Un análisis sosegado y exento de prejuicios de la Constitución y de la Ley del Indulto probablemente llevaría a unas consecuencias diferentes a las generalmente aceptadas de que la prerrogativa de gracia corresponde al ejecutivo y que todo indulto acordado por el Gobierno debe ser necesariamente firmado o sancionado por el Rey. Con todo respeto discrepamos de esta interpretación de la CE al entender que la prerrogativa de gracia (indulto) corresponde en exclusiva al Rey, sin perjuicio de que, por una parte, los actos preparatorios del expediente de indulto y, por otra parte, la propuesta del mismo y su tramitación sean realizados por el Gobierno en pleno, Consejo de Ministros, o por el Ministro de Justicia. El Rey, como Jefe del Estado, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones y ejerce las funciones que le atribuyen expresamente la Constitución y las leyes, según dice el art. 56.1 de la CE. En este sentido el artículo 62 CE establece que corresponde al Rey, no al Presidente del Gobierno ni al Consejo de Ministros: “a) Sancionar y promulgar las leyes. b) Convocar y disolver las Cortes Generales y convocar elecciones en los términos previstos en la Constitución. c) Convocar a referéndum en los casos previstos en la Constitución. d) Proponer el candidato a Presidente del Gobierno y, en su caso, nombrarlo, así como poner fin a sus funciones en los términos previstos en la Constitución. e) Nombrar y separar a los miembros del Gobierno, a propuesta de su Presidente. f) Expedir los decretos acordados en el Consejo de Ministros, conferir los empleos civiles y militares y conceder honores y distinciones con arreglo a las leyes. g) Ser informado de los asuntos de Estado y presidir, a estos efectos, las sesiones del Consejo de Ministros, cuando lo estime oportuno, a petición del Presidente del Gobierno. h) El mando supremo de las Fuerzas Armadas. i) Ejercer el derecho de gracia con arreglo a la ley, que no podrá autorizar indultos generales. j) El Alto Patronazgo de las Reales Academias.” Ejercer es una expresión verbal diferente a sancionar, promulgar, convocar, proponer, nombrar, separar expedir, ser informado o mandar, todas ellas dentro de las funciones que constitucionalmente se atribuyen al Rey. Ejercer, según la R.A.E. se define como “practicar los actos propios de un oficio, facultad o profesión.” Y este ejercicio es el que históricamente se ha reconocido al Rey en las diferentes Constituciones y legalidades españolas con la salvedad del art. 30 de la Ley del Indulto de 1870, que atribuía esa prerrogativa al Consejo de Ministros por la simple razón de que en el momento de la publicación de la Ley del Indulto había una situación de interregno en la Jefatura del Estado por el abandono de la Corona por Isabel II. Este hecho viene refrendado por la modificación del art. 30 de la Ley de Indulto, producida a medio del art. 3.3. de la Ley 1/1988, de 14 de enero (BOE-A-1988-874), cuyo texto actual ya no recoge ni la motivación del Decreto ni que éste sea acordado en Consejo de Ministros. Textualmente se establece que “la concesión del indulto, cualquiera que sea su clase, se hará en Real Decreto, que se insertará en el B.O.E.”, El que la concesión del indulto se haya de hacer por Decreto no enerva la prerrogativa real para su concesión mediante el ejercicio de un acto propio del oficio de Rey, sino que hace relación al juego de la inviolabilidad real y de su no sujeción a responsabilidad, de tal forma que “sus actos estarán siempre refrendados en la forma establecida en el artículo 64, careciendo de validez sin dicho refrendo, salvo lo dispuesto en el artículo 65, 2” (art. 56, 3 CE). En consecuencia, de una parte, los actos del Rey serán refrendados por el Presidente del Gobierno y, en su caso, por los Ministros competentes, lo que dará lugar a que la forma de la disposición sea el Decreto y, de otra, que de los actos del Rey serán responsables las personas que los refrenden (art. 64, 1 y 2 CE). El Rey tiene que sujetar el ejercicio de su prerrogativa en primer lugar a las condiciones que le impone la ley de leyes y después a la ley ordinaria, dado que esta prerrogativa real no es omnímoda. En efecto, a) El Rey tiene vedados los indultos generales (art. 62, i CE), b) el Rey tampoco puede aplicar el indulto a los casos señalados en el art 102.3 CE, que prohíbe que la prerrogativa de real de gracia alcance a ninguno de los supuestos relativos a la responsabilidad criminal del Presidente y los demás miembros del Gobierno por traición o delito contra la seguridad del