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Polémica Liberal
090120 MESA REDONDA
“PERSPECTIVAS POLÍTICAS DEL LIBERALISMO EN ESPAÑA EN LA PRÓXIMA DÉCADA 2009-2019, SU PAPEL EN LOS PARTIDOS POLÍTICOS O EN ASOCIACIONES, FOROS Y OTRAS INSTITUCIONES DE LA SOCIEDAD CIVIL” 
 
 
 
En este acto participaron liberales procedentes de los Partidos: PP, UPYD, ID, CDL, así como del Club Liberal Español y de su Federación de Clubs Liberales (Madrid, Cádiz, Málaga, Zaragoza, Valladolid, Bilbao), y de las Fundaciones FAES, Encuentro en la Libertad e independientes.

Al acto asistieron, asimismo, destacadas personalidades, como: Francisco Cabrillo, Presidente del Consejo Económico y Social de la Comunidad de Madrid - Eva Piera, Viceconsejera de Economía y Hacienda de la Comunidad de Madrid - José Luis Abellán, Presidente del Ateneo - Francisco Javier García Núñez, Vicepresidente del Ateneo - Aldo Olcese, Economista - Tomás Torre, Presidente en la Comunidad de Madrid de Mayoría Democrática - Antonio José Chinchetru, periodista - Alvaro Arenzana, Director General adjunto de IMADE - Alicia Hinojosa, Directora de Infraestructuras y Suelo de IMADE - Luis Canal, presidente de la Asociación para la Defensa de las Libertades y los Derechos Civiles - Almudena Negro, Presidenta de 'Foro Liberal' - Antonio Lamela, Arquitecto de la T4 Madrid-Barajas - Ramón Marcos,
Coordinador regional de UPyD en Madrid - Mikel Buesa, consejo de Dirección de UPyD - Félix Ortiz, UPyD Segovia - Gonzalo Fernández de Córdoba, UPyD Salamanca - Jorge Hernández, Responsable de comunicación de UPyD en Castilla y León (UPyD Salamanca) y hasta un total de cerca de 500 personas que abarrotaron el Salón de Actos del Ateneo.


Con todas las ponencias se redactará un Libro Blanco que se pondrá a disposición, de los liberales de los partidos políticos y de los independientes, con las conclusiones sobre el papel que el liberalismo jugará en el futuro.

Entre otras conclusiones de las intervenciones, se destaca:

-    la importancia de que el liberalismo es y debe ser progresista

-    que el liberalismo disfruta de buena salud, ya que el 14’9% de los españoles se declara liberal, frente a un 18% que se declara socialista, según el último barómetro del CIS, y las entradas en Google sobre liberalismo llegan a 70 millones, mientras que sobre socialismo no pasan de 50 millones.

-    el liberalismo dispone, además, de actores actuales como:

Paul Romer, Raymond Aron, von Mises, Karl Popper, Ortega y Gasset, Schumpeter, Milton Friedman, Etienne Mantoux, Henry Hazlitt, Robert Merton, Isaias Berlin…

y de clásicos como: Stuart Mill, Lord Acton, Tocqueville, Juan de Mariana, etc.

y reivindica a todos los liberales progresistas de la Transición: Salvador de Madariaga, Justino Azcárate, Joaquín Satrústegui, Enrique Larroque, Joaquín y Antonio Garrigues Walker, Pedro Schwartz, Antonio Fontán, Fernando Chueca, etc., o a los actuales: Carlos Rodríguez Braun, Juan E. Iranzo, Carlos Entrena, miembros del Club Liberal Español.

Finalmente, se le dió un cálido agradecimiento al Ateneo de Madrid (gobernado en todas sus Secciones y en su presidencia por liberales) en las personas de su presidente y vicepresidente, José Luis Abellán y Javier García Núñez, respectivamente, agradeciéndoles la hospitalidad y el ofrecimiento de su Salón principal y su Sección de Ciencias Sociales.

El acto se cerró con aplausos notables del público asistente, con el ofrecimiento de los partidos de ideología y contenidos para hacer frente a la crisis económica, social y cultural que España está padeciendo y padecerá.

Por último, el Club Liberal Español anunció la concesión del Premio Hayek 2008 a Cristóbal Montoro, Diputado del PP y Portavoz de Asuntos Económicos, que se le entregará en Cádiz, el próximo 19 de marzo, con motivo de la conmemoración de la Constitución de 1812, “la Pepa”. Asimismo, la Federación de Clubs Liberales hará entrega a José Oneto del Premio “Libertad de Expresión”.

Los Premios “1812” y “Libertad”, que concede el Club 1812 de Cádiz, fueron anunciados por Aurelio García de Sola, que se entregarán  a Carlos Rodríguez Braun y a Ignacio Camuñas Solís, respectivamente.
 
Antonio Garrigues Walker,
que excuso su asistencia, quiso hacer su aportación en un mensaje enviado al presidente del Club:
CONSIDERACIONES SOBRE EL LIBERALISMO AUTÉNTICO


1.    Hay –como sucede en todas las ideologías- interpretaciones y sensibilidades distintas sobre el liberalismo. Nadie debe arrogarse ni la definición ni la representación del liberalismo autentico. Sería ciertamente poco liberal. Una vez aceptado lo anterior, conviene aclarar algunas otras cosas porque en este mundo político, confuso y revuelto, la ideología liberal viene sufriendo manipulaciones sectarias, groseras y abusivas.
 
2.    No es, desde luego, liberal la persona que confiesa y defiende sentimientos xenófobos o racistas como hace en estos momentos un alto porcentaje de la ciudadanía del mundo occidental; no es liberal la persona que pretende poseer, nada más y nada menos, que la verdad absoluta; no es liberal, en concreto, quien afirma que su religión además de ser verdadera, es la única verdadera y que, por ende, las demás son falsas o como poco, menos salvíficas; no es liberal el que defiende tradiciones o privilegios aunque sean causa importante de desigualdades; ni tampoco el que acepta esas desigualdades como inevitables, e incluso naturales a la condición humana; no es liberal el que coloca a la sociedad como un valor superior al individuo y a la igualdad como un principio que prevalece sobre el de libertad; no es liberal –y merece la pena aclarar bien este tema –el que mitifica y sacraliza el mercado como la panacea universal y lo considera como la clave esencial del liberalismo.

3.    El liberalismo entiende que, por regla general, el mercado es el sistema que permite una asignación más eficiente de los recursos y por ende el que mejor facilita no sólo la creación sino también la distribución de la riqueza. Pero si por cualquier razón ello no fuera así, el liberalismo ha defendido y defenderá inequívocamente la actuación del sector público y su intervención directa, con tal de que no tenga carácter permanente y el proceso pueda ser controlado en todo momento por la sociedad civil.

4.    No hay peor ni más falso liberal que aquel que limita su liberalismo al mundo económico. Se es liberal en todo o no se es liberal en nada. El liberalismo no es simplemente ni fundamentalmente una teoría económica. Al liberalismo le importa mucho más el ser que el tener y aunque respeta profundamente el deseo de tener, la propiedad privada y el interés particular  de cada ser humano, concede un valor decisivo a los planteamientos morales sin los cuales el sistema se encanalla y se derrumba, como se ha visto en la crisis económica actual.

5.    El liberalismo conservador y el socialismo liberal tienen algo –y a veces mucho- de contradicción en términos existe un claro competente antiliberal en ambas ideologías que es imposible disimular y que afecta especialmente a los conservadores.
 
Intervenciones:
(Se irán añadiendo según sean facilitadas) 
Albert Rivera. Presidente de Ciudadanos
Pablo Casado Blanco. Presidente de Nuevas Generaciones del PP de Madrid.

Ignacio del Río. Vicepresidente del Club Liberal Español
Aurelio García de Sola. Vicepresidente del Club Liberal Español
 

Libres e iguales: ¿un oxímoron?
Muy buenas tardes señoras y señores, amigos y amigas.
En primer lugar, quisiera agradecer la generosidad del Presidente, José Luis Abellán, y del vicepresidente, Javier García Nuñez, del Ateneo de Madrid, por cedernos este marco incomparable que es el Ateneo para debatir del liberalismo, de la libertad. Además, y como no podía ser de otra manera, quiero agradecer públicamente a mi amigo Bernardo Rabassa, presidente del Club Liberal, su invitación por incluirme en este elenco de liberales pero sobretodo por todos los esfuerzos en tiempo y trabajo para que este debate sea hoy una realidad.
Sras y Sres,
Hoy, como liberal convencido que soy quiero dedicar estos minutos de reflexión al que ha sido injustamente calificado como el talón de Aquiles del liberalismo: la falta de solidaridad con los demás. El liberalismo ha sido considerado  como una de las causas fundamentales de las desigualdades en el mundo.
Por ello, hoy me planteo ¿Son contradictorias las nociones de libertad e igualdad? ¿Y en ese caso, qué es lo primero? Adelanto mi respuesta negativa a la primera pregunta, ergo respondo también la segunda, la igualdad es un pilar de la libertad y viceversa.
Lo que sostiene el discurso antiliberal con su fatal arrogancia es una malversación del concepto de igualdad. Se confunde igualdad con identidad, si se sostiene que todos los hombres son iguales en su identidad, es decir idénticos. Para esta forma de pensamiento, no es que todos seamos iguales sino que debemos estar iguales.
La igualdad de la que hablan los antiliberales es la de resultados: al final todos debemos estar igual. La igualdad de resultados sí choca frontalmente con la libertad y provoca en ella lo mismo que un camión que embiste de frente a un peatón a 100 kilómetros por hora. La destroza. Si entendemos a la libertad como la posibilidad de tomar nuestras propias decisiones y de modelar nuestra propia vida, está claro que si tenemos que desembocar en un resultado donde todos seamos iguales, en una aldea matrix donde lo igual sea lo idéntico, nulo margen queda para la libertad individual pues a poco que nuestras elecciones hagan que nos diferenciemos del resto, nuestro ámbito de decisión debería ser cercenado.
Si en cambio, la igualdad -como se ha interpretado a través de los tiempos-  se refiere a la igualdad de oportunidades, esto no choca en absoluto con la idea de libertad, sino que es un componente esencial de esta. Decir que todos los hombres fuimos creados iguales, obviamente no puede ser tomado de manera literal. Decir que los hombres hemos sido creados iguales, debe interpretarse como que todos los hombres hemos sido creados libres. Los términos igualdad y libertad entonces forman parte cada uno de la definición del otro: se es igual porque se es libre.
¿Puede garantizarse la igualdad de oportunidades? Garantizar la igualdad de oportunidades en cuanto a garantizar rasgos, cualidades y aptitudes idénticas para todos es imposible. En la carrera de la vida la meta es la misma para todos: la búsqueda de la felicidad. Ésta, fíjense, es otra rasgo igualitario de los hombres. Sin embargo, corren en busca de esa meta, diversos corredores, negros, blancos, ciegos, cojos y superdotados. Desde luego que no puede asegurarse que todos llegarán juntos al final pero tampoco llegan a la línea de salida de la misma manera. Lo que debe garantizarse es la posibilidad de participar en la carrera y -aunque ab initio las condiciones de las personas sean distintas- también que todos puedan aspirar –fundadamente- a ganar.
Es menester por tanto, para garantizar la igualdad de oportunidades, respetar ciertas condiciones. Por un lado, no poner obstáculos a algunas personas y dejar el camino libre a otras; y a su vez, remover las barreras que algunos puedan tener. La otra forma de garantizar la igualdad de oportunidades, es poner reglas de juego claras y para todos. No se trata de tratar a todos de la misma forma, las reglas deberán ser iguales para los iguales. Así, una manera de promover la igualdad de oportunidades es darle ventaja en la salida al corredor que cojea de una pierna. Pero antes que eso, asegurar que todos puedan entrenar y que todos tengan acceso a los conocimientos.
Y es que en los albores del siglo XXI la igualdad de oportunidades entre los individuos pasa necesariamente por el conocimiento; no hay un factor que fomente más la igualdad de oportunidades que la generación de conocimiento y la trasmisión del mismo.  Por ello, los liberales creemos firmemente que el instrumento  que permite conjugar la libertad y la igualdad de oportunidades es el conocimiento.
Vayamos por partes, es necesario primero explicar a que me refiero con el concepto de conocimiento para comprender cómo la generación y transmisión del mismo es la herramienta necesaria para crear igualdad en el origen.
El conocimiento es un concepto amplio de la actividad creadora del individuo cuyo valor crece exponencialmente a medida que es utilizado por mayor número de personas en vez de reducirse. El conocimiento es el resultado de la actividad inherente al ser humano, la de crear y esa creación genera valor y riqueza, genera crecimiento económico precisamente aprovechando la capacidad creativa e intelectual de cada individuo. Si echamos la vista atrás, la gente que trabaja en el mundo del arte, del entretenimiento, la ciencia y la tecnología y la vida académica siempre ha tenido la capacidad de expresarse libremente y generar conocimiento  que será aprehendido por el resto de los individuos.
Y es precisamente la transmisión y difusión de ese conocimiento generado, como les señalaba, la formula para conciliar libertad e igualdad. Como nos recuerda un antiguo proverbio -que todos hemos oído un centenar de veces- a los desventurados nos les ayuda regalándoles el pescado sino enseñándoles a pescar, y esta es precisamente la herramienta que desde aquí propugno como liberal para fomentar la igualdad de oportunidades y ayudar a los más desprotegidos. No se trata de más dinero, de más ONGs, de más ayudas o subvenciones a los más necesitados, sino que la única manera real de generar igualdad de oportunidades entre los individuos, entre los países es a través de la transferencia del conocimiento tanto para hacer uso de esa “creación” como para favorecer que ese saber genere nuevos conocimientos del que potencialmente se puedan beneficiar todos los individuos.
Les quiero poner un ejemplo clarificador, Xavier Sala i Marti, catedrático de la Universidad de Columbia, liberal y un defensor de los pobres tiene una importante ONG en Africa, Umbele que significa futuro, desde la que se pide que las donaciones de los posibles benefactores sea a través del compromiso de los mismos para que transmitan sus conocimientos, los de sus empresas a los que más lo necesitan. Y es porque Xavier tiene el convencimiento absoluto de que la trasmisión del knowledge de la tecnología en definitiva del conocimiento es lo que permitirá a  los africanos salir de la pobreza y poder aspirar a competir en igualdad de oportunidades con otros países.
Por otra parte, hoy que miramos hacia el futuro del liberalismo, no quiero dejar de señalar la idea de Adam Smith en su obra más conocida, cuando hablaba del “sencillo y obvio sistema de la libertad natural” y centraba sus preocupaciones no tanto en la igualdad de oportunidades como en la necesidad de limitar al soberano a la hora de entrometerse en las vidas y en las haciendas de sus súbditos. Este es el eje fundamental del liberalismo: evitar que el Estado (o cualquiera) maneje nuestras vidas.
Aquí -de nuevo- cobra fundamental importancia el conocimiento, entendido en su sentido más amplio. Si queremos ser libres para elegir es necesario que conozcamos las opciones, si no, no estamos eligiendo libremente sino más bien estamos tomando una decisión forzada, sesgada, impuesta. “Sólo la verdad os hará libres” es una sentencia muy afortunada. Para poder elegir haciendo auténtico uso de la libertad uno debe conocer las diferentes opciones, y no simplemente saber cuáles son, sino qué son, qué significan, qué se esconde en ellas. Cuando uno no sabe qué hay detrás de cada opción no puede (aunque crea que lo hace) ejercer su libertad.
Las decisiones llamadas “democráticas”, que tienen una bien merecida fama de ser las más libres, no lo son tanto en algunos supuestos. Cuando el votante decide expresando su voto sólo lo está haciendo libremente si conoce. Si conoce y entiende las alternativas. Si no lo hace así, el desconocimiento le impide actuar libremente. La falta de conocimiento entonces es un grave obstáculo para la libertad, y aquí es donde vuelvo a recalcar la idea del conocimiento como motor de la libertad y de la igualdad. Para garantizar ambas, deben allanarse, por tanto, los caminos que llevan al conocimiento y en esto sí que el Estado debería actuar como garante. El desconocimiento puede tener raíces en al menos tres circunstancias: la falta de información, el engaño y el desinterés. Reducir los costes de información, velar por la no contaminación del saber (o al menos advertir sobre ello), y educar en la búsqueda del conocimiento son tres autopistas hacia la libertad y la igualdad.
¿Y cómo está el mundo hoy en día en términos de libertad y de igualdad de oportunidades? Creo que por un lado, el liberalismo (mal que le pese a muchos) ha ganado la batalla en el terreno económico. Aún en medio de esta gigantesca crisis económica que muchos atribuyen a la aplicación de políticas liberales, nadie (o muy pocos) pone en tela de juicio al mercado como al mejor mecanismo para asignar y distribuir recursos escasos. Nadie abdica del capitalismo, aunque –hay que admitirlo- el estado de la economía mundial ha hecho que se agregue una palabrita al final de la frase: sí, el mercado, pero… De todas formas, el ciclo cambiará y el liberalismo económico seguirá gozando de buena salud y fama.
Por todo ello entiendo que el liberalismo debe recuperar terreno en lo moral. El tan difundido pensamiento único no liberal ha vencido (aunque no convencido) en la tarea de poner a ciertos ideales elevados como la generosidad, la solidaridad y la cooperación, del lado del intervencionismo. Este razonamiento admite que el liberalismo si vale como sistema para alcanzar riqueza y eficiencia, pero, estos no son valores elevados.  Y  es que este es el gran reto de todos nosotros, los liberales, ser capaces de transmitir que lejos de ser inmorales o insolidarios, estamos profundamente convencidos que sin libertad no hay igualdad y que tenemos los instrumentos para aspirar a esa igualdad de resultados: el conocimiento
Y  a partir de aquí está el otro desafío (junto con la transmisión del conocimiento) de los liberales. Convencer que la única forma de ser generosos, solidarios y cooperantes es ser previamente eficientes y creadores de riqueza. Que la única forma de salir de la pobreza, de encontrar el camino del progreso es a través de la libertad, libertad para crear, para hacer negocios, para elegir bien (incluso buenos gobiernos); y que la conditio sine qua non de la libertad y de la igualdad es el conocimiento universal.
Para terminar quiero volver al principio. Libres e iguales ¿son conceptos rivales?, ¿estamos ante un oxímoron de pura raíz borgiana? La respuesta es obviamente negativa. Reitero, la igualdad -vista como igualdad de oportunidades- es un pilar básico de la libertad.
Y actualmente, ¿creéis que la igualdad de oportunidades está más garantizada en el mundo libre o en el mundo intervenido?
Pues voy a responderme a esta pregunta con otra: ¿alguien hubiera dicho que hoy, 20 de enero de 2009, una persona de raza negra, con nombre musulmán, cuyo padre nació y fue criado en una pequeña aldea en Kenia cuidando un rebaño de cabras junto a su padre, que a su vez trabajaba como criado doméstico para unos británicos; y cuya madre creció en un pequeño pueblo del sur rural estadounidense, asumiría hoy como 44º presidente de los Estados Unidos, país símbolo del liberalismo mundial?
 
