Discurso de Albert Boadella en agradecimiento al Premio Sociedad Civil

Discurso de Albert Boadella en agradecimiento al Premio «Sociedad Civil 2014», de civismo, recibido en el Ateneo de Madrid el 8 de abril de 2014.


A lo largo de los tiempos se ha relacionado nuestro gremio de comediantes con una cierta imagen de libertad. Posiblemente, lo ha sido por las formas de expresión artística (muchas veces en el límite de lo permisible según los dogmas del momento) pero también esta libertad ha quedado asociada a los modos de vida de nuestro oficio, ya que hasta la masiva apertura de los armarios, el mundo de la escena actuó como el único refugio tolerado donde convivían armónicamente toda clase de tendencias morales. Y este concepto de libertad al margen de las costumbres imperantes, ha sido más o menos real hasta llegar a la época actual.

En nuestro tiempo la atracción ejercida por las asignaciones de la socialdemocracia han producido una disminución en la tradicional osadía dialéctica de la farándula y una interesada docilidad de sus integrantes. El tributo de vasallaje de los artistas hacia las distintas administraciones ha hecho mella en sus contenidos y postulados y por consiguiente la independencia del pensamiento ha quedado notablemente reducida.

¿Por qué considero que existe hoy un déficit en cuanto al sentido de independencia en mi gremio? Les pondré un sencillo ejemplo que seguro que habrán observado. Es muy simple. Se trata solo de un gesto que puede parecerles intrascendente y que sin embargo considero muy significativo en relación al concepto de libertad. Los que son espectadores de teatro habrán reparado como, actualmente, durante los aplausos al final de una obra, entre los saludos, los actores levantan insistentemente el brazo señalando hacia el fondo de la sala.

El público queda algo desorientado ante el gesto y muchos piensan que quizás señalan al autor que está sentado en las últimas butacas pero claro, cuando se trata de Sófocles o Cervantes, pues no hay lugar para esta deducción ¿A quien señalan entonces? Señalan a los técnicos.

Los actores quieren simular que la excelencia y la pericia individual de su trabajo es algo secundario pues lo esencial es el colectivismo. Muy magnánimos ellos, naturalmente. Sitúan su exquisito y difícil trabajo de artistas a la altura del empleado que pone el DVD.

No quieren sentirse élite ¡Claro!

A pesar de su insignificancia, el gesto viene a revelar el complejo que atenaza hoy nuestro gremio. Un gremio ebrio de teología sindicalista con todo lo que ello significa. Y lo más sorprendente es que algunos teatros públicos obligan a los actores a realizar el estrambótico gesto. O sea, que ya tenemos a la administración, también administrando doctrina niveladora entre las artes. Obviamente, no es más que un detalle pero, como por deformación profesional, acostumbro analizar los detalles más que los grandes conceptos, creo que es un detalle indicador del igualitarismo dominante en nuestra sociedad, el cual también acabado contaminando las disciplinas artísticas.

La consecuencia directa es que los artistas se parecen cada día más los unos a los otros, y es que también les gusta parecerse. Detestan la diferencia. Por ejemplo, a los de mi gremio les encanta considerarse obreros de la escena. Pensar libremente fuera de los dogmas progres les aterroriza y no digamos nadar a contracorriente ¿Quién se atreve hoy a no adherirse a las grandes retóricas? La paz y la solidaridad universal, la tolerancia, el ecologismo, la igualdad, el derecho a decidir o el derecho a recibir.

¿Cómo no ser embajador de semejante derrame filantrópico? Con lo fácil que resulta. No es necesario hacer nada ¡Por el solo hecho de proclamarlo públicamente ya se está del lado de los buenos!

¿Han visto ustedes en la actualidad algún artista defendiendo… el orden público, la aplicación rigurosa de la ley, el control de los flujos migratorios, reivindicar la selectividad y la excelencia en la educación, el libre mercado, la familia, o simplemente denunciar los excesos intervencionistas de los Estados en la cultura? Más bien hemos visto todo lo contrario. El rechazo a expresar una opinión diferente para no arriesgarse a disentir del masivo y empalagoso criterio buenista. Y eso nos ha llevado a ver actitudes tan indignas como el escapismo intelectual de mi gremio ante hechos tan graves como el terrorismo.

Tales posturas han llevado la mayoría de los artistas a una militancia implícita en favor de una sola inclinación política y la demonización de la otra. Se han sumergido en el goce incestuoso del pensamiento único.

En la época de las máximas libertades cívicas asistimos a la paradoja de una descarada parcialidad. Pero una parcialidad muy interesada porque, casualmente, se está del lado proteccionista. O sea, lo más antagónico a la práctica de la libertad individual.

Y las artes sin esta libertad de pensamiento son simples productos de consumo. No tienen incidencia alguna sobre el criterio de los ciudadanos como había sucedido en otras épocas. En este sentido, me atrevo a sentenciar que los contenidos socialdemócratas han ejercido una sibilina perturbación en mi gremio.