estado. Y, c) El Rey deberá motivar la medida de gracia ya que, en un Estado social y democrático de derecho, una institución tan peculiar como la del indulto ha de ser aplicada restrictivamente, aunque se haya suprimido de la redacción actual de la ley de indulto. Una interpretación sistemática del art. 102.3 de la CE, que impide que la prerrogativa real de gracia alcance a los casos de responsabilidad criminal del Presidente y demás miembros del Gobierno por traición o delito contra la seguridad del estado, llevaría a aplicar la misma proscripción de indulto para los casos en que el Presidente y demás miembros del Gobierno de la Generalidad de Cataluña han sido condenados por delitos contra la seguridad del estado. Sólo quedarían amparados en esa prerrogativa real de gracia y, en su caso, los condenados que no formaran parte del Gobierno de la Generalidad. Ejercida la prerrogativa real de gracia, el indulto, a iniciativa de cualquiera de las personas a que se refiere la Ley y con los informes preceptivos, corresponde al Gobierno decidir si es el Consejo de Ministros o el Ministro de Justicia quien la refrende mediante el correspondiente Decreto que deberá publicarse en el BOE, todo ello en virtud de la irresponsabilidad del Rey (art. 64 CE, ya citado). En ninguno de los preceptos constitucionales se atribuye esta prerrogativa de indulto al Presidente del Gobierno ni al Consejo de Ministros y, como ya se ha dicho, el art. 30 de la Ley de 1870, cuya redacción originaria establecía que la concesión de indultos debía acordarse en Consejo de Ministros, en la redacción actual se limita a decir que la concesión del indulto se hará en Real Decreto. Por tanto, la prerrogativa de indultar corresponde al Rey, quien lo enviará al Consejo de Ministros y, éste o el Ministro que se designe, deberá refrendar el acto real mediante el correspondiente Decreto, asumiendo la responsabilidad real. Esta aproximación a la ley de leyes lleva a no entender tanta conformidad de juristas, de los corifeos del Gobierno e incluso de la oposición política, ya que parece convenir a todos ellos por distintas y contrarias razones que el Rey quede indemne, al Gobierno porque adopta la medida que más le conviene a su política de alianzas con los nacionalistas catalanes apropiándose inconstitucionalmente de la prerrogativa real de gracia y a la oposición para no contaminar al Rey ante una eventual negativa al indulto poniendo en riesgo la estabilidad institucional ante la previsible reacción antimonárquica de los partidos que sostienen al Gobierno. A juicio de quien suscribe no es necesario analizar en profundidad la ley del indulto, ya que ésta, a pesar de su antigüedad, no afecta al titular del ejercicio de la prerrogativa de gracia, sino más bien a cuestiones procedimentales relativas a quién puede solicitar el indulto, cómo y qué procedimiento debe seguirse para su tramitación. En todo caso esta Ley debe interpretarse y aplicarse de conformidad con la letra y el espíritu de la actual Constitución Española de 1978 y con la realidad social actual y no con la de 1870, fecha en la que España estaba inmersa en una situación de transitoriedad política, singularmente en la Jefatura del Estado, sin parangón con la actual. En conclusión, 1.- La prerrogativa de gracia o indulto corresponde al Rey. 2.- El Gobierno, a través del Consejo de Ministros o por el Ministro que se designe, refrendará cada acto en el que el Rey ejercite esa prerrogativa y publicará el Decreto correspondiente en el BOE. 3.- El Rey no puede conceder indultos generales. 4.- El rey tampoco puede indultar al Presidente del Gobierno ni a los miembros de su Gabinete en los casos en que hubieran incurrido en responsabilidad criminal por traición o delitos contra la seguridad del estado. 5.- Por interpretación sistemática y lógica el Rey no podría indultar a los Presidentes de las Comunidades Autónomas ni a los miembros de sus Gobiernos respectivos cuando hubieran incurrido en responsabilidad criminal por delitos contra la seguridad del estado o traición. 6.- La prerrogativa real de gracia debería estar motivada en todos los casos por ser la motivación uno de los pilares fundamentales de todo estado social y democrático de derecho. Y, 7.- Dentro de la discrecionalidad y de la especialidad de esta figura anacrónica y extravagante, la prerrogativa real debería ser objeto de revisión por el Tribunal Supremo con los límites propios de adecuación a la constitución y a la ley. En Piedrabuena (Ciudad Real), a 1 de julio de 2021. Conrado López Gómez Abogado

