La regeneración exige un primer paso: Rey y líderes sin pasado. ¿Utópico o posible?

Muchos ciudadanos, la mayoría de los ciudadanos, ven con perplejidad e impotencia cómo la arquitectura política del Estado se resquebraja, la consistencia secular de nuestra Nación se desmorona y se acomete con desorientación, demagogia y partidismo el grave problema económico que nos acucia. Todo ello sin que sus representantes hagan nada por evitarlo o, lo que es mucho peor, percibiendo que muchos de ellos forman los piquetes de demolición y los demás aplauden o callan bobaliconamente.

Será difícil encontrar en la historia de España un momento similar al que hoy refleja la perversa conjunción de tres modalidades de crisis: una profundísima crisis ética, de valores, con ausencia de cualquier atisbo de principio ético en la clase dirigente, de la que la corrupción es solo la punta del iceberg; una gravísima crisis institucional, política, consecuencia de una clase dirigente corrompida, de escasísima cualificación y huérfana de cualquier convicción ideológica, que ha desactivado toda capacidad de reacción de nuestras instituciones políticas y, por último, una aterradora crisis económica, de origen externo y profundas causas internas.

Si esta situación no se remedia con firmeza y prontitud, lo probable es que en poco tiempo, quizá en meses, la situación empeore, se haga insostenible y nos demos de bruces con un proceso revolucionario de consecuencias imprevisibles.

Pero no se pretende adentrarse en el diagnóstico de la situación, sino la de señalar la evidencia de que la regeneración política y social no será tal si no se da el primer paso, aún a sabiendas de la dificultad que comporta.

Se parte de la tesis de que la salida de esta triple crisis, por el orden en que las he señalado (ética, institucional y económica), exige la renovación de la clase política, con lo que estoy adelantando lo utópico de la pretensión.

¿Cómo salir del atolladero?. Empezando por arriba. Exigiendo generosidad a quién no ha dado excesivas pruebas de ella, pero hoy puede verse en la necesidad institucional de hacerlo. Me refiero al Rey.

Efectivamente, empezando por la Monarquía (no nos quedemos en anécdotas sintomáticas como son el caso “Urdangarín” o el asunto “Corina”), vayamos al fondo de la cuestión.

En cuanto se ha roto el pacto tácito de protección, de halago y/o silencio, suscrito entre la clase política, de izquierda a derecha, y los medios de comunicación, se ha quebrado su prestigio porque se ha hecho patente que el Rey nunca cumplió con el deber de ejemplaridad que corresponde a la Corona, víctima y/o causante de centenares de hablillas relativas tanto a su vida privada (que a mi juicio, tiene poco de privada) como, también, relativas a su ámbito patrimonial.

El Rey no es, hoy se sabe, ejemplo de nada. Un Rey no se redime con un “lo siento, no volverá a ocurrir” cuando le pillan, un Rey solo se redime abdicando, porque es tan descomunal su situación de privilegio, sin mérito previo alguno, que solo cediendo el paso a su sucesor, o a la República, y recluyéndose en modesto retiro puede pretender redimirse.

Los fallos del Rey, cuando se hacen patentes no tienen arreglo pero, en todo caso aunque los tuvieran, el Rey queda invalidado para impulsar cualquier proceso de regeneración, que es lo que a España le urge.

La clave está en que el Rey no está en condiciones de impulsar ningún movimiento de regeneración, porque ha perdido toda credibilidad, pero lo cierto es que, hoy por hoy, solo la Corona tiene por oficio promover el impulso que se necesita.

Se propone que el Rey abdique en su hijo el Príncipe de Asturias y proclamado que sea el nuevo Rey, en la misma ceremonia de su coronación, debiera ejercer sus funciones de árbitro y moderador que el artículo 56.1 de la Constitución le encarga, y clamando por la recuperación de los elementales valores de una sociedad occidental, solicite formalmente a todos los partidos políticos se sometan, en este mismo año de 2013, a un profundo proceso de regeneración ratificado por el veredicto de sus bases y celebren congresos extraordinarios en los que se extreme la exigencia de la más absoluta participación de la militancia para que ésta tenga opción real de elegir entre los distintos candidatos que formulen propuestas programáticas claras, empezando por la propia definición de la Nación española y por la forma del Estado (unitario, autonómico o federal) y, desde luego, se excluya a quienes tuvieran conductas indebidas.

No se trata de introducir cambios cosméticos en los grandes partidos, mucho menos se trata de que los actuales líderes y sus adláteres revaliden sus cargos. Se trata de dar un vuelco radical, se trata de promocionar a “políticos sin pasado” y con preparación adecuada, que los hay en todos los partidos.

En ese mismo discurso de coronación, sigue la imaginación al vuelo, el Rey se comprometería con la Nación a solicitar del Gobierno de España, en el plazo de dos o tres años, una vez superada las crestas más duras de la crisis económica, la convocatoria de un referéndum para dilucidar tanto sobre la forma de la jefatura del Estado (Monarquía vs República) como sobre la forma del propio Estado (Estado unitario, autonómico o federal).

El primer referéndum se nos debe a los ciudadanos desde 1978 y el segundo se hace imprescindible, a la vista está. Después, en un clima de serenidad y con las dos claves resueltas, se procedería a la correspondiente reforma constitucional.

Pretender mantener la figura del actual Rey en un proceso de profundo cambio no sería sino poner en cuestión el propio proceso y, desde luego, debilitar aún más a la Corona, que quedaría como injustificada excepción al profundo cambio que la sociedad política se impone así misma.

Esta es la única posibilidad no solo de que la Monarquía pueda competir, a medio plazo, con la República, sino de que si arrecia el vendaval no se la lleve por delante en momento inoportuno.

Huelga decir que si se reclama generosidad al actual Rey también debe reclamarse generosidad a los actuales dirigentes de los grandes partidos. Los señores Rajoy y Rubalcaba y sus más próximos colaboradores han dado muestras sobradas de su incapacidad, o desinterés, para gestionar sus propios partidos en los que la corrupción ha anidado, por lo que no sería desmesurado pedirles un gesto de generosidad para que afloren los nuevos valores de la política, más preparados y honorables.

No tendría sentido, en semejante situación de cambio profundo, convocar nuevas elecciones. El hecho de que el Partido Popular disponga hoy de mayoría absoluta es una importantísima garantía de estabilidad, por lo que bastaría con que el Grupo Parlamentario designara a algún distinguido militante popular con solvencia técnica y política así como con vigor gerencial, aunque no fuera parlamentario, para que presida un gabinete de partido y se comprometa a llevar a cabo el programa electoral que ofreció el Partido Popular a la sociedad española en noviembre de 2011.

Concluyo afirmando que el primer paso de la regeneración no puede ser otro que el cambio de protagonistas: nuevo Rey, pendiente de refrendo a unos años vista, y nueva clase política, sin pasado y libre de pesadas lacras, surgida de la efectiva democracia interna de sus partidos, porque sus bases no stán corrompidas.

La abdicación del Rey sería el gran empujón a la actual clase dirigente que pusiera en marcha el proceso. Bastaría que un gran partido asumiera el reto del nuevo Rey para que tuvieran que asumirlo los demás.

Después habremos de dar otros muchos pasos de gran importancia, reformas legislativas profundas, reforma constitucional, etc., pero sin dar el primer paso no podrá darse el segundo y los siguientes.

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