Fernando Maura Barandiaran.
De la Sede Central de UPYD (Unión Progreso y Democracia).
 

Tengo 53 años. En verano de 1.983 me afilié al Partido Demócrata Liberal y fui candidato al Senado por Guipúzcoa por ese partido en las elecciones de ese año. Fui concejal liberal en el Ayuntamiento de Bilbao entre 1.983 y 1.987. Participé en la refundación del Partido Popular en el País Vasco, con Jaime Mayor Oreja,  y fui Secretario General de ese partido. Más tarde, he sido parlamentario vasco elegido en las listas de Vizcaya por el Partido Popular, desde 1.990 hasta noviembre de 2.007, fecha en la que me dí de baja del PP y de mi puesto de parlamentario para asociarme al proyecto de Unión Progreso y Democracia.
Parafraseando a Indalecio Prieto, diría que soy liberal a fuer de combatir el terrorismo y el nacionalismo obligatorio.
En la actualidad coordina, desde el Comité de Dirección de UPyD, su política internacional.

-    Satisfacción ante este debate.  Significa que el liberalismo sigue vivo.

-    Yo voy a circunscribir mi intervención al título que nos convoca, porque una cosa es la ideología y otra –no necesariamente condicionada por la primera- la praxis política.

-    Nada más lejos de mi intención, por lo tanto, que adjudicar títulos de liberalismo, pero tampoco de adjetivar al liberalismo. Todo el que se crea liberal y lo afirme de su práctica política tiene tanto derecho a proclamar su condición de tal como cualquier otro. En este sentido, prefiero seguir la máxima evangélica. “Por sus hechos los conoceréis”. Otra cosa es lo que cada uno entienda por liberalismo. Yo tengo claro que el liberalismo es una ideología que defiende a la persona por encima de las colectividades en que está integrada. Y que la persona no es un “homo economicus”, sino un ser integral, en todos lo sentidos, también en el social. La marginación social, el paro, el refuerzo de los servicios sociales y de los sistemas públicos de Seguridad Social no son cuestiones ajenas al liberalismo; la intervención puntual del Estado en la situación de crisis que nos está acosando en la actualidad, tampoco.

-    Pero voy rápidamente a desarrollar mi tesis. Cuando una veintena de personas nos reunimos en el hotel Costa Vasca de San Sebastián, en mayo de 2.007, hacíamos un diagnóstico que no era necesariamente ni liberal ni socialdemócrata, pero que lo era también al mismo tiempo. Se hacía a partir de un análisis sobre la salud de la democracia española. Y los reunidos en aquél hotel constatábamos que 30 años después de aprobada la Constitución española:

o     La democracia española no era –no es- una democracia de ciudadanos, ni de separación de poderes, sino que es una democracia de partidos. Y que estos, en su estructura interna, no pueden cabalmente ser calificados de democráticos.
o    Que los partidos nacionalistas están condicionando la política nacional y que de cada 10 españoles, 8 –que participan de la misma idea de España- deben pactar con 1 español –que además no se siente tal- la gobernabilidad de España.
o    Que los españoles –en contra de lo que expresa el mandato constitucional- no son iguales en lo que se refiere a la prestación de los servicios públicos, que la educación no funciona.
o    Que para corregir todas estas deficiencias haría falta modificar leyes para-constitucionales –como la Ley Electoral- revertir algunas competencias hoy en el ámbito de las autonomías al Estado y, en último término, la reforma de la Constitución.
o    La creación de un nuevo partido político que, desde la transversalidad –liberales más socialdemócratas y viceversa-, el consenso y el acuerdo sirva para que las grandes formaciones políticas españolas puedan gobernar sin verse abocadas a ceder parcelas significativas de la soberanía nacional. Y lo digo, no en términos de bandera, sino de derecho a la igualdad de los ciudadanos en la prestación de los servicios públicos y en la recíproca de atender a las obligaciones que como ciudadanos nos corresponden.

Ello dio lugar a la creación de UPyD, partido en el que yo trabajo ahora.

Me parece que un liberal puede perfectamente desarrollar sus convicciones de tal en un partido que se ha propuesto una tarea tan importante como la que acabo de explicar. Que un partido no tiene por qué estar llamado a perdurar por los tiempos de los tiempos y que puede considerarse como una empresa: trazar unos objetivos y proponer su cumplimiento. Cuando todo se haya realizado a lo mejor es preciso disolverlo –diré que, por el momento, aún queda casi todo por hacer en nuestro programa-. En este sentido creo más bien en el partido como un instrumento al servicio de la sociedad.

Espero que el debate nos ayude a aclarar algunas ideas.

 
José Maria Montoto Cañas.
De Innovación Democrática y Patrono de la Fundación Encuentros en Libertad.
 
LIBERALISMO
En su libro “Liberalismo: una nueva y profunda evaluación del pensa-miento liberal”, recientemente publicado por Unión Editorial, Pascal Salin parte de la siguiente acertada afirmación: “Sólo hay dos visiones posibles de la sociedad y de su organización: la liberal y la construc-tivista. Ambas absolutamente incompatibles”. Ser constructivista es, para Salin, partir de la premisa de que a la sociedad se la puede “construir” al margen o prescindiendo de las concretas y particulares voluntades de los miembros que la integran.
La idea no es original del escritor francés. Se encuentra ampliamente desarrollada en Friedrich Hayek(1), de quien Salin se declara discípulo, y apuntada en Ludwig von Mises, en Carl Menger e incluso en Adam Smith.
Constructivista es todo aquél que se considera con las capacidades suficientes como para imponer al resto de sus congéneres sus propios criterios y soluciones, considerando a la vez que con ello les hace un gran beneficio. La sola voluntad de una persona o reducido grupo de personas sustituye así a la del resto de los ciudadanos, que de no plegarse a ella serán acusados de ir contra el sistema. Creyéndose poseedor de la verdad objetiva, para la implementación de sus soluciones el constructivista no repara en los medios, que considera legítimos por principio. Constructivistas fueron por ejemplo (además de criminales), Josip Stalin, Adolf Hitler y Mao Tse-tung, pero también fue lo primero, aunque no lo segundo, Franklin Delano Roosevelt, como actualmente lo son, entre otros muchos, Gordon Brown, Nicolas Sarkozy o Barack Obama.
El liberal, por el contrario, parte de la base de estimar que el progreso social sólo puede ser resultado del efecto combinado de las diversas soluciones dadas a los problemas existenciales (económicos y de todo género) por cada ser humano individualmente considerado, en un inacabable proceso de prueba-error que, espontáneamente y en cada circunstancia temporal, geográfica, etc., elimina las soluciones menos acertadas y consagra las alternativas más exitosas, del mismo modo que la naturaleza selecciona las formas más aptas para la vida propiciando la permanente evolución de las especies. De hecho, el propio Darwin reconoce haberse inspirado para la elaboración de su teoría de la evolución, entre otras, en las ideas de Adam Smith y de sus concepciones globales de las estructuras sociales. “No deja de resultar atractivo –dice Diego Gándara(2)- que Darwin se nutriera no sólo de los aportes de otros científicos –se refiere, principalmente, a Jean-Baptiste Lamarck-, sino que también recurriera a otras discipli-nas como la economía y la sociología, cuyas investigaciones fueron cruciales. Por aquél entonces el ser humano había comenzado a ser visto en sus dimensiones económicas, sociales, antropológicas, etc. No es extraño, pues, que Darwin estableciera paralelos entre su teoría y la filosofía del «laissez faire» de Smith para explicar la evolución mediante la selección natural. Como el economista, también Darwin creía que la lucha y la competencia entre individuos que sólo buscan su beneficio eran sinónimos de la armonía hacia la que tiende la naturaleza”: la «mano invisible» de que habla Smith en “Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones”. La sociedad es pues, como dice Hayek, “un orden espontáneo de origen evolutivo”
Así concebido, el modelo liberal, al ser el resultado de la espontánea manifestación del pensar y el actuar individual en el seno de la colecti-vidad, es por definición más perfecto, en su variada complejidad, que las lineales decisiones unilaterales del constructivista de turno. Y por supuesto más identificado con la naturaleza humana.
Se ha dicho aquí que el liberalismo es una “cosmovisión”, esto es, una forma de ver del cosmos, un modo de entender la vida, de interpretar el universo. Cierto, pero no nos basta con eso (que por demás nos recuerda aquella simpleza del –por supuesto que por otras razones- egregio doctor don Gregorio Marañón, de que el liberalismo es, en esencia, “un talante”). Cosmovisión sí y talante también, pero entendi-dos desde la personal perspectiva de cada individuo. Como “visión de la sociedad y posible forma de organización de la misma” –por usar las palabras de Salin- el liberalismo no puede ser otra cosa que una “ideología”, asumiendo con valor y sin complejos la inmerecida carga peyorativa con que, intencionadamente, los constructivistas de todos los tiempos y pelajes han pretendido desprestigiar el vocablo, puesto que nada más útil para sus constructivistas pretensiones que actuar al margen de toda preconcepción ideológica, con las manos libres de lo que consideran paralizantes prejuicios, burgueses y conservadores según la visión de unos y progresistas o totalitarios según la de otros.
“Ideología” es, según el DRAE, “conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político”, poniendo precisamente como ilustrativo ejemplo el de la “ideología «liberal»”.
Pero como no podría ser de otro modo, al contrario de otras ideologías políticas, económicas y sociales construidas deductivamente desde una preconcebida idea de pretendida universalidad hasta la particulari dad individual, el liberalismo es fruto de la observación del espontáneo comportamiento de los individuos, induciendo lógicamente, desde el conocimiento de aquél, las leyes o principios que lo contienen.
Tales leyes o principios gozan de la virtud predicable de todo buen sistema normativo: su parquedad y su simplicidad, ya que, como en el Decálogo por excelencia, sus mandamientos pueden subsumirse en un sólo precepto esencial: el respeto a la totalidad de las manifestacio-nes existenciales de todos y cada uno de los individuos integrantes de la colectividad aisladamente considerados, entre ellos, principalmente, el de su libertad, entendida como algo inseparable de la misma condición del ser humano, consubstancial a su propia humanidad, un príus de su esencialidad, irrenunciable por ello sin implicar su propia deshumanización y presupuesto imprescindible para su realización.
Dice Hayek: “Por «liberalismo» entenderé aquí la idea de un orden político deseable que se desarrolló inicialmente en Inglaterra desde los tiempos de los Viejos Whigs, a finales del siglo XVII, hasta los de Gladstone, a finales del siglo XIX. David Hume, Adam Smith, Edmund Burke, T.B.Macaulay y Lord Acton (a los que yo añadiría John Locke) pueden ser considerados sus representantes típicos en Inglaterra. Fue su idea de la libertad individual sometida a la ley la que inspiró origina-riamente los movimientos liberales de Europa continental y la que constituyó la base de la tradición política americana. Alguno de los pensadores más importantes que vivieron en estos países, como B. Constant y A. de Tocqueville en Francia, Immanuel Kant, Friedrich von Schiller y Wilhelm von Humboldt en Alemania y James Madison, John Marshall y Daniel Webster en Estados Unidos, pertenecen plenamen-te a esta tradición” (3).
A este es al liberalismo, continuado luego por la Escuela Austriaca de Carl Menger, Eugen von Böhm-Bawerk, Ludwig von Mises, Murray Rothbard y el propio Friedrich A. Hayek, entre otros, pero también por la Escuela Objetivista de Ayn Rand y Nathaniel Branden en Estados Unidos, al que yo personalmente me adscribo, muy diferente de ese otro «liberalismo» de factura europea continental (fundamentalmente francesa) que, aún cuando debió su origen al intento de recoger la ya aludida honorable tradición británica, acabó interpretándola desde un racionalismo constructivista. Es el «liberalismo» que, partiendo de Voltaire, de Rousseau, de Condorcet…, tras el fragor de la Revolución Francesa, vía Saint-Just, Hegel, Engels y Marx, dio lugar al marxismo, revitalizado hoy, tras su innegable fracaso práctico, por la Escuela de Francfort: Max Horkheimer, Theodor Adorno, Herbert Marcuse… y hoy, como principal representante de su llamada «segunda generación», Jürgen Habermas, Premio de Asturias por sus aportaciones a la que Dalmacio Negro(4) llama “teoría socialdemócrata del consenso” y padre de la que el mismo autor ha bautizado como «socialdemocracia made in Habermas»: un «liberalismo» que, como ya denunció Hayeck, “en lugar de defender la limitación de los poderes del gobierno, llegó a sostener el ideal de unos poderes ilimitados de la mayoría”, evolución que deja sentir sus negativos efectos tanto en política (la democracia como dictadura de la mayoría, como democratismo absolutista) como  en economía, dando lugar a posiciones que, abandonando la genuina inspiración individualista, defienden la planificación centralizada.
Descorazona comprobar que, en situaciones como la actual, muchos de los que hoy se autocalifican de «liberales» culpan al capitalismo global de todo lo ocurrido y defienden la implementación de medidas como las adoptadas recientemente en todos los países occidentales clamando por una «mayor» (eufemísticamente camuflada de «mejor») regulación del mundo, de su economía y de sus finanzas.
Diez minutos dan para poco. No es pues el momento de abundar en todas estas ideas. Me comprometo a hacerlo en una intervención prevista, D.m., para el mes de Abril, en esta misma Sala, bajo el título “Revisando los conceptos de libertad y democracia”.
Pero desde aquí anuncio ya que si los que opinan de la segunda de las formas apuntadas, haciendo uso de su derecho a llamarse como les de la gana, insisten en seguir llamándose «liberales», seré yo el que dejaré de hacerlo.
Gracias por su asistencia y por su atención y buenas tardes.