La prerrogativa real de gracia o indulto

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LA LIBERTAD EN TIEMPOS DEL CÓLERA

LA LIBERTAD EN TIEMPOS DEL CÓLERA
(Conferencia pronunciada con motivo de la recepción
del Premio Publicación Liberal 2020 entregado por el Club Liberal Español)

Agradezco muchísimo al Club Liberal Español y a su Presidente su gentileza al concederme este Premio Publicación Liberal 2020 en reconocimiento a la defensa de los derechos y libertades individuales y del Estado de Derecho. Pocos reconocimientos pueden hacerme mayor ilusión, pues la defensa de la libertad fue uno de los dos motivos por los que hace casi una década comencé a escribir en el diario Expansión, al que en justicia extiendo este premio. Sin libertad no hay capacidad de elegir el bien, ni hay posibilidad de amar. Por ello, este maravilloso don es el regalo de Dios que más nos dignifica.
La libertad en Occidente está sufriendo un ataque que recuerda a los totalitarismos del s. XX: el nazismo, que afortunadamente duró sólo 12 años, y el comunismo, que duró 70 años pero cuyo blanqueamiento en la Segunda Guerra Mundial le ha permitido continuar socavando con su corrosiva dialéctica e ideología los valores de los países occidentales bajo distintos disfraces. Como una hidra de muchas cabezas, cada una de ellas lleva consigo el tufo del mal: la mentira, el miedo y la discordia. La lucha de clases ha sido sustituida por el enfrentamiento entre la naturaleza y el hombre, entre el hombre y la mujer, e incluso entre la madre y el hijo que lleva en su vientre. Evidentemente, el actual ataque a la libertad es más sutil y menos basto que el perpetrado por los dos totalitarismos mencionados, pero no por ello menos destructivo si permitimos que haga metástasis.
No son las circunstancias exteriores las que nos dan la verdadera libertad ni desde luego este derecho inalienable de la persona es una concesión del poder político. Sin embargo, el poder político puede recortar nuestra libertad exterior, como hemos comprobado repetidamente a lo largo de la historia y, recientemente, en este experimento totalitario realizado bajo la coartada de una epidemia. De hecho, todo ciudadano libre que desea seguir siéndolo se muestra siempre receloso ante el poder político, sea del color que sea, pues es consciente de que la libertad exterior estará permanentemente amenazada por un poder cuya propia naturaleza, casi de forma fatalista (como el escorpión de la fábula de Esopo), le impele siempre a la expansión. Utilizando un símil del Oeste, el ciudadano libre nunca sale de la cabaña sin su rifle y se mantiene siempre en guardia, también en aquellos sistemas democráticos que a veces anestesian a la población con un reduccionismo que acota el concepto de libertad simplemente a poder elegir entre el candidato malo y el peor una vez cada cuatro años. En este sentido, a veces me pregunto si Napoleón tenía razón cuando afirmaba que hay más posibilidades de encontrar un buen soberano por herencia que por elección. Sin embargo, la libertad política, siendo importante, no es ni mucho menos la más esencial al hombre, y a lo largo de la historia ha habido multitud de sistemas
políticos que carecían de libertad política pero que, no obstante, tenían altos grados de libertad personal, en ocasiones más elevados que los que disfrutamos hoy.
Un flanco del brutal ataque a la libertad que estamos sufriendo es la práctica unanimidad mediática en la defensa de las consignas establecidas, que no son cuestionadas prácticamente por ningún medio, ajenos ya en general a la búsqueda de la verdad y controlados por intereses ideológicos o corporativos. En añadidura, la libertad de expresión ha sido estrangulada en muchos países occidentales con nuevos ejecutores que no pertenecen al poder político, como son los risiblemente llamados fact-checkers o verificadores, nacidos aparentemente por generación espontánea, censores mercenarios bastante burdos que aman la verdad tanto como el vampiro al agua bendita. Los otros ejecutores del nuevo totalitarismo son las grandes empresas tecnológicas, que censuran abiertamente ciertos contenidos sin mayores explicaciones y cuyos líderes ya no ambicionan dinero sino poder para modelar la realidad de acuerdo a su voluntad con rasgos que en ocasiones rozan la psicopatía y el mesianismo. Que haya personas – incluyendo un presidente de los EEUU– que sean censurados y condenados al silencio perpetuo por defender unas ideas, o que haya plataformas que impidan que se ofrezca una información científica o una opinión disidente debería alarmarnos mucho. Naturalmente el doble rasero que aplican carece de todo pudor: los que defienden unas determinadas ideas son amordazados, encadenados y obligados a ir al paso, mientras que a los que defienden violenta y desabridamente el pensamiento único aprobado por el nuevo orden se les espolea para que puedan galopar sin trabas. No olviden que la verdad cae por su propio peso, mientras que la mentira debe imponerse mediante la violencia.
