Recensiones Bibliográficas. Javier MORENO LUZON y otros.

E. Alfonso XIII un político en el trono

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I.- INTRODUCCION. LA PRESENTACION DEL PROFESOR MORENO LUZON.

El editor, profesor Moreno Luzón, hace una escueta presentación del libro que recensionamos seguida de una detallada descripción de las dos corrientes historiográficas que han interpretado el Reinado y la persona de Alfonso XIII, señalando que el libro trata de superar esta dualidad doctrinal para estudiar, desde distintas perspectivas, la vertiente política del monarca.

Estamos ante un libro extraordinariamente denso, en el que todas la aportaciones agotan su campo de estudio, razón por la que su recensión se hace difícil al imponerse la necesidad de seleccionar los criterios que pudieran ser más relevantes de cada autor, con el riesgo que tiene toda selección pero, en todo caso, resulta imposible encorsetarlo en 20 ó 25 páginas.

Como se ha dicho, el profesor Moreno Luzón encuadra la presentación del libro estableciendo las tres líneas historiográficas que han estudiado la figura de Alfonso XIII, la crítica, la encomiástica y la ecléctica o academicista. El profesor Moreno Luzón, propone su identificación contrastando sus reacciones frente a los dos hitos históricos más relevantes de su Reinado: 1923 (golpe de Primo de Rivera) y 1931 (advenimiento de la II República, por abandono injustificado del Rey), aunque el primer antecedente de la conducta intervencionista de Alfonso XIII se presentaría en el año 1909, cuando se desprende de Antonio Maura y apuesta por Eduardo Dato, rompiendo el partido conservador.

La una línea historiográfica crítica con la figura de Alfonso XIII, presenta a éste como un Rey autoritario, militarista y perjuro, mientras que para la otra línea interpretativa del periodo Alfonso XIII, que el editor denomina encomiástica, el Rey fue un caballero, patriota y muy español, que interpretó a su pueblo, de manera directa e intuitiva, porque el sistema político de la Restauración, anegado en la corrupción y en la falsedad electoral, no era capaz de interpretar institucionalmente la voluntad del pueblo español.

a) Línea crítica con la trayectoria de Alfonso XIII.

La línea crítica con la figura de Alfonso XIII puede decirse que está representada por Salvador de Madariaga, Ortega y Gasset, Melchor Fernandez Almagro y otros que presentan a un Rey, desde niño educado entre reaccionarios y militaristas que le crían en el convencimiento de que es él quien manda, mimado y caprichoso que ya se impuso al Gobierno desde el mismo día en que juró la Constitución.

Es un Rey político, “estragado por la politiquería”, en palabras de Madariaga, que fácilmente abandonaba su responsabilidad institucional para enfrascarse en las batallas partidistas, a las que era gran aficionado, así que el “borboneo” acabaría dominado totalmente la política española, gracias a ministros dóciles, sumisos y cortesanos que, realmente, formaban un partido palatino, al decir de Unamuno, causa principal del debilitamiento de los partidos dinásticos (conservador y liberal).

El camino sin retorno lo tomaría el Rey, según criterio de Azaña, cuando en el año 1909 se desprende de Antonio Maura, porque se había iniciado: “el camino tremendo y fatal, para el propio régimen, de decapitar a los jefes de los partidos, y el libre juego de los partidos, en beneficio del capricho real”.

Para esta corriente los dos pilares del Rey serían la Iglesia pero, sobre todo, el Ejército, con el que se integraría hasta asumir la figura del Rey-soldado  y así Madariaga diría: “lo que le hizo perder la corona fue aquel uniforme  de infantería con el que había nacido”, “a fuerza de llevarlo, el uniforme de infantería se le había hecho piel”. Una de las consecuencias de tal militarismo sería la que llevó a España al desastre de África que se tuvo por “una aventura personal del monarca español”.

Cuando las críticas por el desastre arreciaron y se empezaron a exigir responsabilidades, en el ámbito parlamentario y jurisdiccional, llegaría oportunamente el golpe de Primo de Rivera y la dictadura militar.