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(1)Principalmente, en “Principios de un orden social liberal”.- Edición y prólogo de Paloma de la Nuez.- Unión Editorial.- Madrid, 2001.
(2) “Darwin, vida, obra y pensamiento”.- Colección Grandes Pensadores.- Planeta DeAgostini.- Pág.108.- Navarra, 2007.

(3)Op.cit., pág.23.

(4)Del Movimiento al Consenso, en Razón Española, nº 140.- Madrid, noviembre-diciembre 2006.- Pág. 278.
 
 
 
Fernando Navarrete Rojas. Director de Economía y Políticas Publicas de la Fundación FAES.

Joaquín Mª Nebreda Pérez. Dr en Derecho. Abogado. Patrono de la Fundación Encuentros en Libertad y miembro del Club Liberal Español.

UNA HIPOTESIS LIBERAL Y DIEZ CONCRECIONES ¿UTOPICAS?.
APUNTES PARA UN DEBATE


INTROITO

    “La libertad no puede ser absoluta. Vivimos en una sociedad interdependiente. Algunas limitaciones a nuestra libertad son necesarias para evitar otras restricciones todavía peores. Sin embargo, hemos ido mucho más lejos de ese punto. Hoy la necesidad urgente estriba en eliminar barreras, no en aumentarlas”. “LA LIBERAD DE ELEGIR. Hacia un nuevo liberalismo económico”. Milton FRIEDMAN.

    En los últimos meses del pasado 2008 surgió, en internet, una polémica en torno a la necesidad de la adjetivación del liberalismo (progresista vs conservador), decantándose quien esto escribe por evitar el adjetivo y concretar el contenido, porque el adjetivo puede ser arma arrojadiza o, peor aún, disculpa de exclusión.
    Aquel debate en internet lo canalizó el Club Liberal Español organizando uno de cuerpo presente, en el Ateneo de Madrid, para el que se ofrecen estos apuntes.
    Presento aquí un guión, unos apuntes, para el debate sobre la realidad ideológica del liberalismo en el siglo XXI, sin pretender ser exhaustivo en la descripción de lo que estimo contenidos de pretensión liberal.
    Ofrezco mis juicios, que tengo por liberales, sobre un conjunto de cuestiones para someter, éstas y otras que se planteen, a las muchas sensibilidades liberales existentes, unas organizadas en partidos de matiz diverso, y otras, como la mía, que deambulan a la intemperie.
    Trato de colocarme en el ámbito ideológico aunque por necesidad, de concreción o de ejemplo, me apoye en opciones más concretas de lo que quizá exigiría una propuesta ideológica. Dejo a la inteligencia del lector la distinción de la almendra del liberalismo de aquello que sea más contingente.
    No me parece adecuado plantear el debate desde la pura abstracción, eludiendo el escenario de nuestra realidad, razón por la que planteo mis reflexiones en la realidad de España, que es en la que vivimos.
    De todas las notas que siguen, muchas de ellas podrán tildarse, por algunos, de más progresistas y otras, por los mismos observadores o por otros, de más conservadoras. Mi duda es si estos adjetivos están contaminados de prejuicios nacidos en pagos dudosamente liberales y, por tanto, dudo si nos son útiles para concretar las diversas orientaciones del pensamiento liberal.
    En todo caso, de usar estos adjetivos, desde la perspectiva liberal habría de tenerse por progresista la oferta que produzca más libertad, no la que proponga más intervención y siempre deberá ser tildada de “regresista”  la que limite o cercene la libertad, la que proponga “la absorción de la espontaneidad social por el Estado”, en palabras de Ortega y Gasset.

UNA HIPOTESIS LIBERAL PARA EL SIGLO XXI.
    El liberalismo es una ideología en sentido estricto, porque ofrece una visión global del mundo y de la vida, porque ofrece una cosmovisión, ordenando ambos, mundo y vida, en razón del individuo y de su irrenunciable exigencia de libertad.
    El liberalismo no plantea como dicotomía el binomio individuo-sociedad, porque éste contiene términos complementarios, sino que plantea la confrontación del binomio individuo/sociedad-Estado.
    Tanto el pensamiento conservador como el socialista han personificado la sociedad en el Estado. El Estado está legitimado porque es la concreción de la sociedad y, por tanto, el único productor de interés general.
    El conservadurismo entenderá que el Estado es el guardián de los valores tradicionales y, en todo caso, el ordenador del desarrollo económico y social y el garante de aquellos valores. Los socialistas considerarán al Estado como instrumento de transformación de la sociedad hacia posiciones más uniformes, tendentes al pensamiento único, más despersonalizadas, de evitación de las élites, de igualitarismo.
    Ambas ideologías otorgan al Estado un papel central, por encima del otorgado al individuo, para conservar valores o para transformar la sociedad. Porque el Estado es un bien en sí mismo y es portador de una legitimidad superior a la de los individuos que serán, desde luego, los receptores del bien común que el Estado produce y garantiza.
    Es el Estado padre, garante… Es el “poder anónimo”, de Ortega y Gasset, del que el, también, anónimo hombre-masa “cree que es cosa suya”  de modo que, ante “cualquier dificultad, conflicto o problema: el hombre-masa tenderá a exigir que inmediatamente lo asuma el Estado… con sus gigantescos e incontrastables medios”.
    Para conservadores y socialistas, con pretensiones distintas, se confunde el concepto de Nación con el de Estado, el Estado es el poder que la Nación ha cedido y que le representa, así que es en el Estado en el que se invita a poner la confianza en el futuro, la confianza en la seguridad de cada uno y en la seguridad de todos. De aquí que la intervención pública sea tenida como algo positivo, como “progresista” (así, sería más progresista la sanidad pública que la privada…, con independencia de su eficiencia).
    Sin afán de molestar, pero para expresarlo de manera comprensible, puede decirse que conservadores y socialistas coinciden en lo que se llamaría “populismo estatalista”, fundado en el proteccionismo económico con limitación del mercado, lo que genera, en apariencia, seguridad y, realmente, produce estancamiento social, falta de movilidad social. Porque los ricos continúan siéndolo y los pobres, aunque protegidos, continúan siendo pobres. Una economía de mercado altera con rapidez el elenco de operadores, los hijos de los ricos dejan de serlo y surgen ricos nuevos.
    El liberalismo no otorga al Estado la competencia de transformación social, porque tal eventual transformación la llevarán a cabo los individuos con su voluntad, articulados en las sociedades intermedias que libremente constituyan (son las “subsociedades libres, en cada una de las cuales pueden defenderse opiniones y creencias diferentes”, de Karl Popper).
    Así que dicha transformación social no se produciría según los dictados de un visionario que establece el pensamiento único, que mueve los hilos del poder estatal para crear adeptos, sino que la transformación social se produciría, de manera espontánea, atendiendo al vigor y posibilidades de las corrientes ideológicas y de los intereses lícitos que circulen por la sociedad y se confronten en ella. El Estado sólo establecería el marco de libertad para que cualquier transformación social fuera posible.
    El liberalismo, lo reitero, no tiene al Estado como un instrumento de transformación social, sino como un instrumento productor de libertad y justicia y, por tanto, necesario, pero de mínimos, porque entiende que el motor del desarrollo y del cambio es la libertad del individuo, su libre pensamiento, su lícito interés.
    Ser garante de la liberad y de la justicia, es la única razón que explica la existencia del Estado. Libertad que se despliega en la sociedad que es pluralidad ordenada de individuos. Libertad que la Ley garantiza y que sólo la Ley puede limitar, con justa causa. Justa causa sólo es el riesgo cierto de un mal inmerecido para los demás.
    Para Locke, la Ley, más que la imposición de la voluntad mayoritaria, ha de ser la garantía del individuo frente al Estado y frente a cualquier grupo poderoso, incluso frente a la propia mayoría. Porque la mayoría sólo sirve para asignar el poder, no para dar la razón ni para negar derechos. La mayoría no tiene por qué acertar, pero si tiene por qué mandar. Y es, precisamente, el poder de la mayoría el que debe ser controlado por la Ley.
    El liberalismo considera a los individuos, a los ciudadanos, como productores del interés general, lo que también es el Estado, siempre que sea necesaria su intervención y será necesaria sólo cuando los individuos no puedan o no quieran desarrollar una actividad necesaria para el confort común.
    El Estado siempre produce interés general cuando actúa, correctamente, como regulador y controlador de las actividades desarrolladas en la sociedad, en los estrictos términos de regulación y control que cada actividad exija. El Estado produce interés general, sólo si es garante de libertad y de justicia.
    El Estado democrático no es más que un instrumento representativo, caracterizado por dos elementos: elección, y control, que no es sino derecho a la desconfianza. Elección, o procedimiento aritmético para elegir a quienes ejerzan el poder; Control, o función de quienes no lo han alcanzado (oposición). Porque los electores, incluso los votantes de quien detenta el poder, si son inteligentes, deben ejercer su derecho a la desconfianza respecto de sus elegidos. Nunca debiera ser a la inversa, pese a que ocurra, con frecuencia, que el poder considere como sospechosos y posibles defraudadores a los ciudadanos. Si ocurre así es porque se tiene al Estado como el “Bien” y, consiguientemente, los ciudadanos, la Sociedad, son el riesgo que puede perturbarlo.
    De aquí que la clave de una sociedad de hombres libres, de ciudadanos, sea la de disponer de leyes que garanticen y fomenten la libertad y persigan su perturbación y disponga, también, de una justicia imparcial y de calidad. Así que, desde la perspectiva de los liberales, el progreso, la política “progresista”, no se vincula a la mayor intervención pública (que es instrumental y frecuentemente perturbadora), sino que se identifica con la mayor producción de libertad y de justicia.
    El liberalismo propugna administraciones con recursos suficientes pero  escasos, porque la burocracia es un riesgo para la libertad individual y porque todos los recursos posibles de una sociedad deben estar destinados a producir riqueza, en manos de la iniciativa privada, y sólo los mínimos han de destinarse a la organización que garantice la libertad y la justicia.
    El liberalismo fomenta las élites, fomenta la promoción de los mejor preparados. Partiendo de que todos han de tener las mismas posibilidades en origen, cree en el esfuerzo y en el mérito individuales.
    La igualdad ha de hacer referencia a los derechos fundamentales, a las exigencias básicas de vida con un necesario mínimo confort y a las posibilidades de poner en evidencia los propios méritos, pero no puede defenderse la igualdad del resultado derivado de méritos y esfuerzos distintos.
    El liberalismo, no cabe ocultarlo, no garantiza la bondad de los resultados por el ejercicio de la libertad, precisamente porque la libertad es un bien en sí mismo, que se justifica en sí misma no por sus resultados, y así decía Friedrich Hayek que “La libertad concedida tan solo cuando se sabe de antemano que sus efectos serán beneficiosos, no es libertad”.
    Los individuos son iguales en lo básico y distintos en todo lo demás, piénsese que, desde el inicio de la vida humana, en el planeta Tierra no han existido dos seres humanos iguales. El objetivo de los liberales no es hacer ciudadanos iguales (salvo en lo esencial) sino hacer ciudadanos libres y, por tanto, desiguales, distintos entre si. Me temo que este objetivo no es tenido como progresista en la acepción hoy dominante en la opinión pública, en los mass-media.
    Si es necesario concretar aquí los pilares del liberalismo, señalo tres: individuo, razón y ley. El individuo libre, como eje del mundo, he aquí el antropocentrismo que emergió en el Renacimiento, tras la oscura Edad Media, y se consolidó en la Ilustración. Como exigencia del individuo libre, la razón,  contraste al que ha de someterse toda conducta humana. En el ámbito de lo público, el individuo único sujeto de derechos, y la razón guía de conductas, se concretan en la ley, como garantía del individuo frente a los poderes que tienden a coartar su libertad
   
