Conferencia de María Bernal en el Centro Cultural de la Casa de Galicia

La España de 1812

Este año conmemoramos el segundo acontecimiento más importante de la Edad Moderna en la Historia de España. Un acontecimiento que sin lugar a dudas hizo época en nuestra historia.

En una España que ha sido tan compleja, tan variada y tan atractiva que desde que se formara en esa punta de Europa no ha pasado desapercibida para ningún habitante del mundo. Ha sido su estratégica situación geográfica la causante de que por ella hayan pasado a través de miles de años la gama más homogénea de habitantes del planeta. Documentalmente se puede constatar desde hace tres mil años.

Pero la Prehistoria, que es la época que transcurre entre la aparición del primer ser humano, hace unos 2 millones de años, y el descubrimiento de la escritura unos 3.000 a.d.C. en la edad del bronce, que es cuando aparece la escritura propiamente dicha, nos lleva a la conclusión de que durante años la península Ibérica ha sido un territorio complejo, dividido y disputado.

Por tanto hacer referencia a la historia de España, desde la aparición de su primer reino, los Tartessos, pasando por  fenicios, cartagineses, romanos, visigodos  y árabes, hasta que los Reyes Católicos consiguen la unificación de todos los reinos y pedazos que la conformaban, es hacer una interminable serie de relatos sobre las disputas de fronteras, cercamiento de lugares estratégicos y luchas por el poder en cada uno de sus rincones.
Pero España siempre ha estado ahí, donde la tenemos, para bien o para mal, aunque nos haya costado mantenerla sangre, sudor y lágrimas.

Porque Carlos I más conocido por Carlos V, heredó de sus abuelos maternos la España unificada más las Américas recién descubiertas y de su abuelo paterno el Sacro Imperio Romano Germánico que abarcaba la casi totalidad del continente europeo. En conclusión, le tocó asumir que se trataba del imperio más grande del mundo. Imperio que heredó su hijo Felipe II que lo aumentó además con las Filipinas donde decían que “ no se ponía el sol”.

Pero con la llegada de un Felipe III poco apto para las tareas de gobierno vino la decadencia lo que hizo caer en el desánimo a su padre, quien continuamente apostaba lamentándose “Dios que me dio tantos reinos, no me ha dado un hijo capaz de gobernarlos “. Y ya  por último, a falta de descendencia directa del último Austria,  Carlos II “el hechizado” ante la imposibilidad de dar descendencia al trono, hubo que recurrir a la descendencia indirecta con la implantación de la dinastía de los Borbones de Francia.

Y con la llegada de los borbones en pleno siglo XVIII hubo de todo.

Un Felipe V que ha sido el rey del más largo periodo de reinado en España, 45 años, justo desde 1701 hasta 1746, aunque harto de los problemas que la corte le causaba o quizá aspirando a suceder a Luis XV en el trono de Francia, cedió la regencia a su hijo Luis I en 1724, quien no duró más de siete meses, teniendo su padre que retomar el mando ayudado por su esposa Isabel de Farnesio.

Felipe V llegó al trono de España de la mano de su abuelo Luis XIV que se las prometía muy felices por tener una relación directa con el país vecino. Y le sucedió su hijo Carlos III, que según cuentan las crónicas fue el mejor rey del siglo XVIII porque con su hijo Carlos IV, poco a poco se fue produciendo una inestabilidad dinástica que trajo consigo un abrumador descontento popular.

Carlos IV era un rey mediocre y liberal al que le tocó vivir un momento difícil y dejó el Gobierno en manos de sus validos y Secretarios de Estado  Aranda, Floridablanca  y Godoy, justo en el momento más complicado de su historia en que debe enfrentarse a una figura de gran envergadura como es la de Napoleón Bonaparte. Por otro lado en Europa nace un sentimiento romántico y liberal que favorece la emancipación de las colonias americanas lo que supone un cúmulo de obstáculos muy difícil de asumir por la corona española.

Pero aún así, Godoy intenta salvar la corona aunque en beneficio propio. En términos generales fueron varios los factores que influyeron en la alianza de España con Francia y la Revolución: un régimen monárquico rígido, una burguesía que había alcanzado un gran poder en el terreno económico y que ahora empezaba a escalar en el plano político, unido al descontento de las clases populares y al auge alcanzado por las nuevas ideas ilustradas que condujeron a una crisis económica llevando a Francia a la bancarrota con una importante deuda externa. Los problemas fiscales de la monarquía, junto al ejemplo de democracia del nuevo Estado emancipado precipitaron los acontecimientos.