Claro que después lo han imitado todos incluido el actual Gobierno. La política intervencionista y el subsidio indiscriminado han diluido la selección natural del arte.

Todo es susceptible de estar al mismo nivel. Velázquez es lo mismo que Tapies. Mick Jagger es igual a Mozart. Y es lógico que tache esta política proteccionista como una grave perturbación porque, imagínense si la naturaleza hubiera sido socialdemócrata. Pues ya no existiríamos como especie.

Todo lo humano tiende a la putrefacción y allí donde no hay selectividad hay decadencia.

El arte es una de las cosas más bellas que los humanos podemos ejercer en esta vida. Es confortar al prójimo con el deleite que proporcionan la inteligencia y la belleza pero no se puede hacer nunca asumiendo y proclamando las tesis de la masa, sino muy a menudo, enfrentándose a esta.

Una de las misiones esenciales del arte es precisamente su función terapéutica. Es recomponer la realidad autentica y profunda de los acontecimientos humanos ante la sociedad. Porque las sociedades tienden a huir de lo real y refugiarse en las ficciones sedantes.

Conozco en carne propia la exacerbación y las consecuencias de este impulso colectivo pues me tocó convivir muchos años entre una comunidad que lentamente fue pasto de una ilusoria ficción. Una ficción instigada además por una paranoia fratricida hacia el resto de ciudadanos españoles.

Hablo de paranoia porque no existía, ni existe agresión alguna desde el exterior que justifique dicha patología. Los anticuerpos que podían frenar la epidemia fueron disminuyendo lentamente ya que el reparto de sinecuras al por mayor, iba enmudeciendo a los que, precisamente, tenían la obligación de ejercer su labor de terapia social. Me refiero, naturalmente, al mundo de la cultura y de las artes.

El déficit de libertad era cada vez mayor ya que todos participaban de la ficción hacia un ilusorio y colosal futuro. Un invento inducido y propagado desde los medios bajo la tutela política. Una tutela muy bien remunerada a empresas y periodistas, para que cumplieran escrupulosamente las líneas establecidas desde el Gobierno. Algo tan esencial para el funcionamiento democrático como es la independencia de los medios fue automáticamente dinamitada.

Pueden comprender que enfrentarse a ello significaba la posibilidad de convertirse en vil traidor si la epidemia alcanzaba una mayoría, como así ha sucedido.

Y les cito este episodio de sobras conocido, no por querer destacar una vez más mi actitud frente este masivo exterminio del sentido común, sino que deseo señalar ante ustedes, la trascendental importancia de un arte y una cultura libres e independientes de los signos políticos dominantes.

Unas artes que solo pueden alcanzar las máximas cotas de calidad y utilidad pública bajo un sentido liberal de las expresiones culturales. Dejando que la excelencia se imponga por si misma. Sin intervencionismo. Dejando que sean los ciudadanos quienes establezcan la selección. No los Gobiernos.

Si así hubiera sucedido, hoy la tierra en la que nací, no estaría sumida en la esterilidad de una cultura basada en algo que recuerda los principios fundamentales del movimiento. Una cultura que ha dejado de ser útil al ciudadano responsable, porque sus artistas, no han tenido ni el coraje ni el valor para practicar la simple libertad de nadar a contracorriente.

En definitiva, en esta circunstancia, el civismo de los protagonistas culturales ha brillado por su ausencia y ha permitido la expansión del pensamiento único.

Y así, el reparto de “mamandurrias” como acostumbra a decir mi querida Esperanza, ha obtenido un éxito sin precedentes pero de unas consecuencias letales.

Sin unos artistas independientes y libres, la sociedad sufre un desconcierto en sus ideas, en sus gustos, en sus emociones o en sus referentes. No hay más ver como nos aferramos hoy a los grandes artistas del pasado y las largas colas para presenciar sus obras. Y como Shakespeare, Lope, Beethoven o Verdi, siguen su influjo desde los primeros puestos de la Champions cultural.

Sufrimos un gran déficit de libertad en la cultura de hoy y solo es posible cambiar este signo huyendo de toda sumisión a las estructuras políticas del Estado y sus procedimientos de control proteccionista.

Hay que restablecer un arte atrayente capaz de seducir al público para que este garantice nuestra libertad con su sostenimiento. Exactamente como sucede en el mundo del comercio. Es un principio natural y de gran efectividad por el cual han florecido las mejores cosas de la humanidad.

Cuesta lo mismo acostumbrarse a lo feo que a lo bello, por lo tanto, debemos convertir a los ciudadanos en clientes de la belleza y la inteligencia. Y si nos hacemos ricos con ello, pues mucho mejor. Ningún complejo. No es necesario el gesto de señalar a los técnicos. Habremos triunfado doblemente porque además restituiremos la independencia y la libertad individual.

Porque permítanme que finalice diciéndoles que la libertad no es un concepto abstracto, ni una filosofía, ni tan siquiera una idea. Ni es cosa de héroes. Es un impulso natural de nuestra conciencia que nos conduce en ciertos momentos a pronunciar simplemente dos monosílabos: Sí o no.

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