LA ADJETIVACION DEL LIBERALISMO.
    El liberalismo, si tuviera que ser algo, es “lo más liberal posible”, y así será cuanta más capacidad tengan sus propuestas de producir libertad efectiva para los ciudadanos y requiera menor auxilio de los poderes públicos, que  garantizan la justicia porque, desde mi punto de vista, esta mayor potencia productiva de libertad está en relación inversa a la intervención pública.
     Ya he advertido que, en mi opinión, el término progresista está contaminado por intenciones poco liberales, porque nació en pagos de dudosa vocación por las libertades y, por otra parte, porque me parece que no es útil para describir, correctamente, los contenidos de las diversas orientaciones del pensamiento liberal.
    Si progresismo es el conjunto de criterios en pro del progreso. ¿Quién se va a confesar contrario al progreso y, por tanto, no progresista?. Percátense de que ni siquiera existe el término regresista, por innecesario, aunque yo lo he colado en tres ocasiones, a lo largo de mis DIEZ CONCRECIONES que se acompañan, entrecomillado y con cierta perversidad.
    El término progresista no tiene antinomia en el leguaje político, porque es la condensación de todo el bien sin mácula de mal, de modo que quien se excluya de su contorno se hace titular de toda la maldad, esto es lo que quiere transmitir al hombre-masa el vulgar pensamiento único. ¿Cabe mayor simpleza intelectual?.
    Es de sentido común que, según desde qué perspectiva se plantee, el progreso podría considerarse una cosa o la otra y, por tanto, deberá alcanzarse por una u otra vía. Los liberales creemos que la libertad individual es, en sí misma, progreso y que la explotación de las propias habilidades, en un marco regulado, genera progreso. Otros, los conservadores y socialistas, creerán que el progreso es la seguridad y la transformación social pre-diseñada, que se alcanza mediando la intervención pública. Así que todos somos progresistas y ninguno “regresista”.
    En todo caso. ¿Por qué no define el concepto, quien lo defienda?. Definir un concepto es aislarlo del todo e identificarlo como algo distinto al resto. Naturalmente, habrá que definir primero el concepto progreso y después el de progresismo.
    Para Hayek el progreso es “el proceso de formación y modificación del intelecto humano…”, y si hay un ejemplo de progreso ese es nuestra civilización occidental, “objeto de envidia y deseo del resto del mundo”, progreso que nunca fue planificado, porque no son planificables las proyecciones seculares.
    En 1960, en plena coexistencia pacífica, Hayek lo dice claramente al advertir que ambos bloques buscan el progreso pero que “La principal diferencia estriba en que sólo los totalitarios saben claramente cómo quieren lograr estos resultados, mientras que el mundo libre puede mostrar únicamente sus logros pasados, dado que, por su misma naturaleza, es incapaz de ofrecer cualquier “plan” detallado de su propio desarrollo”.
    Amigos, es la espontaneidad social de Ortega y Gasset y es el fracaso de del marxismo con su falso cientificismo.
    ¡Cuánto se parece aquella vocación planificadora, barnizada de huero cientificismo, al vigente pensamiento único que, arrogantemente, se autoproclama progresista en exclusiva!.
    Pero, realmente, no es novedoso apropiarse de denominaciones. Decía Ortega y Gasset, en referencia a la derecha y la izquierda, que aplico yo hoy al progresismo, que cuando alguien nos pregunta sobre si somos de derecha o de izquierda (hoy, si somos progresistas), “… debemos preguntar al impertinente, qué piensa él que es el hombre y la naturaleza y la historia, qué es la sociedad y el individuo, la colectividad, el Estado, el uso, el derecho. La política se apresura a apagar las luces para que todos estos gatos resulten pardos”.
    Vuelvo con Hayek quien, renegando del liberalismo racionalista, también se plantea la denominación de sus ideas y duda de que le sirva hasta el término liberal, cuya connotación americana desprecia, y niega su coincidencia con “…quienes en el continente europeo se denominaron liberales (y) propugnaron, en su mayoría, teorías… impulsando… más al deseo de imponer al mundo un cierto patrón político preconcebido que el de permitir el libre desenvolvimiento de las gentes”. ¿Se dejaría llamar Hayek progresista?. No lo creo.
    Recuerden que, también, Karl Popper quería huir de tan pobre alternativa, derecha-izquierda. Siempre sirve para que los arrogantes pensadores de lo políticamente correcto nos dividan, maniqueamente, entre los tocados por el dulce dedo de la modernidad, ellos, y los ajenos a su buena nueva, los críticos, e incluso los escépticos, con el pensamiento único.
    Ya habrán advertido que resolver, con arrogancia y altanería, el dilema izquierda-derecha, a favor de la primera opción, no tiene más finalidad que evitar justificar su elección, presentándola como obvia. Pero los liberales estamos sometidos a la razón y tenemos que explicarlo todo, de modo que la arrogancia no nos evitaría la justificación necesaria.
    Los liberales somos críticos, no aceptamos, mansamente, el pensamiento único, ni tenemos que aceptar su terminología, porque tenemos la nuestra. ¿Qué pensador liberal se ha autodefinido como liberal progresista?. ¿Por qué utilizar un término radicalmente devaluado por su abusiva utilización y desnaturalizado  por su vinculación con el más arcaico antiliberalismo?.
     Articulemos líneas de pensamiento sólidas y dejemos de escupir adjetivos, sin contenido reconocido y carentes de utilidad. Porque para los liberales, todos los gatos no son pardos…, cada gato tiene su color.
    Pero puestos a adjetivar al pensamiento liberal, por fortuna muy variado, podría ensayarse la de liberalismo radical, refiriéndonos a aquel orientado a la mayor libertad individual y menor intervención pública, y social liberalismo, en referencia al que sugiera una mayor intervención del Estado, a costa de menor libertad individual.
    No creyendo, como está dicho, en la adjetivación del liberalismo, me parece que esta clasificación, liberalismo radical y social liberalismo, aporta mayor comprensión de sus respectivos contenidos, siempre y sólo a título meramente orientativo y siempre con el riesgo de que cada cual se adjetive, más que según contenidos según el mayor brillo público del adjetivo. Así somos los seres humanos… El término radical está reconocido en Europa, aunque en España, tenga una mayoritaria acepción negativa, con la ventaja de que nos evitaría muchos presuntuosos (disculpas por el exceso).
    He de advertir que, a ojos vista, ni la trayectoria de la Unión Europea ni el derrotero del propio Estado español se orientan en mínima sintonía con las ideas expuestas en estas páginas ni en su anexo. Las cosas son como son y no reconocerlas es muy poco útil, además de estúpido.
    Esta realidad negativa me sugiere, aprovechando este debate, la necesidad de mantener vivo, actualizado y combativo, el variado pensamiento liberal (sin calificativos o con ellos, siempre que no sean excluyentes), en pro de reorientar Europa hacia su realidad en trance de olvido, como creadora de la civilización occidental, y a favor de la regeneración del Estado español, empeñado tercamente en acunar el sueño suicida del hombre-masa y en impedir el despertar del hombre-libre, del ciudadano.
    Los liberales, acostumbrados a saber que aún no ha llegado nuestra hora, tenemos serenidad y tiempo para afanarnos en la tarea de profundizar en una alternativa doctrinal que sea útil para el momento en que se haga patente la crisis del Estado de las Autonomías, la crisis del Estado del derroche, que, huyendo de sí mismo, corre por un callejón sin salida. Aunque no se lo crean, acabará llegando nuestra hora, no se si solos o en compañía de otros.
    Los liberales encuadrados en los partidos políticos, que ya están en compañía de otros, tienen una gran tarea en la introducción de esta alternativa doctrinal, aunque sea limitados por las exigencias de oportunidad y prudencia, digámoslo obiter dicta, propias de la  obediencia debida.
    Los liberales a la intemperie o encuadrados en entidades de debate y reflexión, también tenemos nuestra tarea, menos encorsetada, menos condicionada y hasta más descarada, para difundir la alternativa de la libertad, sin concesiones a lo vacuo, a lo que hoy se tiene por políticamente correcto.   
DIEZ CONCRECIONES ¿UTOPICAS? A LA HIPOTESIS LIBERAL
    Para precisar las líneas que anteceden, manifiestamente genéricas, las hago acompañar de estas DIEZ CONCRECIONES, posiblemente utópicas que, si bien no abordan la inmensidad de las exigencias de libertad, pueden dar una idea de lo que entiende su autor por liberalismo en el siglo XXI, pidiendo disculpas por su excesiva apariencia programática.

I.- ESPAÑA ES UNA NACION QUE GARANTIZA LOS PRINCIPIOS DE IGUALDAD Y DE LIBERTAD.
    La igualdad esencial de todos los ciudadanos y su libertad individual son principios irrenunciables del liberalismo. Así que, si la hipótesis de una ESPAÑA, NACION DE NACIONES, con independencia de que sea discutible desde el punto de vista científico, pone en cuestión estos principios, tal hipótesis plurinacional debe ser rechazada.
    A mi juicio, desde el punto de vista liberal, no es asumible la idea de ESPAÑA, NACION DE NACIONES, que supone el reconocimiento de hechos colectivos identitarios, fundados en la raza y en imaginarios “derechos históricos”:
a)    Porque los “derechos históricos”, no sólo son un pésimo argumento de secesión sino, además, porque los “derechos forales originarios”, otorgados por el poder absoluto de los monarcas absolutos, sucumbieron con la caída del antiguo régimen, como se suprimieron las pruebas de limpieza de sangre, como desaparecieron los señoríos, como sucumbió el mayorazgo o como se produjo la confusión de estados.
b)    Porque desde la Revolución Francesa no está en cuestión que el único sujeto de derechos políticos sea el ciudadano.
c)    Porque, objetivamente, en dos de las regiones españolas (País Vasco y Cataluña) en que los nacionalistas reclaman tales “derechos históricos”, la mayoría social está compuesta por ciudadanos cuyos hipotéticos derechos históricos hundirían sus raíces en otras regiones españolas. Me refiero a la muy intensa emigración interior producida a lo largo de los siglos XIX y XX, que no se toma en consideración, como si los inmigrantes tuvieran la obligación de renunciar a su origen para confundirse con el que ya es manifiesta minoría.

El idioma es pieza clave para la igualdad de todos los ciudadanos, tanto para acceder a la educación y a la cultura como al puesto de trabajo, lo que exige establecer el principio de unidad idiomática que, desde luego, no impida la co-oficialidad subordinada de las lenguas vernáculas. El castellano ha de ser la lengua oficial del Estado, obligatoria para todos los españoles. Las lenguas vernáculas podrán ser protegidas pero nunca impuesto su aprendizaje ni exigido su conocimiento para actividad pública o privada alguna.

    En mi opinión, desde la perspectiva liberal, no son asumibles las tesis nacionalistas, porque se fundan en derechos colectivos absolutamente inexistentes, por derogados, y utilizados como aparente derecho de secesión, sometiendo a los ciudadanos, con el vergonzoso apoyo de los poderes públicos, a conductas dirigidas a hacer verdad la falsedad identitaria que una minoría dominante pretende.

    Creo que es exigencia de los liberales levantar bandera contra los nacionalismos excluyentes que niegan que el ciudadano sea el único sujeto de derechos políticos y, por tanto, hemos de levantar bandera contra las técnicas de uniformización aplicadas en determinadas regiones españolas para establecer, a posteriori, el falso hecho diferencial, para “hacer país” dicen, aunque sea, realmente, para inventarse un país (alteraciones toponímicas, imposiciones nominativas, represión lingüística, exacerbación del ruralismo en idílica vuelta a unos imaginarios orígenes, etc.).

    Por tanto creo que es exigencia de los liberales levantar bandera contra las imposiciones identitarias nacionalistas que, con mayor o menor crueldad, pero cruelmente, se ha venido imponiendo en los últimos treinta años, tanto  en el País Vasco como en Cataluña y que ahora asoman en Galicia.

    Asombra que esta imposiciones identitarias nacionalistas haya hecho carne en, prácticamente, todos los movimientos de izquierda que se vienen identificando como progresistas, asumiendo esta opción identitaria, excluyente y obligatoria, radicalmente reaccionaria a los ojos de cualquier liberal y, suponía hasta hace algún tiempo, que también a los ojos de cualquier socialista.

CONCLUSION I.-

    España es una nación, por sobradas razones históricas y, en todo caso, como garantía de la igualdad de todos los españoles, razón por la que no cabe transigir sobre su existencia y unidad.
    El castellano ha de ser el idioma oficial de España, lo que es compatible con la co-oficialidad subordinada de las lenguas vernáculas, como garantía de igualdad de todos los españoles.
    Las identidades colectivas con que se niega la nación española vulneran el concepto de ciudadano, único sujeto de derechos políticos, y, por tanto, vulneran los principios de igualdad y de libertad individuales.
   
II.- VOCACION EUROPEA.

    La unidad política de Europa y la consolidación de la actual fase de Mercado Único, basado en la libre competencia, son aspiraciones típicas del liberalismo moderno, no siempre compartidas por posiciones localistas y renuentes a la libre competencia.

    Así como la velocidad del proceso de integración política es una mera cuestión estratégica, no ideológica, por el contrario, la naturaleza de la Unión sí es cuestión ideológica; tengo por liberal el fomento de la “Europa de los ciudadanos” frente a la “Europa de los Estados” y frente a la “Europa de los pueblos”, que desde otras posiciones se defienden.

    Reiterando el principio universal de igualdad, del que no puede quedar excluido ser humano alguno, los liberales europeos tenemos derecho y obligación de exigir que se reconozcan los pilares de nuestra civilización: Grecia (la filosofía), Roma (el derecho), Cristianismo (la dignidad humana) e Ilustración (la centralidad del individuo), para que se incorporen al acerbo universal, porque sólo donde y cuando estos cuatro elementos han coexistido, se ha conquistado, de manera efectiva, la libertad.