Así, cuando España entró en el siglo XIX, seguía siendo una sociedad estática. La población, la riqueza y el trabajo estaban concentrados en el sector primario o agrario. Tres cuartas partes de la población vivía en el campo. España había experimentado un notable aumento de población, pero la producción agrícola no había crecido al mismo ritmo que la población. El desarrollo industrial era insuficiente para absorber el excedente de población. Había hambrunas y pestes. No se había formado una clase media fuerte que pudiera mantener el equilibrio entre los conservadores reaccionarios y los liberales extremistas. Este papel de árbitro habría de recaer en el ejército.

Las reformas del rey Carlos III (1759-1788), el representante más genuino del despotismo ilustrado español, habían sembrado la semilla del cambio político-social. La ideología progresista de finales del XVIII sentaría los cimientos del liberalismo. La propaganda del ejército invasor napoleónico también contribuyó a este fin. Y finalmente la Constitución liberal de Cádiz alentaría los movimientos liberales durante décadas, aunque no llegó nunca a triunfar del todo: porque aunque no queramos reconocerlo  la historia de los siglos XIX y XX es la historia del fracaso político de esta Constitución:

«La invasión napoleónica galvanizó la conciencia nacional y desembocó en uno de sus momentos más admirables: el levantamiento del dos de mayo de 1808, que hizo estallar un vasto movimiento de liberación. Pero el éxito de este entusiasmo colectivo, respaldado por las victorias de General Wellington, no ocasionó ningún cambio inmediato en las instituciones ni en los grupos de poder. Lo único que se consiguió con esta lucha antifrancesa fue intensificar la adhesión de las masas hacia las llamadas tradiciones castizas del catolicismo, el nacionalismo y el acatamiento del arbitrario poder de la monarquía que les unía al pasado imperial de España que es lo que en definitiva añoraban”.

El regreso de Fernando VII en 1814 de un exilio ignominioso fue saludado con gritos de “¡Vivan las cadenas!”, y abrió un período de negra reacción que envió al exilio un gran número de liberales hasta la muerte del rey en 1833.

Cuando los diplomáticos españoles asistieron al Congreso de Viena en 1814, representaban un estado victorioso, pero una nación arruinada y dividida. La profunda crisis de España había minado profundamente el imperio español en América, porque muchas de las colonias americanas reclamaban su independencia en las principios del siglo XIX y la historia del resto del siglo XIX estaba dominada por el dilema dinástico producido por la muerte sin heredero varón de Fernando VII.

Su hija subió al trono como Isabel II, pero su tío, el legendario Don Carlos, se opuso, dando lugar a la primera de las Guerras carlistas, que afectaron principalmente a Navarra, el País Vasco y El Maestrazgo.

Pero queda demostrado rotundamente y de la consideración de la historia del siglo XIX español se infiere que cualquier cambio político, sin el correspondiente progreso social y económico, está destinado al fracaso.

Tres importantes factores obstaculizaron este progreso. Uno fue la actitud egoísta y reaccionaria de los grupos en el poder –el trono, la Iglesia, el ejército y la oligarquía–, expresada en los programas de sus políticos; otro fue el extremismo doctrinario y la ineficacia manifiesta de sus oponentes de la izquierda cuando ocuparon el poder; el tercero y más importante de todos fue la pobreza básica de recursos materiales de España, que impidió el arraigo del progreso material. La perduración de estos impedimentos es el legado más importante del siglo XIX a la España posterior.
Desde junio de 1789 la Revolución francesa convulsionó Francia y a otras naciones de Europa que enfrentaban a partidarios y opositores del sistema conocido como el Antiguo Régimen.

Se inició con la autoproclamación del Tercer Estado como Asamblea Nacional en 1789 y finalizó con el golpe de estado de Napoleón Bonaparte diez años más tarde en 1799.
La revolución marcó el final definitivo del absolutismo.

