Un artículo de César Antonio Molina (EL MUNDO, 17/10/2018)

El fin de los moderados

Cuenta el que fuera profesor de Filosofía en la Universidad de Turín y senador vitalicio de la República italiana, Norberto Bobbio, que en una revista de extrema derecha denominada Elementi, el ultraderechista y fundador de la Nuova Destra, siguiendo las tesis del francés Alain De Benoist, Solinas, había escrito con rotundidad lo siguiente: “Nuestro drama actual se llama moderación. Nuestro principal enemigo son los moderados. El moderado es por naturaleza democrático”. Y el propio Bobbio, refiriéndose a un editorial de otra cabecera de sentido absolutamente contrario, Il Manifesto (“el periódico-ficción más izquierdista del Partido Comunista italiano”, como lo definían sus críticos), subrayaba estos párrafos que coincidían perfectamente con los anteriormente apuntados: “El extremismo es más sabio y menos peligroso que el centralismo biempensante. El extremismo es la sabiduría del momento presente”.

¿Hasta cuándo podrán seguir moderándose los partidos constitucionalistas a medida que el movimiento en la calle se vaya haciendo cada vez más permanente, resistente e insurgente? Los extremismos, entre ellos el nacionalismo identitario, tienen en común la antidemocracia. Es decir: un odio compartido al orden establecido libremente, basado en las leyes. En El Critón de Platón se remarca que no se pueden cambiar las reglas cuando no nos son favorables. Lo que hoy son la Asamblea Nacional Catalana, Òmnium Cultural o los cada vez más influyentes comités de defensa de la república fueron antes las escuadras de acción precursoras, a modo de asociaciones delincuentes, del fascismo.

El fascismo no nació, como vulgarmente se cree, en Italia, sino en Francia a finales del siglo XIX. Fue una reacción contra las Comunas. Sternhell, en Ni derecha ni izquierda -un libro de ya hace tiempo-, se refiere a una confluencia del socialismo de izquierdas con el nacionalismo de derechas. Habla de confluencia, pero también utiliza la palabra síntesis. Ambos movimientos coincidían en tomar como chivos expiatorios de todos los males a la democracia liberal. Es decir, a la derecha moderna y moderada, y a la socialdemocracia, la izquierda más suave y progresista.

Las denominaciones de derecha e izquierda fueron utilizadas por primera vez durante la Revolución Francesa. No existe una única izquierda como, por otro lado, también hay varias derechas. Las ideas políticas no son un continente, ni siquiera una península, sino un archipiélago. Pero los límites a uno y otro lado están claros partiendo del cumplimiento de las leyes. ¿Las cumplen los nacionalistas? O lo que es peor ¿las han prometido y no las cumplen? Y si no lo han hecho, en uno u otro caso, ¿cómo el Estado de derecho puede permitirlo? De esta manera, quienes deberían hacerlas cumplir están colaborando con aquellos que proclaman su identidad distinta al resto de los españoles. Porque, si unos cumplimos con las leyes y otros no, sí que realmente unos son distintos y privilegiados sobre los otros iguales. Ya se pasó el tiempo de ese lenguaje político que en Italia se denomina politichese. La ambigüedad permanente, la ambigüedad como lenguaje, ya no el lenguaje de la ambigüedad. Pero, en realidad, en el país donde estamos viviendo en compañía de estas gentes prehistóricas es el reino del Gran Hermano llevado a su infinito. Las palabras tienen el significado opuesto al común. El fin de este desastre al que nos están abocando, paso a paso, y día a día sin cesar, es el de engañar tanto a sus supuestos destinatarios como al resto de sus conciudadanos españoles y europeos, quienes, involuntariamente, pero cada vez con mayor vértigo, se ven implicados en este triste y doloroso conflicto creado por unos pocos. Cuando vino la catástrofe de la Guerra Civil (una más entre otras muchas), María Zambrano escribió que el intelectual cesó de serlo para ser hombre. ¡Ay de aquellos que callan porque serán cómplices!

