Un artículo de Xavier Pericay (EL MUNDO, 11/5/2019)

«El apoyo de la gran burguesía al nacionalismo catalán ha sido indecente»

Viene a la entrevista contento de la primera ejecutiva de Ciudadanos después del 28-A. «Llegamos bien a la segunda parte de las elecciones», afirma Xavier Pericay Hosta (Barcelona, 1956). Filólogo, escritor, profesor universitario y periodista, fue uno de los 15 intelectuales que fundaron Ciudadanos hace tres lustros. Aceptó en buena lid su derrota en las primarias de Cs en Baleares, pese haber sido su cabeza visible durante los últimos cuatro años. Ahora se siente «castigado» por «los señores y las señoras» que se han hecho con las riendas de este partido en las islas. «Vivo la política como un paréntesis, aunque me hubiera gustado que fuera más largo», admite. Preguntado por José Ramón Bauzá y el resto de fichajes de Cs procedentes del PP y el PSOE, responde con un elocuente circunloquio: «Toda incorporación de talento es buena. El problema es saber qué es talento. Una lista electoral tiene un número definido de puestos. El talento exterior no puede ir en detrimento del talento interior. Y dentro del partido hay mucha gente con talento». Pero, al margen de su actividad política, a Pericay le avala una trayectoria académica cuajada en el estudio filológico. El actual responsable de Educación de la formación naranja incardina la batalla contra el nacionalismo catalán, al que cartografía como una «secta mafiosa», con el ideal de libertad, igualdad, fraterninad… y unidad. Amigo del poeta Joan Vinyoli, es un afrancesado curtido en la disidencia. De joven se hizo del Espanyol, después se rebeló contra la obediencia religiosa y, finalmente, se levantó contra la normalización nacionalista. Trabajó en Diario de Barcelona y colabora con Abc. Ha impartido clases en la Universidad Autónoma de Barcelona y en la Universidad Ramon Llull. Autor, entre otros libros, de Filología catalana: Memorias de un disidente (Barataria) y Josep Pla y el viejo periodismo ( Destino), y coautor, junto a Ferran Toutain, de Verinosa llengua y El malentès del noucentisme. Está considerado uno de los mayores especialistas en la obra de Josep Pla, quien en 1932 no ocultaba que la política catalana le interesaba «cada vez menos» por la creciente «saturación de provincianismo» y la fatiga que le producía el «caotismo» reinante. Una radiografía vigente que Pericay se encarga de actualizar con la mezcla intelectual y jacobina de la élite fundadora de Cs.