La corriente de pensamiento vigente en Francia era la Ilustración, cuyos principios se basaban en la razón, la igualdad y la libertad. La Ilustración había servido de impulso a las Trece Colonias norteamericanas para la independencia de su metrópolis europea.
Tanto la influencia de la Ilustración como el ejemplo de los Estados Unidos sirvieron de «trampolín» ideológico para el inicio de la revolución en Francia.

La Declaración de los Derechos del Hombre aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente francesa el 26 de agosto de 1789 es uno de los documentos fundamentales de la Revolución francesa en cuanto a definir los derechos personales y colectivos como universales.

Aunque la primera vez que se proclamaron solemnemente los derechos del hombre fue en los Estados Unidos (Declaración de Derechos de Virginia en 1776 y Constitución de los Estados Unidos en 1787). Pero queda claramente demostrado que la revolución de los derechos humanos es un fenómeno puramente europeo.

Napoleón  instituyó y consolidó muchas de las reformas de la Revolución Francesa.
Crea el Código que servirá de base para las leyes de muchos países europeos que aún persiste en la actualidad.

En los países conquistados Napoleón instaura regímenes parecidos a los de la Revolución francesa, garantiza los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Su organizado gobierno logra sacar a Francia del caos en el que estaba sumida durante la Revolución y aún después de ella.

En definitiva, Napoleón insertó en los países conquistados los principios de la Revolución: libertad, igualdad y fraternidad.

Ya desterrado,  en la Isla de Santa Elena, mantiene que la codificación llevada a cabo fue un hecho que marcará la historia del Derecho y dice en sus memorias:…que su verdadera gloria no está en haber  ganado cuarenta batallas; que el desastre de Waterloo eclipsará el recuerdo de tantas victorias. Pero lo que no será borrado, lo que vivirá eternamente, es mi Código Civil.

Efectivamente, el Código Civil en España fue el instrumento jurídico que sustituyó a Las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio,  obra considerada como uno de los legados más importantes del Reino de Castilla a la historia del Derecho, referente en los países de Europa y haber sido el cuerpo jurídico de más amplia y larga vigencia en Iberoamérica hasta el siglo XIX.

Pues bien, en 1799 Francia quedó bajo el dominio de Napoleón, coronado emperador en 1804. En un principio, las Guerras Napoleónicas perpetuaron el conflicto ideológico entre la Francia revolucionaria y la Europa del Antiguo Régimen.

Y Las ambiciones del propio Napoleón se convirtieron en la causa principal del conflicto.
El Sacro Imperio Romano Germánico fundado por Carlomagno en el 800, queda disuelto el 6 de agosto de 1806.

El Imperio desaparece formalmente cuando el Emperador Francisco I de Austria, a consecuencia de la derrota militar a manos del ejército de Napoleón y decretó la supresión del Sacro Imperio para impedir que Napoleón se apropiara del título pero los sucesores de Francisco I continuaron titulándose emperadores de Austria hasta 1918 en que se celerbraron los Tratados de Paz después de la primera guerra mundial y después de la desmembración del Imperio Austro-Húngaro.

En 1808, Napoleón dominaba toda Europa, a excepción de Rusia y Gran Bretaña, pero la oposición a Napoleón fomenta el espíritu nacionalista en varias de las naciones europeas derrotadas.

España fue la primera nación en la que Bonaparte tuvo que hacer frente a las insurrecciones nacionalistas que provocaron su caída. Napoleón conocía muy bien los atractivos de España, sabía que ya Nabucodonosor quiso venir a implantar un reino judío, incluso se asegura que, según la misma leyenda, estos judíos fundaron «Toledoth”, la Ciudad de las Generaciones».  La llegada de judíos a tierras de España tiene lugar en torno al año 1037 a.C, en los tiempos en que el Rey Salomón había establecido un Imperio Mundial, con importantes colonias de ultramar en el exterior de Israel.

Por otro lado las Cuevas de Hércules, según la tradición,  fue el lugar labrado por Túbal o Hércules el Egipcio y sería la cátedra secreta desde la que el propio Hércules enseñaba las ciencias ocultas, datos que constan en la  Crónica General o “General Estoria” de Alfonso X el Sabio.

Y para rematar la anécdota, Carlos III decoró el nuevo escudo de España con las dos columnas de Hércules que, al parecer adornaban la entrada del palacio de verano y templo que mandó construir en las costas de Cádiz.

