Salarios, productividad, inversión y empleo

Volvemos de nuevo sobre estos tópicos, pero debemos hacerlo, por su vital importancia de cara a un futuro sostenido de la economía española.

El FMI, Bruselas, su guardián Berlín y ahora mismo la OCDE, en el documento “Avanzando hacia el crecimiento 2014”, abogan de forma reiterada e insistente por, entre otros ajustes y acciones, la reducción de sueldos y salarios, para que España pueda recuperar la senda del crecimiento económico a medio plazo.

El economista José García Domínguez, en su artículo “¿Saldremos de la crisis bajando aún más los salarios?”, (LD.31.01.14), atribuye la inspiración de tal receta al controvertido Nobel de economía, Paul Krugman.

Dice García Domínguez algo que tiene una verificación experimental y documentada, a saber: “que ningún país ha mejorado nunca su situación económica a largo plazo gracias a pagar salarios bajos. Ninguno. Nunca. Y España no va a constituir la primera excepción a la norma universal”, y pone como ejemplo a China, que, en contra de lo que se difunde casi como un mantra, no ha sustentado su expansión comercial y consiguiente crecimiento económico sobre unos salarios de miseria, sino que lo ha hecho por una simultánea implementación intensiva de capital, consiguiendo de esta forma igualar y aún superar, en determinados sectores, la productividad de Occidente y, por supuesto, la de muchos de los países desarrollados.

El secreto, por tanto, está en la productividad, única vía para alcanzar el adecuado grado de competitividad y con ella el consecuente crecimiento económico y la paralela creación de puestos de trabajo, siempre, desde luego, que este crecimiento venga sostenido por el ahorro agregado, en el que se sustente la necesaria inversión para reponer el capital destruido durante la recesión y crear otro nuevo.

A este respecto, estando aún afectados por el fallecimiento del economista David Taguas, (y a pesar de nuestro alejamiento ideológico), habremos de convenir con él e insistir, en que sin ahorro no hay inversión y sin ésta no hay capital productivo, en ausencia de éste no hay empleo y sin empleo son imposibles ni el crecimiento ni el bienestar.

Y Taguas explicó que, para logar el objetivo de un necesario ahorro mínimo en la economía española, que asegure un crecimiento sostenido, es imperativo, por un lado, disminuir el gasto público español en cinco puntos del PIB y, por otro lado, mejorar la tributación sobre el ahorro, para que las familias se sientan incentivadas a ahorrar hasta seis puntos del PIB. Un buen reto para nuestras autoridades económicas, ancladas en el déficit público crónico y el consiguiente aumento persistente de la deuda.

De otra parte el mencionado informe de la OCDE, señala al Gobierno español como objetivo fundamental, pendiente de abordar, el restablecimiento de la competitividad, como condicionante para el crecimiento del PIB.

Otro economista español, -de los pocos que llevan mucho tiempo tratando esta cuestión con el rigor y la insistencia que se merece-, el profesor Mikel Buesa, en su artículo “Crecer por inspiración”, (LD. 21.2.14), apela de nuevo a Krugman para afirmar que el crecimiento económica tiene su necesario fundamento en el incremento de la productividad del trabajo, señalando que tal aumento de la productividad puede lograrse por dos vías, que por cierto no son excluyentes: Una, es la de implementar el trabajo con mayores cuotas de capital, (crecimiento por transpiración, pues exige el esfuerzo físico del trabajador) y, otra, fundamentada en el crecimiento de la eficiencia en la utilización del factor trabajo y del factor capital sobre la base del cambio tecnológico, (crecimiento por inspiración, que otros denominan cambio de modelo).

Se trata entonces de un auténtico aumento de la productividad, como consecuencia del conocimiento obtenido a través de la investigación, aplicado a la técnica, a la organización de la producción y a las pautas de gestión de las unidades productivas. Es decir, como consecuencia de la Innovación. Nada nuevo, en realidad, si se tiene en cuenta que ya Schumpeter lo enunció en 1911, pero que ha sido persistentemente casi completamente olvidado en esta España de la protección, el intervencionismo y la subvención.

El profesor muestra la superior eficacia del segundo modelo, basado en la innovación, sobre el primero, apelando a la experiencia de dos periodos recientes de crecimiento de nuestra economía: El primero, que va desde 1954 a 1974, en el que dos tercios del crecimiento se debieron a las ganancias de eficiencia, (innovación), en el que se duplicó el producto real per cápita respecto al segundo, que va desde 1995 al 2007, en el que la mejora de eficiencia solo aportó el quince por ciento al crecimiento de la economía.

Triste experiencia, que nos duele aún más si se tiene en cuenta que este escenario fue reiteradamente denunciado por nosotros, si bien con poco éxito. Por ello volvemos a dar el aldabonazo, juntando nuestra voz a la de otros preocupados e interesados por esta cuestión crucial.

Crecer por innovación debe ser el objetivo universal que marque la política económica e industrial futura, porque como se ha dicho, “solo quién fabrica,-competitivamente-, acaba por dominar los servicios”, (Prof. Cohen Berkeley Univ.), pues no podemos retornar a una economía de baja productividad y escaso valor añadido, aunque intensiva en empleo, como ha sido la planteada durante el último ciclo expansivo, que solo fue posible con la entrada masiva de inmigrantes, hasta completar el 20% de la población activa, porcentaje por cierto inferior al que hoy supone el desempleo.

Ahora que este flujo no solo se ha frenado, sino que ha invertido su sentido, en virtud de lo cual el asfixiante problema del desempleo se está resolviendo, en parte, a través de un vaciamiento demográfico, se hace imprescindible plantearse un cambio del modelo asistencial al desempleado, hacia un sistema en el que se vincule la asistencia a la adquisición de conocimientos de técnicas de más alta cualificación.

Pero, obviamente, ello debe de enmarcarse en un escenario de acción superior, en el que se contemple la globalidad del problema, dentro del cual se hace imprescindible el planteamiento y la construcción de un andamiaje de instrumentos institucionales de cooperación público-privada y sus correspondientes infraestructuras, que viabilicen la creación de un sistema nacional de formación profesional, -básica y continua -, y en el que, mediante un patrón dual,-sector público y empresas- y centros de enseñanza y formación concertados, se oriente la política económica por una senda liberal, que impida, por ende, los fenómenos de corrupción y de búsqueda de rentas, que, junto a la ineficacia, han caracterizado al modelo vigente de inspiración estrictamente pública, basado en la subvención a patronales y a sindicatos.

Lo que es evidente es que el actual modelo productivo está obsoleto, descapitalizado y anquilosado y es incapaz de absorber a los varios millones de desempleados que buscan trabajo. ¿Acaso no es esta razón suficiente para abordar su cambio?

Finalmente, repitamos lo que hemos señalado en otras ocasione y lugares: Los liberales no defendemos lo salarios bajos. Propugnamos salarios libremente pactados.

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Benito de Diego

Acerca de Benito de Diego

Licenciado en Ciencias Políticas y Económicas, Economista y Estadístico Facultativo, Auditor del R.O.A.C., Miembro del Cuerpo Nacional de Geografía y Catastro (Jubilado), Miembro de distintos Colegios Profesionales, Patrono Fundador de la Fundación Foro-Jovellanos y Miembro de la Junta Directiva del Club Liberal Español.

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