¿El ‘no es no’ de Albert Rivera al PSOE se va a mantener durante toda la legislatura?
Lo ignoro. A día de hoy, es rotundo. Y tiene razón de ser. Está muy bien que Sánchez diga que el marco es la Constitución, aunque cualquiera puede discutir si él se ha comportado dentro, fuera o al borde de este marco. Sánchez ha dado muestras de tener voluntad de traspasar este límite. No digo que lo haya hecho, sino que ha dado muestras de querer hacerlo. Por tanto, sería mal negocio pactar con este PSOE para cualquier partido que realmente crea en los principios republicanos de libertad, fraternidad, igualdad y unidad, como habitualmente recuerda mi amigo Félix Ovejero. Unidad de la nación de ciudadanos.
¿La foto de Colón fue el gran error que explica el resultado del 28-A?
Yo estuve en Colón. Fue extraño. Convocamos nosotros, después se sumó el PP y al final se añadió Vox. No era una convocatoria unitaria, pero al final acabó siendo eso. La imagen se ha utilizado como icono por parte de la izquierda, como lo fue la de las Azores, salvando las distancias. No es una foto que ayudara a Cs, visto desde una perspectiva de centro. Es mi postura personal. Hay que andar con cuidado con estas cosas porque a la gente le queda mucho el recuerdo gráfico de las cosas, más allá de los discursos.
Cs eliminó la socialdemocracia de su ideario y abrazó lo que denomina el «liberalismo progresista» en su asamblea de febrero de 2017. Después se ha completado con una estrategia de veto al PSOE. ¿Fue un acierto de Rivera girar hacia la derecha?
Hay términos que antes cumplían una función diferenciadora. Esto ocurría con la socialdemocracia. Hoy en día, el Estado del bienestar ha sido asumido como punto de partida de casi cualquier programa político. Definirte como socialdemócrata no es añadir nada. Lo que marca la distinción es definirte como liberal. Esto es lo que permite a Ciudadanos anclar una posición propia. Es cierto que hay muchos tipos de liberalismo, especialmente si ahondamos en la teoría política. Pero al final es una marca asociada a Cs. Fernando Savater sostuvo en un artículo en El País, en los comienzos de UPyD, que de la misma forma que el PP tiene incorporadas propuestas progresistas, el PSOE también ha asumido ideas conservadoras. El progresismo, por tanto, depende mucho de lo que haces, no tanto de lo que dices. La rebaja fiscal, la homogeneización de la Selectividad, la tarjeta única sanitaria, la reforma de la financiación autonómica. Con eso se demuestra el compromiso por la igualdad.
¿La fuerte personalidad de Rivera es un lastre o un activo para Cs?
Nadie ha discutido la capacidad de Rivera de liderar este partido. Y nadie ha visto la necesidad de sustituirle. Ahora bien, después del 26-M, cuando tengamos capacidad de gobierno en muchos lugares de España, habrá que ver qué es Cs. Hasta ahora ha ejercido de bisagra. Ahora va a gobernar. Y las figuras políticas destacan en función de la capacidad de gestión que pueden acreditar. Eso permitirá visualizar otros líderes en la organización.
Los sondeos auguran una reedición del ‘Pacte’ entre PSOE, Podemos y Més. ¿En qué consiste la política pancatalanista que ha denunciado en Baleares?
Básicamente, se sostiene no sólo en los pactos con los nacionalistas sino en la creencia en los Países Catalanes, en una unidad política más allá de la que consagra la Constitución y en el hecho de que es lícito aspirar a un territorio que nunca ha existido como Estado. La unidad de la lengua legitima la nación que se supone hay detrás de cualquier nacionalismo cultural. Esto es en lo que cree Francina Armengol [presidenta socialista de Baleares]. El modelo Armengol es el catalán trasladado a Baleares. La sociedad balear es muy distinta a la catalana, afortunadamente para los que vivimos en ella. Es mucho más reactiva a esas formas de nacionalismo. Pero lo que ha sucedido estos años en Baleares es la inmersión lingüística y la obligatoriedad del catalán en la Administración y en el acceso a la función pública. El problema de la inmersión no es lingüístico ni atañe a la cohesión social. Todo eso son mandangas. El problema es que si a un niño le hablas solo en catalán, si le enseñas unos mapas que se limitan a lo catalán, si les cuentas cuentos solo en catalán y si le enseñas canciones solo en catalán, le estás inoculando esa visión del mundo. Yo fui inmersionado en francés en el Liceo Francés de Barcelona. Mi padre era catedrático de instituto y en ese momento el Estado franquista le concedió el privilegio de escolarizar a sus hijos fuera del sistema español del momento pagando solo el 10% de la matrícula. Gracias a esta prebenda, mis hermanos y yo tenemos algo que no tiene precio: una cultura francesa. Pero lo importante es el concepto de libertad. Tengo respeto por la cultura catalana previa a la Guerra Civil, especialmente, el Noucentisme. Pero cuando la inmersión es obligatoria, a muchos castellanohablantes procedentes de familias con dificultades les estás perjudicando su rendimiento escolar. El objetivo de la inmersión lingüística no es pedagógico, sino controlar la enseñanza.