Por lo que no es de extrañar el empeño de Napoleón en conquistar España para el imperio francés. El emperador, después de haber destronado al rey Carlos IV, nombró a su hermano José Bonaparte rey de España en 1808. Pero los españoles se rebelaron y expulsaron al nuevo gobernante de Madrid y así se desató la guerra de la Independencia española (1808-1814), entre los franceses, que intentaban restaurar a José I Bonaparte en el trono, y los españoles, apoyados por las fuerzas británicas al mando del Duque de Wellington.

Si bien es cierto que Bonaparte era un regente autoritario, no es menos cierto que la mayoría de Europa estaba gobernada por monarquías absolutas. Pero Bonaparte entendió que debía de restaurar la ley y el orden después de los excesos causados por la Revolución, al mismo tiempo que promovió una profunda reforma administrativa del Estado.

Pues bien, en este orden de cosas la población española se levanta contra la dominación francesa el 2 de mayo de 1808  y, con la ayuda de Inglaterra, vence a Napoleón.
La Guerra de la Independencia Española o Guerra del Francés como se la llamó, fue un conflicto armado surgido por la oposición de España a la pretensión de Napoleón I de instaurar y consolidar en el trono español a su hermano José Bonaparte, en detrimento de Fernando VII de España, desarrollando un modelo de Estado inspirado en los ideales bonapartistas.

La guerra ha creado un fuerte sentimiento nacionalista; el pueblo, casi analfabeto, prefiere al Rey y nace un romanticismo español que crea una categoría en Europa: se habla de los bandoleros generosos y honrados, de los torereros y las bailadoras, todo un conjunto nunca visto que da valor a la España de entonces.

El conflicto se desarrolló sobre un complejo trasfondo de profundos cambios sociales y políticos impulsados por el surgimiento de la identidad nacional española y la influencia en el campo de los «patriotas» de algunos de los ideales nacidos de la Ilustración y la Revolución francesa, paradójicamente difundidos por la élite de los afrancesados.

El pueblo lucha por el antiguo régimen y la principal defensa es la guerrilla caracterizada por una mezcla de sentimientos patrios y odio a los invasores y en la que se involucran militares, clérigos, profesionales, campesinos y algún que otro aristócrata.

Las pretensiones del tratado de Fontainebleau, firmado el 27 de octubre de 1807 por Manuel Godoy, preveían una nueva invasión conjunta hispanofrancesa de Portugal y este era el apoyo logístico necesario para el tránsito de las tropas imperiales de Napoleón. Al mismo tiempo que fueron tomando posiciones en importantes ciudades españolas según los planes de Napoleón,  convencido de contar con el apoyo popular.

Había resuelto forzar el derrocamiento de la dinastía reinante tradicional, situación a la que se llegaría por un cúmulo de circunstancias: “La expedición a España deriva de una serie de consideraciones entre las que se encuentran mezclados la debilidad militar del estado vecino, la complacencia de los soberanos españoles, la presión de los fabricantes franceses, la necesidad de arrojar a los ingleses fuera de Portugal, la enemistad del Emperador hacia la dinastía de los Borbones, los imperativos de una estrategia política para el conjunto del Mediterráneo y los designios de Dios.”

La difusión de las noticias de la brutal represión en las jornadas posteriores al 2 de mayo, y de las abdicaciones de Bayona extendieron por la geografía española los llamamientos iniciados en Móstoles al enfrentamiento con las tropas de Napoleón, decidieron la guerra por la vía de la presión popular a pesar de la actitud contraria de la Junta de Gobierno designada por Fernando VII.

Refiriéndose a la guerra de independencia española, Napoleón ya en su exilio, declaró amargamente que:

“Esta maldita Guerra de España fue la causa primera de todas las desgracias de Francia. Todas las circunstancias de mis desastres se relacionan con este nudo fatal: destruyó mi autoridad moral en Europa, complicó mis dificultades, abrió una escuela a los soldados ingleses… esta maldita guerra me ha perdido”.

España quedó excluida de los grandes temas tratados en el Congreso de Viena, donde se hizo un diseño de lo que sería el panorama geográfico  y político de Europa.

Sin embargo, en el plano político interno en España, el conflicto permitió el surgimiento de la identidad nacional española, aunque por otro lado dividió a la sociedad, enfrentando a patriotas y afrancesados.

