Un artículo de Fernando del Pino Calvo-Sotelo (Expansión, 13/11/2018)

Una verdadera amenaza para España

Muchos en nuestro país parecen no comprender que el partido leninista-bolivariano no es un proyecto político más sino una amenaza a nuestro sistema democrático de libertades. Para conocer su naturaleza debemos comenzar por Venezuela, su origen y cuna.

En una entrevista realizada justo antes de llegar al poder, un sonriente Hugo Chávez, perfectamente trajeado con chaqueta y corbata, sin asomo de uniformes militares ni chándales de color rojo, calmaba los miedos del entrevistador afirmando que él “no era socialista” ni tenía deseo “de expropiar o nacionalizar absolutamente nada” y que, “lejos de ser un violento y un dictador”, se consideraba un “demócrata” que estaba “dispuesto a devolver el poder a los cinco años”. Así engañada, una Venezuela harta de corrupción y en profunda crisis económica (¿les suena?) se entregaba pocos días después en manos de quien implantaría una dictadura de facto, reduciría el país a la pobreza y la violencia más extremas y llevaría la corrupción a cotas inimaginables. Veinte años más tarde los chavistas siguen aferrados al poder mientras los venezolanos pasan hambre y mueren por falta de medicinas, la policía del régimen dispara a manifestantes y los opositores son encarcelados y torturados. Según algunas estimaciones, se producen 20.000 asesinatos al año, de los que el 90% quedan sin resolver (en España se producen 300 y el 93% se resuelve en menos de tres meses).

Pasemos a la España del 2014, enfangada en un sinnúmero de casos de corrupción y con un 25% de paro. Un partido comunista-leninista de origen bolivariano, que copia su nombre de un partido venezolano (nada en Podemos es original: todos sus ritos, estructuras y eslóganes están copiados de Chávez), nace para aprovechar lo que ellos mismos denominan hipócritamente un “momento leninista”, es decir, una situación de crisis económica extrema llena de sufrimiento, desesperación y frustración social. Sus líderes acumulan un historial de declaraciones tan elocuentes como inquietantes (todos los entrecomillados son citas literales). Su caudillo se tilda orgullosamente de “comunista y marxista” (el comunismo mató a 100 millones de personas en el s. XX) e idolatra al psicópata asesino de masas Lenin (“ese calvo que era una mente prodigiosa”). Estómago agradecido, adula a sus padrinos hispanoamericanos (“…ser ciudadanos de un país del sur de Europa era algo tremendamente triste, veíamos lo que ocurría en América Latina con mucha envidia”) y considera Venezuela (quede claro) “una referencia fundamental para los ciudadanos del sur de Europa”. Define la guillotina como “instrumento de justicia democrática” y explica que “cualquier orden político se constituye sobre la violencia” y que “ningún proyecto político puede construirse y perdurar sin el respaldo de dispositivos capaces de asegurar el uso de la fuerza cuando sea necesario”, citando a Mao, otro psicópata asesino de masas: “el poder nace de la boca de los fusiles”. Su visión leninista del poder es el poder sin límites, un poder por encima de la ley y del derecho sin “la estúpida dicotomía entre el bien y el mal”, o sea, “el poder de la política sobre las leyes y las instituciones en oposición a la idea de ciudad o república como gobierno de la ley”, dejando claro que “los gobernantes temidos son menos susceptibles de ser ofendidos respecto a los que sólo son amados”. No olviden que Lenin siempre defendió (y ejerció) la violencia extrema como instrumento de poder, el cual no concebía restringido por ninguna ley ni norma moral. Asegura condenar a ETA, pero a la vez, con un lenguaje ambiguo, llama al terrorismo “la política del boxeo” y hace propio ese lenguaje equidistante entre víctimas y verdugos (“…el dolor de unos y de otros…”). Su antiguo lugarteniente, que definía Podemos como “un leninismo amable” (un oxímoron, como un cáncer saludable), era más directo: “cuando uno piensa que la represión en el País Vasco ha tenido un espacio muy amplio, uno puede a lo mejor empezar a entender la violencia de ETA”. Por último, piensan que la revolución exige rapidez: “la experiencia de los 1.000 días de Allende se convierte en una referencia muy seria: si ganamos, no podemos fallar, no se lo podemos poner fácil al enemigo”. Estos son los mimbres de su pensamiento político. Su programa económico es el propio de un comunista: alaba “los logros sociales de la revolución cubana” y asevera: “donde hay propiedad privada hay corrupción”; “ser demócrata es expropiar…o mejor confiscar, puesto que con la confiscación no hay que indemnizar…”; “que existan medios de comunicación privados ataca la libertad de expresión”; “el enemigo es la lógica capitalista, ese enemigo que entiende solamente un lenguaje: el lenguaje de la fuerza”.

A la infantilizada sociedad actual le resulta difícil comprender la descarnada amoralidad de la ideología leninista, que implica dictadura, violencia, mentira y pobreza, y destruye la libertad, la paz, la verdad y el progreso. El objetivo del leninismo no es que su país prospere, sino obtener y mantener para siempre el poder absoluto sobre un pueblo. En la mentalidad leninista, el empobrecimiento de un país no es malo, pues primero planta la semilla del descontento y de la agitación social (lo que le permite acceder al poder) y más tarde facilita una mayor servidumbre frente al Estado. Históricamente, el leninismo (cuando ha tenido potestad para hacerlo) ha apoyado su poder sobre tres pilares. El primero es el monopolio de la información y la propaganda, que logra cerrando, intimidando o controlando los medios de comunicación para obtener la hegemonía del lenguaje y de las ideas. Luego está el control de las armas, eje básico de su concepción del poder (¡qué difícil de comprender para un ciudadano del s. XXI!). Para conseguirlo, debilita al Ejército y a los cuerpos policiales existentes (infiltrando su cadena de mando y privándoles de medios), crea nuevos cuerpos policiales o paramilitares (al estilo de la Policía Nacional Bolivariana de Chávez), y arma “al pueblo” (por lo que sus partidarios pronto se constituyen en milicias organizadas). El tercer paso es el control del dinero. Como el leninismo implica un poder sin límites, exige controlar el Banco Central para poder imprimir moneda y financiar el gasto público sin cortapisas, por lo que resulta incompatible con la cesión de soberanía y disciplina que implican el euro y la UE (a la que fácilmente se podría culpar de impedir “ayudar a la gente”). No olviden que en Venezuela el aumento del gasto público permitió a Chávez ganar tiempo y popularidad mientras desmantelaba el sistema constitucional y se hacía con el poder total, antes de que las tiendas se desabastecieran, el desempleo y la hiperinflación se dispararan y la economía se hundiera. Cuando el pueblo descubrió el engaño ya era tarde: casi sin instituciones independientes ni garantías legales, las calles estaban controladas por las milicias del régimen, los opositores permanecían amedrentados, encarcelados o en el exilio y no se podía votar en libertad.

Escribía Churchill que “forma parte del libro de ejercicios establecido por el propio Lenin que los comunistas deben ayudar a conseguir el poder a los gobiernos socialistas débiles, para después debilitarlos más y arrebatarles el poder absoluto”. Lenin también recomendaba a sus discípulos “máxima flexibilidad táctica” para alcanzar el poder sin el irritante requisito de […]

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Un artículo de Fernando del Pino Calvo-Sotelo publicado en Expansión el 13 de noviembre de 2018

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