Un recuerdo verdadero: La Diada en 1714

Ya se ha dicho casi todo sobre la pasión independentista alimentada por Convergencia que encarna desde sus orígenes la potente burguesía de Cataluña pero es preciso, no obstante, demostrar una y otra vez que la racionalidad está siendo vencida por sentimientos emocionales fabricados sobre la mentira en un perpetuo ejercicio de manipulación planificada. La suerte de argumentos y eslóganes independentistas no han logrado encubrir del todo la pulsión, moralmente obscena, que subyace en su discurso: se trata de no compartir con inferiores las bondades del país de Jauja que sueñan. Pero ¡Ay! Ellos también quieren administrar el rico país al que aspiran y eso, visto el historial de corrupción que arrastran, debería ser más inquietante para los ciudadanos que la soledad que les vaticinan unas voces autorizadas de la Europa que teme fragmentarse.

Francesc de Carreras, un catalán que se siente también español, nos advierte de la imbatibilidad sentimental del independentismo al haberse transformado en el sustitutivo de una religión. Si aceptamos su diagnóstico, asumiremos que la fe lleva a muchos creyentes fanatizados a conductas irracionales por inconcebibles que nos parezcan. Los destrozos que Artur Mas, en su fuga hacia adelante, está provocando en la convivencia de los catalanes y los grados de desprecio e ira en el resto, constituyen un grave problema al que se enfrenta la democracia española.

En épocas ya lejanas, adquirió triste memoria en los muelles de Barcelona el Uruguay, un barco expropiado que se convirtió en prisión de quienes declararon la independencia aprovechando el momento turbulento de la revolución de 1934. Todos cuantos entraron detenidos aquel año en el Uruguay salieron vivos del barco. Pero dos años más tarde, tras abortarse el intento del General Goded para hacerse con Barcelona en el alzamiento militar del 18 de julio, el Uruguay volvió a ser barco prisión para los sublevados, mas estos no corrieron la misma suerte sino que salieron para ser fusilados directamente. El Uruguay fue felizmente desguazado tras la guerra, de modo que nunca podrá constituir una amenaza para quienes vienen acumulando altas cotas de deslealtad constitucional. Simplemente bastaría enviar a Mas un auto de la mano del ujier de cualquier Juzgado de Instrucción, en el que se le notificara la imputación por varios delitos. Exactamente como le ocurre a cualquier ciudadano que se salta las leyes. Pero lo más probable es que eso nunca ocurra en España. Al fin y al cabo no estamos en Estados Unidos, donde se tomaría por loco a cualquier Gobernador de un Estado que quisiera separarse de la Unión. Por tanto, y hasta que no se den respuestas políticas inteligentes, flexibles si se quiere, pero desde la firmeza esencial a la que nos obliga la Constitución española, hagamos un intento de hacer que triunfe la verdad pues, como decía Santa Teresa, la verdad padece pero no perece. Y, dada la importante manifestación independentista de la Diada, de cuya celebración se han apropiado los de Junts pel sí, rememoremos lo que fue históricamente el día que se quitó a la nación catalana su esencia y su ser, porque nada de lo que aconteció el 11 de septiembre de 1714 tiene que ver con la fabulación independentista.

Para tal fin acudo a un trabajo publicado del General Andrés Casinello, Presidente hoy de la Asociación civil Defensa de los Valores de la Transición, hecho con rigor y precisión objetiva. El sitio de Barcelona fue el triste colofón de una guerra en la que se dirimían únicamente intereses de las grandes potencias europeas de la época, como consecuencia de la disputa por el trono de España que mantuvieron el Archiduque Carlos de Austria y el príncipe Felipe de Anjou, nieto del gran rey francés Luis XIV. No fue una guerra de secesión sino una guerra de sucesión en la que hubo ejércitos y generales extranjeros y que a la vez significó enfrentamiento civil entre españoles partidarios del austriaco y el francés e incluyó, por tanto, a catalanes partidarios de uno u otro príncipe. Aconteció, sin embargo, que por azar del destino, el pretendiente austriaco se convirtió en sucesor del Imperio Alemán, lo cual hizo que Inglaterra dejara de interesarle que alcanzara a ser también Rey de España, por lo que Felipe vio crecer sus posibilidades.

Como tantas veces, los españoles se mataron durante los dos años que siguieron al abandono del austriaco. Baste extraer este párrafo: “En enero de 1714, la sublevación parecía imparable; ambos bandos lucharon con extrema crueldad. Los borbónicos incendiaron Balsaremy, Torelló, Prats de Lluganes, Oristá, Sallent… entre otros. Pero los somatenes no le fueron a la zaga: En Oristá y Balsareny fueron degollados 700 y 500 soldados borbónicos. Otros 600 soldados de los Regimientos de León, Niewport, Ostende también fueron degollados por los somatenes después de rendir sus armas. A su vez, 100 de esos somatenes fueron ahorcados o enviados a galeras.”

Finalmente, Felipe V solicitó a su abuelo refuerzos y así lo hizo el monarca francés con nuevas tropas al mando al Duque de Berwick. Las ofertas de rendición y perdón si aceptaban a Felipe V resultaron infructuosas. El 10 de septiembre fueron abiertas brechas en la muralla y al amanecer del día 11, se lanzaron las tropas borbónicas al asalto. Los más duros combates tuvieron lugar sobre el bastión de San Pedro, objeto de ataques y contraataques continuos. Cuantos había en los tres bastiones fueron pasados a cuchillo. Los defensores reunieron a toda la guarnición e intentaron un contraataque contra las fuerzas borbónicas que habían puesto pie en la ciudad, pero fueron rechazados.

Ese día que se conmemora, los representantes que habían pedido parlamentar se sometieron a Berwick, quien les prometió la vida de sus habitantes, incluso que no se realizaría pillaje. Lo mejor es leer lo que escribe Berwick en sus memorias: “por la mañana abandonaron los rebeldes sus posiciones; nuestras tropas desfilaron por las calles con tal orden que ni un solo soldado abandonó la formación. Desde sus casas, comercios y calles, vieron pasar los vecinos a nuestras tropas como si fuera tiempo de paz; puede parecer increíble que a tan terrible confusión sucediera, en un instante, tan perfecta calma… De no ser por las torpezas cometidas en el bastión de San Pedro, el asalto nos hubiera costado doscientos hombres. Tuvimos cerca de dos mil muertos o heridos; las pérdidas de los rebeldes no pasaron aquel día de seiscientos hombres. Durante el asedio tuvimos diez mil muertos o heridos. Los habitantes de la ciudad cerca de seis mil. Después Berwick desterró a Génova al obispo y a 200 sacerdotes de la ciudad que se habían distinguido en la resistencia. Se sabe por otros relatos que muchos curas fanatizados, portando cruces, prometían a los combatientes un milagro en el último instante que les daría la victoria sobre los franceses.

Y esto es lo que sucedió todo… Pero para el independentismo catalán cambiar su relato por la verdad histórica es como si un cristiano quiere convencer a un musulmán que Jesús no es sólo un profeta como asegura Mahoma, sino el Hijo de Dios.

NOTA: El trabajo completo de Andrés Casinello puede descargarse en pdf en el portal de la Fundación Emprendedores.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.