Un artículo de Guy Sorman (ABC, 30/01/2017)

¿Será negativo el impuesto?

En política, las ideas nuevas escasean. A poco que volvamos a leer a los antiguos, Cicerón o Polibio, parece que ya todo esté dicho. O casi. En esta época, en el debate democrático reina, y con toda la razón, una nueva preocupación: ¿cómo podemos hacer que todo el mundo acepte los efectos acelerados de la globalización de los intercambios? El crecimiento económico siempre se ha basado en la destrucción creadora, en la que las actividades anticuadas desaparecen y aparecen otras nuevas más eficientes. En este proceso, hay hombres y mujeres, para los que se crearon los subsidios de desempleo y los incentivos para la formación continua, que están atrapados entre dos empleos. El ciclo se acelera, lo que hace que aumente el nerviosismo, fundado o infundado, ante un futuro desconocido. La opinión pública, en general, atribuye únicamente a la globalización la magnitud de la destrucción creadora. Erróneamente. Los intercambios internacionales añaden incertidumbre, pero la principal causa de la destrucción creadora sigue siendo el progreso técnico. La globalización, si es real, viene en segundo lugar, pero es la primera cabeza de turco, de ahí los movimientos populistas que dan a entender, equivocadamente, que el cierre de las fronteras y el proteccionismo permitirán restablecer el pleno empleo.

Los economistas responden a este nerviosismo de manera general: afirman que la innovación y los intercambios mejoran la economía, globalmente, por término medio. Pero nadie vive por término medio, ni globalmente, y cada uno, evidentemente, mira por su situación personal. Si empeora, la mejora global de la economía no es tranquilizadora en sí. A la inquietud, justificada o no, se le suma el efecto de asimetría que perpetúan los medios de comunicación. Una empresa antigua que cierra aparece en primera página porque es espectacular. Y otra que abre pasa desapercibida porque nadie sabe dónde está, ni si su futuro es prometedor. La creación de Microsoft o de Zara pasó inadvertida en su época. La solución menos mala a esta distorsión entre la percepción individual y el crecimiento global, que haría que la globalización y el progreso técnico fuesen aceptables sin desestabilizar a los empleados amenazados, sería lo que normalmente se llama la renta mínima universal o, en términos más técnicos, el impuesto negativo sobre la renta.

La renta mínima universal es fácil de enunciar: la colectividad nacional garantiza a cada uno en todo momento, ya sea rico o pobre, o esté activo o desempleado, una renta que permite vivir decentemente. El Gobierno fija anualmente la cuantía, que puede variar según la situación familiar y, evidentemente, tiene que ser compatible con los recursos públicos. Una manera práctica de distribuir esta renta mínima es crear un impuesto negativo. Cada uno declara su renta, sea cual sea, y los que se encuentran por debajo de un cierto umbral, el de la dignidad, perciben una suma que les hace alcanzar el nivel mínimo. Los que están por encima del mínimo pagan un impuesto progresivo sobre la renta. Pero, y es aquí donde todo se complica, la renta mínima solo es compatible con el equilibrio de las finanzas públicas siempre que sustituya a todas las ayudas sociales que existen actualmente. Lo que haría perder a algunos unas prestaciones específicas y reduciría enormemente los poderes del Estado, que ya no […]

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Un artículo de Guy Sorman, publicado en ABC el 30 de enero de 2017.

 

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