También abrió las puertas del constitucionalismo, concretado en las primeras Constituciones de Bayona y Cádiz, y aceleró el proceso de emancipación de las colonias de América, que accederían a su independencia tras la Guerra de Independencia Hispanoamericana.

Lo cierto es que, la debilidad del reinado de Carlos IV y la admiración de su hijo Fernando VII por los grandes progresos de los franceses junto a los logros de la Revolución con Bonaparte al frente, fueron el caldo de cultivo más apropiado para que Napoleón se pusiera manos a la obra y diseñar la estrategia de la operación de España.

Para entender claramente las pretensiones de Napoleón en cuanto a España se refiere, es necesario conocer la identidad del  personaje y como dato curioso, hago hincapié en una serie de detalles elaborados muy acertadamente por un comentarista de la época, el jesuita Manuel Luengo, quien hizo una descripción un tanto significativa de la personalidad de Napoleón:

“…Mi descripción sobre la personalidad de Napoleón es la de un ser flaco y bastante consumido, color de tísico, parece una mujer de cincuenta o sesenta años…es de destacar su vanidad y orgullo, su fiereza y arrogancia filosófica que le hacen en el día una fiera indómita, violenta y dominante, que no puede resistir que nadie le haga la menor resistencia”.

Ciertamente, Napoleón fue un hombre obsesionado por su imagen y de ella sacó el máximo partido para su escalada política. A ello había contribuido su situación y las características de su entorno familiar.

Era el segundo de doce hermanos,  hijo de Carlos Bonaparte, un notable jurista de Córcega, muy listo,  pero que por lo que cuentan las crónicas era poco práctico, puesto que para el tan solo contaba su pertenencia a una noble familia de la Toscana y al ejercicio de la Jurisprudencia le sacaba el rendimiento justo para mantener su posición social y poco más.

Pero aun así consiguió que sus dos hijos mayores entraran en un Colegio de prestigio y más tarde en la Escuela Militar, donde Napoleón destacó a edad temprana por sus dotes de excepcional  estratega. Pronto murió su padre y gracias a la fortaleza de su mujer, Maria Letizia Ramolino de notable personalidad,  pudo hacer frente a la situación que se le planeaba con la numerosa prole, depositando en su hijo Napoleón toda la responsabilidad familiar. Y demostrado está que no la defraudó
Pues bien, hecho este retrato del personaje, a grandes rasgos, no es de extrañar su desmedida ambición de la que siempre hizo gala  y como no era para menos, dada su proximidad y su privilegiada situación en Europa, España fue uno de sus objetivos predilectos, aún cuando le achacan un comentario muy propio de su especial carácter: “…España nada tiene que temer de Francia. ¿Acaso Francia necesitaba ser más grande a costa de España…?”.

Este es el personaje a tener en cuenta por la imagen de déspota que tuvo Napoleón entre los españoles.

Pero aún estaba en dudas de la realidad de los españoles. Y así fue como cuatro años más tarde, Napoleón decidió venir a conocer el terreno personalmente, al ver que su hermano José sufrió una notable derrota de las tropas al mando del General Dupont, nada menos que Jefe del Estado Mayor de la Reserva de los Ejércitos de Francia, pero al que el General Castaños hizo claudicar en Bailén, un 19 de julio de 1808.

Y como su intención era acabar definitivamente con la resistencia de los patriotas españoles, no solo los ejércitos, sino los grupos de guerrilleros de las diferentes localidades que iba atravesando, movidos por un inusitado espíritu de colaboración con las tropas, los gobernantes, la corona y todo lo que pudiera representar la idiosincrasia del pueblo español, y que se lanzaron a la lucha en una ardiente demostración de valentía y orgullo patrio, haciendo suscitar toda una serie encadenada de comentarios literarios, poéticos, musicales y de relatos que han constituido la crónica más rigurosa y auténtica de lo que fue la Guerra de la Independencia de 1808 a 1814.

El objetivo de Napoleón era avanzar sobre Burgos, como primer paso para la conquista de Madrid. Y allí entró en una encarnizada batalla, que hizo retroceder a las tropas de Extremadura que habían acudido a prestar su ayuda a los castellanos.

No obstante, consta un escrito dirigido a uno de sus embajadores, donde comentando la situación, dice “…Nada hay tan malo como las tropas españolas: 6.000 de los nuestros en combate cargan contra 20, 30 y hasta 36.000. Es verdaderamente una canalla.”