Existe otro nivel de libertad más íntimo, que es la libertad de conciencia y de pensamiento, objeto también de un ataque sin precedentes por parte de poderes globales que trascienden los gobiernos nacionales y que pretenden vanamente recrear al ser humano a su propia imagen y semejanza. Este ataque comienza en la educación, con políticas que persiguen pervertir a los más pequeños, y continúa con la propaganda martilleante que quiere darle la vuelta a todo y hacernos creer que el mal es el bien, la esclavitud, libertad, la oscuridad, luz, y la mentira, verdad. Con total cinismo, los mismos que preconizan el relativismo fijan unos límites infranqueables de lo que puede creerse y lo que no. En última instancia, el principal objetivo de este ataque es la completa destrucción de la esencia del ser humano y de los valores cristianos, verdadero cimiento de lo que ha sido definido como civilización occidental.
Al principio de la conferencia decía que la defensa de la libertad era uno de los dos motivos por los que comencé a escribir. El otro motivo es la defensa de la verdad. Sin verdad no puede haber verdadera libertad, por lo que la defensa de la libertad exige necesariamente la defensa de la verdad. “La verdad os hará libres”, dijo Cristo. En efecto, la verdad, el bien y la libertad van siempre de la mano, de igual modo que la mentira, el mal y la esclavitud van siempre juntos. “No puede haber verdadera libertad sin verdad o en oposición a la verdad”, dijo san Juan Pablo II, y no por casualidad Hayek incluyó en Camino de Servidumbre un capítulo titulado El Final de la Verdad, del que más tarde leeré un elocuente párrafo.
La epidemia del covid ha mostrado en toda su desnudez esta ofensiva contra la libertad y se ha convertido en un reflejo tanto del estado de postración general en que se encuentra la sociedad actual como de las intenciones del nuevo totalitarismo, que huele la debilidad social como los tiburones la sangre de una herida.
Durante casi dos décadas, uno de mis hobbies ha sido leer literatura médica, por lo que me resultó natural empezar a leer investigaciones sobre el coronavirus para tratar de orientarme en un mar de confusión que no distinguía entre los datos y las opiniones, uno de los males de la sociedad actual. También tuve que luchar contra la evidencia anecdótica de casos cercanos (“tengo un amigo que…”) evitando el sesgo cognitivo conocido como availability bias, por el que juzgamos exageradamente la probabilidad de ocurrencia de un suceso por la facilidad con que un ejemplo viene a nuestra mente, ya sea por experiencia propia o porque lo hemos leído en un periódico. Muy pronto descubrí que la mayor parte de lo que decían políticos, medios de comunicación y la mayoría de “expertos” entrevistados, correveidiles de la consigna de turno, sobre la enfermedad y las medidas para combatirla, no se apoyaba en evidencia científica sino en intereses espurios, creencias supersticiosas y simples habladurías. Por este motivo, y por respeto a la verdad, decidí iniciar una serie de artículos de divulgación científica sobre el covid, cada uno conteniendo entre 15 y 30 notas a pie de página enlazando con las fuentes y tras los cuales hay muchas horas de estudio.
Las consignas del nuevo totalitarismo al hilo de la pandemia comenzaron por el mismo origen chino del virus chino. Repito el adjetivo porque, durante un tiempo, y según los censores-difamadores antes mencionados, utilizarlo por parte de quienes osaban cuestionar la consigna del origen natural de coronavirus (en aquel pangolín, recuerden, que aún está en busca y captura) era sinónimo de paranoia. Sin embargo, desde el primer momento la lógica abonaba la duda sobre la verosimilitud de la versión oficial. El sentido común y las probabilidades nos ofrecían algunos indicios. ¿Qué probabilidad hay de que, de todos los pueblos y ciudades del planeta Tierra, aparezca este coronavirus precisamente en una ciudad donde hay un laboratorio con problemas de seguridad que lleva años jugando con ese mismo tipo de coronavirus sin que haya provenido de ese laboratorio? Y si esta probabilidad es remota, aún más baja es la siguiente: ¿Qué probabilidad hay de que un régimen comunista diga la verdad? Como es bien sabido, la mentira es tan esencial para su