Desciende la natalidad en España

En 2013, por quinto año consecutivo, ha descendido la natalidad en España; el año pasado nacieron 425.390 niños frente a 519.779 de 2008, es decir, un 18,1% menos. Sin embargo, la esperanza de vida ha aumentado a 82,8 años (80 para los varones y 85,6 para las mujeres) y la diferencia entre nacimientos y muertes fue positiva en 36.000 personas. Son datos con gran trascendencia que el INE (instituto Nacional de Estadística) ha publicado en junio.

Evidentemente, la evolución de la población española merece una reflexión por parte de todos, de los ciudadanos y de aquellos que tienen la información acumulada y el poder, es decir, la varita mágica presupuestaria, fiscal y laboral cuyas decisiones animan a los jóvenes ya a emigrar o a permanecer en su país, ya a tener hijos o a no tenerlos, porque son diversos los factores, unos voluntarios y otros inconscientes, los que van conformando la población de un país.

La tasa de fertilidad está cayendo en España, también en los países de economía avanzada y, en realidad, en la mayoría de países del mundo. La tasa de fertilidad se define como el número medio de hijos que tienen las mujeres de una sociedad, y en España el valor, hoy en día, es de algo menos de 1,5. Es decir, en las familias biparentales no se produce una reposición suficiente de la población, y, en ausencia de un flujo de inmigrantes suficiente, la población decrece.

Esto es preocupante; y lo es más si se observan las tendencias agregadas de todo el mundo. Según el cálculo de Naciones Unidas, entre 1950 y 1955 la tasa de fertilidad media global era de casi 5; entre 2010 y 2015 estiman 2,36, menos de la mitad. Las preguntas surgen rápidamente: ¿Cuáles son las causas de este descenso?¿Cuáles son sus consecuencias? ¿Podemos —y debemos— hacer algo?

Las causas han sido ampliamente estudiadas, y sin embargo no dejan de ser sorprendentes. Desde una perspectiva amplia, se observa que a medida que las economías son más ricas, decrece la tasa de fertilidad. El aumento de la riqueza global es una causa común de que las mujeres tengan menos hijos. Esto es contradictorio con las ideas imperantes en el siglo XIX, cuando se pensaba (Thomas Malthus) que una sociedad con más recursos tendería a producir más descendencia. Sin embargo, ocurre todo lo contrario. Cuánto más rica es una sociedad, menos hijos se tienen.

También hay causas concretas que ayudan, aunque no es fácil, a descubrir el porqué de este descenso. Una razón puede encontrarse en la baja mortalidad de los nacidos, consecuencia de la mejora de las condiciones de higiene, avances médicos, etc., que reducen el incentivo de tener muchos hijos para que sobreviva alguno. Un segundo factor es el económico, por el aumento del coste de criar a un hijo, por las necesidades de proveer educación, sanidad, etc., servicios que no suelen ser gratis, ni baratos; y a ello se le une el traslado de la población a las ciudades, centros productivos en las economías industriales y de servicios, que aumenta el coste comparativo de alojar a los hijos.

Pero el factor esencial es, sin duda, la incorporación de la mujer al mercado de trabajo, especialmente marcada a partir de la segunda mitad del siglo XX. Esta incorporación, junto con algunos fenómenos relacionados, como la liberación sexual, la propagación de los anticonceptivos, la legalización del aborto, y el cambio en las percepciones religiosas —menos marcadas en las sociedades desarrolladas, y con un impacto demostrable sobre la fertilidad—, han supuesto un cambio de mentalidad de la mitad de la población que, como no podía ser de otra manera, está teniendo un enorme impacto social, y también, en la fertilidad.

Se puede hablar, además, de un mayor egoísmo de las familias de hoy en día, a las que satisface más disfrutar de mayor nivel de vida (con viajes, acceso a la cultura, vida social activa, etc.) que la ilusión de criar más hijos, que les obligaría a llevar una vida más frugal. Si las familias son hoy más “egoístas” y existe la percepción de que los hijos son un obstáculo para una cómoda forma de vida, será muy complicado asegurar la perpetuación de las sociedades.

El hecho es que existe en las sociedades occidentales, y en España en particular, un grave descenso de la natalidad y la consecuencia de este descenso es doble: el envejecimiento de la población, y el decrecimiento de la población; lo que repercute en el incremento del coste sanitario y de las pensiones y en que la sociedad reduce su dinamismo, su capacidad de innovación y, en definitiva, su competitividad.

Así pues, ¿qué hacer? Existen numerosas medidas para actuar sobre el equilibrio poblacional de un país. La más inmediata es la gestión de los flujos migratorios mediante políticas cuya complejidad exige asegurar la integración de la población inmigrante y su adecuación a las necesidades de la economía, por ejemplo, el nivel de formación de los inmigrantes. Hay otras políticas a medio y largo plazo que se vienen aplicando en los países nórdicos que van desde el estímulo de la natalidad por ahorro fiscal hasta la prestación de incentivos para las madres y para las familias.

En España, el asunto parece no preocupar, pues, ni la reforma fiscal en curso alude a ello, ni hay un debate importante. Sin embargo, deben explorarse las medidas fiscales, económicas y otras que favorezcan la conciliación del trabajo de los dos adultos de una familia biparental con las exigencias del cuidado de los hijos. Una medida posible e inmediata es crear un cheque guardería y dar una retribución a las madres. Es impresionante que la Universidad en España sea casi gratuita mientras que el coste de una guardería es altísimo para las familias. Otro tema es facilitar horarios laborables flexibles respecto al horario escolar. Japón, con un dramático envejecimiento de su población, ha decidido poner en marcha un programa en el que se admitirán a mujeres inmigrantes para que cuiden los hijos en familias en las que los dos adultos trabajan; así, en un país tan reacio a la inmigración nos da una idea de la magnitud del problema.

CONCLUSIÓN

España tiene el desafío de recuperar la tasa de natalidad para, como mínimo, reponer la de mortandad evitando que decrezca la población sin confiarlo todo a la inmigración; es esencial para mantener el sistema público de pensiones y el nivel de bienestar, definir una política a largo plazo, que aporte medidas fiscales, económicas y de flexibilidad horaria para que las familias se animen a tener hijos y para que la mujer pueda incorporarse al trabajo sin un esfuerzo sobrehumano.

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