Bonaparte inició en Burgos la marcha hacia Madrid, el 22 de noviembre, al mando de 45.000 hombres. Recorrió sin dificultad su camino hasta el puerto de Somosierra, lugar donde se encontró al denominado ejército de Reserva entre Madrid y los Puertos de Guadarrama y Somosierra. Esas fuerzas españolas se habían organizado apresuradamente para defender Madrid y estaban al mando del General Benito San Juan.
Aunque este General estaba muy mal visto por las tropas al haber sido un fiel seguidor de la política de Godoy, aun así trata de aunar esfuerzos y mover voluntades para impedir el paso de Napoleón.

Pues todo esto, unido a la desfavorable situación en Austria, que  se recrudeció de manera notable, obligó a Napoleón a volver al centro de Europa y ya nunca más volvería a España.

José I fue rey de la España ocupada por los franceses entre el 6 de junio de 1808 y el 11 de diciembre de 1813.

Su proclamación como monarca fue precipitada por el incremento de la violencia que siguió al levantamiento del 2 de mayo en Madrid. Lejos de obtener una legitimación ante la mayoría de la opinión pública y de frenar la dinámica de enfrentamiento armado, esta proclamación fue rechazada por los órganos de poder autóctonos como el Consejo de Castilla y la Junta Suprema Central y más adelante, por las Cortes reunidas en Cádiz, decidiendo la generalización del conflicto de la Guerra de la Independencia Española.
Pero quisiera añadir a este relato el comentario de una curiosa anécdota epistolar entre el propio Emperador y su hermano José I, que refleja el estado de la situación en España y como entre uno y otro llegaron a la conclusión de quienes eran los españoles realmente.
José Bonaparte estaba convencido que en España ya no tenía ningún porvenir como gobernante y se lo transmitía continuamente a su hermano. Pero Napoleón le alentaba con referencias importantes  aludiendo a Meléndez Valdés, Goya, el Conde Cabarrús, Moratín, y otros intelectuales que podía servirle de apoyo y gran ayuda,  pero José le respondía que eran una exigua minoría con la que nunca podría remontar el declive de su corto reinado.

Y Napoleón insistía en que no debía preocuparse demasiado, que “… dejara temores aparte porque no era difícil de conquistar una corona como lo habían hecho Enrique IV y Felipe V” (salvando las distancias, claro).

José, un tanto abrumado le contestó así:
“ Señor, Enrique IV tuvo su partido. Felipe V no tuvo que luchar sino con un competidor. Pero yo tengo por enemigo a una nación de doce millones de almas, bravas, irritadas hasta lo indecible. Todo lo que aquí se hizo el dos de mayo fue odioso. No se ha procurado descubrir la índole de este pueblo; se le ha exasperado y en mi refleja sus odios. Cualesquiera que sean los sucesos y a ello me atengo, esta carta recordará siempre a VM. que yo tenia razón. Las gentes honradas no son más adictas a mi persona que los pilluelos. No señor. Estáis en un error. Vuestra gloria se hundirá en España”.
Y por supuesto, que la historia le dio la razón.

Tras la derrota en la batalla de los Arapiles, el 22 de julio de 1812, José I abandonó Madrid para ir hacia Francia; a su paso por Vitoria, fue alcanzado por las tropas del duque de Wellington que derrotaron a su ejército.

1812 fue el año decisivo. El ejército del General Wellington con el apoyo de españoles y portugueses infringió sucesivas derrotas a los franceses (Arapiles, San Marcial). Tras la catástrofe de la Grande Armée en Rusia, un Napoleón completamente debilitado devolvió la corona a Fernando VII por el Tratado de Valençay (diciembre de 1813).

Y esta era la España de 1812 con la que se encontraba el grupo de entusiastas constituyentes, que no deseaban otra cosa que poner orden a tanto desorden y desequilibrio,  que lo único que hacía era desesperar hasta lo indecible a los españoles de  1812.

La posterior reinstauración de la dinastía borbónica y el retorno del absolutismo, encarnado en Fernando VII, así como el reforzamiento de la Iglesia Católica, abrieron en España una era de luchas civiles entre los partidarios del absolutismo y los del Liberalismo, que se extenderían a lo largo del siglo XIX.