supervivencia como el agua para los seres vivos. Investigaciones más recientes, especialmente del periodista norteamericano Nicholas Wade, apuntan como teoría más probable que el virus no surgió espontáneamente sino que provino de un escape del laboratorio de Wuhan y que su pista fue borrada por una mezcla de corrupción científica y opacidad política. Léanlo y extraigan sus propias conclusiones. Tras más de tres millones de muertos, el escándalo debería ser mayúsculo y culminar en una investigación de verdad y no en la farsa que hizo la viciada OMS de la mano de la propia China. Sin embargo, la mayoría de los medios se mantienen silentes o tibios, balando tiernamente como corderitos, mientras tenemos que aguantar que el líder de la dictadura china acuda a Davos a sermonearnos. Pregúntense por qué.
Una vez descontrolado el virus por el mundo, y bajo la coartada de una pandemia definida, no lo olviden, como “una gran oportunidad” por el Presidente del Foro Económico Mundial, los poderes globales, que como las meigas, haberlos, haylos (e incluso en ocasiones tienen cierto parecido físico), decidieron aprovechar para realizar un experimento totalitario precedido, como toda gran ofensiva, por un bombardeo masivo. Este bombardeo de “conmoción y pavor” estaba destinado a crear un estado de miedo intenso y permanente en la población de modo que se sometiera dócilmente a brutales (y probablemente ilegales) restricciones a la libertad que habrían resultado por completo inconcebibles un mes antes. Así, comenzó la campaña de terror, una campaña orquestada para aterrorizar a la población y manipularla con la culpa haciéndole creer que si no obedecía alguien moriría. Empezó a publicarse (¡diariamente!) el número de muertos por una sola enfermedad, sin ponerlos en el contexto de la tasa diaria de mortalidad normal, algo sin precedentes. Luego comenzaron a publicitarse los estadísticamente improbables casos graves en población adulta sana o jóvenes, o el contagio por superficies cuya extrema improbabilidad de ocurrencia es ahora vox populi pero que yo denuncié hace exactamente un año, o las secuelas a largo plazo (muy minoritarias y generalmente leves) y el llamado “covid persistente”, sobre cuya existencia real existen serias dudas, o las reinfecciones severas, documentadas sólo en unas docenas de casos a nivel mundial, o las variantes “peligrosas”, que se suceden una a otra sin que pase absolutamente nada a pesar de titulares de copia y pega, y un largo etcétera. De forma contradictoria, a la vez que se canonizaban las vacunas se ponía en duda la inmunización natural tras haber pasado el covid a pesar de que un creciente cúmulo de evidencias apuntaban ya desde hace muchos meses a que la inmunización natural probablemente iba a durar años. Tras un año denunciando estos excesos sintiéndome un poco como voz que clama en el desierto, quizá sea precisamente éste el papel que debemos jugar hoy en día los defensores de la libertad como los que nos reunimos alrededor del Club Liberal. ¿Cuál era el objetivo? El objetivo era crear en nuestra mente la imagen de un súper virus con súper poderes, un “asesino invisible”, en palabras del primer ministro británico, que podía acecharnos tras cada esquina y que desafiaba las leyes de la física, las leyes de la medicina o de la lógica. La realidad era distinta, naturalmente. El SARS-CoV-2 era un virus respiratorio más, mucho más letal que la gripe, sin duda, pero que seguía pautas comunes a otros virus respiratorios, como por ejemplo la distribución demográfica de su gravedad y letalidad. Para que se hagan una idea, aproximadamente el 90% de los mayores de 80 años contagiados por covid sobreviven, el 99% de los de 65-70 años, el 99,9% de los de 45-50 y el 99,99% de los de 30-35. Para edades más jóvenes hacen falta más decimales y se puede redondear al 100%.
Por otro lado, las medidas tomadas por los gobiernos han sido, en su inmensa mayoría, acientíficas, paripés para dar la sensación de que se estaba haciendo algo y, sobre todo, experimentos sociales de control de la población y, por tanto, epidemiológicamente inútiles, como muestran tercamente los resultados en todo el mundo: confinamientos, mascarillas (salvo quizá en entornos cerrados, concurridos y mal ventilados con personas contagiadas o claramente sospechosas de estarlo, pero desde luego no al aire libre), limitación completamente arbitraria del número de comensales en 4, 6 o π2, cuarentenas de 14 días cuando desde marzo de 2020 se sabe que no se encuentra un cultivo viral positivo más de 8 días después de los primeros síntomas, el abuso en el uso del PCR y la incorrecta interpretación de sus