El proyecto europeo: la autoridad de la Democracia y la fuerza de la Soberanía

El presidente francés, Emmanuel Macron, pronunció el pasado 17 de abril de 2018, en el Parlamento Europeo, un discurso de intenso, casi rabioso, europeísmo. Llama la atención porque nos hemos ido acostumbrando en los últimos años a una descalificación generalizada del proyecto de construcción europea, que, comenzando con la crisis del euro, continuando con la de los refugiados, y con el colofón del Brexit, ha sumido en la inquietud a los que consideramos que una Europa fuerte y unida es el único futuro prometedor para Europa y, especialmente, para España. Nuestra inquietud procede de los populismos y los nacionalismos que han resurgido al calor de la crisis económica y el descontento social; en efecto, los promotores del populismo y del nacionalismo han hecho creer a muchos ciudadanos que acabar con la libertad y la democracia es el camino para mejorar la situación social y económica mediante promesas imposibles de gasto público y de mentiras sucesivas cuando en realidad su objetivo es llegar al poder, acabar con la democracia, imponer la dictadura y el supremacismo de unos pocos.

La Unión Europea, lanzada hace hoy ya 67 años para evitar guerras entre europeos es un proyecto de ambición y complejidad indudables. El acertado discurso de Macron pone el acento sobre cómo este proyecto es, además, la única posibilidad que tenemos de salvaguardar nuestra democracia y nuestras libertades en un contexto global cada vez más ominoso pues Estados Unidos ha caído en la trampa del proteccionismo y la descalificación del sistema multilateral; Rusia retoma sus ambiciones imperialistas, y China presenta un modelo “iliberal” (término que usa Macron), autoritario, pero exitoso en lo económico, que resulta atractivo a muchos. Dice Macron, lo que necesita Europa no es “una democracia autoritaria, sino la autoridad de la democracia”.

El mayor riesgo para la democracia está, sin embargo, dentro de nuestras fronteras, con los nacionalismos euroescépticos y desintegradores que, basándose en una retórica propia del siglo XIX y de 1914-1918, querrían una balcanización de Europa. Esta balcanización tiene dos caras: una primera, con los nuevos partidos de ultraderecha en auge, sobre todo en Europa Central, que trabajan directamente contra cualquier iniciativa europea que suponga una pérdida de su soberanía. A estos partidos les ha dado alas la crisis de los refugiados, que les ha permitido animar la xenofobia latente en muchas sociedades europeas. La segunda cara, es la del nacionalismo, intraestatal o regional, que rema contra de los principios inspiradores de la construcción europea, buscando romper Estados para crear soberanías nuevas en un mundo en el que solo unidos podremos continuar con nuestro modo de vida y organización política. En España, por desgracia, basta observar la situación en Cataluña y en el País Vasco.

Está claro que hay un trabajo por hacer para incrementar ante la sociedad europea la legitimidad de la democracia liberal, como modelo político, del proyecto europeo como garantía de futuro. Para reconstruir esta autoridad de la democracia el presidente Macron ha ido adelantando durante los últimos meses algunas de sus ideas; algunas de ellas se han estrellado ante el rechazo de otros estados miembros o de las instituciones; otras avanzan a trompicones. Es el caso de las consultas ciudadanas, una idea que ha conseguido impulsar con esfuerzo y que deberían empezar a celebrarse ahora en los distintos estados miembros; también propone reformas en el sistema electoral europeo, a fin de crear un verdadero espacio público de debate sobre la Europa que queremos así como buscar la influencia de los ciudadanos en la negociación, que comenzará próximamente, sobre el marco de los presupuestos comunitarios para los años próximos. Se trata, en definitiva, de atajar ese “déficit democrático” del que tanto tiempo se lleva acusando a la UE y que ha llevado a bajas tasas de participación en las elecciones europeas. También destaca la idea de crear un programa europeo que financie (es decir, premie) a los municipios que reciban a refugiados para reducir el impacto entre la opinión pública de las acusaciones lanzadas constantemente contra la UE como supuesta culpable del influjo de refugiados.

Tal vez la idea más provocadora que planteó Macron en su discurso sea la necesaria soberanía europea en ámbitos prioritarios, como el económico, el comercial, el energético, el cultural, o el digital; tiene razón: solo construyendo una Europa fuerte en estos ámbitos podremos defendernos de choques exteriores y proteger nuestro modo de vida y nuestro modelo económico. Es bueno, por tanto, que proponga el Sr. Macron ideas para la reforma de la zona euro, el avance en la unión bancaria, una tasa digital que financie directamente a las instituciones, la protección de datos personales en el mundo digital, o, cuestión muy importante para Francia, medidas de convergencia fiscal para evitar paraísos dentro de la propia UE. Son medidas esenciales sobre las que se debe trabajar y construir consensos, pues suponen hoy en día la razón de ser de la UE y configuran un proyecto prometedor para Europa.

Al margen de todo esto, lo cierto es que, en el mundo de hoy, soberanía se suele identificar con poder fuerte: ejército, diplomacia, policía, un Tesoro, esto es, las atribuciones más esenciales de los estados soberanos. Este tema lo abordó con mayor profundidad durante su discurso en la Sorbona en septiembre del año pasado. Le queda mucho trabajo a la UE, dadas sus disensiones internas y la divergencia de intereses nacionales para llegar a ser un superestado europeo; además, jurídicamente, no es el actual punto de llegada de la Unión aunque sea depositaria de ciertas competencias en virtud de los tratados. Por ello, es interesante esta primera mención de un líder europeo a una auténtica soberanía europea; así: Macron tiene un proyecto para Europa, sería muy bueno avanzar en este modelo de construcción europeo hacia unos Estados Unidos de Europa.

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