¿Comienza a deshincharse el globo nacionalista?

Son muchos los nacionalismos padecidos a lo largo del siglo XX en forma de dictadura, así, el nacismo, el comunismo y el fascismo; todos ellos con resultados trágicos para la vida y libertad de las personas, para las sociedades y el patrimonio de los países afectados. Otros nacionalismos han surgido en el siglo XXI, unos de orden proteccionista y xenófobo, como los populismos de derecha (Brexit, Trump, el del holandés Wilders, Le Penn o AfD) y otros nacionalismos, auténticos comunismos trasnochados, se han disfrazado de populismos como Podemos. Además, concurren los permanentes nacionalismos regionales de mayor o menor intensidad, cuyos líderes  desean el poder e imponer su dictadura excluyendo a aquellos de sus conciudadanos que no se adhieran al pensamiento único, imperante y separatista como el de Cataluña o País Vasco. El factor común de todos ellos es la represión de la libertad de “los otros” para que no puedan expresarse en libertad ni convivir en igualdad en un Estado de Derecho que garantice estos derechos mediante una justicia independiente. Simplemente, los líderes nacionalistas desean imponer su dictadura exigiendo adhesión a su pensamiento único  en búsqueda de la uniformidad e identidad porque no quieren el pluralismo democrático ni  el Estado de Derecho ni  la transparencia de la gestión pública.

Algunos países europeos miembros de la UE han vivido una expansión nacionalista nacida de la crisis económica iniciada en 2007; esta generó miedo en muchos de sus ciudadanos a perder empleos o bienestar, consecuencia de las migraciones internas procedentes de los 28 países de la Unión Europea,  por los riesgos culturales religiosos de la inmigración extraeuropea o por el deseo de limitar y controlar la recepción de  refugiados. Ciertamente en Europa se han vivido unos años de incertidumbre por la desorientación en la política de fronteras y de inmigración, que ya se ha ordenado.

La votación  del referéndum de 23 de junio de 2016 del Brexit en Gran Bretaña fue el paradigma de los miedos expuestos al que se añadieron muchas mentiras por los impulsores de la salida del la UE; el resultado marcó su salida de la Unión Europea y, es seguro, se arrepentirá mucha gente que votó Brexit. Ese momento fue, probablemente, el momento culminante de la inflamación nacionalista que se prorrogó con la victoria electoral en EEUU del Presidente  Trump en noviembre de 2016.

Pero los resultados de las elecciones generales de Holanda del 15 de marzo de 2017 pueden hacer recuperar la razón y la ilustración en Europa y hacer volver a los europeos en los valores de la UE, frente al programa excluyente de los candidatos ultranacionalistas europeos. La derrota del holandés Wilders es una magnífica noticia para los holandeses, para Europa y para España, y puede significar el cambio de tendencia del “globo” nacionalista, de tal modo que deje de crecer e incluso que comience a deshincharse. Como demuestra la Historia el “globo” nacionalista acaba explotando con dramáticos resultados.

El voto de los holandeses, con la presión de tantas opiniones antieuropeas, se debe interpretar como de respeto a los derechos de los demás ciudadanos, de aprecio a los valores europeos y de deseo de continuar en la UE y en el Euro; en efecto, las circunstancias jugaban contra el europeismo y las propuestas de Wilders parecían que podían avanzar.

El proyecto europeo es un gran reto, por ello, la UE debe ser fiel a sus principios institucionales y  mantener su política de respeto a los valores y derechos de los ciudadanos, de unión interna y de libre expansión empresarial y comercial en el mundo. La corrección del rumbo europeo en la política de fronteras, las malas sensaciones causadas por el Brexit y el Sr. Trump, así como el resultado electoral en Holanda han de influir para que los votantes de las próximas elecciones generales de Francia y Alemania y rechacen los peligrosos nacionalismos.

Ojalá que las elecciones holandesas ayuden a vaciar el globo nacionalista y tenga su reflejo en España. En nuestro país, actualmente, el nacionalismo es un sentimiento eminentemente regional, de Cataluña y del País Vasco, ya que el nacionalismo “español” cabe afirmar que ha desaparecido desde la Constitución de 1978.

Efectivamente, España vivió un elevado nacionalismo durante la dictadura posterior a la Guerra Civil que fue, según relata José Mª Marco en su obra “Sueño y destrucción de España” (Planeta, 2015)  de carácter nacionalcatólico. Sin embargo, ese nacionalismo ha desaparecido pero restan malas secuelas de la acción de oposición al régimen que incluyó el desprecio a la nación y a la patria. Dice en la pág 315: “El odio al nacionalcatolicismo  quedaba transferido a la nación y a la patria”; es decir, las elites intelectuales de la oposición a la dictadura lucharon contra los excesos del nacionalcatolicismo y, asimismo, atacaban a la nación y a la patria. Evidentemente, no distinguían entre España y la dictadura y “en vez de aclarar e insistir en que España era un concepto político, social y cultural distinto del que la dictadura había preconizado, tomaba por objeto de crítica el conjunto”.

El nacionalismo español ha desaparecido y hay que rescatarlo a su nivel lógico; por el contrario, los nacionalismos del País Vasco y Cataluña se han inflamado hasta intentar la exclusión de los rasgos de  nación española en la construcción de nuevas identidades diferenciales, y esos excesos deben desinflarse.

Un pensamiento en “¿Comienza a deshincharse el globo nacionalista?

  1. Empezara a deshincharse el globo nacionalista cuando la gente vea que roban tanto como los políticos de toda la vida, entonces se darán cuenta de su error.

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