Un artículo de Manuel del Pozo (Expansión, 31/10/2018)

Por qué triunfan los líderes autoritarios

Trump, Putin, Xi Jinping, Erdogan, Salvini, Orbán, Bolsonaro… El ascenso al poder de líderes autoritarios, xenófobos y de una moral cuestionable está cambiando las reglas de juego del planeta y pone en riesgo los más elementales valores democráticos. Se trata de gobernantes narcisistas, agresivos y dominantes que no dudan en saltarse las normas éticas y morales para lograr sus objetivos.

¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI haya millones de personas que ponen su futuro en manos de este tipo de dictadorzuelos que desprecian -y muchas veces aniquilan- a todos aquellos que no les apoyan? ¿Por qué se vota a unos gobernantes que alardean de demócratas y de hablar en nombre del pueblo y, sin embargo, insultan a sus rivales políticos, desprecian a las minorías, intentan controlar la justicia y persiguen a escritores y periodistas con un desprecio total a la libertad de expresión?

Este tipo de líderes macho alfa triunfan en entornos inciertos y en situaciones socioeconómicas inestables. El aumento del paro o la recesión económica son factores que abonan el auge de estos extremistas. En tiempos de zozobra, las personas se sienten inseguras e intentan compensar esa sensación de falta de control apoyando a líderes autoritarios y determinantes que aparentan una gran seguridad en la toma de decisiones. El hecho de que violen por sistema la democracia es un mal menor con tal de que nos aporten una mayor sensación de seguridad, parecen pensar millones de votantes.

Salvando las distancias, una situación similar a la actual se produjo en el mundo coincidiendo con el crash de 1929 cuando la Gran Depresión Económica alimentó el surgimiento y el auge del fascismo, cuyos máximos exponentes fueron Hitler y Mussolini. Éstos también promovieron el racismo, la xenofobia, el proteccionismo, el rechazo al liberalismo y a la democracia y, por supuesto, la exaltación del líder carismático.

Un elemento común a todos los déspotas, tanto a los de antes como a los de ahora, es el nacionalismo. Se presentan como los únicos defensores del pueblo y reclaman la soberanía territorial expulsando a los otros, a los extranjeros, a los que acusan de provocar todos los males de la tierra. Ponen en bandeja a los ciudadanos la cabeza de un enemigo al que culpar del paro, de la recesión, de la delincuencia…

Pero si los inmigrantes son las víctimas propiciatorias para achacarles las calamidades internas, estos líderes buscan también enemigos exteriores para justificar sus errores y fracasos. Hungría, Polonia y ahora Italia, por ejemplo, acusan a la Unión Europea de todos sus desaciertos. Es lo mismo que hace Maduro con EEUU o Trump con México y China.

Este fenómeno se ha producido también por el hecho de que los tradicionales partidos democráticos no han sido capaces de dar respuesta de forma adecuada a los problemas derivados de la crisis económica. Los llamados perdedores de la globalización, trabajadores empobrecidos, desesperados y rabiosos, son víctimas propiciatorias para un caudillo demagogo que saca conejos de la chistera y ofrece soluciones fáciles para problemas tan complejos como la desigualdad o la inmigración.

La democracia está en peligro en Occidente y no hay ningún país que esté vacunado contra todo tipo de populismos, ya sean de izquierdas o de derechas. Ahora los extremistas gobiernan en Estados Unidos, Hungría, Polonia e Italia, pero cada vez toman más fuerza en Francia, en Alemania e incluso en España. Y el peligro es que estos líderes dominantes consoliden su poderío. Como se alimentan de la inestabilidad, tratan de fomentarla. Provocan luchas y disputas de todo tipo para crear incertidumbre y ofrecerse luego como grandes salvadores.

La pregunta es si los valedores de la democracia están dispuestos a defenderla de sus enemigos como hicieron nuestros mayores hace años. En su reciente libro Fascismo. Una advertencia, la exsecretaria de Estado estadounidense Madeleine Albright muestra cuál debe ser el camino a seguir: “Podemos superar los problemas de la democracia, pero sólo si no […]

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Un artículo de Manuel del Pozo publicado en Expansión el 31 de octubre de 2018

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