Un artículo de Cayetana Álvarez de Toledo (EL MUNDO, 17/02/2018)

Plegarias desatendidas

Nevaba sobre los suburbios de Madrid con saña soviética. Una larga fila encogida bajo paraguas negros esperaba con impaciente devoción frente a la garita. Era ya de noche y no se distinguían sus caras ni su edad ni su sexo. Pensé: son los cadáveres del Gulag ártico, liberados de su sepulcro de hielo. Y me alegré al verles llenar el auditorio, protagonistas como lectores de algo más que un éxito editorial. En apenas dos semanas, Federico Jiménez Losantos ha vendido siete ediciones de su Memoria del Comunismo. Son muchos ejemplares de un libro gordo, denso, académico y también conmovedor por su delicado fondo biográfico y su cruda utilidad social. Federico no sólo guía a los tiernos españoles de la generación instagram por los sótanos del siglo totalitario. Paternal y patriota, también los arma intelectual y moralmente para combatir la amenaza de Podemos: Mal disfrazado de Bien. Para rechazar, sin abstenciones coquetas, la represiva vuelta de tuerca socialista a la Ley de la Memoria Histórica. Y para celebrar que Jaume Roures, el padrino mediático de Podemos y mayor rentista del fracaso español, sea por fin señalado por su apoyo al golpe del 1-O. El resultado es alentador: clic, clic, clic, clic en Amazon y colas en el Corte Inglés.

Escribió Santa Teresa que “se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas”. La frase le sirvió a Truman Capote para escribir una novela salvaje, sexy e inacabada; pero no es exacta. Hoy en España son las plegarias desatendidas las que más daño causan. Y las que explican un fenómeno que empieza a extenderse: la movilización espontánea de los ciudadanos y su búsqueda de respuestas al margen de los partidos políticos. El éxito del libro de Federico es un ejemplo. Hay más. Y una frase suya sirve de link.

“¡Abajo la recentralización! ¿Cuál?¿La de Mariano Rajoy respecto a Ciudadanos?”

“La única forma intelectualmente respetable de acercarse al comunismo es a través de sus víctimas”. Lo mismo ocurre con ETA, que para algo es marxista. Patria, de Fernando Aramburu, ha vendido más de medio millón de ejemplares en España y ahora arrasa en el Buenos Aires querido y en Berlín. Sin embargo, la costra política y mediática sigue a lo suyo y a la greña. Esto, típico: “Bah, lo de ETA ya no interesa a nadie”. Esto, elocuente: el presupuesto del Instituto Gogora, montado por el Gobierno del PNV para diluir la historia de ETA en un potaje de violencias equiparables, es cuatro veces mayor que el del Centro Memorial de Víctimas del Terrorismo, creado por el Estado para preservar la verdad. Y esto último, tan lamentable: el Tribunal Europeo de Derechos Humanos enmendó esta semana la plana al Tribunal Supremo y colocó a España al nivel de Turquía por presuntas vejaciones a los etarras de la T4. ¿Y qué pasó? ¿El Gobierno anunció un recurso ante la Gran Sala? No. ¿Los partidos constitucionalistas interpelaron al desleal López Guerra? ¿Recordaron que la Audiencia Nacional, como el Supremo, no encontró prueba alguna del maltrato? ¿Señalaron que el propio jefe de ETA reconoció la falsedad de la denuncia? Tampoco. Lo que hicieron todos a coro -editorialistas incluidos- es felicitarse de que la Justicia funcione bien.

Siguiente libro, misma brecha. Imperiofobia y leyenda negra, el ensayo que ha convertido a una profesora malagueña de instituto en una conferenciante estrella. Los libros de Elvira Roca no se venden, se ingieren. Prozac para españoles deprimidos. O más bien hartos de la letanía sobre la España corrupta, fanática y fachita. La que ululan no sólo los viejos enemigos de España, externos e internos, sino también referentes de la […]

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Un artículo de Cayetana Álvarez de Toledo, publicado en EL MUNDO el 17 de febrero de 2018

 

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