    La dilución de los Estados miembros en la Unión Europea es prueba de que la mayoría de los ciudadanos europeos carecen de pretensiones identitarias o excluyentes. Permítaseme la chanza de suponer que ni los atenienses, ni los romanos, ni los castellanos, ni los ciudadanos del Franco Condado, ni los aragoneses, ni los ciudadanos del Tirol, ni los de otros muchos territorios históricos europeos (¿hay algún territorio que no sea histórico?), reclamarán derechos históricos a la hora de constituir la Unión Europea y si alguno lo hiciera tendrá enfrente, cuando menos, a los liberales.

    De modo que sólo cabe establecer límites de eficacia y de menor coste para que la nueva superestructura que sustituya, paulatinamente, a las estatales, garantice la igualdad y la libertad individuales.
   
    Siendo tolerantes, salvo con la intolerancia, la vocación de integración intercultural debe ser la guía de todos los seres humanos de buena voluntad, pero tal vocación no puede pasar por la renuncia, ni siquiera parcial, a los cuatro pilares culturales aludidos.

    Los liberales europeos no podemos aceptar que ciertas creencias y practicas del mundo islámico se conviertan en normas de conducta compatibles con nuestra civilización de igualdad y libertad individuales, razón por la que las legislaciones represivas de tales conductas no han de ser consideradas como  limitativas, para las personas de procedencia islámica, sino como liberadoras y garantes de su dignidad personal.

CONCLUSION II.-

    Los liberales creen en una Europa de ciudadanos libres, creen en la “Europa de los ciudadanos”, basada en sus cuatro pilares originarios: Grecia, Roma, Cristianismo e Ilustración y abierta a cualquier civilización que reconozca a la libertad individual como  una exigencia previa.
   

  III.- FORMA DE ESTADO.

III.1.- Monarquía - República

    En abstracto, el liberalismo puede aceptar ambas forma de Estado, si bien, parece obvio, la justificación de la Monarquía es manifiestamente más difícil que la de la República.

    Si, mayoritariamente, los ciudadanos asumen la Monarquía como institución políticamente neutral con la misión de arbitrar y moderar el funcionamiento de las instituciones democráticas, no se le podrá tachar a ésta de antidemocrática, por el mero hecho de no ser electiva.

    Aunque la misión de los políticos no es añadir problemas a los existentes, no cabe duda alguna que, desde la perspectiva liberal, es lícito solicitar que la Monarquía pase por su ratificación en refrendo, reiterando la que de manera global, no individualizada, superó en el año 1978.

    Por otra parte, es lícito, desde la misma perspectiva liberal, controlar el funcionamiento de la Monarquía, rechazando una decadente actitud hagiográfica que elude tal control. La irresponsabilidad penal y administrativa del Rey no excluye ni la constatación de la neutralidad con que ha de manifestarse y ni la eficacia de su acción arbitral y moderadora.

    Una eventual futura República española no debiera ser heredera de la II República, porque el hecho de que la derrocara Franco no la hace buena. La II República fue un régimen antiliberal en el que el frentepopulismo vulneró las más elementales reglas de libertad y del propio sistema democrático (“El país había entrado en una fase claramente revolucionaria. Ni la vida ni la propiedad estaban a salvo en ninguna parte”. Del republicano Salvador de Madariaga).

    La República debiera ser germen de civismo y de libertad para hacer cierta la idea de “una España liberal y humanista” a la que se refirió Madariaga. A mi juicio, la opción más eficiente y racional sería la de la República presidencialista, con unificación de las jefaturas del Estado y del Gobierno y con un Parlamento unicameral.

III.2.- Unitario – Federal. Rechazo de la asimetría.
    El Estado democrático soporta tanto la hipótesis unitaria (caso de Francia) como la hipótesis federal (caso de Alemania y EE.UU.), de modo que ambas posibilidades son aceptables desde el punto de vista liberal, porque ninguna de ellas ofrece un plus democrático reconocible y es una falacia otorgar ese plus democrático a los regímenes federales. Porque el valor de la democracia hay que ponerlo en relación con el ciudadano no con el territorio.
    Siendo asumible, para un liberal, optar por la vía del Estado autonómico o federal, en razón de criterios organizativos, no lo es si se funda la opción en  criterios identitarios o en imaginarios “derechos históricos”. Esta es la clave.
    En mi opinión, para un liberal, la columna vertebral del derecho público la componen los principios de igualdad y libertad individuales, esto es, el principio de ciudadanía. Así que considero contrario al liberalismo cualquier fórmula de federalismo asimétrico y lo es, a mi juicio, tanto el régimen de Concierto Económico, del que disfrutan las provincias vascas, como, entre otros aspectos, el régimen fiscal que se consagra en el Estatuto de Cataluña y, probablemente (porque no está concretado a la hora de redactar estos apuntes), el nuevo chalaneo derrochador que se anuncia en estos días.
    Desde mi particular perspectiva liberal, afirmo que la forma de Estado más adecuada, unitaria o federal, es la que responda a los siguientes criterios:
a)    Menor coste posible.
b) Suficiente reserva competencial, a favor de la Administración General del Estado, para garantizar la gobernación de la unidad política que es el Estado y los derechos y libertades de los ciudadanos.
c) Evitación de la aparición de “mini-estados” en las administraciones regionales.
d) Consolidación de los principios de igualdad y libertad individuales, para garantizar la radical simetría entre las diversas regiones autónomas o federales, con dos criterios correctores:
i) Medidas de cohesión nacional respecto de la singularidad de los     archipiélagos y de las ciudades de Ceuta y Melilla.
ii) Medidas de compensación inter-regional a favor de las regiones menos     favorecidas, articulando un sistema estable de transferencia de recursos.
    En mi opinión, el actual Estado de las Autonomías puede definirse por tres características negativas: a) derroche y descontrol del gasto, con manifiesto exceso en las estructuras administrativas; b) desmantelamiento competencial de la Administración General del Estado que impide garantizar actuaciones de política general y de razonable gobierno, llegando a constatarse que en determinadas regiones españolas ha desaparecido la presencia del Estado y han parecido sucedáneos de mini-estado; c) imposición de las minorías nacionalistas sobre las mayorías no nacionalistas, tanto en el propio territorio autónomo como en el parlamento español, fruto de un antidemocrático sistema electoral.
    En la hipótesis autonómica o federal, es de sugerir una redistribución competencial en la que se considere, también, a la Administración local de modo que, recuperando la Administración General del Estado muchas de sus antiguas competencias normativas y de ejecución, parte de las ejecutivas se distribuyan entre las administraciones regionales y locales, con el propósito de fortalecer a los ayuntamientos en competencias y en recursos.
    En cualquier caso, han de ser competencias exclusivas de la Administración General del Estado, tanto de carácter normativo como de ejecución, las siguientes: relaciones internacionales, defensa, hacienda, economía, educación, seguridad pública, gestión energética y del agua, y todas aquéllas que se requieran para garantizar la gobernabilidad de un Estado moderno.
    El sistema electoral requeriría de análisis más pormenorizado, de modo que eludiendo todo tecnicismo creo que es de defender un sistema electoral en el que todos los votos valgan lo mismo. Personalmente soy partidario de la circunscripción única, en las elecciones parlamentarias, porque las opciones políticas o ideológicas no hacen referencia al territorio sino a los ciudadanos.
CONCLUSION III.-

    La Monarquía requiere la legitimación de un amplio apoyo social que, en algún momento, debiera contrastarse en refrendo para absorber la anomalía de la sucesión hereditaria. En todo caso, se le debe exigir neutralidad política y eficacia en su labor arbitral y moderadora de las instituciones.
    Una República democrática, fuente de los valores cívicos y garante de las libertades individuales, no frentepopulista como fue la II República, es, probablemente, la aspiración más generalizada entre los liberales.
    La descentralización administrativa debiera replantearse recuperando la Administración General del Estado bastantes de sus antiguas competencias normativas y distribuyendo su ejecución entre las administraciones regionales y locales, con el propósito de fortalecer a los ayuntamientos.
    Sea el Estado unitario o federal, debe garantizarse la simetría de todas las regiones, compatible con medidas de cohesión nacional y compensación inter-regional, así como un sistema electoral que responda al principio de que todos los votos valgan lo mismo, lo que probablemente aconsejaría el sistema de circunscripción única en las elecciones parlamentarias.

IV.- RELACIONES ADMINISTRACION-ADMINISTRADO
IV.1.- De la Administración.
    Para los liberales la función pública ha de estar basada en los principios del menor coste y de la intervención mínima. Es obligado reducir al máximo los recursos que se pongan a disposición de la organización social, tanto por su carácter no productivo como para evitar los riesgos de la elefantiasis administrativa y de la corrupción.
    Es de propugnar la reducción sustancial de los privilegios exorbitantes de la Administración, con imposición de normas contables y presupuestarias que obliguen al pago de deudas públicas y permitan su resarcimiento con idéntica exigibilidad a las deudas privadas.
    Igualmente es de propugnar la minimización del impacto de la burocracia y el procedimiento en los administrados, reduciendo a la mínima expresión posible la tramitación administrativa y, en todo caso, la discrecionalidad, con imposición del régimen de autorización reglada.
    El sector público no es operador económico, sino un regulador (competencias normativa y de control), con las excepciones de la SANIDAD y la EDUCACION, prestadas en régimen dual de servicio público y régimen de competencia. Probablemente cierto transporte público y quizá algún otro servicio puedan exigir su prestación en régimen de servicio público.
    La liberalización de sectores prestacionales afectos, muy directamente, al interés general y, por tanto, con reconocimiento de su condición de servicios esenciales para la convivencia (suministros energéticos, servicios de telecomunicaciones, de transporte público y postales, etc.), exigen su sometimiento a singular regulación y específico control. Va de suyo que tal regulación ha de ser preexistente y exigente y su inspección rigurosa, para garantizar los servicios esenciales afectados.
    Esta singular regulación y específico control, requiere del establecimiento de entes reguladores, profesionalizados, integrados en el sector público, pero independientes del Gobierno.
    Evitación de los supuestos de “huída del derecho administrativo”, en cualquier nivel del sector público. De modo que, cuando se haga patente que un organismo público necesita salir del ámbito del derecho público para someterse al derecho privado, es prueba inequívoca de que está desarrollando una actividad impropia del sector público y propia de la iniciativa privada.
    Ni qué decir tiene que, respecto del sector financiero, es una exigencia liberal manifiesta la de su plena liberalización, privatizando las cajas de ahorro en las que se han enquistado poderes políticos regionales y locales que utilizan las capacidades financieras de estas entidades en beneficio de sus propios objetivos, lo que no impediría una exigente regulación y un férreo control administrativo, por entidades especializadas, públicas e independientes del Gobierno.
IV.2.- De la Administración de Justicia.
    Creo que es irrenunciable para un liberal, la aplicación del principio de unidad jurisdiccional, articulada por las diversas instancias que culminan en el Tribunal Supremo como única instancia casacional.
    Los cuerpos de jueces y secretarios han de seguir siendo de carácter nacional. La justicia debe impartirse en castellano, sin excepción, para evitar que la exigencia del conocimiento de las lenguas vernáculas por los jueces sea una vía para introducir un sesgo de parcialidad política localista.
    Desde mi perspectiva liberal, la independencia de la Administración de Justicia es una exigencia irrenunciable, porque no sólo es garantía de justicia, en sentido estricto, sino también de libertad individual, de libre competencia y de desarrollo económico, todo lo cual exige dos requisitos:
a)    Jueces profesionales que accedan a la carrera por oposición libre, como garantía de conocimientos científicos y de imparcialidad, eliminando la posibilidad de incorporación por otras vías, incluida la de la sustitución.
b)    Fiscalía independiente. Pese a la tradición de una fiscalía dependiente del Gobierno, la pésima experiencia vivida aconseja establecer la independencia de la fiscalía, implantando un nuevo Estatuto de la Fiscalía.
    El régimen de autorregulación, típicamente liberal, me parece muy adecuado para gestionar el gobierno de los jueces. El C.G.P.J. debiera, a mi juicio, constituirse por elección entre los jueces de carrera, excluidos los de acceso sin oposición libre, si alguno quedara.
IV.3.- Del funcionariado.
    La carrera funcionarial debe fundarse en la existencia de cuerpos nacionales de funcionarios y en su trasversalidad, de modo que se establezca el derecho a ocupar plaza en cualquiera de las administraciones públicas si se prueba la idoneidad, ya sea en la Administración General del Estado, en las autonómicas, en las locales o en las institucionales, evitando la estanqueidad.
    El fortalecimiento del cuerpo nacional de interventores, y de su independencia, es una exigencia básica, para garantizar el control de los recursos públicos.
    En todo caso, debiera ser objetivo liberal la reducción de las plantillas de funcionarios, mediando un periodo transitorio razonable y el fomento de los tratamientos informáticos, con objeto de reducir costes innecesarios.
    Una carrera funcionarial trasversal y universal, redimensionada a la baja, permitiría la eliminación de los privilegios propios de los funcionarios y su sometimiento al derecho laboral, tanto en lo atinente a sus obligaciones como a su retribución con criterios de mercado.
IV.4.- De los administrados.
    Los administrados no son la excusa de la Administración, sino los sujetos con derecho a recibir su servicio, debiéndose reducir a la mínima expresión el régimen de control de legalidad mediante la autorización previa para generalizar el de control administrativo del resultado.
CONCLUSION IV.-

    Se propugna la minimización del poder de la Administración pública, su sometimiento a ley y a control efectivo, evitando su desmesurada posición de privilegio respecto del administrado, con equiparación de las deudas de las administraciones a las deudas privadas y con derecho de embargo, con escasísimas excepciones.
    Las administraciones deben actuar, salvo contadas excepciones, en el ámbito reglado, evitando la discrecionalidad.
    El proceso de privatización de las cajas de ahorro, es una exigencia liberal urgente.
    Es de defender el funcionamiento del sector público al menor coste, evitando sustraer recursos, no imprescindibles, de la iniciativa privada.
    Se hace necesaria la creación de entes reguladores independientes y profesionalizados, que controlen los servicios esenciales privatizados.
    La unidad de jurisdicción y en su cúspide un Tribunal Supremo, única instancia casacional, así como una carrera judicial y fiscal profesional, independiente, de acceso por oposición y autorregulada, son garantías de una tutela judicial efectiva.
    El funcionariado, en cualquiera de sus niveles, debe tener acceso a todas las administraciones públicas, evitando la estanqueidad.
    Como garantía de calidad y de control, se propugna el reforzamiento de los cuerpos nacionales y, muy especialmente, el de interventores.
    Un liberalismo moderno, de progreso, es el que incrementa la libertad de los ciudadanos y reduce la intervención pública al mínimo necesario.
    La intervención pública si no es imprescindible, es “regresista”, no es progresista, porque constriñe la libertad de los administrados.