Las tropas francesas abandonaron el país. La cruenta Guerra de la Independencia tocaba a su fin.Sin embargo, promulgó el Estatuto de Bayona en un intento de ganarse el apoyo de los ilustrados españoles, los llamados afrancesados, sin lograr hacer triunfar el programa reformista de su gobierno.

Durante su reinado se le conoció con el apodo de Pepe Botella, en referencia a un supuesto alcoholismo, que parece seguro que no era cierto y el pueblo de Madrid también le apodó “el rey plazuelas”, puesto que abrió muchas plazas en la capital derribando iglesias y conventos. La más importante fue la plaza de Oriente, delante del Palacio Real.
José Bonaparte salió de España definitivamente el 13 de junio de 1813 sin su valioso «equipaje», que consistía en las joyas de la corona española y obras de arte, para refugiarse en Francia, donde permaneció hasta la caída de Napoleón Bonaparte.
Después José Bonaparte se trasladó a Estados Unidos, donde, gracias a la venta de las joyas de la corona española, se construyó una mansión en Point Breeze, Filadelfia, lujosamente amueblada y con una impresionante colección de libros raros y obras de arte.

En Estados Unidos, residió entregado a obras de beneficencia y a proteger a los bonapartistas emigrados por medio de la masonería hasta 1841 y cuando recibió autorización para instalarse en Florencia allí murió en 1844 Posteriormente fue enterrado en París tras reclamar Napoleón III que se le sepultara a la derecha de su hermano Napoleón en Les Invalides de París.

Y en España quedó una población eminentemente rural. Sólo seis ciudades superaban los 100.000 habitantes (Madrid, Barcelona, Sevilla, Valencia, Málaga y Murcia).

De los 11 millones y medio de habitantes que vivían en la España de 1800, el 90 por ciento eran analfabetos. Aún así y a pesar del fuerte analfabetismo, en Cádiz llegó a haber treinta periódicos. Sólo «El Conciso» (ahora re editado por la Asociación de la Prensa y el Diario de Cádiz) distribuía 2.000 ejemplares.

España necesitaba una reforma política, el español necesitaba ver un nuevo horizonte, carecería de sentido y de rigor acometer un estudio del texto constitucional de 1812 aislado de su contexto histórico, político, social e incluso jurídico, quiero decir, sin enmarcarlo en la totalidad de las singulares circunstancias por las que nuestro país atravesó desde la restauración borbónica en los inicios del siglo XVIII, especialmente en las dos primeras décadas del XIX, y más concretamente aún, en los “cuatro años y un día” que transcurren entre el Motín de Aranjuez el 18 de marzo de 1808 y la promulgación de la Constitución el 19 de marzo de 1812.

“Cualquier discurso político o ideológico que se construya sobre la Constitución de 1812 carece de sentido si se prescinde de la crisis histórica de proporciones revolucionarias, crisis dinásticas, políticas, social y jurídicas.

Las Cortes de Cádiz redactan la primera Constitución Española (1812) de corte liberal. Más de un tercio de los asientos de la asamblea constituyente estaban ocupados por eclesiásticos, abogados y un buen número de delegados americanos, pero la representación de los nobles y la representación  popular fue totalmente nula.
Y así quedaba aprobada la Constitución, llamada “la Pepa” estableciendo la igualdad de derechos de todos los ciudadanos, incluidos los de las colonias de  América.
El Estado unitario imponía” los derechos de los españoles” por encima de los históricos de cara reino. Quedaba desmontada la arquitectura del Antiguo Régimen, abolidos los señoríos jurisdiccionales, cuyos privilegios pasaban a la corona y fueron suprimidos los gremios.

Fernando VII de Borbón, antiliberal y absolutista, llamado el Deseado o el Rey Felón, reinó entre 1808  y 1833 tras la expulsión de José Bonaparte.

Para bien o para mal fue la solución del momento, porque sobre lo demás ya nos lo ha venido contando la historia.

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María Bernal

Acerca de María Bernal

Abogado. Licenciada en Historia. Asesor Jurídico del Patrimonio Histórico y Cultural (Grupo de Letrados de la UNESCO). Miembro de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, Académico de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo, Cofradía Internacional de Investigadores y CSIC. Asociación Española de Mujeres Juristas. Secretaria General.

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