Impresionistas emprendedores

Hasta el 5 de mayo podemos visitar en la Sala Recoletos en Madrid (Paseo de Recoletos, 23) de la Fundación Mapfre, una extraordinaria exposición [IMPRESIONISTAS Y POSTIMPRESIONISTAS. El nacimiento del arte moderno] de setenta y ocho pinturas prestadas por el Museo d’Orsay (París). Los cuadros son obras maestras, de autores muy conocidos hoy, pero que en su día se vieron obligados a romper con el “stablishment” emprendiendo un camino lleno de dificultades, obstaculizado por la incomprensión, e incluso por el desprecio y el escarnio de los académicos que se creían en el poder de la verdad.

La Real Academia de Pintura y Escultura de Francia llevaba siglo y medio organizando el “Salón”. Exponer en el Salón era, para los pintores del S. XIX, una garantía de éxito y un seguro alimenticio, de modo que los miembros del Jurado, que admitía o rechazaba las obras, se consideraban poco menos que todopoderosos, y se negaban a tomar en cuenta cualquier innovación que intentara explorar nuevas formas artísticas o que se apartara, minimamente, de sus criterios academicistas. En 1863 la Real Academia rechazó más de tres mil obras y se produjo un gran escándalo y, por efecto de ello, Napoleon III organizó para los artistas innovadores, que habían sido rechazados por el Salón, una exposición anexa, el llamado “Salón de los rechazados”. En él Manet expuso, con gran repercusión, el “Almuerzo Campestre”, y en general, los críticos oficialistas zahirieron tanto las obras expuestas que el Gobierno no mantuvo el patrocinio de los independientes y en adelante tuvieron que buscarse la vida.

Ante este rechazo los marchantes de arte organizaron, en años sucesivos, y de forma totalmente privada, hasta ocho salones, el último en 1886, en los que expusieron Degas, Manet, Monet, Renoir, Whistler… los que hoy conocemos como impresionistas. Entre ellos hubo de todo, desde los que consiguieron vivir holgadamente de la pintura, hasta los que no vendieron un solo cuadro en vida. Se ayudaban entre ellos, los que tenían fortuna propia o una profesión bien remunerada les compraban cuadros a los demás. Caillebotte, pintor no demasiado bueno, era un abogado de éxito y se hizo con una colección de cuadros pintados por sus amigos por la que hoy cualquier museo mataría, pero que, cuando se la legó a su muerte en 1894 al Estado francés, el Gobierno debatió durante un par de años si aceptaba o no el legado.

Lo que estaba ocurriendo a finales del siglo XIX es que había cambiado la forma de entender el mundo y la vida, y los pintores impresionistas plasmaron este cambio en el arte. Abandonaron los estudios obscuros y salieron al aire libre buscando la luz y el color; sustituyeron los motivos pictóricos de interiores, palacios, salones, columnas, escaleras por paisajes y exteriores; Monet pintó la fachada de la catedral de Rouen más de 40 veces en distintas estaciones del año y diferentes horas del día, con sus tonalidades e intensidad de luz y color.

Monet y Renoir viajaron a Italia y al norte de Africa quedando maravillados con su luz, color y sus gentes; y, en general, los pintores empezaron a buscar nuevos motivos y técnicas pictóricas.

La exposición de Mapfre muestra también las tendencias postimpresionistas, que son la culminación de la revolución pictórica vivida; hay cuadros de Van Gogh, Gauguin y los Nabis; el grupo Nabis está representado por Serusier, Denis, Valloton, Vuillard… que utilizaron colores puros sin mezcla, tal como se ven las cosas; el grupo Nabis tomó su nombre de la palabra hebrea y árabe “neiviim” que se traduce como “profeta”, porque deseaban incorporar a su pintura un fondo enigmático y místico.

Los impresionistas tuvieron que emprender un nuevo camino, con su riesgo profesional (empresarial), ante la resistencia oficial a comprender los cambios. Hoy los ciudadanos y las administraciones públicos debemos oír los tambores del cambio que anuncian nuevas circunstancias en el mundo; son la competencia empresarial, la globalización, la información sin fronteras y el nuevo modelo económico de crecimiento. Ello obliga a adoptarnos a lo nuevo, porque ya está aquí. En España está acabado el modelo económico de infraestructuras e inmobiliario y del endeudamiento…; y hay que profundizar en las industrias creativas, en el turismo (de siempre), el nuevo turismo cultural, servicios sanitarios, educativos, informáticos, informativos…; la industria de la cultura tiene enorme porvenir y basta ver lo que ahora ocurre en Islandia. Correlativamente, hay que limitar el gasto público a los ingresos que tenemos; no se pueden subir más los impuestos, ni pedir más dinero prestado, ni mantener tanta estructura administrativa ni gasto social; hay que ser realistas y adaptarnos a los nuevos tiempos y quien no lo quiera ver, o se engaña o quiere engañar a otros.

¿Qué hubiera pasado si Napoleón III no organiza el primer salón de los rechazados? ¿Seguiríamos viendo y comprando escenas mitológicas, cuadros de batallas, nacimientos de Venus, lo que pintaban los académicos? Probablemente, no, porque una época tan convulsa como el final del siglo XIX y la primera mitad del XX es imposible que no se hubiera reflejado en el arte; así que debemos reconocer el mérito de aquellos jóvenes pintores que plantaron cara al oficialismo, vieron la realidad y se abrieron nuevos caminos fuera de la seguridad oficial y de la subvención del Gobierno.

CONCLUSIONES

Es bueno que el Gobierno en algún caso, a falta de actuación privada, impulse una iniciativa en sus comienzos; pero luego, tiene que dejar la actuación económica para que las empresas compitan y para que cada cual continúe, en su función, como mejor le parezca; eso sí: sin subvención, sin intervención y con una acción administrativa objetiva al servicio del interés general.

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