V.- ECONOMIA.
    La iniciativa privada es capaz de producir interés general y, además, hacerlo con eficacia muy superior a la que pueda alcanzar el sector público.
    La actuación del sector público como operador en la vida económica, o es una excepción que requiere justificación o es una anomalía. Cuando el que es árbitro se convierte en jugador, la anomalía es patente.
    Los ciudadanos tienen derecho a intervenir libremente en la economía, y las administraciones tienen la función de que tal derecho pueda ejercitarse en términos de libertad y no discriminación.   
    El derecho de la iniciativa privada a intervenir en la vida económica, no responde sólo a un criterio de eficiencia sino, fundamentalmente, a un criterio de libertad. El ciudadano actúa en la vida económica porque es libre de hacerlo, porque tiene derecho a desarrollar su actividad, sin perturbaciones injustas del poder público y, además, porque lo hace mejor que el sector público.
    La falta de derecho del sector público a intervenir en la vida económica, responde a su propia razón de ser. El poder se otorga para garantizar la libertad y la justicia, no para sustituir al ciudadano ni para competir con él.
    Sólo cuando es patente la imposibilidad de prestar eficazmente servicios necesarios, desde la iniciativa privada, cabe la intervención pública. Así en los años sesenta, si el Estado no hubiera promocionado la televisión, los ciudadanos no hubieran tenido este servicio, sin embargo, en el año 2009, las televisiones públicas carecen del más mínimo sentido.
    Hoy no existe la garantía de que los servicios universales de SANIDAD y de EDUCACION, y quizá algún otro, puedan ser cubiertos, plenamente, por la iniciativa privada, por lo que es razonable la existencia de SANIDAD y EDUCACIÓN públicas, incluso en régimen de competencia con la iniciativa privada, para abrir el abanico de elección de los ciudadanos según más adelante trato de manera específica, dada la relevancia de ambas prestaciones.
CONCLUSION V.

    Corresponde a la iniciativa privada la operación en la vida económica y a las administraciones públicas la garantía de que tal operación se desarrolla en términos de libertad y justicia.
    Por su razón de ser, a las administraciones públicas les corresponde la función reguladora y no la de operación económica, salvo en situaciones excepcionales en que funcione el principio de subsidiariedad.
    En el ámbito de la prestación privada de servicios reconocidos como esenciales para la convivencia, se hace necesario establecer entes públicos reguladores, profesionalizados e independientes de los operadores y del Gobierno, con la finalidad de otorgarles fiabilidad y solvencia.
    La intervención pública, si no es imprescindible, lejos de ser progresista, es “regresista” porque reduce la libertad de los ciudadanos.


VI.- ALGUNOS DERECHOS FUNDAMENTALES

VI.1.- Derecho a la vida.

    El derecho a la vida es un derecho fundamental, incontestable, que niega, a los ciudadanos y al Estado, toda posibilidad de decidir sobre la vida humana.    
    Así se hace incontestable la abolición constitucional de la pena de muerte, pero no ha recibido el mismo tratamiento práctico el derecho a la vida de los no nacidos.
    La actual despenalización de tres supuestos de aborto no es sino el expreso reconocimiento de su condición de delito, pues despenalizar es reconocer, genéricamente, la concurrencia de eximentes de la responsabilidad penal (peligro de la madre o situación límite de elección entre dos derechos iguales); peligro de malformación del feto y embarazo debido a violación (de juicio ético muy controvertido); y consecuencias sicológicas negativas para la madre (de muy difícil admisión por representar un conflicto de derechos claramente desiguales), sabiéndose que, éste último supuesto, constituye, además, un evidente “coladero” y, en tal caso, una falsa eximente.
    Tengo por cierto que, desde la tradición liberal, la defensa de la vida es una constante exigencia que no puede someterse a revisión, porque desde la defensa del individuo no puede propiciarse su muerte.
    Este criterio lo mantengo consciente de que supone manifiesta desviación respecto de lo políticamente correcto, respecto del pensamiento único, considerado progresista, pero es que los liberales, no podemos someternos al pensamiento único, sino sólo a nuestra razón.
    Respecto de la eventual duda científica, relativa al momento en que el embrión tenga vida y sea persona, en mi opinión deberá aplicarse el principio in dubio pro vida, como se aplica a la prevención del débil en otras facetas de la vida (in dubio pro reo, in dubio pro labore, in dubio pro consumator) y, si me apuran, como se aplica a la Administración el principio de precaución, en el ámbito de la sanidad, de la alimentación o de la protección ambiental.

    En definitiva, considero que la muerte voluntaria del no nacido, salvo eximentes ciertas, denigra a sus autores y debe ser penalizada.

VI.2.- Derecho a la libertad religiosa.

    Las religiones, que no contradigan los valores de nuestra civilización,  sea cuales fueran, son un valor social merecedor de protección, lo que no empece la más radical aconfesionalidad del Estado.
    El hecho religioso, sin imposiciones, es beneficioso para la convivencia social en paz y libertad. El hecho religioso no es un fenómeno social negativo, sino el ejercicio libre de las potencias humanas por cada individuo.
    No cabe duda de que han de crearse conflictos entre la aconfesionalidad del Estado y, por tanto, de todos sus organismos, y la tradición católica de nuestra sociedad. Estos conflictos sólo pueden resolverse con naturalidad y generosidad, sin intolerancias, pero si la discrepancia perdura, en el ámbito de las instituciones públicas, primará la expresión pública de aconfesionalidad del Estado. Me refiero a la presencia de crucifijos en escuelas y de éstos y de los evangelios en actos oficiales. También a los funerales católicos de Estado, etc.

    Los liberales no proponen una sociedad sin conflictos, como el paraíso comunista, sino una sociedad con muchos intereses contrapuestos, con mucha interrelación y, en consecuencia, con muchas desavenencias, lo que exige un  sistema de solución de conflictos basado en el imperio de la Ley.

    De un Estado aconfesional no se deriva una sociedad laica. La sociedad no es ni confesional ni laica, la sociedad ni cree ni piensa, es cada ciudadano el piensa y cree y decide lo que quiera ser. Si la mayoría de los ciudadanos se reconocen como católicos, la tonalidad de la sociedad será católica, como dicha tonalidad es protestante en otros países en los que son mayoría éstos.
    Sería un atentado a la libertad religiosa la imposición, apoyándose en la aconfesionalidad del Estado, de una sociedad laica, de una sociedad arreligiosa.
   
    Los liberales, a mi modo de ver, deben oponerse a cualquier limitación de la libertad religiosa como han de oponerse a la limitación de cualquier otra libertad o derecho de los ciudadanos y, más, si tienen el carácter constitucional  de fundamentales.

VI.3.- Derecho a la seguridad y a la represión del delincuente.
   
    Sólo se puede ser libre en un escenario en que la violencia injusta no tenga cabida, en el que la exclusiva de la violencia la tenga el Estado, para que repela cualquier agresión y reduzca al perturbador de cualquier derecho.

    El derecho penal no debe ser vengativo, pero no puede convertirse en un instrumento que deslegitime el derecho de autoprotección de la sociedad.
   
    Las penas no pueden tener, únicamente, un carácter de reeducación, como de manera incompleta, a mi juicio, señala la Constitución. En mi opinión  las penas deben tener, un carácter represivo, intimidatorio, que sirva para evitar la comisión de delitos o su reiteración; una pretensión reparadora para la víctima, indemnizatoria, de satisfacción tanto material como moral; y, desde luego, la pena ha de tener una vocación de rehabilitación, reeducadora, de reinserción social, expresando este orden la relevancia de cada objetivo.

    El cumplimiento de las penas de privación de libertad, establecidas en el Código penal, debe tener un elevado grado de verosimilitud, de modo que la reducción de penas no sea una regla preestablecida vinculada al paso de ciertos porcentajes de su duración, sino que ha de vincularse, exclusivamente, a la reparación de la víctima  y a la constatación objetiva de la rehabilitación.

CONCLUSION VI.-

    La defensa de la vida es una exigencia prioritaria de los liberales que no puede acogerse a excepción en el caso del aborto, atentado contra la vida que sólo es asumible en situación límite de conflicto con otro derecho idéntico, cual es la vida de la madre, situación que ha de delimitar un profesional y opción que corresponde ejercer a la interesada y, en su defecto, a su reducidísimo entorno.
    Que el Estado carezca de religión no supone que la sociedad ha de ser arreligiosa. Los que son o no religiosos son los ciudadanos y la mayoría de una determinada religión establece, en las sociedades, usos y costumbre que, aún siendo voluntarios, otorgan determinada coloración a la sociedad, lo que es perfectamente compatible con la aconfesionalidad del Estado y con la libertad de todos.
    El hecho religioso, respetuoso con los valores de nuestra civilización, es un bien para el conjunto social y, desde luego, es un derecho de los ciudadanos que no puede ser perseguido ni constreñido.
    Los liberales hemos de oponernos a la limitación de la libertad religiosa como a cualquier otra limitación de derechos y libertades fundamentales.
    Un derecho penal laxo, permisivo, perjudica al conjunto de la sociedad y no favorece la reducción de conductas delictivas.
    Las penas han perseguir la represión del delincuente, la reparación a la víctima y la rehabilitación del penado, por este orden.


VII.- LIBERTAD DE EXPRESION
    La vulneración de cualquier derecho derivado del ejercicio de la libertad de expresión debe dilucidarse en el orden jurisdiccional, en evitación de que las administraciones públicas limiten el ejercicio de este derecho.
    La actividad empresarial de comunicación debe ser una actividad propia de la iniciativa privada, por lo que le debería estar vedada al sector público.
    Es una pretensión liberal básica la despublicatio de la radiodifusión y la privatización de los medios de comunicación social en manos públicas. Los únicos medios de comunicación de carácter público han de ser los boletines oficiales de las respectivas administraciones, lo que no empece que los medios de comunicación privados presten, a requerimiento de las administraciones, servicios al público (no de servicios públicos), retribuidos o gratuitos.
    También es, a mi juicio, una pretensión liberal la despublicatio del espectro radioeléctrico, continuando su protección y gestión como competencia de la Administración General del Estado, en régimen de autorización reglada, desapareciendo el régimen concesional de otorgamiento de frecuencias.   
CONCLUSION VII.
    Las administraciones públicas carecen de legitimación para ser titulares de medios de comunicación social, escritos, radiofónicos o audiovisuales, porque no está en su finalidad y porque la experiencia dice, de manera apabullante, que las administraciones públicas titulares de medios de comunicación social abusan de su utilización, en perjuicio del derecho de los ciudadanos a una mínima neutralidad administrativa, exigible a quienes utilizan recursos públicos.

VIII.- GESTION DE LA SANIDAD Y LA EDUCACION PUBLICAS   
    Son estas dos actividades prestacionales las que no pueden estar sometidas a la despublicatio por cuanto que desde la iniciativa privada no es posible garantizar su prestación, con los niveles que nuestra sociedad exige, de modo que tanto la sanidad como la educación han de desenvolverse en un régimen dual, de servicio público y de gestión por la iniciativa privada.
VIII.1.- Gestión de la sanidad.
    La necesidad de la sanidad pública no está puesta en cuestión, aunque como todo servicio público debe estar sometido a criterios de profesionalidad, de eficiencia y de control, sencillamente porque utiliza recursos públicos. Huelga decir que no es un supuesto de privatización de la sanidad su gestión indirecta, mediante mecanismos de colaboración público-privada u otros previstos en la legislación vigente.
    En lo atinente a la profesionalidad, quizá conviniera constatar si los sindicatos actúan, únicamente, como garantes de los intereses laborales de los trabajadores o intervienen, condicionándola, en la gestión medica de los centros sanitarios, lo que supondría un atentado a la seguridad sanitaria.
    La sanidad privada actúa en competencia con la pública, si bien no en todas las franjas asistenciales (grandes intervenciones quirúrgicas, etc.) por razones de rentabilidad y no por causa legal alguna.
    No repugna a las tesis liberales que la sanidad pública sea obligatoria, para garantizarse recursos suficientes de atención generalizada, si bien podrían establecerse algunos criterios de renuncia voluntaria a determinados servicios asistenciales (consultas ambulatorias, prestaciones farmacológicas, etc.), con reducción de cuota, a fin de que los ciudadanos que contraten ciertos servicios asistenciales con la sanidad privada, eviten duplicidades excesivas y patentes.
VIII.2.- Gestión de la educación.
    Igual justificación es aplicable al régimen dual de prestación de servicios educacionales, si bien esta actividad presenta singularidades que merecen alguna consideración.
    La educación está directamente vinculada al desarrollo de la personalidad que, a su vez, afecta, en parte, a aspectos éticos y morales de los educandos y en parte, también, a aspectos de mero conocimiento científico.
    En mi opinión, no repugna a las tesis liberales la idea de que el Estado garantice una formación cognitiva, la instrucción, de todos los ciudadanos incluso, en situaciones límite, frente a la voluntad de los padres. Si los padres deciden no escolarizar a sus hijos, el Estado debe hacerlo y sancionar a los padres. En todo caso corresponde al Estado establecer unos mínimos curriculares, en los distintos niveles de la educación.
    Lo dicho no impide que, en determinadas áreas formativas, vinculadas muy específicamente con el desarrollo ético y moral de los menores, integradas  en el ámbito de lo doctrinal, corresponda a los padres establecer su orientación, porque el Estado, que puede actuar frente a los padres negligentes, no puede sustituir a los padres diligentes impidiéndoles educar a sus hijos con libertad.
    El Estado, en materia de ética y moral, debe ser neutral. En una sociedad libre el Estado no puede adoctrinar y para evitar este riesgo debe eludirse la inclusión de asignaturas sospechosas de adoctrinamiento.
    Debe reconocerse la libertad de cátedra en la Universidad, pero no así en la primera y segunda enseñanza, en las que el educando no ha alcanzado el pleno discernimiento intelectual.
    Aquí se advierte la tesis liberal de la desconfianza en la Administración, característica típica de la democracia. Los ciudadanos tenemos derecho a desconfiar, sobre todo en materias sensibles como la educación en valores.
    Por lo que se refiere al régimen económico de la prestación dual de la educación y dando por supuesto que la educación pública, hasta cierto grado es gratuita y, en el nivel universitario su precio es inferior al coste, debiera establecerse, para quienes opten por la educación privada, una compensación personal y no generalizada mediante concierto con los centros privados.
    El sistema de concierto con los colegios privados, en la práctica, somete a éstos a las exigencias de la Administración educativa, bajo pena o riesgo de exclusión del concierto. Sería mucho más razonable, y congruente con las tesis liberales, la compensación personal, vía tributaria o por cualquier otra vía.
    Sugiero que el ciudadano que optara por la educación privada debiera percibir, mediante cheque o mediante una deducción fiscal, entre el 80% y 90% del coste gratuito, teórico (excluidos costes fijos no evitados), de la plaza educativa no utilizada. La no compensación total supondría una aportación como una “reserva de plaza”, toda vez que no se perdería el derecho a, en cualquier momento, utilizar las prestaciones de la educación pública.
CONCLUSION VIII.-

    Es perfectamente compatible la coexistencia de prestaciones sanitarias públicas y privadas, siendo congruente con las tesis liberales tanto el refuerzo del control profesional y económico de la pública, como el  establecimiento de reducciones de cuota por renuncia a determinadas prestaciones públicas, a fin de evitar una excesiva duplicidad a quienes compartan ambas modalidades de prestación.
    En materia educativa, el Estado ha de garantizar el derecho de los menores a la instrucción, incluso frente a la negligencia de sus padres, pero ha de ser neutral en cuestiones éticas y morales, evitando toda tentación de adoctrinamiento.
    Por lo que a la educación se refiere es, igualmente, compatible la coexistencia de prestaciones públicas y privadas, debiendo establecerse una compensación que no cubra la totalidad del coste teórico de la plaza evitada, al no impedirse su posterior utilización, siendo especialmente relevante que la compensación referida sea personal, al ciudadano que opta por la educación privada, no a los centro educativos.


