yo acuso”, de Emile Zola en la Francia de Dreyfus. Ortega y Gasset no fueron dos, como algunos estudiantes lerdos creen, sino el hombre que consiguió canalizar la libertad y los valores en el siglo XX, que el acervo cultural de los españoles había reunido en los pasados siglos. Hoy, estamos faltos de un filósofo de su talla, que proclame con voz firme la importancia de los valores y del mérito para la sociedad del futuro.

No me arrogaré ese mérito, pero sí que proclamaré, con voz bien alta, ¡españoles, huyamos de tanta miseria moral y proclamemos, como mínimo en nuestros corazones, una III República que, olvidando y amnistiando la “Memoria Histórica” de nuestros dos grandes fracasos nacionales, culminados en una guerra civil, nos permita entrar en el Siglo XXI como la gran nación que somos en Europa y en el mundo.


BERNARDO RABASSA ASENJO
Madrid, 24 de octubre de 2007