Un artículo de Manuel del Pozo (EXPANSIÓN, 28/3/2019)

Los populistas amenazan al automóvil

«Los políticos han hecho un daño tremendo al automóvil. Para conseguir votos se han vestido de ultraecologistas y han demonizado un sector básico para la economía española. Esto va a suponer miles de despidos». El directivo de una de las multinacionales con fábricas en España no se explica tanta insensatez. «No sólo es que sean irresponsables -añade-, es que son unos ignorantes que desconocen lo que es este sector y lo que supone para la economía».

El directivo se refiere, sin citarla expresamente, a la ministra Teresa Ribera, que el 11 de julio del pasado año lanzó una sentencia que supuso una auténtica bomba de destrucción masiva sobre el sector: «El diésel tiene los días contados». Las consecuencias fueron inmediatas. Las ventas de coches diésel, que suponían el 65% del mercado, cayeron a la mitad y los usuarios de vehículos con ese tipo de motores vieron bajar el valor de los coches que poseían. Esto creó un gran desconcierto entre los ciudadanos que retrasaron su decisión de compra. Las ventas de coches nuevos se paralizaron y el mercado comenzó a bajar. Ya se acumulan seis meses consecutivos de caídas en las matriculaciones: desde septiembre de 2018 a febrero de 2019.

Ecologismo a ultranza

Al disparate de la ministra le han seguido declaraciones de políticos populistas que, echando mano de tramposos argumentos medioambientales, han atacado ya no sólo al diésel sino también al resto de vehículos de combustión. El culmen del despropósito ha sido la decisión unilateral del Gobierno de Baleares de prohibir la circulación en las islas de vehículos diésel a partir de 2025, es decir dentro de 6 años. Los fabricantes han presentado una denuncia ante Bruselas porque consideran que «es una medida arbitraria, sin ningún respaldo técnico o científico, que obstaculiza la unidad de mercado en España y que incumple el derecho existente en Europa a la libre circulación de personas y mercancías».

Las empresas automovilísticas temen que la fiebre del populismo medioambiental que ha infectado incluso a partidos serios como el PSOE vaya a más tras las elecciones. Sus directivos son conscientes de que es necesario transformar el sector y que hay que reducir las emisiones y defender el Planeta de los gases contaminantes. Pero se debería hacer basándose en criterios científicos y tecnológicos, no enarbolando la bandera de un ecologismo a ultranza.

Las compañías consideran que es labor de los políticos marcar unos objetivos -como el de lograr que en 2040 los coches vendidos sean de cero emisiones-, pero dejar que sean las industrias las que encuentren la forma de conseguirlo. Las automovilísticas reclaman que no se les imponga por decreto una determinada tecnología. Y recuerdan las equivocaciones de los políticos con el coche eléctrico. Miguel Sebastián predijo en 2010, cuando era ministro de Industria, que en 2014 habría 250.000 vehículos eléctricos circulando por las carreteras españolas. La realidad fue que la cifra no llegó a los 1.700 coches.

Aunque se ha avanzado mucho, la tecnología del vehículo eléctrico no está todavía madura. Falta que se desarrollen baterías con mayor capacidad de acumulación de energía, con menor peso y tamaño y, sobre todo, más rápidas de recargar. Ahora, la batería más eficiente tarda media hora en cargarse, lo que supone que en días de mucho tráfico las colas en las gasolineras serían kilométricas. Tampoco hay que olvidar que el litio y el cobalto que llevan las baterías son metales muy escasos y están en manos de países poco fiables, con lo que son muy caros y elevan el precio tanto de las baterías como de los vehículos. Y todavía no está suficientemente desarrollada la infraestructura de los puntos de recarga ni a nivel de estaciones de servicio ni a nivel de usuarios domésticos. La mayoría de los edificios no están preparados para suministrar la potencia eléctrica que necesitan este tipo de vehículos.

¿Eléctrico o de pila de hidrógeno?

Esta falta de madurez del coche eléctrico ha llevado a algunos fabricantes a apostar por el vehículo de pila de hidrógeno, como es el caso de BMW. Su consejero delegado, Harald Kruger, se opone a que se imponga en Europa la vía única del vehículo eléctrico de baterías como alternativa para bajar emisiones. «Pedimos neutralidad tecnológica -dice el primer ejecutivo de BMW- y en nuestro caso vamos a desarrollar todas las tecnologías disponibles».

Este proceso de transición del sector del automóvil desde el motor de combustión al eléctrico o al de hidrógeno es de por sí muy complejo desde el punto de vista industrial y técnico, y va a requerir una gran reestructuración empresarial. En medio de esta profunda transformación lo menos conveniente es la intervención de políticos, al estilo de la ministra Teresa Ribera, que siguen al pie de la letra el estilo populista: ofrecer soluciones fáciles a problemas complejos.

Reducciones de empleo

Las negativas consecuencias de los ataques populistas al sector ya han comenzado a materializarse con las primeras reducciones de empleo. Nissan acaba de comunicar a sus trabajadores que recortará 600 empleos en Barcelona para garantizar la viabilidad de una fábrica que opera al 30% de su capacidad. La planta de Ford en Almussafes reducirá un 10% su producción al perder la fabricación de la nueva generación de las furgonetas Connect. PSA negocia realizar prejubilaciones en Figueruelas (Zaragoza) y estudia medidas de flexibilidad laboral en Vigo. Y tampoco se descartan medidas similares en la fábrica de Mercedes en Vitoria y en la que Iveco posee en Madrid. La otra cara de la moneda es el anuncio de que Seat producirá el modelo Cupra Formentor en la planta de Martorell y que desarrollará en  […]

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Un artículo de Manuel del Pozo en EXPANSIÓN el 28 de marzo de 2019.

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