En el orden personal, recuerda el editor que el liberal Portela Valladares diría que “Alfonso XIII pertenecía a la clase temible de los sujetos medio-listos que quieren entender de todo, y, bajo las adulaciones cortesanas, había llegado a creer que reunía condiciones extraordinarias”. Circularon acusaciones de que el Rey buscaba la riqueza del brazo de la aristocracia y la nueva clase financiera, que le entrega acciones liberadas de sus empresas y, en el ámbito ya personalísimo, se le acusó de cobardía por dejar a su mujer y a sus hijos, uno de ellos enfermo, cuando precipitadamente abandonó España en la anochecida del 14 de abril de 1931.

b) Línea encomiástica de la figura de Alfonso XIII.

Como historiadores de esta línea se sugiere a Cortés-Cavanillas, la infanta Pilar de Baviera, Chapman-Huston, Seco Serrano, Tusell, Sencourt, Petrie, Pemán, el conde de Villares y otros, basando su clave de defensa en el españolismo del Rey, simpático, campechano, próximo y patriota, patriotismo cultivado, desde su niñez, en el ambiente del desastre del 98, lo que le colocó, culturalmente, en el ámbito del regeneracionismo, con todo lo que de positivo (apego a la modernidad,…) y de negativo (escaso afecto por la democracia) conlleva la tesis regeneracionista.

El patriotismo, más emocional que reflexivo, de Alfonso XIII le identificaba con el Ejército, lo cual tiene su lógica.

Para los autores afines a la línea encomiástica, el problema no fue Alfonso XIII sino los políticos de los partidos dinásticos. No rompió el Rey la unidad interna de los partidos sino que intervino para paliar la rotura que ya se había producido en los mismos.

Alfonso XIII estaba identificado con su pueblo y con el Ejército. Estaba, también, empeñado en la modernización de España, dada su raíz regeneracionista. Era, al decir de los encomiásticos, mucho más inteligente que sus ministros, “cucos parlanchines” y “politicastros”.

El Rey cumplió con sus obligaciones, contenidas en la Constitución de 1876, que establecía la soberanía compartida y se vio obligado a intervenir en la vida política por la debilidad y fragmentación de los partidos dinásticos, así que la culpa no fue del Rey sino de un régimen, el de la Restauración “públicamente desposado con la libertad y secretamente enamorado del absolutismo”, en palabras del monárquico Goicoechea, pero Alfonso XIII era un Rey demócrata en el sentido de que atendía el pálpito del pueblo, frente a los oligarcas y caciques parlamentarios que falseaban dicho pálpito y así diría Luca de Tena que “algunas veces, no se necesita las urnas para manifestarse”.

Llegaría Seco Serrano a afirmar que “La labor de Alfonso XIII en el trono consistió, desde el primer día, en abrir el paso, a través del círculo de ficciones  en que había degenerado el sistema político de la Restauración, al auténtico latir de una opinión que el tinglado constitucional le daba falseada”, con lo que los encomiásticos parecían confundir la democracia con el populismo.

Frente a los tres hitos históricos con los que Alfonso XIII se encontró, la tesis encomiástica daba  réplica a la interpretación crítica de contrario:

– En 1909 Maura fue apartado porque se enfrentó a la corona y en un reino sólo puede haber un Rey, a juicio del conde de Villares, y porque el Rey no podía prescindir de los liberales, en opinión de Seco Serrano, pero tal decisión rompía la “solidaridad tradicional de conservadores y liberales” fomentando la atracción liberal por las izquierdas. Garcia Escudero señalaría que el año 1909 fue fatídico para la Monarquía: “No trato de arrojar ni sombra de duda sobre las intenciones. Pero me parece claro que en 1909 se jugó la suerte de la corona y se hizo inevitable 1931” ;

– En 1923, el Rey percibió el grave riesgo revolucionario que se cernía sobre España, frente a la debilidad del sistema y la indiferencia de los partidos dinásticos y se vio obligado a aceptar el golpe de Primo de Rivera, aunque sin participar en el mismo.

– Por lo que se refiere a 1931, la II República llegaría porque los políticos monárquicos se negaron a defender la Monarquía y hubo de hacer el sacrificio inútil de resignar el poder para evitar una guerra que llegaría cinco años después, aunque si hubiera estallado en el año 1931 los vencedores hubieran sido los revolucionarios y dilatada la tragedia hasta 1936 permitió la victoria de las fuerzas del orden.

Puede concluirse en que, para los encomiásticos, la figura de Alfonso XIII cimentada en el patriotismo estuvo por encima de las circunstancias, cometiendo el pecado de amar más a España que a la Constitución de 1876.

c) Línea academicista en la investigación sobre Alfonso XIII.