resultados, etc. Aunque la respuesta de la población haya sido distinta en distintos países, en España se han obedecido todas las medidas, por absurdas, acientíficas y contradictorias que fueran, con un espíritu tristemente sumiso y borreguil, sin ánimo de injuriar a nadie, pero sin que hayan surgido las protestas o la resistencia civil que sí hemos visto en otros países. Déjenme que realice una comparación políticamente incorrecta. Hace tres meses, el estado de Tejas, con sólo el 7% de su población vacunada, decidió abolir absolutamente todas las restricciones y apenas tiene casos o muertes. Desde hace tres meses no hay mascarillas ni en interiores ni en exteriores, ni cierres, ni limitaciones, ni horarios, ni histeria, tan sólo la vieja y querida normalidad. En la Comunidad de Madrid, hoy con un 15% de la población vacunada (y un porcentaje muy superior inmunizada naturalmente), su presidente, defensora de las medidas estándar liberticidas y acientíficas, es decir, de toques de queda, mascarillas al aire libre, limitación de comensales, prohibición de traer un par de amigos a casa o cierres perimetrales, se ha presentado recientemente a las elecciones autodenominándose “campeona de la libertad” y las ha ganado con amplia mayoría, y aquí seguimos, con restricciones arbitrarias que no sirven para nada. Sé que en otras regiones la opresión es aún más irrespirable, pero algo no funciona. En Tejas hay libertad sin alharacas; en Madrid, no la hay, mientras su líder presume de ella. ¿Qué nos pasa en España? Más allá de simpatías políticas, ¿cómo no preocuparnos ante este síndrome de Estocolmo, síntoma preocupante de lo poco que valora el español su libertad, de lo entregado que está a las veleidades de los que mandan, casi hasta el servilismo, y de lo fácilmente que cae presa de propagandas simplonas? Quizá esto explique el éxito rotundo que esta campaña para aterrorizar y subyugar a la población ha tenido en España, y que nos permite extraer varias lecciones.
La primera es que la libertad es menos popular de lo que habitualmente se cree. Cuando Moisés sacó al pueblo judío de la esclavitud en Egipto, pocos días después cruzar el mar Rojo, “la comunidad de los hijos de Israel murmuró contra Moisés diciendo: ¡Ojalá hubiéramos muerto en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos alrededor de la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos (Ex. 16)!” Es decir, que frente a la incertidumbre de la libertad los judíos preferían la seguridad de la esclavitud. El precio de su libertad se establecía en una olla de carne y pan en abundancia. Cuando al hombre se le da a elegir entre libertad y seguridad, ¿qué prefiere? Es ésta una pregunta esencial, pues tendemos inocentemente a creer que el hombre siempre desea la libertad. Sin embargo, la libertad exige un cierto grado de madurez y de confianza en uno mismo, pues lleva aparejada la responsabilidad y la aceptación de que los actos tienen consecuencias y de que hay que asumir las consecuencias de las decisiones tomadas. ¿Qué preferimos – o qué han elegido ya – los españoles, libertad o seguridad? Lo peor es que éste es un dilema tramposo, pues ningún ser humano puede garantizar una seguridad que está fuera de su alcance. De hecho, si algo nos ha enseñado esta epidemia, cuyo cénit a nivel nacional quedó definitivamente atrás hace ya un año (a pesar de que continúen la campaña de terror y las restricciones), es que no controlamos nada, que no existe seguridad, que no sabemos qué nos deparará el mañana, pero que así es la vida, llena de incertidumbre, y está bien así. Incertidumbre no significa necesariamente peligro, sino que no podemos controlar el futuro a la perfección como querríamos pero que, no obstante, confiamos en nosotros mismos lo suficiente como para saber que superaremos lo que venga. Esta ley de vida era aceptada por nuestros antepasados con la mayor naturalidad del mundo, pero quizá tenían un sentido más claro de la existencia de un asombroso y providente Creador y simultáneamente una visión más realista de las limitaciones de esta pequeña criatura llamada hombre, pero la incertidumbre choca en el hombre moderno, tan enamorado de sus adelantos técnicos, enfermo de la ilusión de control y, con frecuencia, de una fatal arrogancia. Este trueque de libertad a cambio de seguridad cambia a peor cuando se hace creer que se están salvando vidas. En efecto, la seguridad física inclina la balanza hacia la servidumbre. De este modo, enfrentados ante el escenario de la muerte, interesada y exageradamente presentado por el poder político, los ciudadanos no han dudado en convertirse en obedientes súbditos.