¿Qué pasos deberían darse a partir de ahora?
Hay que vincular la educación con la realidad plural de este país. Si esto se hiciera en Cataluña y Baleares, tendríamos mucho ganado. Primero porque las familias, libremente, podrían decidir en qué lengua quieren escolarizar a sus hijos. Una de las falacias del nacionalismo dice que la lengua es un elemento de cohesión, y que eso justifica que los niños estudien en una sola lengua. Esto empezó a aplicarlo Convergència con el silencio socialista. Es absurdo. Los elementos de cohesión social son de carácter económico.
En ‘Filología catalana. Memorias de un disidente’ explica cómo el nacionalismo elevó a Salvador Espriu a poeta nacional de Cataluña. Después llegó la ‘Nova Cançó’ (Raimon, Llach, Mª del Mar Bonet) y, finalmente, Miquel Martí i Pol tomó el relevo de Espriu. ¿El vínculo entre cultura y patria es inevitable en Cataluña?
El nacionalismo, tristemente, crea este vínculo. No hay cultura al margen de la lengua y no hay patria al margen de esta lengua. A partir de ahí, estás encerrado. La cultura catalana, desde el pujolismo, está subvencionada y se valora a partir de estar escrita en una determinada lengua. El nacionalismo es la forja de los mitos identitarios. Y es verdad que en tiempos de dictadura, esto se entiende. Incluso se puede apreciar. Pero cualquiera que analice L’estaca como canción y como producto verá que no se aguanta por ningún lado desde el punto de vista musical. Algunas cosas de la Nova Cançó están muy bien, pero no se puede comparar a la chanson française.
En el prólogo de sus memorias, Jon Juaristi aborda el empeño de la izquierda en compatibilizar las «lealtades aparentemente contrapuestas de nación y clase». ¿Esto se explica por la militancia antifranquista de la izquierda o hay causas más próximas?
Difícilmente el concepto de nación, entendido desde el republicanismo clásico, se puede asociar al concepto de lucha de clases. Lo que la izquierda ha hecho con este tema es trasladar conceptos como el de clase oprimida a lengua, cultura y nación oprimidas. Y eso es una verdadera aberración porque es un constructo. No tiene nada que ver con la realidad. Las lenguas no tienen derechos. Y esos derechos no dan pie a romper todo lo que hay alrededor. El procés ha unido a Xavier Trias, de familia de rancio abolengo, con los Rufián. Si tú crees en la igualdad no puedes blanquear al nacionalismo, lo que a su vez lleva a blanquear la corrupción o a exigir solo jueces catalanes. Pujol defraudó desde que fue elegido presidente de la Generalitat y el 3% de CDC se mantuvo durante décadas. Los Lara, los Oliu, los Godó… La gran burguesía pactó con Pujol, con Maragall y con Mas. El colaboracionismo de sectores puntales de la sociedad catalana con el nacionalismo ha sido absolutamente indecente. Es una de las grandes vergüenzas del proceso catalán.
¿ERC es fiable para buscar alguna salida?
Esquerra finge el papel de pragmático frente a Puigdemont. Hay algo en Junqueras que le acerca a Companys, que es una idea trascendente y una voluntad de autovictimización. Esa cosa mesiánica, esa idea sacrificial. En el caso de Companys, como él tenía un pasado anarcosindicalista de abogado, se le reprochaba desde el sector radical de Estat Català que no era suficientemente catalanista. Esto explica el golpe de octubre de 1934. Ahora, la radicalidad de Puigdemont da una pátina de moderación al resto. Junqueras acepta el medio plazo convencido de que no va a ceder en nada. Es una persona que si pudiera pasar el resto de su vida en la cárcel, lo haría gustoso. No desea salir. Perdería el relato de victimario.
Puigdemont resistió en las elecciones generales en la Cataluña rural. ¿Herencia carlista?
Absolutamente. Hace mucho tiempo que el nacionalismo es carlismo. Y la prueba es el peso del elemento religioso. El tradicionalismo más reaccionario crea un nexo muy interesante con el País Vasco. El carlismo como fenómeno antiliberal explica por qué el nacionalismo no es compatible con el progreso. El independentismo no es un movimiento popular sino de élites que han utilizado la Administración para movilizar a entidades subvencionadas.
Desde 2012, las elecciones muestran que el independentismo se sitúa en el 47% de los apoyos en Cataluña, al margen de la correlación de fuerzas dentro del bloque soberanista. En las últimas generales bajó al 39%. ¿Cómo debe operar el Estado ante una división política tan pétrea entre la ciudadanía catalana?
El ciudadano necesita tener la certeza de que el Estado de derecho no va a ceder. Estamos ante una secta mafiosa que chantajea a los catalanes no nacionalistas y al conjunto del Estado. La vía unilateral ha fracasado, así que la […]Leer completo en EL MUNDO

Un artículo de Xavier Pericay en EL MUNDO el 11 de mayo de 2019.

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