Recuerda el editor que, desde la academia, los historiadores han asumido las dos líneas tradicionales referidas y han creado un tercera línea, intermediada, analizando, de manera monográfica la figura del Rey, cuando en la Universidad se abrió camino el género biográfico y se superó la restricción mental de considerar al Rey en el bloque oligárquico de poder.

Así Guillermo Gortazar estudió las finanzas del Rey y desmontó la tesis tradicional de un enriquecimiento ilícito, pero reconocía la participación financiera en iniciativas de modernización de España, mientras que Juan Pando pondría en evidencia sus acciones humanitarias en la I Guerra Mundial.

Desde la perspectiva política, Jesús Pabón defenderá la estricta constitucionalidad del apartamiento de Maura, no puesta en cuestión ni por el Duque de Maura  ni por Fernandez Almagro. Realmente una Constitución basada en la co-soberanía aportaba enorme capacidad de actuación al Rey de modo que el problema clave estuvo en que el régimen no evolucionó, como en otros países, de una Monarquía de co-soberanía a una Monarquía parlamentaria y democrática, lo que hizo que el Rey ocupara los ámbitos de poder que debieron ocupar las fuerzas políticas y que no lo hicieron por su extrema debilidad originada por su falta de respaldo popular.

El profesor Tusell, considerando que el Rey ocupó un espacio político por la fragmentación de los partidos dinásticos y no al revés, se colocó más cerca del criterio del duque de Maura que veía al Rey dedicado a “hilvanar descosidos, zurcir rotos, estimular abnegaciones, aunar voluntades” que de la tesis del conde de Romanones, preterido en la voluntad del Rey por Garcia Prieto, que veía en el Rey en la voluntad de practicar el “divide et impera”.

En lo atinente a la política militar, el editor nos recuerda las discrepancias abiertas entre historiadores, para Tusell el Rey ni dio ni ordenó el golpe, ni favoreció su vitoria, aunque aceptó el hecho consumado, mientras que Olábarri estima que si el cuartelazo era evitable y si el Rey se hubiera decantado por la legalidad las guarniciones le hubieran seguido, lo que ratificó Shlomo Ben-Ami.

Para Gortazar tras el golpe de 1923 estaba el fiasco de Marruecos, de modo que con la llegada de los militares al poder se garantizaba la impunidad de las responsabilidades de los militares y del propio Rey. En definitiva, con la acción u omisión del Rey, el golpe de Primo de Rivera se explica por la tendencia antiliberal, absolutista y antiparlamentaria del Rey.

Carr y Ben-Ami mantuvieron que el golpe de Primo de Rivera se produjo en el tránsito de la oligarquía a la democracia, operación que pretendía el gobierno de concentración liberal que, además, estaba empeñado en la depuración de las responsabilidades del desastre de Annual, mientras que Tusell y Seco niegan cualquier intento de democratización en la época. Para los primeros Primo de Rivera estranguló a un recién nacido y para los segundo, el general enterró un cadáver.

d) Aportación del libro que se recensiona.

Afirma el editor que de los argumentos y descripciones aportados por los distintos autores, cabe “extraerse como mínimo tres consideraciones generales”:

1ª.- Se desmiente la visión monolítica de Alfonso XIII para aceptar, como no puede ser de otra manera, que el Rey sufrió a lo largo de sus veintinueve años de Reinado una evolución personal que trascendió a sus funciones, concretándose esta evolución en el tránsito de un “nacionalismo liberal con tintes regeneracionistas a un cierto nacionalcatolicismo militarista y reaccionario”.

2ª.- No aparece un Rey débil superado por las circunstancias sino “un actor capaz de adoptar iniciativas y llevarlas a cabo”, actuando en sus funciones con un amplio margen de libertad y, por tanto, cabe concluir en que cabe asignarle una alta cuota de responsabilidad en los aciertos y errores de su Reinado.

3ª.- Alfonso XIII no favoreció el tránsito del régimen liberal de la Restauración en un régimen democrático.

En las siguientes páginas de la presente recensión trataremos de contrastar estas tres señas de identidad del Reinado de Alfonso XIII, porque son las claves para establecer la intrahistoria de los tres hitos que marcaron el mismo, 1909, 1923 y 1931.

Con la brevedad posible ante tan denso trabajo, repasamos las aportaciones de los distintos autores, que se dedican a analizar desde diversas perspectivas la figura de Alfonso XIII.

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