La segunda lección es que la población es tremendamente vulnerable al abuso del principio de autoridad, y si un supuesto “experto”, como los definen cansinamente los periodistas, particularmente si está titulado o trabaja en alguna universidad extranjera (¡qué complejos arrastramos aún!), dice una serie de insensateces, todo el mundo le cree aunque su historial predictivo durante la epidemia haya sido lamentable y sus afirmaciones sean ilógicas o acientíficas. No debemos dejarnos intimidar por supuestos “expertos” cuyo mensaje nos chirríe. Antes bien, debemos preguntarles en qué evidencia basan sus afirmaciones sin olvidar nunca que el sentido común es la mitad de todo conocimiento. En efecto, a lo largo de este año cualquiera que estuviera al tanto de las investigaciones y estadísticas de covid no podía sino escandalizarse ante los bulos propagados por “expertos” (con o sin bata blanca) mediante afirmaciones frívolas y con frecuencia falsas. Ignoro si tenían ánimo de engañar por algún motivo o de exagerar porque pensaban que era su deber asustar a la gente aunque fuera a costa de la verdad; o si, conocedores de que sólo se daba altavoz al alarmismo, caían presa de un cierto afán de protagonismo y de la vanidad que alimenta la popularidad (por otra parte, tan efímera). O es posible que fuera por simple ignorancia y que no hubieran leído una sola estadística de covid ni una sola investigación seria sobre la enfermedad, pues parecían tomar como fuente de información la rumorología o la sección de sucesos de un periódico de provincias en vez del BMJ, el Lancet, el NEJM o las más simples estadísticas.
La tercera y última lección es que si asustamos lo suficiente a la población y encima la culpabilizamos podemos convertirla en un grupo de esclavos atados por la superstición y el miedo, controlados por la autocensura y por los delatores y colaboracionistas que, como en la época de la Stasi, están más motivados por la envidia y la malicia que por el altruismo. El pánico impide pensar, y la culpa nos manipula con enorme eficacia. Si las autoridades nos hubieran convencido de que el virus sólo ataca a partir de un metro de altura, ¿andaríamos por la calle a cuatro patas criminalizando a quien caminara erguido? Si hemos aceptado la bárbara imposición de no poder despedirnos de nuestros seres queridos ante su muerte, ¿por qué no íbamos a aceptar andar a cuatro patas? A ese extremo de sumisión hemos llegado.
Termino ya. En el capítulo El Final de la Verdad de Camino de Servidumbre, Hayek hace la siguiente observación. Escuchen por favor con atención: “El sentimiento de opresión en los países totalitarios es menos agudo que lo que se imagina la mayoría de personas en los países liberales porque los gobiernos totalitarios han conseguido en alto grado que la gente piense como ellos desean que lo haga. Ello se logra, evidentemente, por las diversas formas de propaganda (…), cuyas consecuencias profundas son la destrucción de toda la moral social, porque minan uno de sus fundamentos: el sentido de la verdad y su respeto hacia ella (…). La necesidad de doctrinas oficiales, como instrumento para dirigir y aunar los esfuerzos de la gente, ha sido claramente prevista por los diversos teóricos del sistema totalitario (…). No es difícil privar de independencia de pensamiento a la gran mayoría, también hay que silenciar a la minoría que conservará una inclinación a la crítica (…). El credo oficial, cuya adhesión se impone, abarcará todas las cuestiones concretas sobre las que se basa el plan. La crítica pública, y hasta las expresiones de duda, tienen que ser suprimidas porque tienden a debilitar el apoyo público. Así, la prensa se usará exclusivamente para propagar aquellas opiniones que, verdaderas o falsas, refuercen la creencia en la rectitud de las decisiones tomadas por la autoridad y se prohibirá toda la información que pueda engendrar dudas o vacilaciones”. Hayek realizó esta descripción del totalitarismo en 1944. ¿No describe acaso lo que estamos viviendo?
Tras sobrevivir a los campos de concentración, Viktor Frankl descubrió que “al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias”. Así, el realismo en el diagnóstico de esta amenaza a la libertad que vivimos no debe llevarnos al pesimismo o a la melancolía, ni muchísimo menos. Estamos inmersos en un combate muy real, y como combatientes podemos aspirar a tener la actitud personal que demandan las Reales Ordenanzas del Ejército Español: “valor, serenidad y espíritu de lucha, prosiguiendo el combate con ánimo resuelto, con voluntad de vencer y moral de victoria, hasta conseguir el éxito”.
Fe ciega en el triunfo. Muchas gracias.