El nacionalismo es un proyecto de las élites políticas y económicas excluyentes. Se trata de engañar a los destinatarios del mensaje y, por tanto, imposibilitar la comprensión de lo que está ocurriendo realmente, a la vez que se interfiere en la comunicación recíproca entre los súbditos. El nacionalismo aparta al ciudadano y lo retrotrae a su anterior escala, a la de súbdito en el nuevo régimen absolutista que tratan de imponer. El nacionalismo utiliza las mismas artimañas que los populismos, de uno u otro signo, que buscan la ruptura radical con el statu quo. Por eso otorga el papel de tontos útiles a antisistemas de toda calaña. El fervor nacionalista, y esto no es de ahora, sino que proviene de los dos siglos anteriores pródigos y fecundos en estos males, destruyó la convivencia multirracial, lingüística y cultural y dio un paso atrás en el proceso civilizatorio. ¿No son estos principios los que debería defender cualquier Gobierno de izquierdas y no ser cómplice de sus propios enemigos irredentos?

El nacionalismo destruye la posibilidad de que un conjunto diverso de ciudadanos convivan como iguales. Es curioso como en dos grandes imperios como el austrohúngaro y el otomano se respetaron credos, lenguas, razas y culturas hasta que la Primera Guerra Mundial se lo llevó todo por delante, siendo rematado por la Segunda. El nacionalismo cultural, étnico, territorial y monolingüístico creó a ciudadanos excluyentes, aquellos que cumplían con las normas impuestas frente a otros arrojados a los campos de concentración. A la monarquía imperial le era fácil conceder la ciudadanía, pero las repúblicas nacientes temían de la influencia que estos votos pudieran tener en sus fines. El nacionalismo tiene instintos excluyentes. Es una de sus razones de ser. Su intención, como en el totalitarismo, es llevar a cabo la homogeneización y extender la represión contra quienes se opongan. La limpieza étnica trajo la democracia porque ya no quedaba nadie. El nacionalismo había incluso asesinado a los propios.

Frente a esta brutalidad, el futuro supranacional europeo peligra. El resurgimiento del nacionalismo se debe a la crisis económica y la corrupción de ellos mismos. Emerson, el gran filósofo norteamericano amigo y vecino de Thoreau, en la anotación que hace en su diario del 21 de diciembre del año 1822, escribe: “Aunque ya no queden bárbaros para invadir Europa y extender para siempre la memoria de su grandeza, sin embargo sus estados en descomposición, tal España, están amenazados de decadencia por la corrupción y las faltas inveteradas de su Gobierno”. ¡Triste fama!

El miedo a la globalización;a perder, supuestamente, sus raíces; la inmigración y la xenofobia, el ataque frontal contra la democracia y sus instituciones representativas, la fe en el autoritarismo, la violencia de nuevo industrializada, el impulso del patrioterismo y la proclamación de una cultura única y pura es lo que poco a poco se abre paso. El nacionalismo asume el monopolio moral de la representación (todos aquellos que se oponen a sus líderes caudillistas son antipatriotas, traidores, enemigos) y copa los medios de comunicación.

El nacionalismo entra en la privacidad de las vidas y se inmiscuye en la individualidad más sagrada. Lo queramos o no, el nacionalismo sigue siendo la ideología más malévola jamás inventada (y eso que hay otras muchas). Fue una desgraciada invención romántica. Contra ello, la educación sigue siendo el único antídoto. La educación verdadera y no inventada. La educación de la paz y la convivencia y no de las mentiras y el odio.

Las democracias no deben ni pueden volver a naufragar. Y si tienen que tomar posiciones menos benévolas en defensa de la razón tendrán que volver a hacerlo. El principal problema de la democracia son sus propios gestores acomplejados por no se sabe qué mala conciencia. Michael Ignatieff habla de adversarios en la política a quienes hay que derrotar magnánimamente; pero no de enemigos a […]

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Un artículo de César Antonio Molina publicado en EL MUNDO el 17 de octubre de 2018.


*César Antonio Molina es escritor, ex director del Instituto Cervantes y ex ministro de Cultura.

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