Un artículo de Rosa Díez (EL MUNDO, 23/10/2018)

Resistencia para defender la democracia

Formo parte de una generación que cumplió la mayoría de edad en las postrimerías del franquismo, aquella etapa en la que la dictadura agonizaba aunque el dictador siguiera vivo.

Formo parte de una generación que vivió la incertidumbre inicial y la grandeza final de la Transición democrática. Una generación que pudo votar en referéndum la Ley de la Reforma Política, ese harakiri que se hicieron las Cortes franquistas que permitió ver la luz de la democracia al final del túnel de la dictadura.

Formo parte de una generación que votó la Constitución Española del 78, esa ley que nos hizo a todos ciudadanos de “un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”.

Formo parte de una generación que tuvo el privilegio de poder ayudar a sus mayores para desarrollar una de las Constituciones más avanzadas de los países democráticos del mundo.

Formo parte de una generación que vivió cómo se cumplía el sueño de sus padres de que España dejara de ser diferente y pasase a formar parte de la Europa democrática.

Formo parte de una generación que se siente orgullosa de la Transición española, orgullosa de la generación que nos precedió y que la hizo posible, de su generosidad, de su sentido de Estado, de su ambición de país.

Formo parte de esa generación que advirtió las consecuencias que tendría para nuestra sociedad la decisión de Zapatero de romper los consensos básicos que permitieron hace 40 años alumbrar la Transición y construir la democracia. Una generación de españoles que vio cómo se deterioraba la calidad de la democracia que con tanta emoción y tanto esfuerzo empezaron a construir nuestros padres.

La crisis económica -que llegó a España con un Gobierno que se negaba a reconocerla y sin ningún tipo de consenso en políticas de Estado- fue el caldo de cultivo de la crisis política que se venía gestando. El fallo de los controles democráticos, el desprecio a la separación de poderes, el clientelismo político, la mediocridad, la corrupción institucionalizada, la ausencia de reformas de calado para adaptar nuestro entramado institucional a la España del siglo XXI, la pérdida de valores… provocó una degeneración de nuestra democracia de la que no nos hemos recuperado.

Formo parte de una generación que ha vivido con estupefacción el crecimiento del secesionismo catalán y su pulsión golpista ante el silencio o complicidad de los prescriptores de opinión, los medios de comunicación en general, los partidos políticos otrora nacionales, los sindicatos y las asociaciones empresariales.

Formo parte de una generación que creyó que el fin del bipartidismo era imprescindible para regenerar la democracia y que ha visto con perplejidad que los que han llegado se comportan con la misma falta de patriotismo de país que los viejos partidos y parecen no aspirar a nada más que heredar a los mayores.

Pertenezco a una generación que ha vivido la ruptura de la incipiente conciencia de ciudadanía española que vertebraba la nación democrática. Una generación que siente la necesidad de defender la democracia en este convulso momento de la historia de España en el que la pulsión golpista de los secesionistas junto al escaso vigor democrático del Gobierno de Sánchez -no en vano llegó a esa magistratura de la mano y con los votos de los proetarras, los golpistas y los bolivarianos- y al deterioro de nuestras instituciones más representativas amenazan con que se cumpla la maldición y se repita lo peor de nuestra historia.

Formo parte, en fin, de una generación que siente que tras la construcción de la democracia y la inacabada regeneración de la misma se impone que alguien levante la bandera para organizar la resistencia y defender el Estado.

Reconozco que la gente de mi generación creyó que nunca más habría que volver a defender lo básico: la igualdad entre españoles, la libertad de prensa y de opinión, la separación de poderes, el cumplimiento de la ley, la unidad de la Nación, los símbolos constitucionales, la educación en valores… Claro que en peor situación debió de encontrarse la generación de mi padre, quienes hicieron la Transición. Y si ellos, que sufrieron las penalidades de la guerra y la posguerra, no se arrugaron cuando tuvieron que dar la batalla para recuperar las libertades, no tenemos excusa para que nosotros, sus hijos y sus nietos, no nos organicemos para defender su legado.

Sé que no es políticamente correcto -y además resulta muy antipático- decir que la democracia está en riesgo. Pero no se me ocurre de qué otra manera calificar la situación de un país que está gobernado por un ciudadano que llegó al poder aupado por grupos políticos que tienen entre sus objetivos destruir la España constitucional. Es el caso de los golpistas catalanes y de los proetarras vascos; y es también, aunque de otra manera, el caso de los bolivarianos cuyo líder va a la cárcel a negociar con un político sobre el que pesan graves acusaciones por organizar una rebelión contra el orden constitucional.

La democracia española está en riesgo porque ya se ha roto la cohesión entre españoles. La democracia está en riesgo porque el socio principal del Gobierno promueve y vota en un Parlamento autonómico la reprobación del Jefe del Estado. La democracia está en riesgo cuando la respuesta del Ejecutivo a esa afrenta se limita a presentar un recurso para que el Tribunal Constitucional se pronuncie sobre un acto político inaceptable en cualquier democracia que […]

Leer completo en EL MUNDO

Un artículo de Rosa Díez publicado en EL MUNDO el 23 de octubre de 2018.


Rosa Díez es cofundadora de Basta Ya! y de UPyD y promotora de la revista digital www.elasterisco.es

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.