Fernando del Pino Calvo-Sotelo www.fpcs.es
Club Liberal Español, 26 de mayo de 2021

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Pena de muerte al diario El Nacional de Venezuela

El Club Liberal Español ha aprobado esta declaración el 19 de mayo de 2021

Pena de Muerte al Diario El Nacional de Venezuela

  1. El régimen socialista y revolucionario del dictador Maduro, a través de su dirigente Diosdado Cabello, ha conseguido silenciar el conocido Diario El Nacional de Venezuela. Para ello el dirigente Cabello ha embargado los bienes de la empresa editora del diario El nacional ejecutando en mayo de 2021 una sentencia del Tribunal Supremo venezolano que condenó al Diario a indemnizar al citado dirigente chavista con 13 millones de dólares USA.

La sentencia condenó al Diario el Nacional por daños morales sufridos por el dirigente chavista Diosdado Cabello por haber reproducido la noticia publicada en ABC y otros medios de que Cabello estaba siendo investigado en USA por presuntos vínculos con el narcotráfico.

  1. No es admisible jurídicamente por injusta una sanción tan desproporcionada sobre una empresa editora equivalente a la pena de muerte del Diario, por la reproducción de una noticia publicada en otro periódico, el ABC (al que citó) informando de que el chavista Cabello estaba siendo investigado en USA por presuntos vínculos con el narcotráfico.

Incluso esa injusticia y desproporción concurriría si la noticia referida no fuera exacta.

  1. Este ataque a la libertad de información y de prensa ha sido rechazado por muchos medios de información de la prensa mundial.

El Club Liberal Español condena esta agresión a la prensa libre que afecta a la subsistencia del Diario El Nacional de Venezuela y asimismo condena la represión y la persecución del régimen socialista revolucionario de Maduro contra los venezolanos que desean vivir en libertad en su patria con un sistema democrático que les de seguridad física y garantías jurídicas.

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Premio Libertad 2020 al Círculo de Empresarios

Vídeo de la conferencia de Don John de Zulueta

Conferencia “Cómo salvar las democracias liberales” impartida por Don John de Zulueta, tras recoger en nombre del Círculo de Empresarios, el Premio Libertad 2020 por su defensa de la libre empresa y del Estado de Derecho, otorgado por el Club Liberal Español.
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24FEB2021

Premio Libertad 2020

El Club Liberal Español ha concedido su Premio Libertad, correspondiente al año 2020 al Círculo de empresarios, por su defensa de la libre empresa y del Estado de Derecho. Recogerá el premio Don John de Zulueta, Presidente de Circulo de Empresarios, y seguidamente pronunciará una conferencia con el título “Cómo salvar las democracias liberales”. Sigue leyendo

Situación de las empresas españolas tras la pandemia

Vídeo de la conferencia de D. Miguel Garrido

Primera conferencia del ciclo 2021 «En Defensa de la Constitución de 1978», titulada “Situación de las empresas españolas tras la pandemia”, a cargo de D. Miguel Garrido, empresario y presidente de CEIM. El acto, organizado por el Club Liberal Español, se celebró en el Hotel Wellington de Madrid el 27 de enero de 2021.

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Un artículo de Joaquín Leguina (ABC, 26/1/2021)

El cuponazo

«Todo el mundo critica hoy esta «asimetría» vasco-navarra, pero nadie o casi nadie ha recordado que a esta anomalía financiera se añade otra. ¿Cuál? Pues las pensiones, que son deficitarias en el conjunto de España y aún más en el norte. Esos déficits se cubren con los impuestos que pagamos todos los españoles. ¿Todos? Pues no. Los que residen en territorios forales no pagan ni un solo euro para cubrir el déficit que las pensiones generan allí».

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