Los fundamentos del reto del independentismo catalanista

Al leer la carta del señor Arturo Mas a los españoles, doliéndose de lo que el expresidente del gobierno español, señor González, le reprocha (muy tarde) en su misiva, uno tiene la impresión de que, con esta carta, pretende justificar sus actos, ( gran parte de ellos ilegales y, desde luego, ilegítimos por desleales), que como presidente del gobierno autonómico, ha venido realizando en esta dos últimas legislaturas y que han culminado con la convocatoria de unas “elecciones plebiscitarias”, según el señor Mas viene anunciando con arrogancia y como un reto a todos los españoles, (“No hay vuelta atrás, ni Tribunal Constitucional, que coarte la democracia, ni Gobiernos que soslayen la voluntad de los catalanes”, Mas dixit), y desde luego al presidente del gobierno español, señor Rajoy, que se mantiene inquietantemente inactivo.

Choca cuando el señor Mas habla de que “nadie puede dar lecciones de democracia a los catalanes”. Uno queda perplejo, pues quizá no se pueda poner en duda que los catalanes tengan convicciones democráticas, pero, desde luego, no así sus gobernantes , encabezados por el señor Mas, que han creado normas e instituciones restrictivas del ejercicio de derechos fundamentales, como son los de expresión, de información, de uso de la lengua, de la enseñanza, algunos de entre los más importantes, obligando a miles de catalanes a tener que emigrar de su comunidad para poder sentirse y actuar como ciudadanos de pleno derecho, y no como ciudadanos de segunda, estigmatizados por el sambenito pujolista, (“ has nacido en Cataluña, pero no eres catalán”), solo por el mero hecho de exigir ejercer todos sus derechos y sobre todo el de no querer separase del tronco común que es España. Es el más antiliberal y antidemocrático conmigo o contra mí.

¿Es así, señor Mas, como el catalanismo “ama la libertad por encima de todo”, según su propia frase? ¿De qué libertad está usted hablando? Los liberales hace tiempo que hemos comprobado que tanto el Estatuto, como muchas instituciones políticas y sociales catalanes, no solamente no “aman la libertad”, sino que la vigilan, la intervienen y la ahogan, al menos, las libertades de los ciudadanos, que son las que cuentan e importan.

Todo lo cual además desmiente una de las primeras afirmaciones del presidente de la Generalidad en su carta, al decir que “Cataluña es una nación, fuerte, plural y cohesionada”, que se nos aparece como todo un sarcasmo. Hoy la sociedad catalana, desgraciadamente, está dividida más que nunca en su secuencia histórica.

Dice el señor Arturo Mas, “Cataluña ha amado a España y la sigue amando”. Es algo que no se puede poner en duda, y por muchas razones, pues han sido muchos los catalanes, que han pasado a la Historia, trabajando por la nación española, como patria común de todos ellos junto con los de otras regiones, como no podía ser de otra forma, ya que Cataluña siempre ha pertenecido a la nación española y en ella ha estado enraizada, nada menos que desde el Siglo XV, dentro de la corona de Aragón. Lo que ocurre es que Cataluña no son sus gobernantes separatistas.

Confirma lo dicho la enorme nómina de personas ilustres catalanas del siglo XIX, si nos atenemos a él solamente, de mundial resonancia. Se habla de Balmes, Aribau, Balaguer, Monturiol, Pi y Margall, Concas, Prim, Albeniz, Camprodón, Verdaguer y de un etcétera largo. Catalanes que fueron decisivos en el devenir histórico de España y que en sus escritos y discursos emplearon el concepto nación para referirse siempre a España, nunca a Cataluña.

En diferentes hitos históricos de los tres últimos siglos, queda patente cómo los catalanes no quisieron, cuando pudieron, separarse de España y cómo han sido sus gobernantes los que, por intereses propios de consolidación de su poder o por ocultar inconfesables hechos delictivos que afectan a sus personas, se han envuelto en la bandera y han tensado la cuerda del independentismo.

