En política, las ideas nuevas escasean. A poco que volvamos a leer a los antiguos, Cicerón o Polibio, parece que ya todo esté dicho. O casi. En esta época, en el debate democrático reina, y con toda la razón, una nueva preocupación: ¿cómo podemos hacer que todo el mundo acepte los efectos acelerados de la globalización de los intercambios? Sigue leyendo
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