cobardia

Un artículo de Mari Pau Domínguez (ABC, 16/11/2017)

Cobardía

Mientras Puigdemont persiste en el ridículo de hacer creer al mundo que en uno de los países más garantistas de Europa, como es España, hay presos políticos, yo intentaré abrazar el sueño del pasado, aquellos tiempos en los que Cataluña tuvo otros presidentes de mayor altura y calado. Políticos valientes que antepusieron el interés de su pueblo a los suyos propios, con principios morales en los que jamás se contempló la cobardía.

Noche del 13 de enero de 2012. El buque de recreo “Costa Concordia” choca contra unas rocas y se hunde frente a la isla italiana de Giglio. El capitán siempre es el último en abandonar su barco en caso de hundimiento, según la normativa universal de marinería. Sin embargo, el capitán Francesco Schettino, condenado a dieciséis años de cárcel por el naufragio, se lanzó a una de las barcas de emergencia y abandonó el buque en pleno hundimiento, cuando, a mayor vergüenza, él había sido el responsable de que el “Costa Concordia” encallara al haberlo conducido indebidamente saliéndose de su ruta oficial.

El caso de Schettino dio la vuelta al mundo acompañado de un adjetivo que nadie cuestionó: cobarde. Aunque habría que añadir también irresponsable. Si nos remontamos más de un siglo atrás, al 14 de abril de 1912, el propietario del “Titanic”, Joseph Bruce Ismay, se convirtió en otro cobarde ilustre al ser uno de los primeros en abandonar su propio trasatlántico de lujo mientras se hundía entre los restos del iceberg contra el que había colisionado entre la niebla.

A Cataluña han intentado convertirla en un barco a la deriva en medio de la bruma independentista. Quienes lo han hecho, paradójicamente, son aquellos designados para todo lo contrario: para regirla, guiarla, gestionarla y atender las necesidades de los ciudadanos. En definitiva, quienes gobernaban y ahora han sido suspendidos en sus funciones por saltarse las leyes vigentes en el territorio español. Todos y cada uno de los consellers del gobierno intervenido, con su presidente a la cabeza, Carles Puigdemont, sabían perfectamente que sus actos cometidos fuera de los confines legales de la Constitución les conducirían a la actual situación, no sólo la de tener que abandonar sus cargos sino también la de los posibles efectos penales. Pero nada les importó. Siguieron sin salir de su realidad paralela. Y el barco cada vez iba más a la deriva. Las empresas fueron abandonando Cataluña (cuando los gobernantes independentistas, es decir que sólo gobernaban para una parte de los catalanes que ni siquiera es mayoritaria, defendían que ninguna empresa radicada en suelo catalán se marcharía). En el momento de escribir este artículo son ya dos mil trescientas. Hoy ese número habrá crecido.

Todos ellos estuvieron sacando pecho mientras lanzaban soflamas vacuas como las de “queremos la república para no ser súbditos de la monarquía” (gran desconocimiento de la evolución histórica gracias a la cual los españoles hemos dejado de ser súbditos para ser ciudadanos al estar sometida nuestra monarquía al funcionamiento parlamentario); “aspiramos a ser más libres” (¿en un lugar gobernado por quienes actúan fuera de la norma legal que garantiza escrupulosamente todos nuestros derechos y libertades, como es la Constitución española de 1978?); “preferimos la independencia para no tener la corrupción del PP y del Estado español” (con tan sólo una palabra, Pujol, no habría que decir más al respecto). Podríamos llenar páginas de este periódico desgranando las majaderías que han propagado quienes están llevando a Cataluña a una súbita recesión económica que […]

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Un artículo de Mari Pau Domínguez, publicado en ABC el 16 de noviembre de 2017.

 

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