Los catalanes fueron de los más belicosos en defensa de la unidad de la patria española: Fueron los primeros en enviar batallones de voluntarios a las guerras de Marruecos y de Cuba, de cuyas hazañas están llenas las pinacotecas, los museos y archivos de pruebas documentales, gráficas y testimoniales y fue la prensa catalana, -entonces libre-, la que más clamó porque España no cediese en nada ante los separatista cubanos. ¿Es por tanto admisible que Cataluña estuviese entonces pensando en su propia independencia?

Basta con hacer un somero recorrido histórico, para poner de manifiesto cómo en el momento más crítico, (año 1808), en el que la nación española pudo haber dejado de existir; cuando su rey estaba desposeído de poder y autoridad, renegando de sus súbditos y preso en Bayona; cuando había desaparecido todo poder nacional central, que pasó a ser detentado por el invasor francés, fueron los catalanes y sus gobernantes, los que en aquel momento transcendental, no solo no proclamaron la independencia de Cataluña, sino que lucharon en el Bruch, en Gerona y allí donde tenían oportunidad de destruir al invasor de España., (vid. “El fraude da la nación”. Jesús Lainz. LD.20.07.14).

Fue Cataluña la que envió a sus diecisiete representantes a las Cortes da Cádiz, para participar en los debates, que tuvieron como resultado la promulgación de la Constitución de 1812. Cortes que se constituyen bajo la presidencia, nada menos, que de uno de ellos, D. Ramón Lázaro del Dou y de Bassols.

Destaca por lo patriótico de sus intervenciones el diputado catalán D. Antonio de Capmany, liberal, que murió en Cádiz, víctima de la epidemia; allí fue enterrado, pero en 1854, sus restos, reclamados por el Ayuntamiento de Barcelona, pasaron a esta Ciudad Condal, para que descansaran en un futuro Panteón de Catalanes Ilustres.

Pues bien, fue este diputado Capmany, quien desde la tribuna proclamaba que el mandato de los diputados provenía del conjunto de la nación española con estas palabras: “Nos llamamos diputados de la Nación y no de tal o tal provincia; hay diputados por Cataluña, por Galicia, etc., mas no de Cataluña, ni de Galicia, ni de etc.”,

Por añadidura, el diputado, también catalán, D. José Espiga y Gadea, -que fue unos de los diputados más influyentes, junto a Agustín de Argüelles, (llamado el padre de la Constitución)-, estuvo no solamente en contra de las secesión de las provincias americanas, sino que también se manifestó, durante el debate constitucional, con frases de este contundente tenor: “Se ha querido impugnar un principio establecido y se ha pretendido, en vano, persuadir de que los diputados de Cortes no son representantes de la Nación, sino representantes de las provincias (…).Yo estoy convencido que este posicionamiento es un error político”.

Resumiendo puede afirmarse que en los textos de todos estos diputados, así como en los textos y proclamas de las autoridades catalanas y de sus instituciones, y a la cabeza de ellas la Junta Superior de Cataluña, siempre que empleaban el término nación lo hacían para referirse a España y nunca a Cataluña.

¿Acaso se pueden dar expresiones más acabadas del amor de los catalanes a su patria común que es España? ¿Por ventura no son estas las muestras más completas del encaje de Cataluña con el resto de España, como lo está una pieza encastrada en otra? Coincidimos por tanto con el señor Mas cuando dice que “Cataluña hace siglos que busca un encaje con el resto de España. Casi se puede decir que esta búsqueda forma parte de nuestra naturaleza política”, lo que ocurre es que él vuelve a tergiversar el sentido de la historia con sus palabras. En todo caso la historia nos muestra que, desde el siglo XVIII, solo hay dos momentos en los que los gobiernos de la Generalidad han pretendido la secesión de Cataluña: Es el caso de Luis Companys, aprovechando unos momentos de debilidad del gobierno de la República Española y ahora el de Arturo Mas, aprovechando la lenidad política y ejecutiva del actual gobierno España.

