Banderas de las Comunidades Autónomas de España

España ininteligible

Anthony D. Smith (“Las teorías del nacionalismo”; Ediciones 62, S.A.; Barcelona, 1976) dice que son siete los puntos que identifican todo presupuesto nacionalista:

  • La humanidad se divide naturalmente en naciones;
  • Cada nación posee su carácter peculiar;
  • El origen de todo poder político es la nación;
  • Para conseguir su libertad y autorrealización, los hombres deben identificarse con una nación;
  • Las naciones sólo pueden realizarse plenamente dentro de sus propios Estados;
  • La lealtad hacia el Estado-nación se impone sobre otras lealtades;
  • La principal condición de la libertad y la armonía  globales consiste en el fortalecimiento del Estado-nación.

En lo que ya no coinciden es en proporcionar una definición unánime de lo que deba entenderse por “nación”.

Se tiende a situar el concepto en un continuum geográfico-administrativo-político, en el que la nación se halla en el punto final o de culminación: municipio → comarca → provincia → región → comunidad autónoma → nacionalidad → nación.

Pero en la Constitución Española de 1978, pasar de los conceptos de “comunidad autónoma” o de “nacionalidad” al de “nación” (o al acuñado por el nuevo estatuto de Andalucía de “realidad nacional”) supone un salto cualitativo, por lo que tiene:

  • de origen generador de todo poder político, de necesidad para su plena realización de constitución de su propio Estado y de exigencia de lealtad sobre otras lealtades; y por ello mismo
  • de incompatible con la coexistencia, dentro del mismo territorio, de otras naciones y por ello de excluyente de toda interferencia con ninguna otra nación, porque naciones, como madres, no puede haber más que una.

El que Cataluña, Andalucía, el País Vasco o Galicia sean unas naciones, les impide en buena lógica jurídico-política pertenecer (coexistir en el mismo territorio) con la “nación española”.

Decir esto pertenece hoy al cada vez más amplio mundo de lo políticamente incorrecto. Pero como decía Quevedo:

No he de callar, por más que con el dedo,

                        ya tocando la boca, o ya la frente,

                        silencio avises o amenaces miedo.

¿No ha de haber un espíritu valiente?

¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?

¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

Lo cierto es que hablar de estos temas obliga a hacerlo separadamente de dos cuestiones distintas que suelen erróneamente confundirse:

  • El verdadero ser de España (con mayúscula)
  • El verdadero ser de las españas (con minúscula), es decir, de sus regiones y comunidades autónomas o de sus pretendidas nacionalidades, realidades nacionales o naciones.

Obviamente, intentar agotar en unas líneas estos temas inabarcables en sesudos estudios sería una petulante locura. Lo que sí se puede es dar unas pinceladas que alcancen a entrever su enorme complejidad.

Pocos países con una tan extensa historia como el nuestro, ni aún con mucha menos, se han lanzado tan inconsciente e irracionalmente a una dinámica suicida como nosotros. Lo denuncia Walter Laquear en un lúcido libro del que otro día hablaremos.

¿Quo vadis, España? ¿Adónde vamos?, o mejor, ¿adónde queremos ir? Porque mientras no lo sepamos no iremos a ninguna parte. Mejor dicho, porque mientras no lo sepamos iremos adonde el azar y la casualidad quieran llevarnos y España acabará como la “pobre barquilla” de Lope de Vega:

“… entre peñascos rota,

sin velas desvelada

y entre las olas, sola”

(Continuará)

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