IX.- LUCHA CONTRA LA POBREZA, SOLIDARIDAD PRIVADA Y REGIMEN        SUBVENCIONAL.

    El conjunto social, los ciudadanos, las sociedades intermedias y la propia Administración pública, tienen obligación, por un principio básico de solidaridad, de incorporarse a la lucha contra la pobreza, en su propio ámbito territorial y allende sus fronteras. La cuestión está en el cómo y con qué garantías.
    En el ámbito internacional son claves prioritarias de la lucha contra la pobreza la enseñanza primaria universal y la extensión sanitaria, porque sólo desde la formación y la salud puede aspirarse a constituir sociedades libres de la tiranía y capaces de desarrollarse económica y socialmente.
    La globalización, que no es sino la mayor permeabilidad de nuestro mundo, facilita la transmisión de valores formativos y políticos que permitirán consagrar la libertad y eliminar la tiranía. El problema se plantea cuando entidades de discutible estructura democrática y dudosa vocación por la libertad pretenden gerenciar la globalización. En tales casos la globalización es un instrumento de perpetuación de la tiranía.
    Las ayudas del mundo de la abundancia, si bien han reducido la miseria en el último decenio, gracias a las ventajas instrumentales de la globalización, nunca serán eficaces si los pueblos que han de recibirlas están sometidos a la tiranía y, por tanto, son víctimas de la corrupción. Se hace obligado crear una red internacional de verificación del destino y eficacia de las ayudas que se destinan al tercer mundo.
    Sólo desde economías liberales puede acometerse la tarea de erradicar la pobreza en el mundo, el problema es cómo se consiguen las condiciones mínimas de recepción para que las ayudas sean eficaces. Considérese que no hay más salida de la pobreza que el acceso a la propiedad y ésta exige libertad y seguridad jurídica.
    En el ámbito nacional, la pobreza se elimina garantizando puestos de trabajo, lo que corresponde a los empresarios, de modo que el Estado debe limitarse a ofrecer escenarios normativos de fomento empresarial, evitando superestructuras administrativas improductivas, limitando tributaciones desmesuradas y, previamente, evitando gastos públicos innecesarios, para que el torrente económico productivo sea lo más intenso  posible.
    Es una tradicional aspiración liberal el fomento de la solidaridad privada, sustituyendo al gasto público a cambio de ventajas fiscales de diversa naturaleza, para que los ciudadanos puedan elegir el destino de parte de su aportación al común. Así que las fundaciones y demás asociaciones privadas, lejos de percibirse elementos sospechosos de evasión fiscal, deben fomentarse con una política fiscal adecuada.
    La subvención es una anomalía en toda economía de mercado basada en la libre competencia, tanto porque desequilibra a los contendientes, perjudicando a los mejores empresarios y equiparándolos con los menos competentes, como porque introduce la voluntad política en el mercado.
    Una política liberal sólo puede basarse en la limitación de las subvenciones a supuestos de manifiesta necesidad, con exclusión de subvenciones a grupos sociales de interés como son las patronales, los sindicatos y los partidos políticos, que deben vivir de sus asociados.
    Las subvenciones deben dirigirse, fundamentalmente, a remediar  situaciones de incapacidad e infortunio que requieran del esfuerzo público para reequilibrar una situación de desventaja originaria o involuntariamente sobrevenida.
CONCLUSION IX
    La lucha contra la pobreza, en el ámbito internacional, es una exigencia de nuestra civilización pero requiere la garantía de destino de las aportaciones. En el ámbito nacional la pobreza se elimina fomentando el empleo y, por tanto, favoreciendo la actividad empresarial, así como estableciendo un régimen subvencional de exclusivo destino a la discapacidad y al infortunio.



X.- INGENUAS SUGERENCIAS DE REFORMA CONSTITUCIONAL.
    A modo de ensayo, susceptible de acomodación a cualquier otra sugerencia, sin más pretensión que la de ejemplificar lo antedicho, y acusándome de un elevado grado de ingenuidad, propongo una imaginaria reforma parcial de la Constitución, para que se acomodara a las sugerencias contenidas en estas DIEZ CONCRECIONES A UNA HIPOTESIS LIBERAL.
Artº 2.- Eliminación del indefinible término “nacionalidades”, por no responder a realidad alguna y aportar manifiesta confusión.
Artº 3.2.- Las demás lenguas españolas serán también oficiales “y subordinadas al castellano”.
Artº 20.1.c).- A la libertad de cátedra “universitaria”.
Artº 20.3.- “las administraciones públicas no podrán ser titulares, ni total ni parcialmente, de medios de comunicación social, con excepción de los boletines oficiales en que se publiquen disposiciones y anuncios de su competencia”.
Artº 25.2.- “Las penas privativas de libertad estarán orientadas, en primer término al castigo del delincuente, después a la satisfacción de la víctima y, por último, a la reeducación y reinserción social del penado”.
Secciones 1ª y 2ª del Capítulo Segundo, Título I.-
    Debieran fusionarse, ambas secciones, para que se reconociera a los derechos contenidos en la 2ª Sección (tributación, matrimonio, propiedad, fundación, derechos económicos y laborales, libertad de empresa…) la condición de fundamentales y su acceso al Recurso de Amparo.
Título II.- De la Corona. Posible ratificación independiente.
Titulo III.- De las Cámaras. Posible régimen unicameral.
Artº 103.3.- La ley regulará el estatuto de los funcionarios públicos y el acceso a la función pública de acuerdo con los principios de mérito, capacidad y ámbito nacional, “con plena equiparación a los trabajadores por cuenta ajena y sometimiento a la legislación laboral”.
Artº 122.3.- ”El Consejo General del Poder Judicial será integrado … que serán jueces y magistrados, de los que seis podrán ser juristas de reconocido prestigio, elegidos por los jueces y magistrados que accedieron a la carrera mediante superación de una oposición libre”.
Artº 123.1.bis.- “El Tribunal Supremo es la única instancia casacional”.
Artº 124.- Modificación del texto. Estatuto de una Fiscalía independiente.
Título VIII.- De la organización territorial del Estado.
    Profunda revisión, basada en los principios de negación de todo derecho histórico, de igualdad y libertad individuales, de primacía del castellano, de simetría y de gobernabilidad del Estado. Tras la nueva distribución constitucional de competencias sólo cabrían cesiones a la Unión Europea.
Disposición Adicional primera.- “La Constitución ampara y respeta los derechos históricos de los territorios forales”.
    Eliminación de esta regla, por inexistencia de los derechos históricos, por su carácter pre-revolucionario y contradecir el principio de ciudadanía.
Disposiciones Transitorias.-
    Eliminación de todo el régimen transitorio, incluida la Disposición transitoria 4ª, relativa a la eventual integración de Navarra en el ámbito autonómico del País Vasco y la 5ª, relativa a la eventual transformación de Ceuta y Melilla en comunidades autónomas.
    La integración de Navarra en el País Vasco no aporta racionalidad administrativa alguna y tiene su causa en una manifiesta pretensión identitaria, negadora de las libertades individuales.
    La mutación de las ciudades de Ceuta y Melilla en comunidades autónomas, no reporta ventaja alguna y supondría un exceso administrativo manifiesto, lo que no impide garantizar a estas dos ciudades el tratamiento adecuado para alcanzar una efectiva cohesión nacional.
Disposición Derogatoria.2.-
    Eliminación de la derogación ad cautelam de las Leyes de 25 de Octubre de 1.839 y de 21 de Julio de 1876, que aboliendo, parcialmente, normas del régimen absoluto, junto con otras normas legales introdujeron a España en el nuevo régimen que consagra el principio de la ciudadanía.



Miguel Ángel Quintana Paz. De Salamanca (UPYD) y profesor universitario en Valladolid.


Carlos E. Rodríguez. Periodista. Miembro de la Ejecutiva del Club Liberal Español.
Liberalismo: progresista o nada


Me permitirán ustedes un comportamiento casi, casi de “disidente” en un debate que trascurre presidido por un muy liberal espíritu de convergencia en las tesis sustentadas por los distintos ponentes. Me voy a permitir cierta medida intransigencia en la convicción de que el progresismo en nada reduce o limita la afirmación liberal, sino que es imprescindible para el auténtico ser liberal. Y es que lleva tiempo abierto el debate, y ha cobrado intensidad en los últimos tiempos, sobre si el concepto progresista, aplicado a la acción política del liberalismo, es “empobrecedor”, como algunos pretenden, o por el contrario, imprescindible para delimitar y precisar la esencia de lo liberal, como entendemos otros. 
Aunque no lo parezca últimamente en términos de eficacia en la acción política, España es tierra de liberales, por lo que no sorprende la nutrida concurrencia, por cierto de calidad, que asiste a este debate, que celebramos al cobijo de un recinto tan emblemático para las ideas liberales como el Ateneo de Madrid y convocados por el Club Liberal, entre liberales que nos definimos liberal-progresistas, por entender que el progresismo es inherente a las mismas raíces de lo liberal, y aquellos otros que, ubicados en posiciones más conservadoras, desean ubicar el liberalismo español en el espacio político del PP, para modernizar y centrar la imagen del partido de la oposición y mejorar sus expectativas electorales. El debate ha venido precedido de intensos intercambios de opiniones en Internet por parte de unos y otros, con ese gran recurso que es el correo electrónico masivo, y ha sido curioso ver como, poco a poco, se iban acercando posiciones inicialmente distantes.
Empiezo por manifestar cierta sorpresa. Que la duda sobre el carácter intrínsecamente progresista del liberalismo se planteara desde posiciones antagónicas, lo mismo conservadoras que socialistas, no me sorprendería tanto como que sean personas liberales quienes abran esta polémica y rechacen para sí mismas la condición de progresistas. En política es difícil negar que el progresismo no es sino la bandera de la razón y por tanto de las libertades. ¿Cómo alguien se puede pretender políticamente liberal y considerar nada menos que “empobrecedora” la bandera de la razón y de las libertades? A menos que se caiga en empobrecer la ideología liberal limitándola al ámbito de lo económico, en la línea de un neoconservadurismo radical que tanto tiene que ver con la grave crisis económica norteamericana de los años recientes.

Es la diferencia abismal, por ejemplo, entre Reagan y Bush. El primero no era ciertamente un izquierdista, pero era profundamente liberal no sólo en economía, sino también en libertades y derechos civiles, y muy distinto por tanto a un Bush políticamente ultra-conservador e incluso, como al final se ha visto en las medidas contra la crisis financiera, menos que fiable en lo que hace al liberalismo económico.
La identificación del adversario, o del enemigo, como se prefiera, dice mucho siempre en política. Reagan supo identificar dónde estaba el enemigo de las libertades y su llamada “guerra de las galaxias”, el famoso escudo nuclear protector contra el militarismo expansionista ruso, evitó que el totalitarismo soviético pudiese derivar hacia el “enemigo exterior”, como es trágica pulsión de los totalitarismos cuando se inicia su derrumbe interior. Gracias a aquello, Gorbachov tuvo aliento y aquello cambió si no para bien, para menos mal.

Todo lo contrario, movido por raros doctrinarismos y todavía no aclarados intereses, Bush orientó la máquina militar norteamericana contra el enemigo equivocado, contra la despreciable pero hasta cierto punto occidentalizada dictadura iraquí, en vez de contra el estremecedor totalitarismo islámico ya entonces establecido en Irán. Y no fue por falta de advertencias. En estos nuevos tiempos de tribulación convendría un repaso de aquella obra monumental, “Los orígenes del totalitarismo”, en que la gran filósofa y socióloga Hannah Arendt supo desentrañar el cómo fue posible aquello, las corrientes subterráneas que prepararon el advenimiento en Europa de los dos grandes horrores totalitarios del pasado siglo, el nazismo y el estalinismo. El análisis de Arendt ayuda ahora a entender cómo ha sido posible que un político cuya biografía de intereses está por escribir, poderoso sólo por la gran nación que polémicamente había alcanzado a dirigir, pero hombre de limitados resortes intelectuales, nos llevara a todos a elegir el enemigo equivocado en el momento inoportuno, con la terrible consecuencia de haber elevado el radicalismo mágico islámico a la categoría de auténtica amenaza global contra las libertades.

Origen y contexto del debate

La idea de este debate de hoy partió de un muy brillante liberal, el abogado Joaquín Nebreda, a quien ya han escuchado, desconozco si afiliado, pero desde luego cercano a las posiciones más modernas y avanzadas en el ámbito del PP y seguramente afín a la siempre polémica, pero muy liberal y muy popular presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre.

Volviendo a lo que interesa, los contenidos de nuestro debate liberal de hoy, Nebreda ha hecho circular diez tesis o conclusiones que son, en sí mismas, muy expresivas del origen del debate abierto. Véase, como faro, la primera de ellas, hábil en su construcción y cuya literalidad respeto: “España es una nación, por sobradas razones históricas y, en todo caso, como garantía de la igualdad de los españoles, razón por la que no cabe transigir sobre su existencia y unidad”. ¿Pero es que los partidos nacionalistas, contra los que inocultablemente se orienta el argumento, niegan la existencia de España? ¿Es que la deseable igualdad de derechos de los españoles no permite la diversidad en la arquitectura administrativa y política del Estado?