Parece procedente desmontar ahora la gran mentira de la Diada, que forma parte de la mitología creada por el catalanismo. En este día festivo se ensalza la figura del “conceller en cap” de Barcelona, Rafael Casanova, como mártir por la independencia de Cataluña a manos de los españoles, cuando, Cataluña no defendía ninguna independencia, pues lo que hizo fue tan solo tomar partido por el pretendiente austriaco frente al borbónico, en la Guerra de Sucesión de la corona española y Casanova ni siquiera firmó el famoso bando de los Tres Comunes, (11.09.1714, fecha que ha dado lugar a la Diada), llamando al pueblo a la defensa de Barcelona en contra de las francesas tropas borbónicas y anunciando la capitulación si no se reunían y encuadraban tropas y medios suficientes para coronar con éxito la empresa. El bando dice: “… pero se confía, que todos como verdaderos hijos de la Patria, amantes de la Libertad, acudirán a los lugares señalados a fin de derramar gloriosamente su sangre y vida por su Rey, por su honor, por la Patria y por la libertad de toda España…”

Y el jefe militar de los sitiados, Antonio de Villarroel, se dirigió al pueblo y soldados, de la siguiente forma: “Hoy es el día en que se han de acordar del valor y gloriosas acciones que en todos los tiempos ha ejecutado nuestra nación. No diga la malicia o la envidia que no somos dignos de ser catalanes e hijos legítimos de nuestros mayores. Por nosotros y por toda la nación española peleamos”

No merece la pena hacer más comentarios, pues los textos lo explican todo, pero sí decir que uno de los firmantes del mencionado bando, el historiador catalán, Francisco de Castellví y Obando, en sus “Narraciones históricas”, lamenta que se tratara de “una guerra civil en la que la nación española fue homicida de sí misma”.

La gran mentira del independentismo catalán, se inicia en 1894 con el “Compendio de doctrina catalanista” de Prat y de la Riba, quien dice: “en el que pusimos toda la nueva doctrina, omitiendo la terminología y sustituyéndola por la entonces más generalizada: bajo los nombre viejos hicimos pasar la mercancía nueva y pasó (…) y con calculado oportunismo, insinuábamos en sueltos y artículos, las nuevas doctrinas, barajando con intención región, nacionalidad y patria para acostumbrar, poco a poco, a los lectores.”.

Es decir, todo un ejercicio de tergiversación y adoctrinamiento, -del que la carta del señor Mas es un compendio-, que han aplicado rigurosamente y perfeccionándolo, los distintos gobiernos nacionalistas de la Generalidad, incluido el del partido socialista con Esquerra Republicana, con el que se promovió y aprobó el Estatuto en vigor, que constituye la penúltima piedra en la terminación del edificio de la independencia.

Edificio que se ha ido construyendo con la ayuda y el amparo de los distintos gobiernos democráticos de España, que por sostenerse en el poder y lograr la aprobación de sus presupuestos, han dimitido de sus obligaciones de cumplir y hacer cumplir la ley, ya que con los instrumentos con que la Constitución, (Art. 155, Título XXI y Título XXII), y el Art. 410 de Código Penal, les dota y faculta podían haber impedido los desacatos a la Constitución y a los tribunales con que los gobiernos de la Generalidad han actuado.

Por el contrario y a través una financiación y de unos sistemas fiscales privilegiados, (que niega el señor Mas cuando dice que Cataluña “ha dado mucho y ha recibido poco o nada”), acompañados por una ominosa y supina lenidad de los gobiernos de España, tanto en lo político, como haciendo dejación de las obligaciones de gobierno de todos los españoles, se ha permitido las vulneraciones de las leyes y de las sentencias de forma reiterada y siguiendo la doctrina del compendio catalanista de Prat de la Riba. Así se ha llegado a esta situación extrema, que se quiere paliar con una modificación, con visos de inconstitucionalidad, de la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional, que al no estar inserto en la Administración de Justicia, no está destinado a la ejecución de sentencias ni a sancionar su incumplimiento. Para eso está el poder ejecutivo y sus órganos e instituciones.

Como liberal no me opongo a que se plantee la cuestión de la independencia de Cataluña. Eso sí, ha de ser dentro de la Constitución y de las Leyes, que todos los españoles nos hemos dado y que conforman el Estado de Derecho que nos acoge, como ciudadanos. Atrás quedaron los tiempos de los pronunciamientos.

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