La tesis, en la modesta opinión de este comentarista por lo menos discutible en términos liberales, profundiza: “Las identidades colectivas con que se niega la nación española vulneran el concepto de ciudadano, único sujeto de derechos políticos, y por tanto vulneran los principios de igualdad y de libertad individuales”. ¿Declarar, por ejemplo, la identidad catalana equivale a negar España? ¿Por qué? ¿En que espacios de la ciencia política se alberga esa extraña incompatibilidad entre España y las opciones federal o plurinacional de organización del Estado?

Otras tesis son menos polémicas, como la creación de entes reguladores independientes y profesionalizados, la privatización de las Cajas de Ahorro, la unidad de Jurisdicción en la línea del poder judicial independiente y profesionalizado, la definición de que a las Administraciones públicas les corresponde la función reguladora y no la de operación económica. Más discutibles, aunque es preciso reconocer que muy ampliamente establecidas en nuestra sociedad, son las que recomiendan el endurecimiento del derecho penal, o las que se oponen a la descriminalización  el aborto como atentado contra la vida, y desde luego el excesivo interés por la presencia de lo religioso en la sociedad.

Polémica es, sin duda, la tesis, compartida por muchos, de que las Administraciones públicas carecen de legitimación para ser titulares de medios de comunicación social. En cambio, las tesis relativas a educación, prestaciones sanitarias y lucha contra la pobreza aparecen ciertamente no sólo liberales sino también muy equilibradas.

Un amplio y fértil espacio de encuentro

Hace tres cuartos de siglo que el radical socialista Alvaro de Albornoz, que llegaría a ser polémico y brillante ministro de Justicia de la República, dejó escritas frases espléndidas en su libro sobre la democracia y la libertad en el temperamento español, que cito de memoria con riesgo de alguna imprecisión: “Hoy, quizá por imperativo de la moda, no pocos hombres de izquierdas vacilan en sus convicciones liberales. Nosotros, no. Convencidos de que la democracia es el medio, pero la libertad es el fin, seremos más liberales hoy que ayer, más liberales mañana que hoy. Liberales, siempre.”    

De la misma manera, frente a quienes hoy en día pretenden recluir el liberalismo en el respetable pero limitado espacio conservador, muchos liberales seguiremos afirmando que el liberalismo es y debe ser, por esencia y coherencia, progresista, porque no es una doctrina sólo económica, sino también política y social. Es la defensa armónica de todas las libertades, la que permite converger a gentes de la derecha y de la izquierda en un espacio moral e ideológicamente superior, el espacio liberal, tan odiado por los intervencionistas de todos los colores.


 
Ana Torme Pardo.
Diputada por Valladolid del Grupo Parlamentario Popular.
 

 
Quiero empezar mi intervención manifestando mi agradecimiento a la prestigiosa institución que hoy nos acoge, así como felicitando al Club Liberal en la persona de su Presidente, D. Bernardo Rabassa, por la organización de este debate, agradeciéndole asimismo su amable invitación.
Antes de pasar a exponerles lo que para mí significa ser liberal en el siglo XXI, haré una referencia al estado de salud del liberalismo, y ya les anticipo, que, en mi opinión, es excelente; para después entrar en la cuestión de la adjetivación del liberalismo, entorno a la cual se ha suscitado un interesente debate en Internet auspiciado por el Club Liberal; a continuación me referiré a lo que para mi significa ser liberal en el siglo XXI, teniendo en cuenta el contexto actual y las perspectivas de futuro.
1. ESTADO DE SALUD DEL LIBERALISMO
La mejor prueba de que el liberalismo goza de un estado de forma excelente es introducir el término “liberal” en al página inglesa de Google. Aparecen cerca de 70 millones de entradas. Si se hace con el término “socialismo” son poco más de 13 millones las entradas que podemos encontrar.
Podemos concluir que en la principal herramienta de comunicación de nuestro tiempo, el LIBERALISMO goza de una salud excelente.
Prueba de ello, es también el interesante y vivo debate que se ha generado en los últimos meses de 2008 auspiciado por el Club Liberal Español y que ha dado lugar a un prolífico intercambio de mails de una gran altura intelectual. Con independencia de que comparta unos contenidos y otros no, lo considero muy enriquecedor y estimulante.
Debate en Internet que ha desembocado en esta sesión que hoy celebramos en este Ilustre Foro que es el Ateneo de Madrid, bajo la Presidencia de Bernardo Rabassa, Presidente del Club Liberal Español.
Otro dato que corrobora su buen estado de salud aparece en la encuesta del CIS de octubre de 2008. En ella, a la pregunta de cómo se definen los españoles: un 19,8% se consideran liberales. Que el significado de lo que sea considerarse liberal esté claro, es otra cuestión a la que luego me referiré.
2. POLÉMICA EN TORNO A LA ADJETIVACIÓN DEL LIBERALISMO
Antes de pasar a intentar explicar lo que, en mi opinión, significa ser liberal en el siglo XXI, voy a hacer unas consideraciones sobre el contexto actual en el que se desenvuelve el liberalismo, tras la caída del muro de Berlín y en medio de la actual crisis económica global y las amenazas a las que se ha de enfrentar el liberalismo, quiero hacer una referencia a esa polémica que se ha suscitado en cuanto a la necesidad de adjetivar el liberalismo: neoliberalismo, progresista, socialista, patriótico, simpático, antipático, etc.
No creo que ninguno de los títulos que se aplican al liberalismo, creo en la libertad, creo en “el poder creador de la civilización libre” que decía Hayeck.
La función de los adjetivos es describir un sustantivo con la máxima inteligibilidad, con la mayor precisión, de la forma más adecuada a la realidad. Y yo creo que ninguno de estos adjetivos que se pretenden endosar al término “liberalismo” le aportan o añaden algo, sino  más bien todo lo contrario, intentan acotar espacios de forma excluyente; son adjetivos que responden, en unos casos, a intentos de desprestigiarlo y, en otros, a intentos de apropiárselo. Y como dice el Dr. Nebreda, nada más lejos del liberalismo que el carácter excluyente; de la misma manera que comparto con él su afirmación de que el liberalismo sea “lo más liberal posible”.
De todas formas esas polémicas o controversias son muy lógicas. Y es que aquí entre nosotros, refiriéndonos exclusivamente al electorado español, el término liberal es polisémico. Vuelvo al barómetro del CIS de octubre de 2008 y a un análisis que del mismo ha hecho Eugenio Nasarre. De los 5 millones de electores que se proclaman liberales:
 -el 29% dicen que votaron al PP (+ de 1.500.000)
 -el 25% al PSOE (+ de 1.000.000)
 -el 25% no votaron o votaron en blanco (+ de 1.000.000)
 -el 11% que votaron a otros
 -el 10% que no recuerdan o no contestan
Esa encuesta pone de manifiesto que hay liberales que se consideran de izquierdas, liberales que se sitúan en una posición de centro (5 a 6 –en la escala de ideología política de izquierda a derecha de 1 a 10) y que tienen un peso electoral muy considerable pues representan unos 2,3 millones de votantes. Y hay también un grupo de liberales-conservadores (que se sitúan en posiciones de derecha -7 a 10- )
Como dice Eugenio Nasarre, la combinación de todos estos elementos nos hace ver que el voto liberal constituye un terreno difuso y disputado. “Las ideas liberales han adquirido en los últimos tiempos una mayor aceptación y resultan más atractivas, especialmente entre los jóvenes. Pero, al mismo tiempo, la indefinición de lo liberal y su uso polivalente genera ciertas dificultades para dar una identidad política consistente al liberalismo”.
3. ¿QUÉ SIGNIFICA SER LIBERAL EN EL SIGLO XXI?
Creer en la libertad y defenderla. Creer en el individuo, en sus capacidades, en la energía creadora de la libertad y defender la exigencia irrenunciable de la libertad individual.
En el terreno político el liberalismo implica creer en el sistema democrático, en el pluralismo, en una Democracia delimitada por la separación de poderes, la independencia de las instituciones y el sometimiento al imperio de la ley, como garantía de la libertad.
El liberalismo puso al individuo y su libertad en el centro de la vida política, económica y social y frente a eso, a día de hoy, no hay alternativa.
Cuando hablamos de liberalismo político, hablamos del esfuerzo concreto por ganar la libertad cada día, y no es tarea fácil.
Partimos del convencimiento de que cuando las personas actúan con libertad, se construye una sociedad más justa, más próspera, más respetuosa. Defendemos el “poder creador de la civilización libre”; el esfuerzo y el mérito de los individuos, de todos ellos. Por eso, como decía Stuart Mill, la desigualdad entre los sexos constituye uno de los principales obstáculos para el progreso de la humanidad, porque supone desperdiciar el 50% de las capacidades (por ello, defendemos la igualdad de oportunidades en función del mérito, la capacidad y el esfuerzo y no la imposición de cuotas).
Como dice José María Aznar “para un político liberal es esencial transmitir a los ciudadanos que cada individuo es libre y responsable, con capacidad de ejercicio moral, y que su libertad es su mayor tesoro”.
PAPEL SOCIEDAD-ESTADO
Desde el liberalismo se defienden las sociedades abiertas, plurales, dinámicas, integradas por ciudadanos libres e iguales en derechos que por su esfuerzo y mérito evolucionan hacia situaciones mejores, aprovechando las nuevas oportunidades que se abren.
El ESTADO tiene un papel esencial como garante de la libertad y de la justicia, como garante de un marco seguro y transparente en el que operen los individuos, las instituciones, los mercados.
Porque una cosa es rechazar planteamientos profundamente antiliberales que entienden que el Estado debe transformar la Sociedad o decirles a los individuos lo que deben pensar, consumir, o cómo producir, y otra cosa bien distinta es decir que el Estado no tiene ningún papel que desempeñar.
Creo que es necesario un Estado fuerte, con unas cuantas competencias definidas y blindadas, capaz de garantizar un marco seguro y transparente en el que se desarrollen libremente los individuos.
Pero reivindicar el papel esencial del Estado no es pedir un Estado sobredimensionado. No se trata de que asuma funciones que corresponden a la Sociedad Civil, no se trata de suplantar a la iniciativa privada.
Y estos son algunos de los riesgos a que nos enfrentamos en el CONTEXTO ACTUAL.
4. CONTEXTO ACTUAL. AMENAZAS PARA EL LIBERALISMO
En primer lugar hay que tener en cuenta un hecho que constituye un HITO HISTÓRICO- POLÍTICO: la caída del muro de Berlín en 1989.
Ha supuesto la caída de la utopía del paraíso socialista.
Con la caída del muro de Berlín se pone de manifiesto el fracaso de las sociedades cerradas totalitarias que creen detentar el monopolio de la verdad y se basan en la limitación de la autonomía del individuo a favor de la colectividad.
Ha supuesto el fracaso de las ideologías marxistas-socialistas y el triunfo de la libertad y de las Sociedades abiertas, plurales que a pesar de su enorme complejidad saben conjugar en su seno distintos intereses legítimos.
A partir de este momento, yo creo que las ideas liberales han ido teniendo más aceptación pero también más intentos de adjetivarlas para apropiárselas de forma excluyente.
En segundo lugar, el contexto actual se enmarca en la CRISIS ECONÓMICA GLOBAL que atravesamos, de unas dimensiones que nos hace mirar atrás, al 93 o a la Gran Depresión del 29.
Los datos son estremecedores: 3.128.000 parados en España en diciembre de 2008, la recesión generalizada con una previsión de crecimiento económico en 2009 muy negativa en todo el mundo, no sólo en occidente.
Es una crisis económica pero es mucho más, es una crisis moral. Se han roto las reglas, el marco regulador, se ha vulnerado la libertad, se han cometido abusos, ha fallado la supervisión.
Este momento complejo, es momento de reflexión, de debate y hay un CLARO RIESGO PARA LOS DEFENSORES DE LA LIBERTAD: la tentación de más Estado, más estatalización.
Pero de esta crisis no puede salir más Estado y menos libertad individual, más presencia del Gobierno en mi vida personal y menos ejercicio de mi libertad o una estatalización de las empresas y que todos seamos funcionarios.

Hay quienes ante la actual crisis económica global han pretendido ver la caída del liberalismo. Ante una CRISIS de gran envergadura como la actual hay quienes ponen en duda el conjunto del sistema. Pero las diferentes medidas adoptadas por gobiernos tanto de izquierda como de derecha a lo largo del globo, han puesto de manifiesto que no hay alternativa al liberalismo. ¿O es que alguien pretende recuperar el socialismo real y decir a los individuos en qué tienen que pensar o cómo tienen que producir como ocurría en una parte importante de Europa hasta 1989?
Lo que sí es cierto y constituye una amenaza para la libertad de los españoles es que en la actual ideología del Partido Socialista en España sigue habiendo una pulsión por controlar la vida de los ciudadanos, por adoctrinarles moralmente. El ejemplo más claro lo encontramos en la asignatura de Educación para la Ciudadanía. Otra grave consecuencia de la acción del Gobierno de Zapatero es la quiebra del principio fundamental de una Nación de ciudadanos libres e iguales.
5. PERSPECTIVAS DE FUTURO
Pero a pesar de los riesgos y amenazas a los que se enfrenta el liberalismo voy a concluir como empecé, afirmando que goza de muy buena salud.
En la próxima década, las viejas ideas liberales seguirán siendo capaces de responder a los desafíos de una sociedad en profunda transformación.
Una buena parte del liberalismo se jugará en la red y ya hemos visto como en ella se ha generado una interesante polémica en torno a la adjetivación que ha desembocado en este debate.
La agenda liberal es muy amplia y no se ciñe al ámbito económico, siendo éste muy importante y más en el momento actual.
El liberalismo en la próxima década deberá seguir ampliando los espacios de libertad para los ciudadanos, en los medios de comunicación, en la administración de Justicia, en la gestión de los servicios públicos en la calidad de la Educación, en la política exterior…
Quienes hablan de la caída del muro del liberalismo se siguen dando cabezazos contra la realidad, como lo hicieron hasta 1989 al prometer el paraíso socialista. Y se dan de cabezazos porque a diferencia de su alternativa, el liberalismo no es un muro, en una puerta abierta a la libertad de los ciudadanos, por eso sigue muy vigente.
A día de hoy, frente a las construcciones artificiosas del socialismo, poner el centro de atención en el individuo y su libertad no tiene alternativa. Por eso, frente a los que quieren matar el liberalismo basta decirles que este muerto goza de muy buena salud.



Preguntas:
(Se irán añadiendo según sean facilitadas)